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Emily Dickinson Poesía completa

 

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Versiones en español de todos los poemas escritos por Emily Dickinson. Sin costo económico pueden solicitarse al correo electrónico altacunabajacama@gmail.com .

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Para Humberto de la Calle

Don Humberto:

Le escribo este breve mensaje sobre todo para agradecer su lucha y esfuerzo durante los recientes meses.

Ocurría hace un tiempo, cuando se arriesgaban a la contienda electoral personas eminentes como Gerardo Molina o Carlos Gaviria Díaz: los votantes fieles no sentían la derrota en el hecho de que no se alcanzara la presidencia. Porque aquéllos maestros, a los cuales usted se encuentra tan cercano, ennoblecen una campaña a veces frívola, otras feroz, despiadada.

Llevamos en esta andadura más de tres décadas. Nadie como usted tiene un conocimiento claro de las luces y sombras en este territorio. Sin ilusiones, sin vaticinios agoreros. Provenimos, al fin y al cabo, de una época en la cual se concibió un país renovado gracias a la Constitución de 1991. Y lo hemos visto, don Humberto, prepararse para asumir el destino de Colombia. Nada ha perdido. Saldrá victorioso, sin importar los resultados ni el número de votos. Haber llegado hasta aquí bajo la estela de la decencia (categoría política tan olvidada que usted representó muy bien durante esta campaña) es ya un triunfo para quienes creemos desde el principio en su proyecto de nación.

Según Luis Landero, Don Quijote y Sancho Panza tuvieron que descender del caballo Clavileño en medio de una atmósfera tensa y con un pregusto a fracaso. No obstante, justo ahora – cuando usted ha dado lo mejor de sí y todos, incluso sus contrincantes, pueden atestiguarlo – conviene recordar las palabras del Caballero de la Triste Figura: “Déjalos que rían, Sancho, que a nosotros nos queda la gloria de haberlo intentado”.

Por todos estos años, y por su compromiso, muchísimas gracias.

Darío Rodríguez

(Duitama – Boyacá – Mayo – 2018)

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Acerca de un lugar llamado Vino Tinto

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Para Diana Rojas, Miguel Rico y Julián Camacho, almas de todas las fiestas. 

 

Se llamaba Vino y Tinto. Lo fundó el 17 de octubre de 2001 Miguel Rico, un individuo versátil que quitaba la música del bar a las once en punto de la noche para narrar historias de extraterrestres mientras los primeros clientes se marchaban desconcertados. Rico en sí mismo da para una seguidilla de novelas: fue artesano hippie, ejecutivo de clínica, psicólogo ocasional, apóstol de Krishna, también de Silvio Rodríguez, locutor de radio y en definitiva autoridad de la administración tabernaria: después de Vino y Tinto regentó (las cuentas pueden no estar bien hechas) siete bares entre Sogamoso, Tunja, Villavicencio y Duitama. Faltan datos de municipios como Bogotá.

De Bogotá, justamente, trajo a Duitama la idea del bar dentro de una casa antigua. Sin saberlo, consolidó los sitios de rock en la aldea pues intentos anteriores como La Taberna de Raúl, Cadáver Exquisito, Y2K o Le Petit Bar duraron muy poco tiempo. Las familias devotas del Divino Niño Jesús y otras sociedades de la decencia se quejaban con la policía, la secretaría de gobierno y el Vaticano hasta la anulación de esos establecimientos. La queja era siempre igual: desorientaban a la juventud, inducían al consumo de sustancias perniciosas como el café.

Vino y Tinto sobrevivió por un detalle ínfimo. Su creador lo presentaba como café – galería – anticuario. Nunca en calidad de lo que siempre ha sido, bar, refugio, casa, arcano.

La primera época estuvo signada por los discos de blues que imponía el administrador a los oídos duitamenses, más acostumbrados al vallenato, a las rancheras. El rock entró por la senda blusera. Y también la canción social. A principios de 2002 se presentó Gustavo Díaz, un cantante de estricta boina y gabardina negras quien marcó la pauta para los artistas venideros. Díaz poseía un repertorio ecléctico que iba de Luis Eduardo Aute al son cubano. Quizás aquél Vino y Tinto no fue el primer sitio en Duitama que ofrecía música en vivo, pero sí fue el primero que la brindó con frecuencia y formó un público.

El carácter nómada de Miguel Rico resistió hasta finales del primer aniversario. Tras una negociación, el eterno trashumante le vendió el bar a Diana Rojas quien perfiló la personalidad del lugar y realizó la aleación nominal que permanece: de Vino y Tinto a Vino Tinto. Esta retirada de la letra ‘y’ fue, en el fondo, profética. Del tímido salón de onces concebido por Miguel Rico se pasó a una taberna pura y dura, con un sentido más rockanrolero, muchísimo más bohemio, nocturnal y salvaje que educó en música o relaciones humanas a una generación completa. Los estudiantes de los colegios se tomaron Vino Tinto, así m ismo los universitarios. No faltaban los soldados en licencia que solicitaban solo ‘November Rain’ de los Guns and Roses, ni los oficinistas pagados por las modas de entonces, Héroes del Silencio, Limp Bizkit, System of a Down.  El negocio bullió. Y se ensanchó durante los ocho años en que Diana Rojas estuvo al frente.

Madre de tres hijos, consejera, protectora de todos sus clientes (incluso de quienes le debían cuentas estrafalarias), Diana y su trabajo crearon un concepto que provocó no solo seguidores formales, fieles, sino a la totalidad de sus imitadores. Vino Tinto es el decano de los bares de Duitama porque ha sido la inspiración del cúmulo de locales que intentaron seguir sus pasos, Santa Farra, El Jarro, Martina, y los desaparecidos Café de Baires, Akénaton, Barzoobia.

A principios de 2010, y por una suma de circunstancias que incluían agotamiento físico, mental (piense el lector en qué implica irse a dormir todos los días a las tres de la madrugada, o en qué paciencia debe tenerse  no sólo para atender personal sino, incluso, personal ebrio) y búsqueda de tranquilidad, Diana Rojas le vendió Vino Tinto a la única persona que hubiera podido comprarlo, por dignidad y capacidad, Julián Camacho.

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Camacho es el cliente más antiguo. En el bar ha desempeñado todos los oficios, excepto el de músico. Si Vino Tinto es hoy una institución en esta ciudad se debe a su talento. Fue la mano derecha de Miguel Rico y de Diana Rojas, mesero, defensor, habitante, patrocinador de quimeras tales como sedes paralelas ( un Vino Tinto campestre ubicado en la ruta del Mundial de ciclismo que se mantuvo en pie sólo unos meses), y, como dueño, el garante de que esta historia continúe, de que no muera.

Mientras los demás bares organizan parrandas vallenatas o rumbas electrónicas con el afán de incrementar su bolsa, Vino Tinto prefiere mantenerse rockero. No cede. Y después de diecisiete años ya no lo hará.

La casa donde funciona Vino Tinto es un icono duitamense. Por más de cuarenta años fue el hotel Marantá cuyo regente, don Gustavo Alarcón, patriarca, gestor de la ciudad vieja, contribuyó con la modernización de este poblado insignificante hasta que se constituyó en ciudad intermedia. El bar, por cierto, era la oficina gerencial de don Gustavo. Durante la primera remodelación del local, en 2004, los trabajadores hallaron un foso enorme donde quizás Alarcón guardaba tesoros. Era habitual oír a Diana Rojas decir que la vivienda estaba – y está – protegida por el fantasma de don Gustavo Alarcón. Empero, hasta los fantasmas resultan vencidos por la economía de mercado. Los nuevos dueños de la casona mandarán demolerla a mediados de 2018.

Sin embargo, Vino Tinto no se acaba. Ya Julián Camacho y sus amigos trasladarán el bar a un nuevo habitáculo. Y con ellos se irán sus parejas de novios irreconciliables, sus plagiarios de Nirvana, sus borrachos poco emocionales, sus fanáticos del Indie y de Joaquín Sabina, una legión de personas que dejaron de ser clientes para convertirse en cómplices.

Un bar, cuando lo es de verdad, se vuelve familia, templo y casa. Y quienes han compartido el camino de Vino Tinto ya no pueden desprenderlo de sus propias vidas.

Entre las cientos de historias que ha atesorado durante casi veinte años, conviene referir una que conjuga todo lo que significa Vino Tinto para quienes vivimos en Duitama.

La única advertencia que le hizo Miguel Rico a Diana Rojas cuando le entregó la administración fue que no retirara un abanico junto a la puerta principal, perteneciente a la primera decoración de Vino y Tinto. De retirarlo, aseguraba el excéntrico Rico, Vino Tinto llegaría a su fin. Diana acató el aviso. Y se cercioró de que Julián Camacho mantuviera el objeto en su sitio. A menos de un mes de la desaparición de la casa del hotel Marantá, Camacho asevera, sereno y locuaz como siempre, que lo último en salir de la mudanza será ese abanico. Y será lo primero que pondrá en la sede nueva.

Larga vida a Vino Tinto.

Esta historia, que es la de tanta gente, hasta ahora inicia.

 

 

(Fotografías de Julieth Jiménez)

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¿Solo una casa?

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(Interior de la Casa Márquez. Fotografía: Eduardo Castro)

 

El asunto se cuenta de prisa pero conlleva una serie extensa de absurdos y de horrores por fortuna evitables.

Hay un proyecto para construir cierto centro comercial enorme sobre el marco de la plaza de Ramiriquí (Boyacá). Las dimensiones del plan y sus alcances no asustarían si fuera a ejecutarse en Bogotá o en Cali. Pero Ramiriquí no es una urbe, como la imaginan los adalides del falso desarrollo por completo desconocedores de una disciplina humanística denominada Historia, y sospechosos de una irregular formación como constructores.

De concederse las licencias del inicio de la obra, las consecuencias para Ramiriquí serían nefastas. Y no es una exageración. Al centro histórico del poblado lo conforman antiguas casas de hechura andaluza que entrarían en peligro si se les afecta el suelo del cual se aferran. La memoria viva, en este caso constituida por viviendas con un pasado aleccionador que de hecho sigue hablando a quienes lo sepan oír, no es irrelevante.

Otras perspectivas agravan la inconveniencia del proyecto: los procesos económicos de Ramiriquí recibirían un impacto negativo pues, como se sabe, un centro comercial termina por volverse la única referencia financiera dentro de pequeñas comunidades hasta ahogar a comerciantes informales y a modestos productores. Así mismo estamos ad portas de un atentado estético: el edificio descomunal, frío, empotrado entre esbeltas y tradicionales viviendas aldeanas sería una deplorable carta de presentación del municipio y sus gentes.

Con todo, el riesgo mayor lo corre la llamada Casa Márquez, lugar donde nació José Ignacio Márquez, dos veces presidente de Colombia y figufra egregia de nuestra historia política. Debe recordarse que Márquez fue sucesor de Francisco de Paula Santander y que sentó las bases civiles del gobierno nacional hacia mediados del siglo XIX. Tras un agitado y muy bélico periodo independentista, Márquez asumió las riendas del país más como estadista que en calidad de militar. Sin temor a equivocación puede señalárselo como el decano de nuestros presidentes civilistas y un ejemplo indiscutible de valores democráticos.

En una especie de justicia poética, su casa natal ha sido preservada con rigor y buen gusto desde hace casi doscientos años. Y sigue en pie, sobre la plaza principal, por tratarse del testimonio material de Márquez, hijo principal de esa tierra. Si los constructores del centro comercial cumplen el objetivo de cavar el suelo de la plaza para forjar tres o cuatro pisos subterráneos, lo más probable es que la estructura de la casa Márquez se resquebraje. Los daños serían imprevisibles e irreparables.

No se trata aquí solo de una casa antigua más, ni de un predio que pueda dejarse a la buena de Dios mientras prosigue la arrasadora “avanzada de progreso”, como llamó el novelista polaco Joseph Conrad a las máquinas destructoras de selvas y poblaciones rurales. Esta casa y sus vecinas son el patrimonio viviente de una idea de nación y de una colectividad.

Como se ve, este ya no es un problema exclusivo de Ramiriquí porque lo que se halla en juego es nuestra identidad, nuestro rostro actual como comunidades regionales que conformamos un país. ¿Dónde puede meditarse y estudiarse el destino actual de lo que somos sino en el libro vivo del pasado, en lugares específicos como la Casa Márquez que nos recuerdan nuestra permanente tarea por consolidarnos como seres civilizados?

Un tesoro histórico puesto en riesgo por unos mercaderes.

Don José Ignacio Márquez, orgullo de Colombia, desde el más allá debe estar indignado.

Debería darnos vergüenza.

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Citar a Nicanor Parra

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El poeta colombiano Eduardo Carranza quizá leyó muy tarde a Nicanor Parra. Es extraño. Y seductoramente torcido, incluso imposible de comprender a las primeras de cambio.

Su hija – también poeta – tal vez influyó en o condujo a esa lectura. Recuérdese que el primer libro de María Mercedes Carranza, ‘Vainas y otros poemas’, es un franco diálogo con Parra como modelo y primer paradigma. El caso es que el colombiano llega a citar al autor de ‘Poemas y Antipoemas’ dentro de uno de los últimos textos que escribió; antes le había dedicado el poema ‘Tema de mujer y manzana’. La poesía más tradicional y pudibunda que se haya escrito en Colombia durante el siglo XX (con estos calificativos no se está afirmando que sea una poesía de mala calidad; tal vez al contrario, Carranza logró ascender a alturas insospechadas aprovisionado de elementos rudimentarios o limitados) cita y se sirve de una auténtica potencia poética, un océano indiscutible que, de haberse acercado al autor de ‘Epístola mortal’, lo habría devorado en un santiamén.

En el momento de apuntar esto Nicanor Parra acaba de morir en su Chile natal, gozando de una incuestionable inmortalidad y ajustando ciento tres años de edad. Por derecho propio ya es un clásico y su número de lectores aumenta cada doce meses. Su cosecha hasta ahora inicia.  Tal su juventud y su ímpetu como poeta, pues se adelantó a todo: unió la ciencia con la literatura cuando a nadie se le hubiese ocurrido cometer semejante imprudencia; exploró los lenguajes coloquiales y oficiales para brindarles plenitud (casi fue el primero que lo hizo en español); concibió un modo de decir, una poética, tan chocante y cotidiana que ha terminado por fundar una escuela interminable de imitadores entre los cuales no logra identificarse hasta dónde llegan los poetas y dónde empiezan los vanos narradores de chistes.

Por otra parte, Eduardo Carranza murió hace treinta años en medio de un olvido del cual estaba siendo testigo y víctima, y del que nunca se recuperó. La literatura de sus contemporáneos empezaba a ser considerada caduca y ninguneada por unas generaciones sin mayor comunicación con ella. Poco les decían las rosas, los ríos y las estrellas a unos poetas colombianos más interesados en el baño de sangre, en el desastre que era y ha sido su nación. De Carranza no puede afirmarse que haya obtenido ningún tipo de inmortalidad y, sin remedio, ni siquiera como monumento es leído hoy en Colombia.

Muy al contrario de lo que sucede con Parra, Carranza pierde lectores día con día.

Lo notable de todo este asunto, sobre todo de esa cita que de la vanguardia realiza el tradicionalismo, es que aquélla sobrevivió mientras este se fue secando. Hecho suficiente para rebatir una idea muy difundida pero de pronto poco explorada, no muy clara aún: contra lo que pudiera suponerse, no siempre los jóvenes son quienes aprenden de los viejos ni los asumen como maestros en todos los casos. Hay ocasiones en que es el viejo quien debe peregrinar para aprender del joven. Y debido a una imperiosa necesidad. Porque la literatura (con mucho más énfasis en la poesía escrita) marca el tiempo con compases bastante diferentes de los habituales.

Una ironía, empero: Parra y Carranza nacieron en el mismo 1914. Uno para andar hacia adelante, para escribir hasta rozar el porvenir; el otro para desandar el camino, para forjar una obra con tendencia al pasado, donde de seguro se sintió fuerte, capaz.

Aunque uno esté vivo en todos los sentidos y el otro yazca sepultado también en toda instancia, conviene señalar esta pequeña muesca, no muy evidente si se la observa desde lejos, que los unió durante un breve momento desde la concepción del tiempo más convencional, momento no obstante eterno si se considera la temporalidad de lo poético. Y esa es, en el fondo, la única temporalidad que vale.

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Augusta sílaba

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R. H. Moreno Durán no era una portentosa máquina literaria. Lo es.

Pese a la muerte y a las escasas reediciones de sus libros, el magisterio que implantó entre quienes lo leen, así como la fuerza inobjetable de su verbo se mantienen no solo en incandescencia permanente, también en combustión.

Para argumentar lo anterior basta mencionar un hecho. Uno entre muchos.

La reciente – y efímera – polémica mediática que llevó a un grupo de escritoras a denunciar el presunto ninguneo y vapuleo por parte de la industria editorial y los entes oficiales colombianos tuvo como eje del debate la escasa presencia de invitadas a un coctel parisino. No a una conversación libresca ante auditorios informados, ni a dar conferencias en París. El modo en que los acusadores y los periodistas presentaron el problema es digno de un relato de Moreno Durán: improperios bajos a la ministra de cultura, cotilleos que del salón aristocrático bogotano se han trasladado a las redes sociales de internet, tirios que llaman ignorantes a troyanos. No deja de ser curioso lo siguiente: hace treinta años, cuando volvió al país después de vivir quince en Europa, R. H. Moreno Durán escribió un ensayo titulado ‘Por una escritura disidente’, donde denuncia las peleas de los escritores colombianos, mal politizados, por unos cuantos trozos del pastel de la figuración y cómo, en su afán de ser reconocido (no leído ni estudiado), el escritor colombiano se apega a cualquier migaja que le cae del Estado o de las instituciones privadas. A los alegatos de sobremesa  Moreno Durán interpone la figura de un novelista, poeta o ensayista que cuestione al poder y evite el gregarismo; precisamente para no caer en las trampas de las prebendas o de los sutiles sobornos. Es gracioso que la explicación y las iluminaciones para sucesos recientes deban buscarlas lectores acuciosos en un ensayo publicado durante 1987. Además da vergüenza, pues significa que nuestras convicciones literarias apenas están a las puertas del siglo XX, cuando al sitial de la gloria se lo disputaban declamadores, poetas que proferían latinajos y compositores de pasillos. Leer ‘Por una escritura disidente’ hoy, y levantar la cabeza para brindarle un cotejo a lo real, es comprobar que nuestra literatura no nos nombra del todo aun, y que dependemos (editores, autores, incluso lectores) del aval de los poderes para ejercerla.

Semejante lucidez no es rara en un individuo como el autor de ‘Femina suite’. De hecho es su marca de clase. Escritor orgánico, su producción ensayística suele alimentar a su narrativa y viceversa. Casi podría afirmarse que ciertas novelas como ‘El caballero de la invicta’, exploración bufa de las élites bogotana y científica, del mismo modo un complejo fresco acerca del sibaritismo, la bohemia intelectual de segunda mano y los finos mecanismos de la promiscuidad, no tendría asidero sin ‘El festín de los conjurados’, un extenso análisis sobre las variedades de la experiencia marginal en el arte. Y no solo porque hubiesen sido escritos en épocas paralelas sino por su hondura, su capacidad de avistar nuestra mezquindad nacional a la sombra de las clases altas, y el a veces nulo papel del artista en las colectividades.

Algunos estudiosos de la obra, J. E. Jaramillo Zuluaga, Rafael Gutiérrez Girardot o Juan García Ponce, coinciden en subrayar la importancia que tenía para R. H. Moreno Durán el sentido de ubicación, de ocupar un lugar claro en nuestras letras y en las foráneas. Tal certeza proviene, sin duda, de un uso lingüístico particular, muy específico, que se regodea en enciclopedismos, erudición y juego libre, no solo con el fin de mejor burlarse del establecimiento sino con el no menos ambicioso de crear un mundo a partir de ese puesto que el idioma chispeante había ganado.

El despertar de la modernidad en Colombia se dio en esa franja que va desde la mitad de la década de los cincuentas a la totalidad de los sesentas. El puesto que Moreno ocupó, o se tomó, fue para él algo deliberado desde antes de publicar su primer libro. Sabedor de que la novela colombiana y suramericana estaba cambiando sus enfoques decidió volverla compleja, convertir su testimonio como estudiante y pensador de la tradición literaria propia, en una fiesta verbal que, bajo la tutela de Joyce, sobrepasara sus propios límites hasta hacerse pantagruélica.  Ya ha pasado un tiempo prudencial y puede decirse que las dos novelas dignas de representar el agitado periodo de los sesentas en nuestro contexto son radicales en sus diferencias aunque complementarias: ‘Compañeros de viaje’ de Luis Fayad, con su realismo seco, casi fotográfico, y ‘Juego de Damas’ con sus exageraciones y torrentes estilísticas.

El sentido de obtener, de fijar un lugar preciso para su literatura condujo a Moreno Durán como ensayista a plantear ubicaciones para obras que o bien eran desconocidas o bien subvaloradas. Es el caso del trabajo de recuperación de la poesía escrita por Hernando Domínguez Camargo, que le sirvió para dar una luz fresca al problema pesado del barroco americano. O, por los tiempos de la enfermedad que configuró su partida, la presentación de un modelo intelectual en clave femenina mediante la pieza escénica ‘Cuestión de hábitos’. Porque Moreno Durán nunca bajó la guardia, su guardia. La probidad que tenía como escritor le alcanzó para proponer un canon (así puede observarse en los ensayos de ‘Denominación de origen’) y para mostrar, sin contemplaciones ni cortesías, el horrendo panorama de nuestras tragedias políticas, no por humorísticas menos sangrientas, en un par de novelas, ‘Mambrú’ y ‘Los felinos del canciller’, poderosas parábolas donde se desenmascara la absurda colaboración colombiana en la Guerra de Corea y el patético, enfermizo servicio diplomático colombiano, mediocremente ejemplar.

Se corre el riesgo de considerar a esta obra como olvidada. Tal vez el problema reside en otra parte. Pocos autores dentro de nuestra tradición literaria tienen el atrevimiento de gestar, a la par con su producción, un tipo muy exclusivo de lector. Y quizás estos tiempos líquidos (o aguados) no están forjando lectores que se deleiten con desbordes eruditos ni difíciles pirotecnias verbales. La apuesta de Moreno Durán es por una lúdica de la inteligencia, lenta, sopesada, que por ahora se encuentra dormida en nuestros ámbitos. No perdamos la esperanza suspicaz: llegará un instante de redescubrimiento para estos libros. Lo merecen.

  1. H. Moreno Durán es boyacense. Y nunca olvidó su origen, a pesar de que su familia partió de Tunja a Bogotá cuando el escritor era un niño. Se volvió frecuente verlo impartir conferencias en su ciudad natal, siempre con ánimo polémico, y en ambientes sobre todo universitarios. La contundencia del humor negro que expelía (arma letal de sus textos) ya es, para quienes la vieron y oyeron, imposible de olvidar.

En la web del proyecto RH Digital (www.rhdigital.uniandes.edu.co), un esfuerzo del departamento de literatura de la Universidad de Los Andes por rescatar los manuscritos del autor, puede verse un facsímil que lo muestra pleno y con el que vale la pena concluir esta nota.

Para una modesta antología, ‘Boyacá en la poesía del siglo XX’ (bajo la coordinación de Juan Castillo Muñoz), publicada a finales de los años sesentas, envió una serie de poemas juveniles. No obstante ser endebles, ya allí el estudiante de Derecho de la Universidad Nacional empieza a formularse las preguntas que marcarán las pautas de toda su obra posterior (y que quiso conjugar, autobiográficamente, con el título ‘La augusta sílaba’): el rol del idioma en el pensamiento, los caracteres reales, inclusive históricos, con sus velos naturales y la influencia del mundo femenino. Publicaría, después, en España y consolidaría su destino literario lejos de Colombia. Sin embargo es notable y grato que, coherente como fue, decidiera inaugurar su camino justo sobre la tierra que lo vio nacer. Ese era, es, R. H. Moreno Durán.

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Contar la película

 

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(Fotograma de ‘La cabeza contra la pared’)

 

Buenos Aires (Argentina). Agosto de 1960. El escritor argentino Emilio Renzi asiste a la exhibición nocturna de un film. Poco después registra el hecho en su diario:

Miércoles 3 de agosto

Voy al cine de la calle 7 a ver ‘La cabeza contra la pared’ de Georges Franju. Se cortó la luz. La película se paró en lo mejor. No quise que me devolvieran la entrada porque quería terminar de verla hoy. Todo sucede en un hospicio, caras indescifrables, todo muy sensacional. Pasé dos horas en el hall esperando inútilmente con dos o tres desgraciados como yo, que no tenían nada mejor que hacer. Al final me aburrí y volví a casa. Nunca voy a saber cómo seguía esa película.

(Ricardo Piglia – ‘Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación’ – Anagrama – 2015).

No se encuentra en los diarios otra referencia acerca de ‘La cabeza contra la pared’. Al parecer Renzi olvidó ver la película durante días posteriores (tendría algo mejor por hacer), y es posible que un alma caritativa se la haya dejado observar hace pocos años, cuando todo el cine puede pasar por la pantalla del televisor o del computador personales. Contemplar films hoy no es una conquista ni tiene los méritos místicos de aquélla noche agónica dentro del cine de la calle 7.

Por otra parte, debido a su edad y carácter, Renzi debe estar muy cansado para ponerse a cerrar los ciclos de la juventud. Le basta con el esfuerzo titánico de escribir un diario por más de medio siglo y con habérselo confiado a Ricardo Piglia, su amanuense y representante.

Como Emilio Renzi no conocerá esta publicación, y como las cintas de Georges Franju no son precisamente la pasión de los cinéfilos actuales, lo mejor es contarle aquí qué ocurrió con la historia interrumpida por el descalabro eléctrico.

‘La cabeza contra la pared’ fue estrenada en 1959. Muestra vicisitudes de un muchacho parisino que es internado en un manicomio  y su esfuerzo por conservarse cuerdo y sobre todo por salir de ese lúgubre lugar. Al final lo consigue, pese a que los desenlaces felices del cine francés no guardan similitudes con los del industrioso cine hollywoodense. En los films europeos clásicos queda siempre una grieta, una desazón o un desconsuelo en medio de la dicha.

El argumento se relata aquí a grandes rasgos porque su valor es mínimo en comparación con la puesta en escena del film, con sus planteamientos estéticos  y actorales – algo que no puede narrársele a otra persona; quien quiera cotejarlos debe observar la película -. Si las situaciones encadenadas avanzan es sólo porque hay unos ámbitos, unos escenarios y unas atmósferas creadas para lograr tal objetivo. Una especie de “surrealismo dulce”, como ciertos críticos denominaron a la obra de Franju, cercano y lejano al mismo tiempo a la Nueva Ola francesa (de hecho Godard siendo crítico elogió a ‘La cabeza…’ aduciendo que era “una película demente realizada por un loco”), el movimiento cinematográfico del cual es contemporáneo.

No hay problema en referirle el argumento de ‘La cabeza contra la pared’ a Renzi porque de todas maneras quedará insatisfecho. El tipo de cinematografía en el que se formó como artista no es el del story telling estadounidense, que impera aun (y con mucha fuerza) dentro del cine comercial de nuestros días. Para un producto como ‘Star Wars’ resulta fundamental que el espectador sepa sólo hasta el final el dato insospechado: Darth Vader  es el padre de su contrincante,  Luke Skywalker. La industria fílmica y la de las series televisivas basan su éxito en una serie de sorpresas y efectos emocionales con grados de intensidad correspondientes a un plan preestablecido. Poco les importa si hay hondura en la totalidad de lo que están vendiendo. Les interesa el acumulado de taquilla y por esta razón no dudan en filmar precuelas, secuelas y enésimas partes de las películas, así como versiones nuevas de films que han sido exitosos en el pasado. El temor o terror al spoiler, a revelar fuera del contexto de la película datos escondidos o sorprendentes de la línea argumental, es comprensible porque los armazones de esos productos audiovisuales dependen de asombrar al espectador y amarrarlo de tal manera que siga pagando.

Georges Franju jamás hubiera asumido a su público como una horda de clientes sedientos de ser asustados o embobados. El dolor de Emilio Renzi no es tanto saber cómo continúa el relato sino cómo prosigue el entramado completo del film, la conjunción de las diversas estéticas, lo pictórico, lo narrativo, lo actoral, incluso la iluminación y el sonido.

Con el cambio de las lógicas en la industria del cine comercial también han cambiado los espectadores quienes, al igual que infantes insaciables, viven cada temporada a la espera de entretención y deslumbramiento fáciles. Si alguien osara proyectar ‘La cabeza contra la pared’ por estos días, fracasaría.

Cuestión urgente para quienes escriben guiones con intención de filmarlos, o para quienes observan films con propósitos superiores a divertirse: el esquema o modelo del story telling, tan viejo como el mundo, cuyo representante estrella es el guionista Robert McKee, tendrá que ser no solo cuestionado sino tal vez dinamitado si se piensa en la supervivencia del cine como arte.

Cuando pesa más el argumento con datos escondidos y refritos de suspenso que la estructura completa de la película, lo mejor es dedicarse a fuegos artificiales  y esperar que otros, unos pocos, enciendan fogatas auténticas lejos del gran centro comercial fílmico. O tendremos que aprender a contar bien las películas, adornándolas, incluso tergiversándolas. Para esa práctica también hay maestros como Manuel Puig, otro escritor argentino, que elevó en sus novelas (‘El beso de la mujer araña’, ‘La traición de Rita Hayworth’) la narración oral o escrita del cine que se ha visto a la categoría de arte.

No exageró Emilio Renzi al escribir que nunca sabrá cómo seguía ‘La cabeza contra la pared’. Es tan buena película que ni siquiera contando su argumento completo se logra abarcarla. Ojalá todo el cine fuera así.

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Pandora

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Para R. L. V. 

 

En el presente ensayo expondremos cómo la tapa

y su contenido, categorías de un todo

desconocido para usted, para nosotros,

son expresión de una connotada recompensa

subtextual.

 

La exposición consta de dos partes.

‘Tapa’, narraciones, descripciones,

subterfugios a fin de identificar unas u otras

como adecuadas – según se disocien

sin identidades significativas –.

 

Aquello que logremos identificar

serán premisas

de parciales especulaciones que conducirán

quizá, quién sabe,

a una adivinanza

casi

total,

de la cual trataremos en la parte segunda, ‘Premio’.

 

Hay en la tapa, dentro quizás o junto a ella,

un relato con alto grado de generalidad,

que no de abstracción.

Mínima extensión / Máxima tal vez.

Comprensión

a la cual llamaremos Pretexto Condicionador.

 

Consta de dos elementos,

a saber:

Tapa sin desenroscar

Tapa desenroscada

Cuatro cuentos están contenidos

en la extensión de estos elementos.

En ellos el pretexto se especifica

aunque no hubiere necesidad.

a)Tapa sin desenroscar que no es considerada.

b)Tapa sin desenroscar que lo es.

y) Tapa desenroscada que no se ha considerado.

z) Tapa desenroscada que lo será.

Donde:

a)La tapa más que en sí misma

por sí

misma.

 

b)Un juego de cábalas.

Pregustación de Pandora,

quien viene llamada como sin llamar.

 

y) Todo lo que podría esperarse

de esta declaración no sumaria.

z) Molicie.

 

Hay también variantes externas a la tapa.

Sucede así en instancias cubiertas

como en las contingencias externas

al premio.

 

Nadie se llame a temor o risa,

pues premio sin arandelas fútiles

sólo cercena.

En cuanto a arandelas nobles las del daño.

Hesiodo            para un caso.

Graves              para otro, por si faltare

Confianza.

 

Plano de expresión,

pretexto, resultan

en el ademán expresivo

miembros del paradigma

de pronto,

cuyas coyunturas son:

 

Jofaina era,

era ánfora,

no caja.

 

Llevaba tapa.

 

Al desenroscarse

logra leerse

el premio.

 

Historias de mujeres aparecen

pues no sería este un recipiente

ni esto su líquido

si no fuera así.

 

Creada por los dioses

en venganza contra Físido,

Prometeo

o quien se haya robado el fuego.

 

No como se suele soñar

con el fin de desenroscar la tapa

y desatar todos los premios,

los males convenientes,

los bienes que imaginamos,

el anhelo

entre la hez del líquido,

aquello no bebido ni premiado,

no

por necesidad.

 

Creada

para anunciar lo dicho por la tapa,

Pandora.

Responsable de todos los premios.

 

Los cuatro relatos generales son marco de descripciones

Unívocas,

Explícitas.

Los observaremos.

 

La tapa duerme el sueño de los santos.

Despide un color atractivo que por tal razón es desechado.

Pandora: la tapa sobre la palma de su mano.

La mano cerrada, firme, con el anuncio del premio,

cualquiera,

entre ella.

 

Berkeley negó

que hubiera un objeto detrás de las impresiones

de los sentidos.

Jorge Luis Borges

Nueva refutación del tiempo

 

Es

momento

de vislumbrar

algunos giros de la tapa

rosca

a la izquierda,

nuestra

izquierda.

Dos se encuentran.

La mujer que posee todos los dones.

El recipiente, su sello, sobre la cúspide.

Cuánto puede ofrecer la dama.

Cuánto negará el reverso de la tapa.

Como mucho, un premio.

Nos desplomaremos.

Entonces a observar de soslayo esa cara

invertida

dentro de la tapa.

Una vez cotejado el contenido,

dos se apartan.

No hubo tiempo de conversar acerca del premio,

solo quedó el desenroscar.

Peste,

plenitud lesa,

humanidad, rapto de dichas.

 

 

La tapa

ya desenroscada,       por desenroscar,

Eva,              Pandora,

 

gracias a quien conoces,

gracias a quien supiste,

aquella por quien tus antepasados,

neblinosos,

ya

no sabrán conocer.

 

¿Dónde reclamar?

¿Dónde reclamar el premio?

 

 

 

 

(Para la convocatoria ‘Poemas sobre Taparroscas que Llevan Premio’)

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Las novelas de León de Greiff

 

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Por: Darío Rodríguez

Imaginar novelista a León de Greiff. Dice de él Juan Luis Panero: “…rezagado del romanticismo, rezagado de la vanguardia y del modernismo”. De Greiff aprovechó estas circunstancias para edificar toda su obra a partir de cierto retraso. Ese mismo destino, derivado en versos, en poemas multiformes, no riñe con el rumbo que hubiera tomado si se le hubiese ocurrido escribir novelas.

Y aquí deben los lectores entusiastas o avisados olvidar las ‘Prosas de Gaspar’, textos de un León de Greiff alejado de la idea canónica de prosa – así como en algunos de sus poemas a los cuales titula ‘relatos’, extensas odas más cercanas a la épica que a la narración -, vecinas o primas de los ‘Pequeños poemas en prosa’ de su amado Baudelaire o del mismo ‘Gaspar de la noche’ escrito por Aloisyus Bertrand.

El León de Greiff que hubiese escrito novelas habría estado más cerca de nuestro siglo XXI que del siglo XX donde elaboró auténticos tesoros del idioma y de los hallazgos, como ese libro juvenil y al mismo tiempo maduro titulado ‘Variaciones alredor de nada’.

Habría llegado tarde, por ejemplo, a ese fenómeno que algunos expertos denominan “autoficción”. Y por tanto, determinada porción de su novelística hubiera sido un  cadencioso mentir y un dichoso falsear en torno a su historia familiar y personal. Hasta lograr varias versiones engañosas de un ingeniero civil que inspeccionaba la noche, vadeaba el río Cauca, establecía una saga narrativa de Bolombolo, y ofrecía cada tanto versiones muy disímiles del mismo asunto – por inane que fuese -, cada una tan sólida, tan digna como las demás.

Se habría tardado en plantar baza sobre cierta novela fragmentaria y fisurada en amplios trozos. Reduciría aún hasta el átomo lo ya fragmentado de tal manera que no le temería a presentar bloques enteros de narraciones consolidadas en sílabas, fonemas y onomatopeyas.

Un León de Greiff novelista no hubiera pasado de ser algo insólito, sin difusión, con escasísimos lectores. Y justo ahí, en esa penumbra, residiría toda su valía.

Se suele hablar casi hasta el hartazgo de “la novela del futuro”. León de Greiff es una fina muestra de cierta ineficiencia dentro de esa expresión. Porque la novela finca algunos gramos de su propia supervivencia en el hecho de brindar impresiones de agonía, peligro de extinción o inexistencia. Algunos promotores del apocalipsis cotidiano hablan, asimismo, del “ocaso de la novela” y de que al menor descuido (nuestro y de ellos) la novela va a terminar muriéndose y ni siquiera lo vamos a notar.

Como en la arcaica, compleja, anacrónica y por ende siempre fresca poesía de León de Greiff – que no le temió al verso repujado ni a hacer lo que ya no se usaba – la forma literaria novela sobrevive gracias al despiste acerca de su propio final. Y por esto relacionarla con el porvenir, o pensar en un mejor mañana para ella, es necio.

Porque el futuro será, o es, también una novela. Tal vez una suma de novelas.

Y está bien que así sea para que pueda salir con algo inesperado.

Tal como León de Greiff, que en plena ancianidad vigorosa, esa adolescencia octogenaria alcanzada a vivir con lucidez, se atrevió a escribir poemas de estructuras convencionales, incluso relamidas, muy probadas.

La senectud y lo obsoleto salvan a la novela en el mismo nivel en que lo hacen los vanguardismos y las experimentaciones al uso. Pues quizá no exista nada más osado ni provocador que las viejas fórmulas de siempre, las sendas ya recorridas, esas antiguas alamedas por donde ninguna persona sofisticada y enterada querría pasar.

Una medicina chapada a la antigua para esa enfermedad que consiste en buscar lo nuevo todos los días de todas las semanas.

 

(Publicado en Ideograma, Revista Cultural – Corporación Alejandría – Tunja – Boyacá- Colombia – Octubre / Noviembre 2017)

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‘Sé’ – Ito Naga (Traducción de Daniela Camacho).

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  1. Sé que es tentador ver señales en las coincidencias.
  2. Sé que, en ciertas tradiciones, se cree que el alma regresa cuarenta días después de la muerte, luego mil días después.
  3. Sé que a veces paso debajo de una escalera. Sólo para ver.
  4. Sé que si hoy vemos Alfa Centauri como era hace aproximadamente cuatro años, rara vez pensamos a la inversa (de allá, vemos la Tierra como era hace aproximadamente cuatro años).
  5. Sé que la visión etnocentrista del mundo aún tiene un futuro prometedor.
  6. Sé que, si te veo, puedes verme, que los rayos de luz pueden seguir el mismo camino en ambas direcciones. ¿Por qué sería esto tan evidente?
  7. Sé que la infinitud del cielo y de las nubes que vemos cuando somos niños es una imagen que dura toda la vida.
  8. Sé que es difícil imaginar al Altísimo sepultado en el universo arrugado que predice la física.
  9. Sé que sólo en sueños se puede imaginar a Dios muy pequeño y arrasado por un simple golpe de viento.
  10. Sé que siempre imaginamos el más allá como el cosmos. ¿Por qué no como una madriguera de conejo?
  11. Sé que, en el vacío cósmico, los ángeles no necesitan alas. No hay aire para contenerlos.
  12. Sé que un ángel sin alas no es un ángel.
  13. Sé que incluso los astrónomos olvidan que la Tierra sigue girando cuando ellos regresan a casa.
  14. Sé que Albert Einstein, al menos una vez, sacó la lengua.
  15. Sé que la temperatura es agitación, que el mundo existe en su desbordamiento.
  16. Sé que todo parece confirmar la teoría de la evolución de Darwin y que la selección natural funciona, pero ¿cuándo habrá un cambio en los conejos que han permanecido igual durante siglos?
  17. Sé que la naturaleza es generosa y no tiene contemplaciones. Así, en este bosque, un árbol crece sobre una roca.
  18. Sé que en algunos rostros se pueden ver rastros de peces prehistóricos. Algo en la forma de los ojos o de la boca.
  19. Sé que en ese avión rumbo a Asia Central, había rostros que yo nunca hubiera creído que existían.
  20. Sé que ciertos Pashtunes tienen cabezas muy grandes.
  21. Sé que Tanizaki disfrutaba que los gatos agitaran la cola sin moverse, como si dijeran: «Eso que haces me interesa, pero no lo suficiente como para desplazarme».
  22. Sé que cada vez que escucha el estribillo «Esto no es más que un adiós», ese pájaro se agita en su jaula y se pone a cantar.
  23. Sé que la ardilla vive sola, que la comadreja vive sola, que el herrerillo vive solo, que el azor vive muy solo, que, de hecho, un buen número de animales viven solos. ¿Qué tanto problema hacemos en torno a la soledad?
  24. Sé que una mañana de verano, dos palomas estaban lado a lado, sin moverse, en lo alto de un muro. La tormenta terminó por desalojarlas.
  25. Sé que intenté quedarme quieto tanto tiempo como ellas y que no lo conseguí.
  26. Sé que con los anaranjados del cielo, la tormenta sobre París parecía tener lugar sobre la Tierra primitiva.
  27. Sé que las grandes cóleras fatigan, que quizá una vida no permite más que un número limitado.
  28. Sé que, para recuperar la calma, Soseki describía su ira en forma de haiku: toda su rabia reducida a 5 + 7 + 5 sílabas.
  29. Sé que el mal humor no sobrevive a una situación de emergencia. Prueba de su inutilidad.
  30. Sé que, durante la hibernación, los animales escapan del cielo gris y de las ideas que vienen con él.
  31. Sé que, a diferencia de los seres humanos, los árboles no sanan sus heridas. Las bordean y viven con agujeros aquí y allá.
  32. Sé que las fronteras entre dos mundos están llenas de misterios: ciudad y campo, atmósfera terrestre y ambiente interplanetario, ahora y dentro de un rato… ¿a partir de qué momento el uno se convierte en el otro?
  33. Sé que si su mano apretara apenas un poco más fuerte, eso ya no sería una caricia.
  34. Sé que, por pudor, él no dijo «acariciar» sino «masajear».
  35. Sé que las letras que usamos no nos permiten describir todos los sonidos. ¿Cómo acceder a esos otros sonidos?
  36. Sé que existe un diccionario para la lengua hablada en Chukotka.
  37. Sé que hablar una segunda lengua es como tener una puerta trasera en casa.
  38. Sé que uno se pregunta a menudo sobre sus verdaderas habilidades y que basta encontrar una para estar más tranquilo. Por ejemplo, poder tomar el volante de un auto sin estrellarlo contra una pared.
  39. Sé que, en Japón, nadie ofrece camelias: una vez marchitas, caen de golpe como decapitadas.
  40. Sé que, en Nara, un comerciante de objetos de papel maché esconde una jaula con insectos debajo de su escritorio. Ellos llenan el aire con delicadas vibraciones.
  41. Sé que incluso los insectos son tímidos. Los de aquel comerciante callan cuando son descubiertos.
  42. Sé que en japonés, «plagio» se dice «segunda infusión» (niban senji), que «este gesto se me escapó» se dice «los contornos de mi mano están fuera de control» (te moto ga kurutta), que uno describe a un inoportuno como «un golpe en el ojo» (me no ue no tankobu), que estas imágenes son extrañamente evocadoras.
  43. Sé que, en Japón, se dice que hasta un amor de cien años es incapaz de soportar un aliento de coles picantes. No que eso te aleje —¡te despierta!
  44. Sé que la fascinación por samurái viene del hecho de ser un sonido hermoso.
  45. Sé que en los años 50, los paraguas eran tan caros en Japón, que sólo había uno por familia.
  46. Sé que Mishima dijo haberse ido a la cama con esa época.
  47. Sé que una vez olí la flor llamada mokusei, mientras, me preguntaba cómo iba a recordar su perfume.
  48. Sé que tú sabes que él sabe que nosotros sabemos que ustedes saben que ellos saben.
  49. Sé que, curiosamente, esto tiene sentido y que uno se divierte viendo hasta dónde es capaz de llegar, como en el borde de un desfiladero.
  50. Sé que esto no funciona con todos los verbos.
  51. Sé que algo similar ocurre con las potencias de base 10. ¿A partir de cuántos ceros ya no vemos nada? ¿100,000? ¿1,000,000? ¿10,000,000?
  52. Sé que odio ver a las palomas alejarse delante de mí en la calle, que esta manera que tiene el hombre de ocupar todo el espacio es desesperante.
  53. Sé que en un zoológico inglés, un tiburón murió aterrado tras la zambullida de un tipo en su estanque.
  54. Sé que el hombre es capaz de transformar el mar en prisión y destruir así hasta el último de los sueños.
  55. Sé que antes de ser el nombre de un país, «Vietnam» es el nombre de una guerra, que antes de ser el nombre de una ciudad, «Hiroshima» es un nombre para el infierno.
  56. Sé que el alga Caulerpa taxifolia invade el fondo del Mediterráneo y no deja espacio alguno para otras especies. El hombre no es el único que hace esto.
  57. Sé que esta frase de Pierre Hadot ronda en mi cabeza: «Rogaciano era parte del Senado. Era tan avanzado en su aversión por la vida en este mundo, que renunció a todos sus bienes.»
  58. Sé que la palabra «avanzado» da la impresión de un proceso de maduración natural, comparable al de un queso.
  59. Sé que, frente a la existencia, los niños tienen ataques de vértigo: «¿Preferirías ser ciego o cojo? ¿Morir de frío o de calor?…»
  60. Sé que debemos pensar dos veces antes de responder.
  61. Sé que no siempre he dado la misma respuesta.
  62. Sé que nuestra visión del mundo y de los otros depende de nuestra apariencia física.
  63. Sé que, por ello, el alma cambia con la forma del cuerpo.
  64. Sé que ese grupo de niñas reunidas alrededor de una banca evocan una bandada de gorriones.
  65. Sé que, a veces, uno se complace en imaginar que las cosas y los seres no existen más cuando se les ha dejado de ver.
  66. Sé que, en el bosque, ella deja un poco de su picnic para los animales, que la paz interior comienza por gestos así de simples.
  67. Sé que ella, también, se come las frutas estropeadas. Para no abandonarlas.
  68. Sé que ella explicó el paisaje de fondo de la Mona Lisa como una representación de su mundo interior y de los caminos del conocimiento.
  69. Sé que, en ese mundo, realmente hay picos, valles y cosas que crecen como plantas.
  70. Sé que, a veces, podemos sentir, fugazmente, lo que significa «ser luminoso», como lo decimos, por ejemplo, de Jesús o de Buda.
  71. Sé que para mantenerse erguido uno debe imaginar su cabeza halada hacia lo alto por un hilo.
  72. Sé que bajo el cielo azul y el sol, este campo esconde un mundo terrible.
  73. Sé que es tentador aferrarse a la suave piel de las apariencias.
  74. Sé que él envenenó a su esposa a fuego lento, poniendo raticida en su café, pero que ella no está muerta.
  75. Sé que, medio ciega y paralizada, ella vive sabiendo esto.
  76. Sé que no podemos ordenarle a alguien que recuerde algo.
  77. Sé que llega a ocurrir que no recordamos nada de alguna cosa, salvo que nos ha sorprendido.
  78. Sé que no he conservado en la memoria el nombre del tipo que escribió: «¡Los chinos se caen de la bicicleta sonriendo!»
  79. Sé, por adelantado, que él dirá «no» a lo que le proponga. Sin embargo, se lo propongo.
  80. Sé que estará feliz de poder decir «no» una vez más.
  81. Sé que se puede tener una impresión equivocada de una persona: pensar, por ejemplo, que está distante cuando está distraída, que es desconfiada cuando, en realidad, está avergonzada.
  82. Sé que ella tenía miedo de los viajes que hacíamos juntos, y nosotros pensábamos que no le gustaba estar con nosotros.
  83. Sé que todo maduró en ella, incluso el resplandor desafiante que brillaba en sus ojos cuando tenía siete años.
  84. Sé que confunde el desdén con la ironía.
  85. Sé que la ironía es una actitud de adultos, que se necesita tiempo para que un niño la entienda; si en la escuela un compañero dice «¡Claro que no, no te presto mi pluma!», eso de ninguna manera significa: «¡Adelante, tómala!».
  86. Sé que un buen signo de ironía es no saber que se trata de ironía.
  87. Sé que el inglés que me invitó a las carreras de caballos dijo: You might hate me in a few years!
  88. Sé que ser perturbado por una palabra es menos una señal de debilidad que de una imaginación fértil.
  89. Sé que con un poco de distancia, cualquier palabra adquiere una belleza sorprendente. Cualquier – palabra – adquiere – una – belleza – sorprendente.
  90. Sé que es posible imaginar con precisión al insecto que se desliza sobre el agua en la punta de sus patas sin siquiera conocer su nombre.
  91. Sé que resulta increíble que Gaspar Hauser haya llamado «caballo» al primer ganso que vio. Sin embargo, es lo que hacemos nosotros cada vez que erramos el nombre de una flor o de un árbol.
  92. Sé que el lenguaje sirve, sobre todo, para hacerse una imagen del interlocutor y, adicionalmente, para expresar ideas.
  93. Sé que al exagerar las cosas que decimos, exageramos también el sentido de las palabras de los otros y, así, la trampa se cierra.
  94. Sé que podemos decir cosas horribles con tanta facilidad que sentimos miedo de nosotros mismos.
  95. Sé que incluso si ya no ponemos atención a esto, algo en nosotros recuerda.
  96. Sé que cuando él dice: «Este equipo de fútbol tiene más experiencia en los grandes encuentros», él habla como un periódico.
  97. Sé que a menudo tomamos prestadas las palabras de los otros.
  98. Sé que el mundo es como un inmenso eco, que las palabras se repiten al infinito como un juego de espejos en un palacio persa.
  99. Sé que no soy el único que dice «el descenso es más difícil que la subida».
  100. Sé que al invertir el orden de las palabras, la lengua inglesa las vuelve más evocadoras que el francés: por ejemplo, atmospheric café.
  101. Sé que es extraño que, en una frase, el lugar de las palabras sea tan importante.
  102. Sé que para explicar esto que digo, en un manual se citó como ejemplo: «llevo sopa a mi padre que está enfermo en una pequeña olla».
  103. Sé que la dificultad de expresarse consiste, sobre todo, en encontrar un ángulo de ataque.
  104. Sé que «el futuro es nuestro» no significa «tenemos futuro».
  105. Sé que «seno» evoca otra cosa que «pecho».
  106. Sé que es más fácil encontrar el principio de las frases que su final, como si uno se atascara al escucharse hablar.
  107. Sé que basta decir «¡vamos a lo esencial!» para perdernos en detalles.
  108. Sé, al escuchar su explicación, que él no sabe exactamente qué significa «astigmático», pero que está buscando salir del embrollo.
  109. Sé que los científicos titubean para decir «no sé».
  110. Sé que se les reprocha su falta de humildad si no lo dicen, su ignorancia si lo dicen.
  111. Sé que los científicos no son los únicos en vacilar.
  112. Sé que si escribo un texto breve, se dirá que es ligero; si escribo un texto largo, que narro mi vida; si reacciono, que carezco de autocontrol; si no reacciono, que me falta combatividad.
  113. Sé que, al final, con aquellos que no te quieren las cosas son bastante simples.
  114. Sé que me prometo, cada vez, no ser perturbado. En vano.
  115. Sé que con las personas que no queremos, ni siquiera nos gusta el aire que les rodea.
  116. Sé que lo contrario es cierto también: amamos hasta el aire que rodea a aquellos que queremos.
  117. Sé que el aire une a los seres humanos al bajar por sus pulmones, unos después de otros.
  118. Sé que él tiene sobre mí la misma autoridad que alguien más tiene sobre él y así sucesivamente, como una gran tela aglutinando la sociedad.
  119. Sé que sentado en un rincón con el ceño fruncido, él espera la primera oportunidad para ser desagradable.
  120. Sé que esta tarde tenía respuestas y estaba listo para discutir con alguien, pero no encontré a nadie. ¡Qué pena!
  121. Sé que en lugar de decir «Su perro ladra por la noche y me impide dormir», él ha comenzado por «Sería muy tonto discutir a propósito de un perro».
  122. Sé que no han discutido.
  123. Sé que apenas vivido, todo se vuelve antiguo, empezando por la imagen que tengo de ti.
  124. Sé que lo más extraño de estar en un confesionario es hablar en un tono tan bajo.
  125. Sé que en la vida cotidiana rara vez hablamos tan bajo.
  126. Sé que, en el metro, una chica con los ojos rojos interpelaba a un tipo con gritos apagados: «¿Pero tú me estás tomando el pelo?»
  127. Sé que incluso en el individuo más insensible existen actitudes extrañamente infantiles.
  128. Sé que para mostrar su desaprobación, ese hombre anciano se encoge de hombros como un niño.
  129. Sé que en nuestro fuero interno pocas cosas cambian.
  130. Sé que solo la tecnología progresa verdaderamente.
  131. Sé que haría falta, todos los días, que la muerte ejerciera sobre nosotros una presión amigable para volvernos serenos y desapegados.
  132. Sé que ella tiene, lamentablemente, la mano un poco pesada.
  133. Sé que estar sano adormece, de alguna manera.
  134. Sé que ella murió repentinamente la tarde de un domingo, de la misma forma en que otros encenderían el televisor.
  135. Sé que, como nosotros, los animales ayudan a morir a sus congéneres, pero eso no parece conmoverles.
  136. Sé que con la ayuda de un manual, una amiga rusa ha calculado, con mucha precisión, que fue una navegante japonesa en su vida anterior. Y yo, un zapatero portugués nacido alrededor de 1750.
  137. Sé que ella prometió decirme cómo se realiza ese cálculo y que lo ha olvidado.
  138. Sé que en la entrada de una casa al sur de China fue escrito: «Han pasado cinco noches desde que él falleció».
  139. Sé que ese papel parece llevar pegado ahí mucho más de cinco días.
  140. Sé que incluso si los chinos son más de mil millones, cada cara nueva parece distinta.
  141. Sé que en la India no hay insectos aplastados en los parabrisas de los automóviles. No conducen lo suficientemente rápido.
  142. Sé que una tarde, en un hostal, un hindú dijo: «Un gurú puede enseñarte muchas cosas, incluso a matar a un hombre, a veces esto puede ser útil».
  143. «Lo sé porque lo aprendí de un maestro o lo sé porque lo descubrí yo mismo son las únicas dos posibilidades», se decía en la Antigüedad.
  144. Sé que en la India, en el pasillo de una estación oscura, alguien gritó repentinamente: «¿Crees en la vida después de la muerte?» y que de inmediato agregó: «Eso lo verás en Benarés».
  145. Sé que con todos estos nacimientos y muertes, estas enfermedades, accidentes y bombas, todos los días hay un tráfico tremendo entre este lugar y el más allá.
  146. Sé que, cada instante, al menos una persona en el mundo muere mientras otra está en pleno éxtasis y una tercera hace las compras.
  147. Sé que cada instante, también, una buena parte de la humanidad espera. Un amigo, una carta, la noche, nada…
  148. «Sé que engendré un ser mortal» dijo simplemente Anaxágoras cuando se enteró de la muerte de su hijo.
  149. Sé que en la entrada de un cementerio de Italia está escrito: «Nosotros fuimos como tú. Tú serás como nosotros».
  150. Sé que hubo un instante de silencio cuando alguien dijo: «¡Imagina que se descubre un continente nuevo!»
  151. Sé que, mientras escribo una resolución, las palabras ya se están debilitando, que tendré que convencerme a mí mismo nuevamente.
  152. Sé que, incluso si son idénticas, mis propias palabras me comunican menos que aquellas de un maestro.
  153. Sé que las palabras que usamos están habitadas por muchas personas.
  154. Sé que cuando uno se pregunta si ha comprendido bien alguna cosa, uno ya no sabe qué significa, realmente, comprender.
  155. Sé que debemos aceptar no comprender como esperamos.
  156. Sé que me llevó mucho tiempo entender que insultar a otro es, sobre todo, humillarse a uno mismo: por el desprecio que, contra uno mismo, se siente después.
  157. Sé que ella habla demasiado rápido y demasiado fuerte para gustarse de verdad.
  158. Sé que sostener su mirada es como jugar a las vencidas.
  159. Sé que cuando se está fatigado, el cuerpo parece un tronco que debe ser arrastrado del metro al autobús, de una escalera a otra.
  160. Sé que, con el tiempo, los muertos se vuelven más presentes, que los fantasmas ya no están afuera, sino dentro de nosotros.
  161. Sé que, curiosamente, trasladar el cuerpo a otros lugares del mundo le da reposo.
  162. Sé que al caminar por el parque Jean-Jacques Rousseau, uno pudo haber creído que estaba en Italia, pero no era Italia, ¿de dónde vino esta convicción íntima?
  163. Sé que es sorprendente imaginar los rostros que nos rodean en una época pasada.
  164. Sé que la idea de que el ser humano está solo, abandonado a sí mismo en este planeta sin instrucción ni consigna, puede por momentos devenir tan vertiginoso que la cabeza comienza a dar vueltas.
  165. Sé que antes de desvanecerme, me aferré a la mirada de un perro en el metro.
  166. Sé que no me desvanecí.
  167. Sé que, contrariamente a lo que se dice, algunos perros sostienen la mirada.
  168. Sé que algunos pensamientos son como una corriente eléctrica demasiado fuerte que el cerebro apenas puede resistir. ¿Un simple fenómeno físico?
  169. Sé que la sensación de vértigo es incomprensible para aquel que jamás la ha experimentado.
  170. Sé que hablamos de empatía, pero ¿cómo funciona exactamente? ¿Qué sentimos?
  171. Sé que cuando entramos en pánico, la realidad se vuelve escurridiza y no nos ofrece asidero.
  172. Sé que pasamos mucho tiempo tranquilizándonos, que se necesita hacerlo una y otra vez, como vestirnos cada mañana.
  173. Sé que cuando dudamos de nosotros mismos, usualmente elegimos el camino que lleva al infierno. ¿Por qué casi siempre el que nos castiga y nunca el que nos alienta?
  174. Sé que cuando dudamos, también dudamos que dudamos.
  175. Sé que frente a una persona determinada, quien duda nunca tiene ventaja: es imposible dudar con determinación.
  176. Sé que algunas veces nos preguntamos: «¿Tal vez no he comprendido nada?, nada de lo que pienso del mundo es cierto.»
  177. «¡Sé bien!», decimos.
  178. Sé que nos cuestionamos con angustia sobre cuáles serían nuestras reacciones en caso de una catástrofe. ¿Seríamos cobardes o heroicos?
  179. Sé que algunas veces nos atribuimos creencias contrarias a las nuestras. Sólo para ver y ponernos a prueba.
  180. Sé que, por momentos, la cabeza se calienta como un motor.
  181. Sé que macerarse no conduce a ningún sitio.
  182. Sé que, desafortunadamente, no podemos expulsar los pensamientos oscuros como una mala comida.
  183. Sé que evito decir «punto final» porque no sé de qué final se trata.
  184. Sé que los puntos sobre las íes tienen algo alegre, pero no es eso lo que debe comprenderse cuando decimos: «voy a poner los puntos sobre las íes.»
  185. Sé que en Silvia y Bruno, de Lewis Carroll, se habla de un niño que cuenta ovejas hasta llegar a 1008: 8 que realmente contó, más otras 1000 porque había muchas más. ¿O eran 7 y no 8?
  186. Sé que en la sociedad no hay lugar para una lógica como esa.
  187. Sé que estar fuera de lugar es una fortaleza.
  188. Sé que cuando calculamos el área de una superficie simplificamos las cosas, quedándonos con un número en lugar de dos, pero que, al mismo tiempo, ya no podemos decir si la superficie es cuadrada o excesivamente larga.
  189. Sé que el espacio de una habitación con luz solar y el ruido de los automóviles de la avenida no tiene nada que ver con su volumen real.
  190. Sé que los científicos envenenan el mundo con la convicción de que ellos describirán las cosas con exactitud.
  191. Sé que, secretamente, nos regocijamos de que ciertas cosas se resistan a la ciencia, que una parte del misterio persista.
  192. Sé que no sabemos por qué los nudillos de los dedos truenan.
  193. Sé que una vez que la ciencia ha cruzado la línea, es imposible dar marcha atrás.
  194. Sé que cuatro policías armados con macanas bajaron rápidamente de un automóvil y entraron en un edificio mirando hacia arriba, pero no sé qué sucedió después.
  195. Sé que un tipo de cara pálida corría en los pasillos del metro, llorando, y que un minuto después en el altavoz se oía un mensaje de llamado a la policía, mas ¿habría alguna conexión?
  196. Sé que, de manera natural, pensé que había alguna conexión.
  197. Sé que a menudo pensaba: «Nunca hay dos sin tres.»
  198. Sé que la melodía de las campanas de una iglesia viene, simplemente, de su desplazamiento progresivo.
  199. Sé que al comprar un carro uno adquiere un medio de transporte, pero también un pedazo de espacio.
  200. Sé que un embotellamiento en la carretera equivale a los edificios de una ciudad proyectados horizontalmente.

 

 

Ito NagaAstrofísico francés nacido en 1957. Ha publicado Je sais e Iro mo ka mo, la couleur et le parfum bajo el sello editorial Cheyne Éditeur. Traducción del original en francés por Daniela Camacho, del libro Je sais, Cheyne éditeur, séptima edición, 2013.