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CIMEMÁXIMAS por Luis Ospina

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En mi larga carrera en el cinematógrafo, que va desde los inicios del mudo de la mano de maestros como Erich von Stroheim y Cecil B. DeMille hasta mi muerte no confirmada, lo
he visto todo. Y, sobre todo, lo he oído todo. Quizá en ningún
medio artístico se escuchan tantas palabras necias. Y tantas
palabras sabias. Haciendo memoria he podido recopilar 69 de
estas frases célebres, algunas de mis colegas y otras de mi propia autoría. Las máximas son la mínima expresión. En eso no
se diferencian de los productores que siempre han querido
hacer lo máximo con lo mínimo. Para ellos da lo mismo decir less is more que more or less, pues tienen la mente tan estrecha que no les cabe la menor duda. Pero las estrellas no nos
damos por vencidas pues sabemos que la luz que emitimos es
la que ilumina la pantalla plateada. No hay nada más, sólo nosotras. Y las cámaras. Y toda esa gente maravillosa allá afuera en la oscuridad: nuestro público.
NORMA DESMOND

 

1. Todo el mundo tiene dos profesiones: la propia y
crítico de cine.
2. Todo el mundo es director de cine hasta que demuestre lo contrario.
3. Para un cineasta, fe es creer en lo que no se ha
revelado.

4. El cine son emociones en emulsiones.
5. Una película es tan sólo la huella de un deforme.
6. Hay que confrontar las ideas vagas con imágenes
claras.
7. Tráiganme clichés nuevos.
8. Lo más positivo del cine es el negativo.
9. En el cine sólo hay tres negocios: distribución, distribución y distribución.
10. Era tan malo el director que lo metieron a la cárcel
por hacer cine y lo soltaron por falta de pruebas.
11. Era tan malo el director que hizo dos películas
en una: la primera y la última.
12. Se murieron tantos actores de la película que los
créditos decían «en orden de desaparición».
13. Uno comienza haciendo la película que quiere y
termina haciendo la que puede.
14. La tragedia de todo gran director es que termina
convirtiéndose en un gran fotógrafo.
15. Era tan mala la película que tuvieron que refilmar
unas escenas antes de archivarla.
16. Era tan mala la película que sólo le faltaba un corte: el longitudinal.
17. Era tan mala la película que no la montaba ni un
jockey.
18. Si no monta, pos cortamos al zopilote.
19. Los pornos se ruedan en interiores, en ambos sentidos de la palabra.
20. La tercera dimensión en el porno es cuando los actores se le vienen a uno encima.
21. Hasta en el cine porno hay que cubrirse.
22. No confundir un fundido a negro con un negro
confundido.
23. En el documental Dios es el director, en la ficción
el director es un dios.

24. Si la ficción es cacería, el documental es pesquería.
25. Cuando uno hace ficción termina haciendo documental y cuando uno hace documental termina haciendo ficción.
26. En el documental hay que escoger entre el cinéma verité y el cinéma mentiré.
27. El cine es contar una cantidad de mentiras para llegar a una gran verdad.
28. Un documental malo es un cortomental.
29. El arte copia a la vida y la vida copia a la televisión.
30. Si el cine es un medio de expresión, la televisión
es un medio de transmisión.
31. El cine es un embeleco del siglo XX.
32. La televisión es el chicle de bomba de los ojos.
33. La televisión oscila entre el canal séptico y el canal pésimo.
34. Ya la gente no va a cine porque tiene miedo que le
roben el televisor.
35. Sólo hay que creer en el cine animado.
36. En el cine muchos son los llamados y pocos los escogidos.
37. Cuando todo el mundo está contento con los rushes, la película es una mierda.
38. En un rodaje mejor contentos que con tontos.
39. En el cine no hay que tener talento sino terquedad, persistencia de la visión.
40. El cine es una recreación colectiva.
41. El cine es una creación colectiva; una persona da
una orden y todos la obedecen.
42. No piense, actúe.
43. En el cine para ser bella hay que hacer cara de estúpida.
44. Que se quede el cine sin estrellas.
45. Todo el mundo es una estrella.

46. En el cine la única estrella debe ser la del trípode.
47. Un actor es la clase de persona que sólo escucha
cuando están hablando de él.
48. El cine es un atleta.
49. El cine es la verdad 24 cuadros por segundo.
50. No hay película lenta, todas pasan a 24 cuadros por
segundo.
51. No importa con qué lente con tal de que quede
bonito.
52. Ponga la luz donde está la plata.
53. El video es el cine sin dolor
54. Sin script no podré vivir jamás.
55. Esta mañana tuve una gran idea pero se me olvidó.
56. Yo no dirijo, yo corrijo.
57. La asistencia de dirección es mucha asistencia y
poca dirección.
58. Consejo para los extras: Te pagan poco, trabajá poco.
59. En el cine cuando quieres complacer a todo el mundo, no complaces a nadie.
60. Los críticos son perros detrás de una bicicleta.
61. Cada imagen evoca un sonido mientras que cada
sonido evoca muchas imágenes.
62. ¿En una película muda el cambio de plano suena?
63. El único buen argumento escrito por un comité es
la Biblia.
64. En Hollywood el orden de los directores no altera el producto.
65. Hasta los flashbacks en cine son en el presente.
66. Si quieres ser un éxito en Hollywood, vete a Nueva York.
67. ¿Usted hace cine o asesina?
68. El film justifica los medios.
69. Mientras no haya derechos humanos, no puede haber derechos de autor.

 

 

 

Fuentes: François Truffaut, King Vidor, Hedy Lamarr,
Andrés Caicedo, Robert Bresson, Sandro Romero, Samuel
Goldwyn, Jean-Luc Godard, Carlos Mayolo, David Stível,
Carlos Palau, Ettore Scola, Vladimir Maiacovski, Frank Lloyd
Wright, Guillermo Angulo, Marcel Duchamp, Fernando Vallejo, Marlon Brando, Alfred Hitchcock, Andy Warhol, Federico Fellini, John Huston, Michael Winner, Abbas Kiarostami, Luis Ospina, y otros que prefirieron el anonimato.

 

(En ‘Palabras al viento – Mis sobras completas’ – Aguilar – 2007)

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Poeta y Paloma

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Si Paloma Valencia hubiera seguido por el camino de la literatura tal vez nos hubiéramos ganado a una poeta menor y – algo benéfico para este país – nos habríamos librado de una militante radical del uribismo, ahora con aspiraciones presidenciales y desde siempre poseedora de un discurso incendiario, rico en odio.
Hace unos meses la poeta Fátima Vélez descubrió el blog que la senadora Valencia escribía mientras cursaba una maestría en Escritura Creativa dentro de los programas de la Universidad de Nueva York. No hay que ser un experto para notar la precariedad de sus poemas, su sensiblería y escasa calidad. A quien le interese leerlos podrá hallarlos en loquevimos.blogspot.com
Esta vena poética (aunque sea sólo en ciernes y floja) sería explicable si se tiene en cuenta que el bisabuelo de Paloma Valencia fue Guillermo Valencia, bardo legendario quien, como ella, pronto sucumbió a las mieles e ilusiones del poder.
Con el incremento de la polarización colombiana, por cuenta del llamado a indagatoria que le formularon a Álvaro Uribe y su correlato: una oposición dividida, confusa, lastimera, debiera alguien aconsejarle a la senadora que retome sus búsquedas poéticas. Que se dedique solo a eso. Haría menos daño, pues en esta nación se lee poco. Y poesía, nunca.
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Alianza turbia

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Una facción política de cierta congregación cristiana aliada con el partido Liberal (que hace tiempo dejó de ser liberal y ya ni siquiera puede ser entendido como partido propiamente dicho). Parece una broma, como todas las alianzas políticas de este país. Pero no. La noticia es cierta. Observamos el lamentable espectáculo de César Gaviria que, sin disimular bien su vergüenza, abrazaba a la pastora evangélica del aval hace unos días. Como la muchacha tampoco tenía un argumento creíble a la mano afirmó que su abuelo fue liberal, y por esa razón aspirará ella a ser elegida.
A esta gente se le olvida que la cosa pública es seria. Por andar pensando sólo en sus jugosos contratos, en sus sueldos estrafalarios y en ganarse la popularidad de quien sea al precio que sea, dejan a un lado la convicción profunda del ideario liberal – que jamás se aliaría con una comunidad religiosa – o abandona su postura, radical de hecho, la expresión cristiana que hasta hace poco no feriaba sus propósitos con cualquiera.
Esta unión es un ejemplo del estado miserable en el que se encuentran casi todas las manifestaciones del servicio social dentro de Colombia.
Es un deber civil informarnos mejor. Y nunca, jamás, votar por personas de esta calaña.
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Sobrinas, sobrinos

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(Fotograma de ‘A casa para las fiestas ‘, film de Jodie Foster)

 

Lo mejor de tener sobrinos es lo peor: no son nuestros nietos. Por tanto nos es negada la posibilidad de malcriarlos con el descaro amoroso que sólo unos abuelos brindan. Como tampoco somos los padres de esas benditas criaturas inquietas, ruidosas (en cualquier edad) nos está vedado cualquier intento de crianza o de amonestación educadora.
Así pues, lo mejor de ser el tío es que su papel se parece un poco al de la suegra: nadie sabe bien dónde ponerla ni qué función adjudicarle. Los tíos están sobre la severa línea de las imposibilidades. Al no ser el abuelo ni la madre pueden lograr prodigios en el arte de la complicidad y la amistad discreta (no pocas veces conservando distancias prudenciales para no maleducarlos ni gobernarles sus existencias). Sin excesivos protagonismos, un tío termina ejerciendo poderosas influencias precisamente porque nadie las espera ni logrará detenerlas.
Un tío sabe guardar secretos, mediar entre los padres estrictos o los abuelos alcahuetes, acompañar locuras, o tomar distancia si es el caso (sobre todo en nombre del respeto y del afecto sincero).
Lo peor de ser tío es, en realidad, lo mejor: de cerca o de lejos, puede ser la compañía más eficaz que una persona tenga a lo largo de esta compleja vida.
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Naturaleza de agua

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Por mí llaman las aguas,

Por mí llaman los mares,

Por mí llaman, alzando una voz corpórea, las lejanías…

Fernando Pessoa

‘Oda marítima’

 

 

Jenny Bernal es una mujer del mar quien, por razones desconocidas, nació y vive en una ciudad lluviosa, entre cordilleras donde no hay playas ni salitre. Sin embargo posee la capacidad de escribir una poesía alta que devuelve al lector a la atmósfera marina. Le bastan dos o tres pinceladas para lograrlo y, lo más importante, sirviéndose de materias primas contrarias por completo a esa atmósfera.

 

La mañana

es el recuerdo vivo del mar:

 

su sal en la boca

su brisa cálida

su rumor

su trazo delicado de espuma blanca.

 

La ciudad andina convertida en memorial, en “recuerdo vivo”, de ningún modo nostálgico sino trepidante, directo, del espacio marítimo. En nuestra tradición artística podrían mencionarse algunos ejemplos de la actualización del mar y sus ámbitos en medio de condiciones y hostilidades montañosas. Existe una serie de pinturas del desaparecido Gustavo Zalamea que ubican la cola de un tiburón en mitad de la Plaza de Bolívar. Un relato del libro ‘Ponqué’, escrito por Carolina Sanín – para poner otro ejemplo -, le adjudica mar a Bogotá.

La autora de ‘Levar el aire’ suele dar virajes hacia la ciudad, a otras literaturas (‘Mrs. Dalloway’ de Virginia Woolf, el título de un poema de Silva traspasado aquí como ‘La enfermedad del siglo’, Vladimir Holan, “amigo H”), a ritos y culturas ajenas de las cuales se alimenta (lo azteca, el entramado de una críptica y suicida ‘ciudad de las luces ciegas’), incluso se arriesga a revisitar poemas primerizos (con tono coloquial, casi desenfadado, como ‘La casa’), pero de continuo, brindando una clave de lectura y desciframiento, retorna a las anclas, los navíos, las playas, el mundo del mar. No deja dudas: en mitad del recorrido sensorial que es ‘Llevar el aire’, al inicio de ‘Agosto’, afirma

 

Entre el horizonte y mi naturaleza de agua

intenté un instante ser cronista

de un tiempo sin miedo

 

No debe olvidarse el derrotero que le marca Jenny Bernal a su poesía desde el título del volumen, complemento justo de su hálito marino, de esta “naturaleza de agua”, una presencia abarcadora que establece la cartografía de su mundo y es el reflejo del océano, la bóveda celeste: el aire. Así, y como una especie de rúbrica endilgada a la primera sección de esta colección poética, aparecen en ‘El otro’ estos versos:

 

El agua no sería un lienzo inabarcable

              sin el espejo que tiende sobre ella el cielo.

 

Ese espejo es el aire. Que invade y acompaña a todas las cosas y seres. Es el amor, ese “vacío memorioso” – al decir de Emily Dickinson – que deja tizne o néctar entre las manos, se halla bajo las pirámides de Teotihuacán o sosteniendo a las palabras, siendo tal vez la poesía misma, en el poema que da título al libro.

Inmersa en este diálogo entre el aire y el agua, la poeta se detiene a observar el curso de su universo – creado, desde luego, por ella misma – y del ajeno, el del miedo, la violencia y el ruido. Quizá por virtud de este coloquio la segunda y última sección nos entrega visiones ordenadas, hora a hora, en textos de breve factura que no obstante se comunican con los extensos y abren puertas para seguir meditando en lo líquido y lo aéreo. Uno de estos poemas podría leerse como sinopsis exacta del libro entero:

 

 

 

He perdido el aire

 

en barcos

que se extravían

tras el primer

intento del anclaje.

 

Los antecedentes de este tono son la poesía y la prosa de Emilia Ayarza, por su énfasis en inesperadas alegorías (el acto de rezar, la espera del padre, el olor del pan). También la recurrencia a fijar imágenes específicas, como si de pinturas o de fotografías se tratara, siempre envueltas en un preciso tratamiento verbal. Ya hay una tradición colombiana en esta forma poética inaugurada por José Manuel Arango y con representantes como Orlando Gallo, Gloria Posada, Gustavo Adolfo Garcés o, más recientemente – y cercana a la generación de Jenny Bernal – , Tania Ganitsky.

Desde su paciente composición esta labor poética se inscribe, además, en la senda de autores que labraban sus textos durante años y décadas. Fernado Charrry Lara, Aurelio Arturo, María Mercedes Carranza son dignas muestras de esta práctica distinguible por carecer del afán de publicar (esa enferma superstición de nuestro tiempo) y del protagonismo escénico que ha adquirido la figura de quien escribe poemas. Esto se explica sólo por el talante mismo de Jenny Bernal, quien antepone la divulgación de las obras de otros poetas, fomentar la lectura, coordinar festivales poéticos y hasta trabajar en la sinuosa vorágine del mundo editorial, a exhibirse o exhibir sus poemas.  A tal grado llegó su discreción que sus lectores inveterados tuvimos que esperar diez años para ver la salida a la luz de ‘Llevar el aire’.

Los jurados del tercer premio nacional de poesía Tomás Vargas Osorio, refiriéndose a este libro, subrayaron su “manejo delicado del lenguaje y […] sus imágenes sugerentes que buscan expresar de manera íntima y sencilla, sin rebuscamientos, la compleja condición humana y todo cuanto se deriva de ella”.

Nos encontramos, ni más ni menos, con una de las voces poéticas más sólidas de la actual poesía colombiana.

 

 

 

‘Llevar el aire’ – Jenny Bernal – Gamar Editores – Popayán – 2018.

 

 

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La leyenda de Francisco el Hombre

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Iván Francisco Rodríguez, Pacho, era y es la encarnación del arte cinematográfico. Si de pronto desaparecieran los films de autor, las salas, el ritual de ver películas, y si Francisco siguiera aún entre nosotros bastaría verlo, incluso en sus hábitos más leves, para comprender cómo y cuál es la capacidad del séptimo arte para iluminar la existencia o modificarla.

Habitaba en él una forma de la pasión ya muy rara para estos tiempos de empresas culturales dedicadas sólo al entretenimiento, al lucro. Realizador, cinéfilo, licenciado en Ciencias Sociales de la UPTC Tunja, padre de familia, docente ocasional y durante años recientes artista visual, todo lo que hacía, decía o pensaba se encaminó hacia un frenesí de la imagen, ya fuera fotográfica, audiovisual o hasta verbal – sus calambures y exabruptos críticos hacia dirigentes o caciques regionales poseían el pigmento de quien ha coordinado puestas en escena toda su vida -.

Quizás ese fuego interior lo llevó a convertirse en un adolescente perenne al cual se entendió siempre un poco mal. En una de sus películas, ‘El Ajnut’ (anagrama evidente de Tunja), aparece la figura del funcionario público que soborna. Al evitar caricaturizarlo, al exhibirlo tan familiar, el golpe era certero: el corrupto podía ser cualquiera, incluso el espectador del film. Con una película, ‘Revocaldo’, y a través del pluscuamperfecto genio doctor Salvador de Chirico González Piracoca, exigió la revocatoria del alcalde de Tunja. Las interpretaciones y los comentarios alrededor de la Plaza de Bolívar en torno a esas obras no solían ser muy amables. No obstante,  Francisco siguió luchando por filmar su Tunja y su tiempo. Dos de sus trabajos podrían sin problema formar parte de la historia del arte boyacense: ‘Rollo upetecista’ (1995) y ‘Soy Cuba, Soy Tunja’ (2009). El primero una declaración local y colectiva de amor al cine en su centenario, con los tintes eufóricos de unos universitarios que empiezan su aventura estética. El segundo es un intento arriesgado por brindarle valor universal al cine boyacense y una perspectiva tunjana al cine mundial.

A todas las correrías y empeños por realizar producciones fílmicas, Francisco Rodríguez les sumó diversas actividades con idéntica intensidad: fundó y mantuvo un cine club, entabló un beligerante debate público en defensa del patrimonio arquitectónico y como artista plástico tuvo desde el inicio a la barbarie (representada sobre todo en Álvaro Uribe Vélez) como blanco al que apuntarle. Es imposible olvidar aquélla urna pestilente con la efigie orgánica de Uribe Vélez que se iba pudriendo al compás de sus periodos presidenciales.

La semana de su sorpresivo adiós el director Martin Scorsese dijo en la entrega del premio Princesa de Asturias que las atmósferas y los ámbitos para los jóvenes cineastas ya son pasto del comercio vulgar y de los lemas publicitarios. Tal denuncia parece unirse a la obra de Francisco, quien desde su rincón tunjano combatió la ligereza, la medianía de ciertos creadores. Como en la leyenda colombiana de Francisco el Hombre, sin importar perder o ganar, el valor del personaje consiste en haberse atrevido a dar la pelea contra el diablo. Por supuesto, sin perder nunca el sentido de lo real. Pacho sabía de antemano que esa batalla, su batalla, era perdida: alguna vez, antes de iniciar la lectura en voz alta de ‘Mi último suspiro’, memorias del cineasta Luis Buñuel, dijo algo profético: “No tendremos derecho ni a nuestro último suspiro”.

Pacho se queda a nuestro lado.

De quienes lo acompañamos depende que su obra no se olvide.

 

 

(Fotografía: Iván Francisco Rodríguez – Tunja – 2009)

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Un Mundial nunca visto

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Hinchas del fútbol delante de la estatua del Llamado de la Madre Patria, en el complejo conmemorativo de la Segunda Guerra Mundial Mamayev Kurgan. Volgogrado. Rusia. Foto: Sergei Ilnitsky / EFE).

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:https://www.elcomercio.com/galerias/curiosas-fotografias-mundial-rusia-futbol.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com. 

 

 

6 – VI – Miércoles

 

Todo lo que no es fútbol es el fútbol.

El mesero del Jarro Bar me dijo anoche que el diecisiete de junio próximo será especial por insólito: día de elecciones presidenciales definitivas, inicio del campeonato mundial de fútbol, domingo magro (¿cuál no lo es?) y escenario de la Ley Seca, como se llama al decreto que prohíbe el consumo de alcohol en toda la nación.

Una especie de pesadilla programada.

 

 

11 – VI – Lunes

 

Martín Caparrós decide tomar al mundo como excusa para hablar de fútbol en el New York Times. Se acerca ese campeonato y esos textos que leeré no sin cierta fidelidad. Es, por ahora, lo único que me interesa de la eventualidad rusa.

 

 

15 – VI – Viernes

 

Mundial leído. Ayer Caparrós inspeccionaba la partida del técnico de la selección española, la orfandad como consecuencia. Hoy anhela que a Lionel Messi, “el mejor futbolista del mundo y quizá de la historia”, le sea concedida la justicia poética de, este año sí, ser campeón mundial.

 

19 – VI – Martes

 

Hoy fui temprano a trabajar. Mientras tanto debutaba la selección colombiana de fútbol en el Mundial. Paralizaron todo movimiento humano en esta ciudad. Y en muchas. Los colegios, las oficinas, la vida y la reunión que teníamos programada en el salón fueron aplazadas para las diez de la mañana. Hasta que el partido culminara.

 

 

20 – VI – Miércoles

 

Comienzan a llegar noticias de la presencia colombiana en Rusia. Cierto individuo se burla de unas japonesas obligándolas o invitándolas a pronunciar palabrotas colombianas. Antes de llegar a Moscú, la diva insignificante, por demás muy popular aquí, aprovecha su paso por el museo de Louvre para darse un chapuzón entre una fuente. También el grupo de antioqueños que esconden aguardiente dentro de unos prismáticos y birlan, así, la seguridad del estadio.

Todos estos personajes piden ser grabados.

 

21 – VI – Jueves

 

Mi padre me cuenta, inquieto, que han sacado al equipo de Perú. Luego aclara que pasaron más de tres décadas para que el fútbol peruano participara en un Mundial. Le pregunto a qué se debe su incomodidad y me responde, sonriente:

-Son de Latinoamérica. Duele.

Carraspea un poco. Remata:

-Que tiemblen los argentinos. Les ha ido muy mal. Se lo merecen por creídos.

 

22 – VI – Viernes

 

Por fortuna vivo rodeado de gente muy segura de sí misma, muy informada. Tanto en fútbol como en política.

Desde las seis y media de la tarde llegan al Jarro Bar. Tras beber cinco o seis cervezas dan inicio a sus disquisiciones. Qué jugadores debe arriesgar el director técnico Pékerman. Y por qué el propio Pékerman debe renunciar. Al mismo tiempo, con idéntico furor, mencionan series de televisión.

La continuidad en su divagante coloquio es lo que menos les afana. En cuestión de segundos saltan a Álvaro Uribe Vélez.

-El tipo es un hijueputa pero es muy inteligente. Eso sí.

 

23 – VI – Domingo

 

Faltaban diez minutos para la una de la tarde. Fui a la cigarrería de la esquina, junto al tendido ferroviario.

Me senté sobre una viga a beber agua mientras fumaba. El viento arreció. “Viento de agua”, les decía la señora Sibilina (cierta vecina rural de mi familia) a las ráfagas ventosas que prometían lluvia.

Noté cómo se preparaban mis vecinos para el comienzo del partido de fútbol donde jugaba el seleccionado patrio. Las puertas de las casas cerradas con premura y estridencia. De los televisores brotaba el himno de Polonia. Húsares y tradición guerrera. Luego se oyó el de Colombia, encargo realizado a un presuntuoso músico italiano que trató de colgarle melodías marciales al peor poema de la literatura colombiana, escrito por Rafael Núñez, el peor de nuestros poetas.

Cinco minutos pasaron. Mientras cerraba las ventanas y casi la puerta de mi habitación, vi a mi tía Doris y a mis padres observar el inicio del partido.

-Si ganan o pierden – afirmó mi piadosa tía – les sirve es a ellos. A nosotros no nos beneficia en nada.

Leí un poco a Pedro Juan Gutiérrez, quien vive en una isla sin tradición futbolística.

Las voces siseantes de mis padres y tía, y la prosa danzarina de Gutiérrez colaboraron para que pronto me quedase dormido.

Una media hora después inició la lluvia que el viento de agua había prometido. Fuerte. Me despertó una aparatosa gritería proveniente de la calle, acompañada del sonido de bocinas y vuvuzelas – esa herencia incuestionable del Mundial Sudáfrica 2010; un ruido sordo, insoportable, como de animal en agonía -.

No pude continuar durmiendo ni leyendo. Recordé que no había almorzado y deduje que también una prosa potente, emocionada, puede arrullar o dormir a quien la lee.

Caminé unas cuantas cuadras para llegar al restaurante chino. No paró de llover. Cuando entré iniciaba el segundo tiempo de aquél partido que se me estaba tornando eterno.

El mesero demoró quince minutos en servirme la comida debido a la pantalla gigantesca – de pared a pared – que reclamaba la absoluta atención de las casi cien personas dentro del recinto, entre comensales y empleados. Todos, excepto quien escribe esto, adherían sus ojos y su combustible emocional a lo que la pantalla les dejaba ver.

Mientras por fin logré comer fueron festejados dos goles del equipo colombiano. Con un frenesí demente. Me sentía almorzando de prisa en medio del Marat – Sade de Peter Weiss.

Terminé por asustarme.

Las personas saltaban. Le gritaban ardorosos, agresivos vivas al televisor. Aplaudían desesperados o cerraban los puños con los brazos en alto.

Volví aturdido a mi casa recordando que alguna vez me gustó el fútbol.

El campeonato de 1994. Caminaba (o “patrullaba”, en verbo acuñado por mi amigo Freddy Lizarazo para suavizar sus nocturnas caminatas solitarias) cerca del centro de la ciudad. Multitudes agolpaban cafés y bares. El mismo ritmo agitado, similar gritería a la de hoy. También en 1990 emociones desatadas, vociferaciones.

Mi padre incluso ubicó el televisor familiar en el almacén que ha atendido toda la vida para ver ese partido donde Freddy Rincón (minuto 47:12 del segundo tiempo) le marcó un gol a la selección alemana. La sola clasificación, meses antes, fue un evento trascendental que paralizó al país de entonces.

Desde el dos de julio de 1994, cuando partió Andrés Escobar, el fútbol dejó de interesarme para siempre.

Hoy caminé, como hace veintiocho años, por la plaza central. Vi más cafés, más televisores y mucha más gente enloquecida.

Por mi parte, al regreso, dormí mejor. Con mayor disposición. Salí ya hacia las cinco y media de la tarde para constatar las consecuencias del triunfo del equipo colombiano. El día empezaba a fugarse con la segunda taza de café.

Ya es lunes. Han pasado veinticuatro horas desde que empezó el partido contra el equipo de Polonia. Ya hay otro partido, un torrente, que se oye desde las aceras contiguas.

Anoche un individuo ebrio discutía con oficiales de la policía junto a mi casa. Los vecinos se agolparon a ver las reacciones del sujeto – ataviado con su canónica camisa amarilla imitación de la que usan los futbolistas -. Hasta mi padre salió a presenciar lo sucedido. El hombre puso música del norte de México a todo volumen y bebía sin contemplación. Era su muy personal modo de festejar la victoria.

Mi tía Doris me acaba de decir, al término del almuerzo:

-Yo me puse fue a rezar para que le fuera bien a Colombia. ¿Sí ve que sí sirvió rezar? Ganamos.

 

 

25 – VI – Lunes

 

Mi padre me cuenta que le arrebataron el record a Faryd Mondragón. Un portero del equipo de Egipto jugó en el partido de hoy (o de ayer, no lo sé). Tiene cuarenta y cinco años.

Recordé esa entrada de Mondragón el partido contra el equipo de Japón hace cuatro años. Hasta ese momento era el jugador más viejo en participar dentro de un Mundial. Tenía o arrastraba, cuarenta y dos años de edad.

Siempre he pensado que existe una estrecha relación entre la longevidad y el oficio de guardameta. Una suerte de vejez heroica aunque reposada. A la espera de rechazar la pelota.

**

Hernán Casciari confiesa en uno de esos textos que escribe para ser oídos su afán infantil, quizás insensato, por ver a la selección de su país ganar al menos un partido.

 

 

26- VI- Martes

 

Vi la faz temerosa y angustiada de Lionel Messi, a pocos minutos de inciar el partido de hoy.

A las siete de la noche me detuve en internet. Mi padre dijo que Maradona había perdido la razón.

Medio planeta se burló de Maradona, en efecto, debido a sus excesos y euforias durante el partido. Que, desde luego, el equipo argentino ganó.

Basta verlo. Un personaje de Buñuel, de García Berlanga, perdido en un estadio ruso.

Es imposible ser indiferente a tanto ruido.

Apunto, por ejemplo, que Pelé llegó a Rusia sobre una silla de ruedas – enfermo, tal vez – y de hecho la fotografía periodística lo muestra junto al mencionado Diego Maradona, quien besa, devoto, la testa del brasilero.

 

28 – VI – Jueves

 

Este no es un bar ni un café con cientos de personas. Se trata tan solo de una pequeña panadería donde acudí a leer pues pensé que hasta aquí no llegaría la tromba mundialista.

Pero llegó.

Salí esta mañana, una vez inició el tan cacareado partido. Que he estado viviendo en la panadería junto a mis correligionarios, estos feligreses del balón, del escaso gol.

Tras la anotación del equipo de Colombia vi personas aplaudiendo, enfebrecidas, presas del delirio. De otra cosa no se hablará durante días. Hasta el próximo partido.

Según Ángel Perea Escobar Jerry Mina, autor del gol, es descendiente de senegaleses, los rivales que tuvo hoy el equipo colombiano.

Al fin el cotejo consiguió llegar a término.

 

2- VII – Lunes

 

Hoy.

Veinticuatro años después del asesinato de Andrés Escobar por cuenta de un autogol en el Mundial. Fernando Araujo Vélez escribió en El Espectador un artículo melancólico en el cual afirma que el fútbol como espectáculo continuó en este país pese a esa muerte. El fútbol no debía haber proseguido.

Suena el Tambourine man de Dylan en Jarro Bar. Evoco a Escobar. Cast your dancing spell my way. Promise to go under it. También al viejo fútbol representado en un añejo vaso de vidrio que mi amiga Lina Herrera me regaló ayer. Lleva los logotipos del Mundial Italia ’90, el único al que en verdad le presté atención. Estudiaba en el bachillerato. Me ilusionaba con más facilidad.

 

 

 

3 – VII – Martes

 

A las once todo en mi ciudad y en el país entero se concentraba en y se llamaba partido del equipo colombiano. Contra ingleses.

Llegué de la oficina a las doce del mediodía. Sentí a mi alrededor, mientras patrullaba, esa ansiedad de mis paisanos ataviados con camisas amarillas, dichosos también por la cancelación de jornadas laborales debido a la causa futbolística.

Cerré mi habitación a la una en punto. Y sonó Vals para Debbie, de Bill Evans, completo. Sin pausa de ninguna clase. Afuera llovía e iniciaba el sufrimiento de todos los públicos. En frente del televisor, en internet, en las calles. La lluvia, indiferente a la ansiedad de sus usuarios, se ensañó con el suelo.

Eran las dos y media de la tarde. De súbito, mi padre apagó su televisor. Significaba que para él ese partido ya no tenía sentido. Se acicaló los lentes e hizo ademán de irse mientras se despedía.

-Por qué te vas – pregunté.

Negó con la cabeza baja varias veces.

-Así no. No – dijo -. El jugador inglés empujó al colombiano y el árbitro le pita la falta al colombiano. Así no. Me voy más bien al almacén porque la mamá está sola.

Se fue.

Leí en su rostro un afán inconfesable de que inicie pronto el Tour de Francia, la competición deportiva que en realidad le interesa.

Para mi padre culminó, de pronto, el campeonato mundial.

Un tiempo después oí algarabías cerca. Asimismo, alaridos femeninos y el grito agónico de un adolescente (que nunca falta): “¡Gol hijueputa, gol!”.

Debía ir por un pantalón a la sastrería. No viene al caso, pero no compro mi ropa hecha. La mando a hacer. Por las calles observé gente conmocionada por unas penas máximas. Entre una cuadra y la siguiente – esto fue curioso -, en menos de cien metros pasé de admirar la alegría absoluta a advertir una silenciosa depresión que alcanzó a apabullar al viento frío.

Sí. El equipo colombiano había perdido. Y estaba fuera del campeonato mundial.

Tal vez fue John Junieles, un compañero de universidad que publica libros literarios, quien escribió que desde hoy permaneceremos cuatro años hablando de un pe´simo arbitraje y de un árbitro infame.

Cuando arribé a la sastrería el local estaba cerrado. Con candados.

 

4 – VII – Miércoles

 

Martín Caparrós dice que el fútbol se empieza a parecer a la vida. “Todos sabemos cómo es eso”.

 

12 – VII – Jueves

 

Mi padre me señala la gresca verbal de esta noche en La Polémica (un espacio de comentarios futbolísticos que fue radial y ahora es televisivo). Observo a esos periodistas. César Augusto Londoño, adolescente con casi sesenta años de edad. Iván Mejía Álvarez, agresivo capataz de hacienda. Óscar Rentería, hosco, desparpajado tutor de orfanato. Gritan. Se rapan no solo el uso de la palabra sino la palabra misma. Durante treinta segundos sus insultos mutuos crecen hasta forjar una película nubosa y gris entre ellos. Olvidan que miles de personas los están viendo. Olvidan incluso que estaban disertando acerca de fútbol.

Carcajadas de mi padre ante esa discusión de capos mafiosos sobre el pequeño parque de un suburbio.

 

***

A propósito de periodismo. Y de campeonato mundial leído. Hoy insultan por escrito a Martín Caparrós debido a sus textos en el NYT. Le dicen que no sabe de fútbol. Y que no sabe escribir.

Si Caparrós no sabe escribir en qué clase de instancia menor se encontrarán todos los demás novelistas, cronistas, columnistas.

A propósito de insultos.

 

 

13 – VII – Viernes

 

Breve conversación con mi padre.

Aconseja a mi hermana para que aventure un resultado del partido de fútbol venidero. Quizá se trate del partido final. Mi hermana participa de unas apuestas con sus compañeros de oficina. Y no arriesgan diez mil ínfimos pesos. Esa gente apuesta mucho dinero.

A las cábalas con plata involucrada en Colombia las denominan “pollas”. Ignoro qué componente escatológico o sexual bordee semejante mote. Tal vez solo tenga que ver con la figura de una gallina joven a punto de parir. Alegoría si se quiere peor que la fálica. Me inclino en la metáfora inicial. Al fin y al cabo se precisa de una obscenidad sin cortapisas a la hora de apostar millones para vaticinar el resultado de un partido de fútbol.

Cuando le pregunté a mi padre cómo le está ayudando a mi hermana me respondió, con gran calma, que se basa en los análisis de los homicidas verbales de La Polémica. No se avergüenza. Ni se inmuta.

 

 

15 – VII – Domingo

 

El fútbol es todo lo que no es fútbol.

Por casualidad vi unos minutos del juego final dentro de la cigarrería de la esquina, aposentada junto a la línea ferroviaria. El equipo de Francia versus el de Croacia. Fui a comprar una botella de agua, a fumar un Pielroja sin filtro.

No lograba identificar si los de camisa blanca eran croatas o franceses. Y me abstuve de preguntarle esa necedad al dueño de la cigarrería, quien me hubiese contestado y explicado lo sucedido hasta ese momento en la batalla por la Copa Mundo. Porque si de algo habla cualquiera de mis conocidos es de fútbol. Recordé un texto de Darío Jaramillo Agudelo donde afirma que el fútbol como temática es el esperanto, se comenta por igual con el cónyuge, el taxista o el enemigo.

Cuando decidí observar un poco del partido final, tras sentarme sobre una banca de madera, el árbitro pitó para concluir el primer tiempo de juego. Y ya no tuve ganas de gastar una hora en la cigarrería para ver el desenlace de la gesta, como le dicen los comentaristas argentinos a estos encuentros.

Mientras atravesaba el tendido del ferrocarril, rumbo a la casa, pensé en unas palabras escritas ayer por Mario Jursich: no es conveniente ir por ahí juzgando fascistas o nazis a todos los croatas. Confesó que su familia paterna proviene de Croacia. Por lo menos ya he solucionado el enigma del apellido Jursich.

Antes de cerrar la puerta de la casa me detuve a mirar la carrilera.

Hace años que los trenes fueron clausurados en Colombia.

Inútil esperar que ahora mismo pase un tren.

Ilusiones propias del aficionado al fútbol.

Recuerdo, cuando ya es noche cerrada y este domingo se niega – en contubernio con Selene – a culminar, partidos finales de un campeonato mundial. El de 1986, oído más que observado junto al rio Surba, gol tras gol, a través de una vieja grabadora Silver, mientras los adultos cocinaban un almuerzo campestre. El de 2006, visto a regañadientes dentro de un bar que regentaba cierto comunista; sólo levanté la mirada para ser testigo arrobado del cabezazo que Zidane le propinó a su rival. El inane partido por el tercer lugar, detrás de la pantalla, 2010, al calor de una conversación con Rubén Higuera en que hablamos de ver exclusivamente partidos donde los dos equipos resultaran derrotados. En 2014 Gustavo Aguirre, un entusiasta argentino, invitó a diez, doce argentinos más para que presenciaran cómo Alemania aplastaba a su selección. Me parece estarlo viendo, recargado contra su automóvil, el rostro ajado. Maldecía en voz baja: la reputa que los remilparió.

 

 

22 – VII – Domingo

 

Leído no sé en dónde. La FIFA es quien decide quién gana o pierde.

Las víctimas, por supuesto, son quienes sueñan con que algún día pase otra vez, en frente de sus casas, el ferrocarril.

Ojalá surja un Goya que sorprenda en flagrancia a tal Saturno.

 

 

 

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Para Humberto de la Calle

Don Humberto:

Le escribo este breve mensaje sobre todo para agradecer su lucha y esfuerzo durante los recientes meses.

Ocurría hace un tiempo, cuando se arriesgaban a la contienda electoral personas eminentes como Gerardo Molina o Carlos Gaviria Díaz: los votantes fieles no sentían la derrota en el hecho de que no se alcanzara la presidencia. Porque aquéllos maestros, a los cuales usted se encuentra tan cercano, ennoblecen una campaña a veces frívola, otras feroz, despiadada.

Llevamos en esta andadura más de tres décadas. Nadie como usted tiene un conocimiento claro de las luces y sombras en este territorio. Sin ilusiones, sin vaticinios agoreros. Provenimos, al fin y al cabo, de una época en la cual se concibió un país renovado gracias a la Constitución de 1991. Y lo hemos visto, don Humberto, prepararse para asumir el destino de Colombia. Nada ha perdido. Saldrá victorioso, sin importar los resultados ni el número de votos. Haber llegado hasta aquí bajo la estela de la decencia (categoría política tan olvidada que usted representó muy bien durante esta campaña) es ya un triunfo para quienes creemos desde el principio en su proyecto de nación.

Según Luis Landero, Don Quijote y Sancho Panza tuvieron que descender del caballo Clavileño en medio de una atmósfera tensa y con un pregusto a fracaso. No obstante, justo ahora – cuando usted ha dado lo mejor de sí y todos, incluso sus contrincantes, pueden atestiguarlo – conviene recordar las palabras del Caballero de la Triste Figura: “Déjalos que rían, Sancho, que a nosotros nos queda la gloria de haberlo intentado”.

Por todos estos años, y por su compromiso, muchísimas gracias.

Darío Rodríguez

(Duitama – Boyacá – Mayo – 2018)

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Acerca de un lugar llamado Vino Tinto

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Para Diana Rojas, Miguel Rico y Julián Camacho, almas de todas las fiestas. 

 

Se llamaba Vino y Tinto. Lo fundó el 17 de octubre de 2001 Miguel Rico, un individuo versátil que quitaba la música del bar a las once en punto de la noche para narrar historias de extraterrestres mientras los primeros clientes se marchaban desconcertados. Rico en sí mismo da para una seguidilla de novelas: fue artesano hippie, ejecutivo de clínica, psicólogo ocasional, apóstol de Krishna, también de Silvio Rodríguez, locutor de radio y en definitiva autoridad de la administración tabernaria: después de Vino y Tinto regentó (las cuentas pueden no estar bien hechas) siete bares entre Sogamoso, Tunja, Villavicencio y Duitama. Faltan datos de municipios como Bogotá.

De Bogotá, justamente, trajo a Duitama la idea del bar dentro de una casa antigua. Sin saberlo, consolidó los sitios de rock en la aldea pues intentos anteriores como La Taberna de Raúl, Cadáver Exquisito, Y2K o Le Petit Bar duraron muy poco tiempo. Las familias devotas del Divino Niño Jesús y otras sociedades de la decencia se quejaban con la policía, la secretaría de gobierno y el Vaticano hasta la anulación de esos establecimientos. La queja era siempre igual: desorientaban a la juventud, inducían al consumo de sustancias perniciosas como el café.

Vino y Tinto sobrevivió por un detalle ínfimo. Su creador lo presentaba como café – galería – anticuario. Nunca en calidad de lo que siempre ha sido, bar, refugio, casa, arcano.

La primera época estuvo signada por los discos de blues que imponía el administrador a los oídos duitamenses, más acostumbrados al vallenato, a las rancheras. El rock entró por la senda blusera. Y también la canción social. A principios de 2002 se presentó Gustavo Díaz, un cantante de estricta boina y gabardina negras quien marcó la pauta para los artistas venideros. Díaz poseía un repertorio ecléctico que iba de Luis Eduardo Aute al son cubano. Quizás aquél Vino y Tinto no fue el primer sitio en Duitama que ofrecía música en vivo, pero sí fue el primero que la brindó con frecuencia y formó un público.

El carácter nómada de Miguel Rico resistió hasta finales del primer aniversario. Tras una negociación, el eterno trashumante le vendió el bar a Diana Rojas quien perfiló la personalidad del lugar y realizó la aleación nominal que permanece: de Vino y Tinto a Vino Tinto. Esta retirada de la letra ‘y’ fue, en el fondo, profética. Del tímido salón de onces concebido por Miguel Rico se pasó a una taberna pura y dura, con un sentido más rockanrolero, muchísimo más bohemio, nocturnal y salvaje que educó en música o relaciones humanas a una generación completa. Los estudiantes de los colegios se tomaron Vino Tinto, así m ismo los universitarios. No faltaban los soldados en licencia que solicitaban solo ‘November Rain’ de los Guns and Roses, ni los oficinistas pagados por las modas de entonces, Héroes del Silencio, Limp Bizkit, System of a Down.  El negocio bullió. Y se ensanchó durante los ocho años en que Diana Rojas estuvo al frente.

Madre de tres hijos, consejera, protectora de todos sus clientes (incluso de quienes le debían cuentas estrafalarias), Diana y su trabajo crearon un concepto que provocó no solo seguidores formales, fieles, sino a la totalidad de sus imitadores. Vino Tinto es el decano de los bares de Duitama porque ha sido la inspiración del cúmulo de locales que intentaron seguir sus pasos, Santa Farra, El Jarro, Martina, y los desaparecidos Café de Baires, Akénaton, Barzoobia.

A principios de 2010, y por una suma de circunstancias que incluían agotamiento físico, mental (piense el lector en qué implica irse a dormir todos los días a las tres de la madrugada, o en qué paciencia debe tenerse  no sólo para atender personal sino, incluso, personal ebrio) y búsqueda de tranquilidad, Diana Rojas le vendió Vino Tinto a la única persona que hubiera podido comprarlo, por dignidad y capacidad, Julián Camacho.

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Camacho es el cliente más antiguo. En el bar ha desempeñado todos los oficios, excepto el de músico. Si Vino Tinto es hoy una institución en esta ciudad se debe a su talento. Fue la mano derecha de Miguel Rico y de Diana Rojas, mesero, defensor, habitante, patrocinador de quimeras tales como sedes paralelas ( un Vino Tinto campestre ubicado en la ruta del Mundial de ciclismo que se mantuvo en pie sólo unos meses), y, como dueño, el garante de que esta historia continúe, de que no muera.

Mientras los demás bares organizan parrandas vallenatas o rumbas electrónicas con el afán de incrementar su bolsa, Vino Tinto prefiere mantenerse rockero. No cede. Y después de diecisiete años ya no lo hará.

La casa donde funciona Vino Tinto es un icono duitamense. Por más de cuarenta años fue el hotel Marantá cuyo regente, don Gustavo Alarcón, patriarca, gestor de la ciudad vieja, contribuyó con la modernización de este poblado insignificante hasta que se constituyó en ciudad intermedia. El bar, por cierto, era la oficina gerencial de don Gustavo. Durante la primera remodelación del local, en 2004, los trabajadores hallaron un foso enorme donde quizás Alarcón guardaba tesoros. Era habitual oír a Diana Rojas decir que la vivienda estaba – y está – protegida por el fantasma de don Gustavo Alarcón. Empero, hasta los fantasmas resultan vencidos por la economía de mercado. Los nuevos dueños de la casona mandarán demolerla a mediados de 2018.

Sin embargo, Vino Tinto no se acaba. Ya Julián Camacho y sus amigos trasladarán el bar a un nuevo habitáculo. Y con ellos se irán sus parejas de novios irreconciliables, sus plagiarios de Nirvana, sus borrachos poco emocionales, sus fanáticos del Indie y de Joaquín Sabina, una legión de personas que dejaron de ser clientes para convertirse en cómplices.

Un bar, cuando lo es de verdad, se vuelve familia, templo y casa. Y quienes han compartido el camino de Vino Tinto ya no pueden desprenderlo de sus propias vidas.

Entre las cientos de historias que ha atesorado durante casi veinte años, conviene referir una que conjuga todo lo que significa Vino Tinto para quienes vivimos en Duitama.

La única advertencia que le hizo Miguel Rico a Diana Rojas cuando le entregó la administración fue que no retirara un abanico junto a la puerta principal, perteneciente a la primera decoración de Vino y Tinto. De retirarlo, aseguraba el excéntrico Rico, Vino Tinto llegaría a su fin. Diana acató el aviso. Y se cercioró de que Julián Camacho mantuviera el objeto en su sitio. A menos de un mes de la desaparición de la casa del hotel Marantá, Camacho asevera, sereno y locuaz como siempre, que lo último en salir de la mudanza será ese abanico. Y será lo primero que pondrá en la sede nueva.

Larga vida a Vino Tinto.

Esta historia, que es la de tanta gente, hasta ahora inicia.

 

 

(Fotografías de Julieth Jiménez)