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La leyenda de Francisco el Hombre

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Iván Francisco Rodríguez, Pacho, era y es la encarnación del arte cinematográfico. Si de pronto desaparecieran los films de autor, las salas, el ritual de ver películas, y si Francisco siguiera aún entre nosotros bastaría verlo, incluso en sus hábitos más leves, para comprender cómo y cuál es la capacidad del séptimo arte para iluminar la existencia o modificarla.

Habitaba en él una forma de la pasión ya muy rara para estos tiempos de empresas culturales dedicadas sólo al entretenimiento, al lucro. Realizador, cinéfilo, licenciado en Ciencias Sociales de la UPTC Tunja, padre de familia, docente ocasional y durante años recientes artista visual, todo lo que hacía, decía o pensaba se encaminó hacia un frenesí de la imagen, ya fuera fotográfica, audiovisual o hasta verbal – sus calambures y exabruptos críticos hacia dirigentes o caciques regionales poseían el pigmento de quien ha coordinado puestas en escena toda su vida -.

Quizás ese fuego interior lo llevó a convertirse en un adolescente perenne al cual se entendió siempre un poco mal. En una de sus películas, ‘El Ajnut’ (anagrama evidente de Tunja), aparece la figura del funcionario público que soborna. Al evitar caricaturizarlo, al exhibirlo tan familiar, el golpe era certero: el corrupto podía ser cualquiera, incluso el espectador del film. Con una película, ‘Revocaldo’, y a través del pluscuamperfecto genio doctor Salvador de Chirico González Piracoca, exigió la revocatoria del alcalde de Tunja. Las interpretaciones y los comentarios alrededor de la Plaza de Bolívar en torno a esas obras no solían ser muy amables. No obstante,  Francisco siguió luchando por filmar su Tunja y su tiempo. Dos de sus trabajos podrían sin problema formar parte de la historia del arte boyacense: ‘Rollo upetecista’ (1995) y ‘Soy Cuba, Soy Tunja’ (2009). El primero una declaración local y colectiva de amor al cine en su centenario, con los tintes eufóricos de unos universitarios que empiezan su aventura estética. El segundo es un intento arriesgado por brindarle valor universal al cine boyacense y una perspectiva tunjana al cine mundial.

A todas las correrías y empeños por realizar producciones fílmicas, Francisco Rodríguez les sumó diversas actividades con idéntica intensidad: fundó y mantuvo un cine club, entabló un beligerante debate público en defensa del patrimonio arquitectónico y como artista plástico tuvo desde el inicio a la barbarie (representada sobre todo en Álvaro Uribe Vélez) como blanco al que apuntarle. Es imposible olvidar aquélla urna pestilente con la efigie orgánica de Uribe Vélez que se iba pudriendo al compás de sus periodos presidenciales.

La semana de su sorpresivo adiós el director Martin Scorsese dijo en la entrega del premio Princesa de Asturias que las atmósferas y los ámbitos para los jóvenes cineastas ya son pasto del comercio vulgar y de los lemas publicitarios. Tal denuncia parece unirse a la obra de Francisco, quien desde su rincón tunjano combatió la ligereza, la medianía de ciertos creadores. Como en la leyenda colombiana de Francisco el Hombre, sin importar perder o ganar, el valor del personaje consiste en haberse atrevido a dar la pelea contra el diablo. Por supuesto, sin perder nunca el sentido de lo real. Pacho sabía de antemano que esa batalla, su batalla, era perdida: alguna vez, antes de iniciar la lectura en voz alta de ‘Mi último suspiro’, memorias del cineasta Luis Buñuel, dijo algo profético: “No tendremos derecho ni a nuestro último suspiro”.

Pacho se queda a nuestro lado.

De quienes lo acompañamos depende que su obra no se olvide.

 

 

(Fotografía: Iván Francisco Rodríguez – Tunja – 2009)

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Un Mundial nunca visto

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Hinchas del fútbol delante de la estatua del Llamado de la Madre Patria, en el complejo conmemorativo de la Segunda Guerra Mundial Mamayev Kurgan. Volgogrado. Rusia. Foto: Sergei Ilnitsky / EFE).

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:https://www.elcomercio.com/galerias/curiosas-fotografias-mundial-rusia-futbol.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com. 

 

 

6 – VI – Miércoles

 

Todo lo que no es fútbol es el fútbol.

El mesero del Jarro Bar me dijo anoche que el diecisiete de junio próximo será especial por insólito: día de elecciones presidenciales definitivas, inicio del campeonato mundial de fútbol, domingo magro (¿cuál no lo es?) y escenario de la Ley Seca, como se llama al decreto que prohíbe el consumo de alcohol en toda la nación.

Una especie de pesadilla programada.

 

 

11 – VI – Lunes

 

Martín Caparrós decide tomar al mundo como excusa para hablar de fútbol en el New York Times. Se acerca ese campeonato y esos textos que leeré no sin cierta fidelidad. Es, por ahora, lo único que me interesa de la eventualidad rusa.

 

 

15 – VI – Viernes

 

Mundial leído. Ayer Caparrós inspeccionaba la partida del técnico de la selección española, la orfandad como consecuencia. Hoy anhela que a Lionel Messi, “el mejor futbolista del mundo y quizá de la historia”, le sea concedida la justicia poética de, este año sí, ser campeón mundial.

 

19 – VI – Martes

 

Hoy fui temprano a trabajar. Mientras tanto debutaba la selección colombiana de fútbol en el Mundial. Paralizaron todo movimiento humano en esta ciudad. Y en muchas. Los colegios, las oficinas, la vida y la reunión que teníamos programada en el salón fueron aplazadas para las diez de la mañana. Hasta que el partido culminara.

 

 

20 – VI – Miércoles

 

Comienzan a llegar noticias de la presencia colombiana en Rusia. Cierto individuo se burla de unas japonesas obligándolas o invitándolas a pronunciar palabrotas colombianas. Antes de llegar a Moscú, la diva insignificante, por demás muy popular aquí, aprovecha su paso por el museo de Louvre para darse un chapuzón entre una fuente. También el grupo de antioqueños que esconden aguardiente dentro de unos prismáticos y birlan, así, la seguridad del estadio.

Todos estos personajes piden ser grabados.

 

21 – VI – Jueves

 

Mi padre me cuenta, inquieto, que han sacado al equipo de Perú. Luego aclara que pasaron más de tres décadas para que el fútbol peruano participara en un Mundial. Le pregunto a qué se debe su incomodidad y me responde, sonriente:

-Son de Latinoamérica. Duele.

Carraspea un poco. Remata:

-Que tiemblen los argentinos. Les ha ido muy mal. Se lo merecen por creídos.

 

22 – VI – Viernes

 

Por fortuna vivo rodeado de gente muy segura de sí misma, muy informada. Tanto en fútbol como en política.

Desde las seis y media de la tarde llegan al Jarro Bar. Tras beber cinco o seis cervezas dan inicio a sus disquisiciones. Qué jugadores debe arriesgar el director técnico Pékerman. Y por qué el propio Pékerman debe renunciar. Al mismo tiempo, con idéntico furor, mencionan series de televisión.

La continuidad en su divagante coloquio es lo que menos les afana. En cuestión de segundos saltan a Álvaro Uribe Vélez.

-El tipo es un hijueputa pero es muy inteligente. Eso sí.

 

23 – VI – Domingo

 

Faltaban diez minutos para la una de la tarde. Fui a la cigarrería de la esquina, junto al tendido ferroviario.

Me senté sobre una viga a beber agua mientras fumaba. El viento arreció. “Viento de agua”, les decía la señora Sibilina (cierta vecina rural de mi familia) a las ráfagas ventosas que prometían lluvia.

Noté cómo se preparaban mis vecinos para el comienzo del partido de fútbol donde jugaba el seleccionado patrio. Las puertas de las casas cerradas con premura y estridencia. De los televisores brotaba el himno de Polonia. Húsares y tradición guerrera. Luego se oyó el de Colombia, encargo realizado a un presuntuoso músico italiano que trató de colgarle melodías marciales al peor poema de la literatura colombiana, escrito por Rafael Núñez, el peor de nuestros poetas.

Cinco minutos pasaron. Mientras cerraba las ventanas y casi la puerta de mi habitación, vi a mi tía Doris y a mis padres observar el inicio del partido.

-Si ganan o pierden – afirmó mi piadosa tía – les sirve es a ellos. A nosotros no nos beneficia en nada.

Leí un poco a Pedro Juan Gutiérrez, quien vive en una isla sin tradición futbolística.

Las voces siseantes de mis padres y tía, y la prosa danzarina de Gutiérrez colaboraron para que pronto me quedase dormido.

Una media hora después inició la lluvia que el viento de agua había prometido. Fuerte. Me despertó una aparatosa gritería proveniente de la calle, acompañada del sonido de bocinas y vuvuzelas – esa herencia incuestionable del Mundial Sudáfrica 2010; un ruido sordo, insoportable, como de animal en agonía -.

No pude continuar durmiendo ni leyendo. Recordé que no había almorzado y deduje que también una prosa potente, emocionada, puede arrullar o dormir a quien la lee.

Caminé unas cuantas cuadras para llegar al restaurante chino. No paró de llover. Cuando entré iniciaba el segundo tiempo de aquél partido que se me estaba tornando eterno.

El mesero demoró quince minutos en servirme la comida debido a la pantalla gigantesca – de pared a pared – que reclamaba la absoluta atención de las casi cien personas dentro del recinto, entre comensales y empleados. Todos, excepto quien escribe esto, adherían sus ojos y su combustible emocional a lo que la pantalla les dejaba ver.

Mientras por fin logré comer fueron festejados dos goles del equipo colombiano. Con un frenesí demente. Me sentía almorzando de prisa en medio del Marat – Sade de Peter Weiss.

Terminé por asustarme.

Las personas saltaban. Le gritaban ardorosos, agresivos vivas al televisor. Aplaudían desesperados o cerraban los puños con los brazos en alto.

Volví aturdido a mi casa recordando que alguna vez me gustó el fútbol.

El campeonato de 1994. Caminaba (o “patrullaba”, en verbo acuñado por mi amigo Freddy Lizarazo para suavizar sus nocturnas caminatas solitarias) cerca del centro de la ciudad. Multitudes agolpaban cafés y bares. El mismo ritmo agitado, similar gritería a la de hoy. También en 1990 emociones desatadas, vociferaciones.

Mi padre incluso ubicó el televisor familiar en el almacén que ha atendido toda la vida para ver ese partido donde Freddy Rincón (minuto 47:12 del segundo tiempo) le marcó un gol a la selección alemana. La sola clasificación, meses antes, fue un evento trascendental que paralizó al país de entonces.

Desde el dos de julio de 1994, cuando partió Andrés Escobar, el fútbol dejó de interesarme para siempre.

Hoy caminé, como hace veintiocho años, por la plaza central. Vi más cafés, más televisores y mucha más gente enloquecida.

Por mi parte, al regreso, dormí mejor. Con mayor disposición. Salí ya hacia las cinco y media de la tarde para constatar las consecuencias del triunfo del equipo colombiano. El día empezaba a fugarse con la segunda taza de café.

Ya es lunes. Han pasado veinticuatro horas desde que empezó el partido contra el equipo de Polonia. Ya hay otro partido, un torrente, que se oye desde las aceras contiguas.

Anoche un individuo ebrio discutía con oficiales de la policía junto a mi casa. Los vecinos se agolparon a ver las reacciones del sujeto – ataviado con su canónica camisa amarilla imitación de la que usan los futbolistas -. Hasta mi padre salió a presenciar lo sucedido. El hombre puso música del norte de México a todo volumen y bebía sin contemplación. Era su muy personal modo de festejar la victoria.

Mi tía Doris me acaba de decir, al término del almuerzo:

-Yo me puse fue a rezar para que le fuera bien a Colombia. ¿Sí ve que sí sirvió rezar? Ganamos.

 

 

25 – VI – Lunes

 

Mi padre me cuenta que le arrebataron el record a Faryd Mondragón. Un portero del equipo de Egipto jugó en el partido de hoy (o de ayer, no lo sé). Tiene cuarenta y cinco años.

Recordé esa entrada de Mondragón el partido contra el equipo de Japón hace cuatro años. Hasta ese momento era el jugador más viejo en participar dentro de un Mundial. Tenía o arrastraba, cuarenta y dos años de edad.

Siempre he pensado que existe una estrecha relación entre la longevidad y el oficio de guardameta. Una suerte de vejez heroica aunque reposada. A la espera de rechazar la pelota.

**

Hernán Casciari confiesa en uno de esos textos que escribe para ser oídos su afán infantil, quizás insensato, por ver a la selección de su país ganar al menos un partido.

 

 

26- VI- Martes

 

Vi la faz temerosa y angustiada de Lionel Messi, a pocos minutos de inciar el partido de hoy.

A las siete de la noche me detuve en internet. Mi padre dijo que Maradona había perdido la razón.

Medio planeta se burló de Maradona, en efecto, debido a sus excesos y euforias durante el partido. Que, desde luego, el equipo argentino ganó.

Basta verlo. Un personaje de Buñuel, de García Berlanga, perdido en un estadio ruso.

Es imposible ser indiferente a tanto ruido.

Apunto, por ejemplo, que Pelé llegó a Rusia sobre una silla de ruedas – enfermo, tal vez – y de hecho la fotografía periodística lo muestra junto al mencionado Diego Maradona, quien besa, devoto, la testa del brasilero.

 

28 – VI – Jueves

 

Este no es un bar ni un café con cientos de personas. Se trata tan solo de una pequeña panadería donde acudí a leer pues pensé que hasta aquí no llegaría la tromba mundialista.

Pero llegó.

Salí esta mañana, una vez inició el tan cacareado partido. Que he estado viviendo en la panadería junto a mis correligionarios, estos feligreses del balón, del escaso gol.

Tras la anotación del equipo de Colombia vi personas aplaudiendo, enfebrecidas, presas del delirio. De otra cosa no se hablará durante días. Hasta el próximo partido.

Según Ángel Perea Escobar Jerry Mina, autor del gol, es descendiente de senegaleses, los rivales que tuvo hoy el equipo colombiano.

Al fin el cotejo consiguió llegar a término.

 

2- VII – Lunes

 

Hoy.

Veinticuatro años después del asesinato de Andrés Escobar por cuenta de un autogol en el Mundial. Fernando Araujo Vélez escribió en El Espectador un artículo melancólico en el cual afirma que el fútbol como espectáculo continuó en este país pese a esa muerte. El fútbol no debía haber proseguido.

Suena el Tambourine man de Dylan en Jarro Bar. Evoco a Escobar. Cast your dancing spell my way. Promise to go under it. También al viejo fútbol representado en un añejo vaso de vidrio que mi amiga Lina Herrera me regaló ayer. Lleva los logotipos del Mundial Italia ’90, el único al que en verdad le presté atención. Estudiaba en el bachillerato. Me ilusionaba con más facilidad.

 

 

 

3 – VII – Martes

 

A las once todo en mi ciudad y en el país entero se concentraba en y se llamaba partido del equipo colombiano. Contra ingleses.

Llegué de la oficina a las doce del mediodía. Sentí a mi alrededor, mientras patrullaba, esa ansiedad de mis paisanos ataviados con camisas amarillas, dichosos también por la cancelación de jornadas laborales debido a la causa futbolística.

Cerré mi habitación a la una en punto. Y sonó Vals para Debbie, de Bill Evans, completo. Sin pausa de ninguna clase. Afuera llovía e iniciaba el sufrimiento de todos los públicos. En frente del televisor, en internet, en las calles. La lluvia, indiferente a la ansiedad de sus usuarios, se ensañó con el suelo.

Eran las dos y media de la tarde. De súbito, mi padre apagó su televisor. Significaba que para él ese partido ya no tenía sentido. Se acicaló los lentes e hizo ademán de irse mientras se despedía.

-Por qué te vas – pregunté.

Negó con la cabeza baja varias veces.

-Así no. No – dijo -. El jugador inglés empujó al colombiano y el árbitro le pita la falta al colombiano. Así no. Me voy más bien al almacén porque la mamá está sola.

Se fue.

Leí en su rostro un afán inconfesable de que inicie pronto el Tour de Francia, la competición deportiva que en realidad le interesa.

Para mi padre culminó, de pronto, el campeonato mundial.

Un tiempo después oí algarabías cerca. Asimismo, alaridos femeninos y el grito agónico de un adolescente (que nunca falta): “¡Gol hijueputa, gol!”.

Debía ir por un pantalón a la sastrería. No viene al caso, pero no compro mi ropa hecha. La mando a hacer. Por las calles observé gente conmocionada por unas penas máximas. Entre una cuadra y la siguiente – esto fue curioso -, en menos de cien metros pasé de admirar la alegría absoluta a advertir una silenciosa depresión que alcanzó a apabullar al viento frío.

Sí. El equipo colombiano había perdido. Y estaba fuera del campeonato mundial.

Tal vez fue John Junieles, un compañero de universidad que publica libros literarios, quien escribió que desde hoy permaneceremos cuatro años hablando de un pe´simo arbitraje y de un árbitro infame.

Cuando arribé a la sastrería el local estaba cerrado. Con candados.

 

4 – VII – Miércoles

 

Martín Caparrós dice que el fútbol se empieza a parecer a la vida. “Todos sabemos cómo es eso”.

 

12 – VII – Jueves

 

Mi padre me señala la gresca verbal de esta noche en La Polémica (un espacio de comentarios futbolísticos que fue radial y ahora es televisivo). Observo a esos periodistas. César Augusto Londoño, adolescente con casi sesenta años de edad. Iván Mejía Álvarez, agresivo capataz de hacienda. Óscar Rentería, hosco, desparpajado tutor de orfanato. Gritan. Se rapan no solo el uso de la palabra sino la palabra misma. Durante treinta segundos sus insultos mutuos crecen hasta forjar una película nubosa y gris entre ellos. Olvidan que miles de personas los están viendo. Olvidan incluso que estaban disertando acerca de fútbol.

Carcajadas de mi padre ante esa discusión de capos mafiosos sobre el pequeño parque de un suburbio.

 

***

A propósito de periodismo. Y de campeonato mundial leído. Hoy insultan por escrito a Martín Caparrós debido a sus textos en el NYT. Le dicen que no sabe de fútbol. Y que no sabe escribir.

Si Caparrós no sabe escribir en qué clase de instancia menor se encontrarán todos los demás novelistas, cronistas, columnistas.

A propósito de insultos.

 

 

13 – VII – Viernes

 

Breve conversación con mi padre.

Aconseja a mi hermana para que aventure un resultado del partido de fútbol venidero. Quizá se trate del partido final. Mi hermana participa de unas apuestas con sus compañeros de oficina. Y no arriesgan diez mil ínfimos pesos. Esa gente apuesta mucho dinero.

A las cábalas con plata involucrada en Colombia las denominan “pollas”. Ignoro qué componente escatológico o sexual bordee semejante mote. Tal vez solo tenga que ver con la figura de una gallina joven a punto de parir. Alegoría si se quiere peor que la fálica. Me inclino en la metáfora inicial. Al fin y al cabo se precisa de una obscenidad sin cortapisas a la hora de apostar millones para vaticinar el resultado de un partido de fútbol.

Cuando le pregunté a mi padre cómo le está ayudando a mi hermana me respondió, con gran calma, que se basa en los análisis de los homicidas verbales de La Polémica. No se avergüenza. Ni se inmuta.

 

 

15 – VII – Domingo

 

El fútbol es todo lo que no es fútbol.

Por casualidad vi unos minutos del juego final dentro de la cigarrería de la esquina, aposentada junto a la línea ferroviaria. El equipo de Francia versus el de Croacia. Fui a comprar una botella de agua, a fumar un Pielroja sin filtro.

No lograba identificar si los de camisa blanca eran croatas o franceses. Y me abstuve de preguntarle esa necedad al dueño de la cigarrería, quien me hubiese contestado y explicado lo sucedido hasta ese momento en la batalla por la Copa Mundo. Porque si de algo habla cualquiera de mis conocidos es de fútbol. Recordé un texto de Darío Jaramillo Agudelo donde afirma que el fútbol como temática es el esperanto, se comenta por igual con el cónyuge, el taxista o el enemigo.

Cuando decidí observar un poco del partido final, tras sentarme sobre una banca de madera, el árbitro pitó para concluir el primer tiempo de juego. Y ya no tuve ganas de gastar una hora en la cigarrería para ver el desenlace de la gesta, como le dicen los comentaristas argentinos a estos encuentros.

Mientras atravesaba el tendido del ferrocarril, rumbo a la casa, pensé en unas palabras escritas ayer por Mario Jursich: no es conveniente ir por ahí juzgando fascistas o nazis a todos los croatas. Confesó que su familia paterna proviene de Croacia. Por lo menos ya he solucionado el enigma del apellido Jursich.

Antes de cerrar la puerta de la casa me detuve a mirar la carrilera.

Hace años que los trenes fueron clausurados en Colombia.

Inútil esperar que ahora mismo pase un tren.

Ilusiones propias del aficionado al fútbol.

Recuerdo, cuando ya es noche cerrada y este domingo se niega – en contubernio con Selene – a culminar, partidos finales de un campeonato mundial. El de 1986, oído más que observado junto al rio Surba, gol tras gol, a través de una vieja grabadora Silver, mientras los adultos cocinaban un almuerzo campestre. El de 2006, visto a regañadientes dentro de un bar que regentaba cierto comunista; sólo levanté la mirada para ser testigo arrobado del cabezazo que Zidane le propinó a su rival. El inane partido por el tercer lugar, detrás de la pantalla, 2010, al calor de una conversación con Rubén Higuera en que hablamos de ver exclusivamente partidos donde los dos equipos resultaran derrotados. En 2014 Gustavo Aguirre, un entusiasta argentino, invitó a diez, doce argentinos más para que presenciaran cómo Alemania aplastaba a su selección. Me parece estarlo viendo, recargado contra su automóvil, el rostro ajado. Maldecía en voz baja: la reputa que los remilparió.

 

 

22 – VII – Domingo

 

Leído no sé en dónde. La FIFA es quien decide quién gana o pierde.

Las víctimas, por supuesto, son quienes sueñan con que algún día pase otra vez, en frente de sus casas, el ferrocarril.

Ojalá surja un Goya que sorprenda en flagrancia a tal Saturno.

 

 

 

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Para Humberto de la Calle

Don Humberto:

Le escribo este breve mensaje sobre todo para agradecer su lucha y esfuerzo durante los recientes meses.

Ocurría hace un tiempo, cuando se arriesgaban a la contienda electoral personas eminentes como Gerardo Molina o Carlos Gaviria Díaz: los votantes fieles no sentían la derrota en el hecho de que no se alcanzara la presidencia. Porque aquéllos maestros, a los cuales usted se encuentra tan cercano, ennoblecen una campaña a veces frívola, otras feroz, despiadada.

Llevamos en esta andadura más de tres décadas. Nadie como usted tiene un conocimiento claro de las luces y sombras en este territorio. Sin ilusiones, sin vaticinios agoreros. Provenimos, al fin y al cabo, de una época en la cual se concibió un país renovado gracias a la Constitución de 1991. Y lo hemos visto, don Humberto, prepararse para asumir el destino de Colombia. Nada ha perdido. Saldrá victorioso, sin importar los resultados ni el número de votos. Haber llegado hasta aquí bajo la estela de la decencia (categoría política tan olvidada que usted representó muy bien durante esta campaña) es ya un triunfo para quienes creemos desde el principio en su proyecto de nación.

Según Luis Landero, Don Quijote y Sancho Panza tuvieron que descender del caballo Clavileño en medio de una atmósfera tensa y con un pregusto a fracaso. No obstante, justo ahora – cuando usted ha dado lo mejor de sí y todos, incluso sus contrincantes, pueden atestiguarlo – conviene recordar las palabras del Caballero de la Triste Figura: “Déjalos que rían, Sancho, que a nosotros nos queda la gloria de haberlo intentado”.

Por todos estos años, y por su compromiso, muchísimas gracias.

Darío Rodríguez

(Duitama – Boyacá – Mayo – 2018)

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Acerca de un lugar llamado Vino Tinto

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Para Diana Rojas, Miguel Rico y Julián Camacho, almas de todas las fiestas. 

 

Se llamaba Vino y Tinto. Lo fundó el 17 de octubre de 2001 Miguel Rico, un individuo versátil que quitaba la música del bar a las once en punto de la noche para narrar historias de extraterrestres mientras los primeros clientes se marchaban desconcertados. Rico en sí mismo da para una seguidilla de novelas: fue artesano hippie, ejecutivo de clínica, psicólogo ocasional, apóstol de Krishna, también de Silvio Rodríguez, locutor de radio y en definitiva autoridad de la administración tabernaria: después de Vino y Tinto regentó (las cuentas pueden no estar bien hechas) siete bares entre Sogamoso, Tunja, Villavicencio y Duitama. Faltan datos de municipios como Bogotá.

De Bogotá, justamente, trajo a Duitama la idea del bar dentro de una casa antigua. Sin saberlo, consolidó los sitios de rock en la aldea pues intentos anteriores como La Taberna de Raúl, Cadáver Exquisito, Y2K o Le Petit Bar duraron muy poco tiempo. Las familias devotas del Divino Niño Jesús y otras sociedades de la decencia se quejaban con la policía, la secretaría de gobierno y el Vaticano hasta la anulación de esos establecimientos. La queja era siempre igual: desorientaban a la juventud, inducían al consumo de sustancias perniciosas como el café.

Vino y Tinto sobrevivió por un detalle ínfimo. Su creador lo presentaba como café – galería – anticuario. Nunca en calidad de lo que siempre ha sido, bar, refugio, casa, arcano.

La primera época estuvo signada por los discos de blues que imponía el administrador a los oídos duitamenses, más acostumbrados al vallenato, a las rancheras. El rock entró por la senda blusera. Y también la canción social. A principios de 2002 se presentó Gustavo Díaz, un cantante de estricta boina y gabardina negras quien marcó la pauta para los artistas venideros. Díaz poseía un repertorio ecléctico que iba de Luis Eduardo Aute al son cubano. Quizás aquél Vino y Tinto no fue el primer sitio en Duitama que ofrecía música en vivo, pero sí fue el primero que la brindó con frecuencia y formó un público.

El carácter nómada de Miguel Rico resistió hasta finales del primer aniversario. Tras una negociación, el eterno trashumante le vendió el bar a Diana Rojas quien perfiló la personalidad del lugar y realizó la aleación nominal que permanece: de Vino y Tinto a Vino Tinto. Esta retirada de la letra ‘y’ fue, en el fondo, profética. Del tímido salón de onces concebido por Miguel Rico se pasó a una taberna pura y dura, con un sentido más rockanrolero, muchísimo más bohemio, nocturnal y salvaje que educó en música o relaciones humanas a una generación completa. Los estudiantes de los colegios se tomaron Vino Tinto, así m ismo los universitarios. No faltaban los soldados en licencia que solicitaban solo ‘November Rain’ de los Guns and Roses, ni los oficinistas pagados por las modas de entonces, Héroes del Silencio, Limp Bizkit, System of a Down.  El negocio bullió. Y se ensanchó durante los ocho años en que Diana Rojas estuvo al frente.

Madre de tres hijos, consejera, protectora de todos sus clientes (incluso de quienes le debían cuentas estrafalarias), Diana y su trabajo crearon un concepto que provocó no solo seguidores formales, fieles, sino a la totalidad de sus imitadores. Vino Tinto es el decano de los bares de Duitama porque ha sido la inspiración del cúmulo de locales que intentaron seguir sus pasos, Santa Farra, El Jarro, Martina, y los desaparecidos Café de Baires, Akénaton, Barzoobia.

A principios de 2010, y por una suma de circunstancias que incluían agotamiento físico, mental (piense el lector en qué implica irse a dormir todos los días a las tres de la madrugada, o en qué paciencia debe tenerse  no sólo para atender personal sino, incluso, personal ebrio) y búsqueda de tranquilidad, Diana Rojas le vendió Vino Tinto a la única persona que hubiera podido comprarlo, por dignidad y capacidad, Julián Camacho.

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Camacho es el cliente más antiguo. En el bar ha desempeñado todos los oficios, excepto el de músico. Si Vino Tinto es hoy una institución en esta ciudad se debe a su talento. Fue la mano derecha de Miguel Rico y de Diana Rojas, mesero, defensor, habitante, patrocinador de quimeras tales como sedes paralelas ( un Vino Tinto campestre ubicado en la ruta del Mundial de ciclismo que se mantuvo en pie sólo unos meses), y, como dueño, el garante de que esta historia continúe, de que no muera.

Mientras los demás bares organizan parrandas vallenatas o rumbas electrónicas con el afán de incrementar su bolsa, Vino Tinto prefiere mantenerse rockero. No cede. Y después de diecisiete años ya no lo hará.

La casa donde funciona Vino Tinto es un icono duitamense. Por más de cuarenta años fue el hotel Marantá cuyo regente, don Gustavo Alarcón, patriarca, gestor de la ciudad vieja, contribuyó con la modernización de este poblado insignificante hasta que se constituyó en ciudad intermedia. El bar, por cierto, era la oficina gerencial de don Gustavo. Durante la primera remodelación del local, en 2004, los trabajadores hallaron un foso enorme donde quizás Alarcón guardaba tesoros. Era habitual oír a Diana Rojas decir que la vivienda estaba – y está – protegida por el fantasma de don Gustavo Alarcón. Empero, hasta los fantasmas resultan vencidos por la economía de mercado. Los nuevos dueños de la casona mandarán demolerla a mediados de 2018.

Sin embargo, Vino Tinto no se acaba. Ya Julián Camacho y sus amigos trasladarán el bar a un nuevo habitáculo. Y con ellos se irán sus parejas de novios irreconciliables, sus plagiarios de Nirvana, sus borrachos poco emocionales, sus fanáticos del Indie y de Joaquín Sabina, una legión de personas que dejaron de ser clientes para convertirse en cómplices.

Un bar, cuando lo es de verdad, se vuelve familia, templo y casa. Y quienes han compartido el camino de Vino Tinto ya no pueden desprenderlo de sus propias vidas.

Entre las cientos de historias que ha atesorado durante casi veinte años, conviene referir una que conjuga todo lo que significa Vino Tinto para quienes vivimos en Duitama.

La única advertencia que le hizo Miguel Rico a Diana Rojas cuando le entregó la administración fue que no retirara un abanico junto a la puerta principal, perteneciente a la primera decoración de Vino y Tinto. De retirarlo, aseguraba el excéntrico Rico, Vino Tinto llegaría a su fin. Diana acató el aviso. Y se cercioró de que Julián Camacho mantuviera el objeto en su sitio. A menos de un mes de la desaparición de la casa del hotel Marantá, Camacho asevera, sereno y locuaz como siempre, que lo último en salir de la mudanza será ese abanico. Y será lo primero que pondrá en la sede nueva.

Larga vida a Vino Tinto.

Esta historia, que es la de tanta gente, hasta ahora inicia.

 

 

(Fotografías de Julieth Jiménez)

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¿Solo una casa?

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(Interior de la Casa Márquez. Fotografía: Eduardo Castro)

 

El asunto se cuenta de prisa pero conlleva una serie extensa de absurdos y de horrores por fortuna evitables.

Hay un proyecto para construir cierto centro comercial enorme sobre el marco de la plaza de Ramiriquí (Boyacá). Las dimensiones del plan y sus alcances no asustarían si fuera a ejecutarse en Bogotá o en Cali. Pero Ramiriquí no es una urbe, como la imaginan los adalides del falso desarrollo por completo desconocedores de una disciplina humanística denominada Historia, y sospechosos de una irregular formación como constructores.

De concederse las licencias del inicio de la obra, las consecuencias para Ramiriquí serían nefastas. Y no es una exageración. Al centro histórico del poblado lo conforman antiguas casas de hechura andaluza que entrarían en peligro si se les afecta el suelo del cual se aferran. La memoria viva, en este caso constituida por viviendas con un pasado aleccionador que de hecho sigue hablando a quienes lo sepan oír, no es irrelevante.

Otras perspectivas agravan la inconveniencia del proyecto: los procesos económicos de Ramiriquí recibirían un impacto negativo pues, como se sabe, un centro comercial termina por volverse la única referencia financiera dentro de pequeñas comunidades hasta ahogar a comerciantes informales y a modestos productores. Así mismo estamos ad portas de un atentado estético: el edificio descomunal, frío, empotrado entre esbeltas y tradicionales viviendas aldeanas sería una deplorable carta de presentación del municipio y sus gentes.

Con todo, el riesgo mayor lo corre la llamada Casa Márquez, lugar donde nació José Ignacio Márquez, dos veces presidente de Colombia y figufra egregia de nuestra historia política. Debe recordarse que Márquez fue sucesor de Francisco de Paula Santander y que sentó las bases civiles del gobierno nacional hacia mediados del siglo XIX. Tras un agitado y muy bélico periodo independentista, Márquez asumió las riendas del país más como estadista que en calidad de militar. Sin temor a equivocación puede señalárselo como el decano de nuestros presidentes civilistas y un ejemplo indiscutible de valores democráticos.

En una especie de justicia poética, su casa natal ha sido preservada con rigor y buen gusto desde hace casi doscientos años. Y sigue en pie, sobre la plaza principal, por tratarse del testimonio material de Márquez, hijo principal de esa tierra. Si los constructores del centro comercial cumplen el objetivo de cavar el suelo de la plaza para forjar tres o cuatro pisos subterráneos, lo más probable es que la estructura de la casa Márquez se resquebraje. Los daños serían imprevisibles e irreparables.

No se trata aquí solo de una casa antigua más, ni de un predio que pueda dejarse a la buena de Dios mientras prosigue la arrasadora “avanzada de progreso”, como llamó el novelista polaco Joseph Conrad a las máquinas destructoras de selvas y poblaciones rurales. Esta casa y sus vecinas son el patrimonio viviente de una idea de nación y de una colectividad.

Como se ve, este ya no es un problema exclusivo de Ramiriquí porque lo que se halla en juego es nuestra identidad, nuestro rostro actual como comunidades regionales que conformamos un país. ¿Dónde puede meditarse y estudiarse el destino actual de lo que somos sino en el libro vivo del pasado, en lugares específicos como la Casa Márquez que nos recuerdan nuestra permanente tarea por consolidarnos como seres civilizados?

Un tesoro histórico puesto en riesgo por unos mercaderes.

Don José Ignacio Márquez, orgullo de Colombia, desde el más allá debe estar indignado.

Debería darnos vergüenza.

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Citar a Nicanor Parra

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El poeta colombiano Eduardo Carranza quizá leyó muy tarde a Nicanor Parra. Es extraño. Y seductoramente torcido, incluso imposible de comprender a las primeras de cambio.

Su hija – también poeta – tal vez influyó en o condujo a esa lectura. Recuérdese que el primer libro de María Mercedes Carranza, ‘Vainas y otros poemas’, es un franco diálogo con Parra como modelo y primer paradigma. El caso es que el colombiano llega a citar al autor de ‘Poemas y Antipoemas’ dentro de uno de los últimos textos que escribió; antes le había dedicado el poema ‘Tema de mujer y manzana’. La poesía más tradicional y pudibunda que se haya escrito en Colombia durante el siglo XX (con estos calificativos no se está afirmando que sea una poesía de mala calidad; tal vez al contrario, Carranza logró ascender a alturas insospechadas aprovisionado de elementos rudimentarios o limitados) cita y se sirve de una auténtica potencia poética, un océano indiscutible que, de haberse acercado al autor de ‘Epístola mortal’, lo habría devorado en un santiamén.

En el momento de apuntar esto Nicanor Parra acaba de morir en su Chile natal, gozando de una incuestionable inmortalidad y ajustando ciento tres años de edad. Por derecho propio ya es un clásico y su número de lectores aumenta cada doce meses. Su cosecha hasta ahora inicia.  Tal su juventud y su ímpetu como poeta, pues se adelantó a todo: unió la ciencia con la literatura cuando a nadie se le hubiese ocurrido cometer semejante imprudencia; exploró los lenguajes coloquiales y oficiales para brindarles plenitud (casi fue el primero que lo hizo en español); concibió un modo de decir, una poética, tan chocante y cotidiana que ha terminado por fundar una escuela interminable de imitadores entre los cuales no logra identificarse hasta dónde llegan los poetas y dónde empiezan los vanos narradores de chistes.

Por otra parte, Eduardo Carranza murió hace treinta años en medio de un olvido del cual estaba siendo testigo y víctima, y del que nunca se recuperó. La literatura de sus contemporáneos empezaba a ser considerada caduca y ninguneada por unas generaciones sin mayor comunicación con ella. Poco les decían las rosas, los ríos y las estrellas a unos poetas colombianos más interesados en el baño de sangre, en el desastre que era y ha sido su nación. De Carranza no puede afirmarse que haya obtenido ningún tipo de inmortalidad y, sin remedio, ni siquiera como monumento es leído hoy en Colombia.

Muy al contrario de lo que sucede con Parra, Carranza pierde lectores día con día.

Lo notable de todo este asunto, sobre todo de esa cita que de la vanguardia realiza el tradicionalismo, es que aquélla sobrevivió mientras este se fue secando. Hecho suficiente para rebatir una idea muy difundida pero de pronto poco explorada, no muy clara aún: contra lo que pudiera suponerse, no siempre los jóvenes son quienes aprenden de los viejos ni los asumen como maestros en todos los casos. Hay ocasiones en que es el viejo quien debe peregrinar para aprender del joven. Y debido a una imperiosa necesidad. Porque la literatura (con mucho más énfasis en la poesía escrita) marca el tiempo con compases bastante diferentes de los habituales.

Una ironía, empero: Parra y Carranza nacieron en el mismo 1914. Uno para andar hacia adelante, para escribir hasta rozar el porvenir; el otro para desandar el camino, para forjar una obra con tendencia al pasado, donde de seguro se sintió fuerte, capaz.

Aunque uno esté vivo en todos los sentidos y el otro yazca sepultado también en toda instancia, conviene señalar esta pequeña muesca, no muy evidente si se la observa desde lejos, que los unió durante un breve momento desde la concepción del tiempo más convencional, momento no obstante eterno si se considera la temporalidad de lo poético. Y esa es, en el fondo, la única temporalidad que vale.

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Augusta sílaba

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R. H. Moreno Durán no era una portentosa máquina literaria. Lo es.

Pese a la muerte y a las escasas reediciones de sus libros, el magisterio que implantó entre quienes lo leen, así como la fuerza inobjetable de su verbo se mantienen no solo en incandescencia permanente, también en combustión.

Para argumentar lo anterior basta mencionar un hecho. Uno entre muchos.

La reciente – y efímera – polémica mediática que llevó a un grupo de escritoras a denunciar el presunto ninguneo y vapuleo por parte de la industria editorial y los entes oficiales colombianos tuvo como eje del debate la escasa presencia de invitadas a un coctel parisino. No a una conversación libresca ante auditorios informados, ni a dar conferencias en París. El modo en que los acusadores y los periodistas presentaron el problema es digno de un relato de Moreno Durán: improperios bajos a la ministra de cultura, cotilleos que del salón aristocrático bogotano se han trasladado a las redes sociales de internet, tirios que llaman ignorantes a troyanos. No deja de ser curioso lo siguiente: hace treinta años, cuando volvió al país después de vivir quince en Europa, R. H. Moreno Durán escribió un ensayo titulado ‘Por una escritura disidente’, donde denuncia las peleas de los escritores colombianos, mal politizados, por unos cuantos trozos del pastel de la figuración y cómo, en su afán de ser reconocido (no leído ni estudiado), el escritor colombiano se apega a cualquier migaja que le cae del Estado o de las instituciones privadas. A los alegatos de sobremesa  Moreno Durán interpone la figura de un novelista, poeta o ensayista que cuestione al poder y evite el gregarismo; precisamente para no caer en las trampas de las prebendas o de los sutiles sobornos. Es gracioso que la explicación y las iluminaciones para sucesos recientes deban buscarlas lectores acuciosos en un ensayo publicado durante 1987. Además da vergüenza, pues significa que nuestras convicciones literarias apenas están a las puertas del siglo XX, cuando al sitial de la gloria se lo disputaban declamadores, poetas que proferían latinajos y compositores de pasillos. Leer ‘Por una escritura disidente’ hoy, y levantar la cabeza para brindarle un cotejo a lo real, es comprobar que nuestra literatura no nos nombra del todo aun, y que dependemos (editores, autores, incluso lectores) del aval de los poderes para ejercerla.

Semejante lucidez no es rara en un individuo como el autor de ‘Femina suite’. De hecho es su marca de clase. Escritor orgánico, su producción ensayística suele alimentar a su narrativa y viceversa. Casi podría afirmarse que ciertas novelas como ‘El caballero de la invicta’, exploración bufa de las élites bogotana y científica, del mismo modo un complejo fresco acerca del sibaritismo, la bohemia intelectual de segunda mano y los finos mecanismos de la promiscuidad, no tendría asidero sin ‘El festín de los conjurados’, un extenso análisis sobre las variedades de la experiencia marginal en el arte. Y no solo porque hubiesen sido escritos en épocas paralelas sino por su hondura, su capacidad de avistar nuestra mezquindad nacional a la sombra de las clases altas, y el a veces nulo papel del artista en las colectividades.

Algunos estudiosos de la obra, J. E. Jaramillo Zuluaga, Rafael Gutiérrez Girardot o Juan García Ponce, coinciden en subrayar la importancia que tenía para R. H. Moreno Durán el sentido de ubicación, de ocupar un lugar claro en nuestras letras y en las foráneas. Tal certeza proviene, sin duda, de un uso lingüístico particular, muy específico, que se regodea en enciclopedismos, erudición y juego libre, no solo con el fin de mejor burlarse del establecimiento sino con el no menos ambicioso de crear un mundo a partir de ese puesto que el idioma chispeante había ganado.

El despertar de la modernidad en Colombia se dio en esa franja que va desde la mitad de la década de los cincuentas a la totalidad de los sesentas. El puesto que Moreno ocupó, o se tomó, fue para él algo deliberado desde antes de publicar su primer libro. Sabedor de que la novela colombiana y suramericana estaba cambiando sus enfoques decidió volverla compleja, convertir su testimonio como estudiante y pensador de la tradición literaria propia, en una fiesta verbal que, bajo la tutela de Joyce, sobrepasara sus propios límites hasta hacerse pantagruélica.  Ya ha pasado un tiempo prudencial y puede decirse que las dos novelas dignas de representar el agitado periodo de los sesentas en nuestro contexto son radicales en sus diferencias aunque complementarias: ‘Compañeros de viaje’ de Luis Fayad, con su realismo seco, casi fotográfico, y ‘Juego de Damas’ con sus exageraciones y torrentes estilísticas.

El sentido de obtener, de fijar un lugar preciso para su literatura condujo a Moreno Durán como ensayista a plantear ubicaciones para obras que o bien eran desconocidas o bien subvaloradas. Es el caso del trabajo de recuperación de la poesía escrita por Hernando Domínguez Camargo, que le sirvió para dar una luz fresca al problema pesado del barroco americano. O, por los tiempos de la enfermedad que configuró su partida, la presentación de un modelo intelectual en clave femenina mediante la pieza escénica ‘Cuestión de hábitos’. Porque Moreno Durán nunca bajó la guardia, su guardia. La probidad que tenía como escritor le alcanzó para proponer un canon (así puede observarse en los ensayos de ‘Denominación de origen’) y para mostrar, sin contemplaciones ni cortesías, el horrendo panorama de nuestras tragedias políticas, no por humorísticas menos sangrientas, en un par de novelas, ‘Mambrú’ y ‘Los felinos del canciller’, poderosas parábolas donde se desenmascara la absurda colaboración colombiana en la Guerra de Corea y el patético, enfermizo servicio diplomático colombiano, mediocremente ejemplar.

Se corre el riesgo de considerar a esta obra como olvidada. Tal vez el problema reside en otra parte. Pocos autores dentro de nuestra tradición literaria tienen el atrevimiento de gestar, a la par con su producción, un tipo muy exclusivo de lector. Y quizás estos tiempos líquidos (o aguados) no están forjando lectores que se deleiten con desbordes eruditos ni difíciles pirotecnias verbales. La apuesta de Moreno Durán es por una lúdica de la inteligencia, lenta, sopesada, que por ahora se encuentra dormida en nuestros ámbitos. No perdamos la esperanza suspicaz: llegará un instante de redescubrimiento para estos libros. Lo merecen.

  1. H. Moreno Durán es boyacense. Y nunca olvidó su origen, a pesar de que su familia partió de Tunja a Bogotá cuando el escritor era un niño. Se volvió frecuente verlo impartir conferencias en su ciudad natal, siempre con ánimo polémico, y en ambientes sobre todo universitarios. La contundencia del humor negro que expelía (arma letal de sus textos) ya es, para quienes la vieron y oyeron, imposible de olvidar.

En la web del proyecto RH Digital (www.rhdigital.uniandes.edu.co), un esfuerzo del departamento de literatura de la Universidad de Los Andes por rescatar los manuscritos del autor, puede verse un facsímil que lo muestra pleno y con el que vale la pena concluir esta nota.

Para una modesta antología, ‘Boyacá en la poesía del siglo XX’ (bajo la coordinación de Juan Castillo Muñoz), publicada a finales de los años sesentas, envió una serie de poemas juveniles. No obstante ser endebles, ya allí el estudiante de Derecho de la Universidad Nacional empieza a formularse las preguntas que marcarán las pautas de toda su obra posterior (y que quiso conjugar, autobiográficamente, con el título ‘La augusta sílaba’): el rol del idioma en el pensamiento, los caracteres reales, inclusive históricos, con sus velos naturales y la influencia del mundo femenino. Publicaría, después, en España y consolidaría su destino literario lejos de Colombia. Sin embargo es notable y grato que, coherente como fue, decidiera inaugurar su camino justo sobre la tierra que lo vio nacer. Ese era, es, R. H. Moreno Durán.

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Contar la película

 

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(Fotograma de ‘La cabeza contra la pared’)

 

Buenos Aires (Argentina). Agosto de 1960. El escritor argentino Emilio Renzi asiste a la exhibición nocturna de un film. Poco después registra el hecho en su diario:

Miércoles 3 de agosto

Voy al cine de la calle 7 a ver ‘La cabeza contra la pared’ de Georges Franju. Se cortó la luz. La película se paró en lo mejor. No quise que me devolvieran la entrada porque quería terminar de verla hoy. Todo sucede en un hospicio, caras indescifrables, todo muy sensacional. Pasé dos horas en el hall esperando inútilmente con dos o tres desgraciados como yo, que no tenían nada mejor que hacer. Al final me aburrí y volví a casa. Nunca voy a saber cómo seguía esa película.

(Ricardo Piglia – ‘Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación’ – Anagrama – 2015).

No se encuentra en los diarios otra referencia acerca de ‘La cabeza contra la pared’. Al parecer Renzi olvidó ver la película durante días posteriores (tendría algo mejor por hacer), y es posible que un alma caritativa se la haya dejado observar hace pocos años, cuando todo el cine puede pasar por la pantalla del televisor o del computador personales. Contemplar films hoy no es una conquista ni tiene los méritos místicos de aquélla noche agónica dentro del cine de la calle 7.

Por otra parte, debido a su edad y carácter, Renzi debe estar muy cansado para ponerse a cerrar los ciclos de la juventud. Le basta con el esfuerzo titánico de escribir un diario por más de medio siglo y con habérselo confiado a Ricardo Piglia, su amanuense y representante.

Como Emilio Renzi no conocerá esta publicación, y como las cintas de Georges Franju no son precisamente la pasión de los cinéfilos actuales, lo mejor es contarle aquí qué ocurrió con la historia interrumpida por el descalabro eléctrico.

‘La cabeza contra la pared’ fue estrenada en 1959. Muestra vicisitudes de un muchacho parisino que es internado en un manicomio  y su esfuerzo por conservarse cuerdo y sobre todo por salir de ese lúgubre lugar. Al final lo consigue, pese a que los desenlaces felices del cine francés no guardan similitudes con los del industrioso cine hollywoodense. En los films europeos clásicos queda siempre una grieta, una desazón o un desconsuelo en medio de la dicha.

El argumento se relata aquí a grandes rasgos porque su valor es mínimo en comparación con la puesta en escena del film, con sus planteamientos estéticos  y actorales – algo que no puede narrársele a otra persona; quien quiera cotejarlos debe observar la película -. Si las situaciones encadenadas avanzan es sólo porque hay unos ámbitos, unos escenarios y unas atmósferas creadas para lograr tal objetivo. Una especie de “surrealismo dulce”, como ciertos críticos denominaron a la obra de Franju, cercano y lejano al mismo tiempo a la Nueva Ola francesa (de hecho Godard siendo crítico elogió a ‘La cabeza…’ aduciendo que era “una película demente realizada por un loco”), el movimiento cinematográfico del cual es contemporáneo.

No hay problema en referirle el argumento de ‘La cabeza contra la pared’ a Renzi porque de todas maneras quedará insatisfecho. El tipo de cinematografía en el que se formó como artista no es el del story telling estadounidense, que impera aun (y con mucha fuerza) dentro del cine comercial de nuestros días. Para un producto como ‘Star Wars’ resulta fundamental que el espectador sepa sólo hasta el final el dato insospechado: Darth Vader  es el padre de su contrincante,  Luke Skywalker. La industria fílmica y la de las series televisivas basan su éxito en una serie de sorpresas y efectos emocionales con grados de intensidad correspondientes a un plan preestablecido. Poco les importa si hay hondura en la totalidad de lo que están vendiendo. Les interesa el acumulado de taquilla y por esta razón no dudan en filmar precuelas, secuelas y enésimas partes de las películas, así como versiones nuevas de films que han sido exitosos en el pasado. El temor o terror al spoiler, a revelar fuera del contexto de la película datos escondidos o sorprendentes de la línea argumental, es comprensible porque los armazones de esos productos audiovisuales dependen de asombrar al espectador y amarrarlo de tal manera que siga pagando.

Georges Franju jamás hubiera asumido a su público como una horda de clientes sedientos de ser asustados o embobados. El dolor de Emilio Renzi no es tanto saber cómo continúa el relato sino cómo prosigue el entramado completo del film, la conjunción de las diversas estéticas, lo pictórico, lo narrativo, lo actoral, incluso la iluminación y el sonido.

Con el cambio de las lógicas en la industria del cine comercial también han cambiado los espectadores quienes, al igual que infantes insaciables, viven cada temporada a la espera de entretención y deslumbramiento fáciles. Si alguien osara proyectar ‘La cabeza contra la pared’ por estos días, fracasaría.

Cuestión urgente para quienes escriben guiones con intención de filmarlos, o para quienes observan films con propósitos superiores a divertirse: el esquema o modelo del story telling, tan viejo como el mundo, cuyo representante estrella es el guionista Robert McKee, tendrá que ser no solo cuestionado sino tal vez dinamitado si se piensa en la supervivencia del cine como arte.

Cuando pesa más el argumento con datos escondidos y refritos de suspenso que la estructura completa de la película, lo mejor es dedicarse a fuegos artificiales  y esperar que otros, unos pocos, enciendan fogatas auténticas lejos del gran centro comercial fílmico. O tendremos que aprender a contar bien las películas, adornándolas, incluso tergiversándolas. Para esa práctica también hay maestros como Manuel Puig, otro escritor argentino, que elevó en sus novelas (‘El beso de la mujer araña’, ‘La traición de Rita Hayworth’) la narración oral o escrita del cine que se ha visto a la categoría de arte.

No exageró Emilio Renzi al escribir que nunca sabrá cómo seguía ‘La cabeza contra la pared’. Es tan buena película que ni siquiera contando su argumento completo se logra abarcarla. Ojalá todo el cine fuera así.

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Pandora

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Para R. L. V. 

 

En el presente ensayo expondremos cómo la tapa

y su contenido, categorías de un todo

desconocido para usted, para nosotros,

son expresión de una connotada recompensa

subtextual.

 

La exposición consta de dos partes.

‘Tapa’, narraciones, descripciones,

subterfugios a fin de identificar unas u otras

como adecuadas – según se disocien

sin identidades significativas –.

 

Aquello que logremos identificar

serán premisas

de parciales especulaciones que conducirán

quizá, quién sabe,

a una adivinanza

casi

total,

de la cual trataremos en la parte segunda, ‘Premio’.

 

Hay en la tapa, dentro quizás o junto a ella,

un relato con alto grado de generalidad,

que no de abstracción.

Mínima extensión / Máxima tal vez.

Comprensión

a la cual llamaremos Pretexto Condicionador.

 

Consta de dos elementos,

a saber:

Tapa sin desenroscar

Tapa desenroscada

Cuatro cuentos están contenidos

en la extensión de estos elementos.

En ellos el pretexto se especifica

aunque no hubiere necesidad.

a)Tapa sin desenroscar que no es considerada.

b)Tapa sin desenroscar que lo es.

y) Tapa desenroscada que no se ha considerado.

z) Tapa desenroscada que lo será.

Donde:

a)La tapa más que en sí misma

por sí

misma.

 

b)Un juego de cábalas.

Pregustación de Pandora,

quien viene llamada como sin llamar.

 

y) Todo lo que podría esperarse

de esta declaración no sumaria.

z) Molicie.

 

Hay también variantes externas a la tapa.

Sucede así en instancias cubiertas

como en las contingencias externas

al premio.

 

Nadie se llame a temor o risa,

pues premio sin arandelas fútiles

sólo cercena.

En cuanto a arandelas nobles las del daño.

Hesiodo            para un caso.

Graves              para otro, por si faltare

Confianza.

 

Plano de expresión,

pretexto, resultan

en el ademán expresivo

miembros del paradigma

de pronto,

cuyas coyunturas son:

 

Jofaina era,

era ánfora,

no caja.

 

Llevaba tapa.

 

Al desenroscarse

logra leerse

el premio.

 

Historias de mujeres aparecen

pues no sería este un recipiente

ni esto su líquido

si no fuera así.

 

Creada por los dioses

en venganza contra Físido,

Prometeo

o quien se haya robado el fuego.

 

No como se suele soñar

con el fin de desenroscar la tapa

y desatar todos los premios,

los males convenientes,

los bienes que imaginamos,

el anhelo

entre la hez del líquido,

aquello no bebido ni premiado,

no

por necesidad.

 

Creada

para anunciar lo dicho por la tapa,

Pandora.

Responsable de todos los premios.

 

Los cuatro relatos generales son marco de descripciones

Unívocas,

Explícitas.

Los observaremos.

 

La tapa duerme el sueño de los santos.

Despide un color atractivo que por tal razón es desechado.

Pandora: la tapa sobre la palma de su mano.

La mano cerrada, firme, con el anuncio del premio,

cualquiera,

entre ella.

 

Berkeley negó

que hubiera un objeto detrás de las impresiones

de los sentidos.

Jorge Luis Borges

Nueva refutación del tiempo

 

Es

momento

de vislumbrar

algunos giros de la tapa

rosca

a la izquierda,

nuestra

izquierda.

Dos se encuentran.

La mujer que posee todos los dones.

El recipiente, su sello, sobre la cúspide.

Cuánto puede ofrecer la dama.

Cuánto negará el reverso de la tapa.

Como mucho, un premio.

Nos desplomaremos.

Entonces a observar de soslayo esa cara

invertida

dentro de la tapa.

Una vez cotejado el contenido,

dos se apartan.

No hubo tiempo de conversar acerca del premio,

solo quedó el desenroscar.

Peste,

plenitud lesa,

humanidad, rapto de dichas.

 

 

La tapa

ya desenroscada,       por desenroscar,

Eva,              Pandora,

 

gracias a quien conoces,

gracias a quien supiste,

aquella por quien tus antepasados,

neblinosos,

ya

no sabrán conocer.

 

¿Dónde reclamar?

¿Dónde reclamar el premio?

 

 

 

 

(Para la convocatoria ‘Poemas sobre Taparroscas que Llevan Premio’)