Publicado en Uncategorized

La realidad es una actividad de la más augusta imaginación Un poema de Wallace Stevens

 

La realidad es una actividad de la más augusta imaginación

 

( Traducción de Enrique Luis Revol )

 

El viernes pasado, a la gran luz del viernes pasado por la noche,

Volvimos tarde en coche de Cornwall a casa en Hartford.

 

No era una noche soplada en una fábrica de vidrio en Viena

O Venecia, inmóvil, acumulando tiempo y polvo.

 

Hubo una comprensión de fuerza en un torno que giraba

Bajo la faz de la estrella vespertina hacia poniente,

 

El vigor de la gloria, un resplandor en las venas

Mientras las cosas surgían, se movían y disolvían

 

 

Uno u otro a la distancia, el cambio o la nada,

Las transformaciones visibles de la noche estival,

 

Una abstracción argentina que se acercaba a la forma

Y repentinamente, negándose a sí misma, se extinguía.

 

Había un insólido oleaje de lo sólido.

El lago nocturno a la luz de la luna no era agua ni aire.

Anuncios
Publicado en Uncategorized

Sin haber necesidad y sin saber por qué

– Texto completo de la crónica publicada en la revista Creártika – Segundo Semestre – 2012 – 

 

“Hemos a peso bruto caminado, y, de un solo

desafío,

blanqueó nuestra pureza de animales.

Y preguntamos por el eterno amor,

por el encuentro absoluto,

por cuanto pasa de aquí para allá”.

CÉSAR VALLEJO

 

Paradoja uno: el hombre que no conoce Bogotá nació en Bogotá.

 

Puede explicarlo. No hay afán. Faltan dos horas para el mediodía de este martes, la venta de duraznos, ciruelas, ombligonas manzanas repletas de manchas empieza hasta ahora. Las señoras salen del supermercado con sus bolsas y sus niños, dedican dos segundos a ver las frutas sobre el desvencijado toldo de madera, rodante, rozado por automóviles que cruzan tan tranquilos – en apariencia – como las gentes; luego miran al hombre, el chaquetón raído, sólo tres dientes, arrugas pronunciadas, las manos gruesas, renegridas, y siguen su camino quizás con asco. El hombre las mira irse. Se ríe. “No es largo de explicar” dice a continuación mientras va emparejando bolsas para empacar las frutas, “pero el problema es que es muy duro de explicar, ¿sí me entiende?  ”.

 

Su madre era la empleada doméstica de una acomodada familia bogotana hace cincuenta años. Terminó pariendo un hijo del dueño de casa, de su empleador.

 

-Yo nací allá pero entonces a mi señora madre le tocó volverse para acá conmigo. Yo tenía, póngale, dos meses de nacido. O tres… – levanta la palma de la mano abierta advirtiendo pausas en el relato, observa a una adolescente espigada, grácil, jugosa a sus ojos – … ¡Lléveme! ¡Lléveme la fruta, la fruta! – le grita. La muchacha se asusta y camina presurosa, con miedo.

 

Una historia típica. Un melodrama. La embarazada a quien expulsan del lugar donde cocina, lava, plancha. El parto. Las carencias en Bogotá. Y el regreso a la provincia, a Duitama, la andina ciudad intermedia, doscientos kilómetros desde la Capital, donde podrá criar al hijo.

 

Comienza a juntar las ciruelas para introducirlas en las bolsas, que deja por cierto abarrotadas, sin posibilidad de cierre.

 

No tuve el gusto de conocer a mi papá. Eso sí no. Pero, pues…

 

Un viejo se acerca al toldo con intención de comprar unos duraznos. Los palpa, aprieta, pesa. Mira al hombre. No necesita saludarlo ni conversar ni regatear con él. Como si se conocieran de siempre, algo que también es posible en un municipio de 150.000 habitantes como este. El hombre quita mugre de sus uñas con la punta del cuchillo destinado a cortar las frutas.

 

Esos son duraznos melocotones, ¿sí ve? – le informa.

 

El viejo asiente metiéndose la mano en el bolsillo del pantalón, dispuesto a pagar antes de saber el precio.

 

Se los dejo ahí en dos quinientos para que los lleve – remata el hombre.

 

Y le entrega los duraznos, seis, en una bolsa. Recibe los dos mil quinientos pesos que le corresponden.

 

Listo – susurra.

 

El viejo le da la espalda. Camina.

 

Nunca se le pasó por la cabeza ir a Bogotá, ni por buscar al padre, ni por trabajo. Creció aquí, en Duitama, no hubo dinero para estudiar siquiera Básica Primaria. Trató de ser conductor del transporte público, barrendero de la Administración Municipal, ayudante de albañilería. Trató. Lo jura. Pero se resignó a vender frutas, más o menos lo que ha realizado toda su vida. Una historia típica. El bosquejo de una mala telenovela.

 

Eso es todo – dice, rascándose la mejilla.

 

Paradoja dos: el hombre que no conoce Bogotá tiene un hijo bogotano que vive en Bogotá.

No entiende por qué han bajado tanto las ventas de fruta en estos días. Eructa con estridencia. Los clientes del supermercado, enfrente del toldo, pasan a raudales. Un empleado joven cruza empujando el carrito metálico atiborrado de legumbres, cajas y recipientes dentro de bolsas plásticas. Silba con timbres muy agudos mirando al hombre. Éste gira la cabeza, como contestando un saludo. No es claro si el muchacho del supermercado silbó con el fin de amonestar o de saludar al hombre. Quizás lo primero. Los vendedores ambulantes no son bien recibidos en ninguna parte.

 

A ver… – dice el hombre encuadrando su gorro de lana con el escudo de Atlético Millonarios – …a ver, lo que pasó ahí fue que no nos pudimos entender con la mamá del hijo, y entonces ella cogió camino para allá. Ya estaba enferma y allá en Bogotá se alentó, allá tuvo al John, al hijo.   

 

El paralelo entre el embarazo y la enfermedad alcanza a cobijar el sentido completo de ese fragmento del relato. La madre de su hijo, bogotana también, vino a Duitama en busca de suerte. Inició al hombre en el negocio de las frutas, hace veinticinco años. Se cansó de infidelidades, excesos alcohólicos y agresiones del esposo. Sin avisarle, empacó sus maletas y volvió a Bogotá. Esperaba un hijo pero ni ella ni el otro lo sabían.

 

Melodrama, sí. Puro.

 

John, el hijo del hombre, nació y creció en la Capital. A diferencia del padre, estudió una tecnología en Sistemas y viene a Duitama una vez al año con firmes propósitos de llevárselo. Los esfuerzos han sido infructuosos. De un modo que sólo comprendería el habitante de Duitama, la tierra o las costumbres como emborracharse cada tres días, malvivir en una pensión barata de la Terminal de Transportes, usar la misma prenda de vestir hasta la ruina, agarran, inmovilizan, duermen a sus víctimas.

 

El John consiguió trabajo por allá, gana bueno, en veces me manda plata o ropa, así

 

Paradoja tres: el hombre que no conoce Bogotá podría estar mejor en Bogotá pero no sabe irse.

 

Alguien que no hubiera leído a Samuel Beckett entendería sus narraciones y obras teatrales, como recibiendo un puñetazo, con solo ver a este hombre quien descuelga la balanza para calcular gramos y kilos de una pequeña viga en su toldo. Confiesa que está dañada.

 

Esta mierda se desbarajustó de un momento a otro, vea. Yo la sigo poniendo ahí porque le da como presencia al negocio, ¿no le parece?

 

Consigue los duraznos, las ciruelas y esas manzanas asilvestradas en un puesto de reventa próximo a la plaza de mercado. En ocasiones, cuando las frutas empiezan a dañarse de prisa, suele endeudarse para conseguir productos más frescos. A la hora en que las buenas gentes de Duitama, con sus empleos casi fijos, sus comercios dentro de locales minúsculos, sus pocas ganancias aseguradas, se guardan dentro de las viviendas, almuerzan, duermen la siesta rigurosa, este hombre se frota las manos y estudia el cielo casi desprovisto de nubes.

 

Están dando ganas de una cervecita bien, bien fría con este calor.

 

Se despide, muy cortés. Sin haber respondido las preguntas de fundamento, ¿por qué no se va de Duitama? ¿Por qué no aprovecha las oportunidades que su hijo John le ofrece y vuelve a Bogotá, su lugar de origen, quizás su raíz? Aunque pensándolo mejor no tiene caso formulárselas: Bogotá lo inquieta, pero prefiere ignorarla a sabiendas de lo que ignora. Empieza a empujar el toldo, esas ruedas que recuerdan a las de un automóvil diminuto, de juguete, y un niño lo llama con gritos estentóreos desde la otra acera. Se acerca corriendo hasta el toldo y le pregunta por el precio de las manzanas. El hombre rasca su mejilla, toma una de las ombligonas gruesas y se la da.

 

Llévela, llévela.

 

El niño, estupefacto, la recibe, la mordisquea.

 

Actividades sin razón ni justificación. La especialidad de quienes vivimos y optamos por enterrarnos en Duitama. Entiendo que ya debe irse a iniciar el periplo etílico de hoy. Se acerca el final del melodrama.

 

Pero le pregunto cómo se imagina a Bogotá. El hombre se ríe. Me guiña un ojo, gesto tan enigmático como él mismo.

 

Bogotá, Bogotá…a ver – eleva la mano, está a punto de proclamar una definición de la ciudad que lo ha circundado y asechado, y que sin embargo no conoce -. Bogotá no es tan grande como dicen, tiene barrios, edificios, aviones y eso. Pero grande no, no es. No es como se la pintan a uno, ¿sí o qué?

 

El niño se ha ido. El sopor de la una de la tarde devora cuanta fachada y ventana encuentra. El hombre se encorva un poco para echar a andar el toldo rodante rumbo a las tiendas vecinas de la plaza de mercado. Sí, es cierto. Bogotá no es grande. Si el hombre se fuera de aquí, construiría una Bogotá a su medida, de veinte calles, como expendedor de frutas en ciertas esquinas, pocas, y sobre todo estaría tan aburrido y tan perplejo como en Duitama.

 

Hora de dejarlo en paz. Y momento justo para pensar en algunos sentidos innecesarios que les buscamos a los hechos, no obstante intuir que bien mirados, sin premuras, carecen de sentido alguno. Y quererlo encontrar es tan necio como el intento de comprender por qué este hombre no huye a una existencia tranquila, o por qué no conoce Bogotá. Ni la conocerá.

Publicado en Uncategorized

Un texto de Rosario Noles.

Rosario Noles prefiere conservar el anonimato. Vive en Bogotá. Tiene 31 años. Y lo demás no importa.

 

Tanta gente que no conozco y no me importa, oigo sus voces chillonas, siento sus pasos y un escalofrío recorre mi espinazo, llueve además y es imposible salir a caminar sin que el barro se pegue a los zapatos hasta sentir que hiere los huesos el frío penetrante de la sórdida soledad, pero rechazo a los seres humanos, no quiero verlos, ni estar con ellos, ni saber nada de sus miserables vidas que me recuerdan a la mía, ignoro si también ellos rehuyen mi presencia cual ratas en la oscuridad de un basurero putrefacto en el que también llueve a mares una lluvia persistente, menuda, pequeña más sin embargo mortal que puede penetrar los paraguas, impermeables, chaquetas acolchadas, camisas, camisetas, blusas y brasieres en el caso de las damas y los travestis, piel, tejidos, huesos, músculos, e instalarse directamente en el corazón interrumpiendo su monótono latido, colándose entre los vasos y tejidos capilares, ensuciándolo a causa de la polución que origina lluvia ácida y sucia también a causa de resbalar por las paredes de altos, feos y viejos edificios decadentes que han sobrevivido muchos años ante la indiferencia de la gente que transita frente a ellos sin dedicarles siquiera una mirada de pesar, de todas maneras la lluvia no logra detener definitivamente los movimientos rítmicos del tejido cardíaco y continuamos viviendo cada día, odiando el despertador que suena a las cuatro de la mañana y nos llama para ir a trabajar con otros seres humanos.

Publicado en Uncategorized

UN VIAJE POR EL MUNDO DE VITO APÜSHANA

Uno es el poeta citadino y otro el exiliado de los grandes centros urbanos. Aquél busca su lugar, por pequeño que sea, entre lectores esquivos mediante modestas publicaciones y recitales; éste se sabe prisionero de contingencias, envenenado por el anonimato. Entre los poetas que no habitan esos centros del poder tal vez el poeta indígena, o perteneciente a una etnia, padece desde nuestra perspectiva – por obligación occidentalizada, con una idea solemne del fenómeno poético – la condición de exiliado dentro del exilio mismo; su separación ya no es en exclusiva del territorio, también un abismo cultural y lingüístico lo apartan de los escasos lectores habituales del poemario o la publicación poética. Por estas circunstancias la palabra de Vito Apüshana parece, a primera vista, extraña (en el sentido más primigenio de este vocablo: extranjera, foránea al extremo) y muy lejana, no obstante nacer y cimentarse en nuestro país, dentro de los mismos marcos en que se han gestado la mayoría de los poetas colombianos.

Apüshana (denominación de su clan wayuu protegido por el zamuro o gallinazo) es, para el Estado colombiano, Miguel Ángel López, habitante de Riohacha, capital del departamento de La Guajira. Una referencia breve de sus libros publicados brinda cierta idea del carácter que posee este autor. El primero, Contrabandeo. Sueños con Aliijuna cercanos, fue publicado por una editorial minúscula (Secretaría Departamental de Asuntos Indígenas – Universidad de La Guajira) en 1992. El segundo, En las hondonadas maternas de la piel, que se reseña aquí, pertenece a una colección de literatura indígena editada por el Ministerio de Cultura en 2010. Pequeñas publicaciones, hechas desde una humildad desconcertante, que sin embargo susurran al lector perspicaz, por ejemplo a través de esos títulos extensos y rumorosos, una voz singular, ajena a los estruendos del aparato publicitario editorial, de la infamia que pervierte al poeta volviéndolo más rutilante que su obra, o trocando su personalidad en la de una estrella mediática. Es drástica la diferencia entre Apüshana y algunos poetas citadinos. Cuán distante se encuentra su palabra, un brote de la tierra wayuu, de los amaneramientos o las voces afectadas de ciertos poetas del entorno citadino, quienes muchas veces necesitan adornos y arandelas traídas del espectáculo teatral o televisivo para hacerse oír. Vito Apüshana permite entender y revalorar en nuestro medio la figura del poeta íntimo, de entrecasa, que no precisa del grito ni del escándalo.

“La poesía es un viaje” escribe Robinson Quintero Ossa. Recorrido semejante al del relato, quizás con claves divergentes a la relación de sucesos como el sonido o las pausas en escritura y lectura, la expresión poética da cuenta de una andadura, de un echar a andar por tierras familiares o desconocidas. “Yo voy soñando caminos/de la tarde” nos recuerda Antonio Machado para quien esta noción de una poética andariega  era requisito. Vito Apüshana, quizás intuyendo la grave distancia que lo separa del grueso de sus lectores, propone en su segundo poemario una trashumancia responsable por su mundo y así mismo por la temperatura, los paisajes, las personas que lo habitan. Tres son las partes que lo componen: “La Tranquilidad”, “La Fertilidad” y “La Infinitud”. Al igual que en otras culturas nativas conocidas sobre todo por su literatura (desde la poesía Náhuatl a quien Juan Manuel Roca ha denominado “precursora del Surrealismo”, hasta los poemas Navajos, cargados de alusiones sapienciales y fabulísticas) el acendrado presentimiento del misterio en la naturaleza, las prácticas, los hábitos poetizados y las cosmogonías como base literaria atraviesan la lírica primitiva de nuestros continentes. Son su sello indiscutible. Los Wayuu están enmarcados dentro de esta quizá involuntaria tradición que une los tres tiempos occidentales, pasado, presente y futuro, en una armónica amalgama nunca fatalista ni determinadora de un sino trágico. Estas dimensiones filosóficas constituyen una manera esquemática de configurar a la comunidad de Apüshana quien, de modo muy personal, apoyándose en la intuición poética (que simboliza y sospecha), las expone en esas tres partes del libro.

Extendamos la idea del viaje que un poeta indígena nos propone a través de su tierra y de su paisaje vital. Nos encontramos con este hombre proveniente de una región tan vasta y distanciada que llega a parecernos ya no otro país dentro del nuestro, sino un reino en sombras difusas, incluso distante del tiempo presente. La lectura del texto inicial sirve como indicación al lector de que el viaje ha iniciado, pero con la salvedad de la diacronía.

 

Las venas del sol y de la noche

Bebemos el jugo del maíz y

sentimos la sangre del sol en las venas

y el sudor del luna en la piel.

 

Nuestra sed la calma

lo sagrado.

 

En efecto, el poeta nos conduce a través de esta anáfora, con la cual da inicio a la primera etapa del poemario titulada “La Tranquilidad”, a un trasiego por su contexto de vida, y sin embargo no obstruye los límites naturales con los que tropieza quien apenas da los primeros pasos por terreno nuevo. El satélite de la Tierra, femenino en nuestras concepciones occidentales, para Apüshana y los wayuu es masculino y guarda un vínculo estrecho con los comportamientos comunes de los seres, posee venas como los humanos, suda en la piel de los hombres. La invitación del autor es, al mismo tiempo, ubicación. Nos empuja a experimentar, sin preámbulos, otro espacio pero desincronizado con lo que somos como lectores. El trayecto inicia con un abandono por parte del lector de su habitual sentido comparativo: el poeta desea que este viaje en el cual estamos implicados instale y ponga nuestra mirada en el camino, sin paralelos con el mundo del que venimos y aceptando que recorreremos una temporalidad bien diferente de la acostumbrada por nuestras rutinas. Los desconocidos somos ahora nosotros.

Los poemas de esta serie, en especial los titulados Calma  y esa suerte de credencial colectiva que lleva por título Wayuu (II) son fuertes pinceladas del escenario habitado por Apüshana y su pueblo. Aún, por supuesto, en prudente perspectiva. Sabemos del viaje que un anciano pariente ha realizado y del que ha vuelto, de la reposada entrega familiar a las comidas (en esta poesía son auténticos rituales sagrados), del pastor que a la vez resulta pastoreado, y sin embargo no estamos inmersos aun en estas lógicas. Pueden resultarnos inclusive desconcertantes en su simplicidad. Una táctica que procura paliar esta posible actitud de perplejidad es decir sin ambages qué es su pueblo y quiénes lo conforman. Apüshana se convierte en un mediador entre los wayuu y nosotros de modo que el viaje prosiga:

 

Somos una alegría silenciosa

–          labor de las hormigas –

–          saltos del conejo –

 

 

Somos una tristeza serena

–          mirada del alcaraván –

–          sueño del murciélago –

 

Somos la vida, así

–          niños en los ancianos –

–          – rostro del horizonte encontrado-

 

El poeta wayuu se aproxima a sus lectores y para la segunda estación del viaje, “La Fertilidad”, camina codo a codo con nosotros. En calidad de cómplice nos confiesa cómo los mitos centenarios conviven con él, y les ofrece trato de confianza. Así en el poema Mujeres – Aves donde se muestran las variadas metamorfosis de las mujeres en esta sociedad para la cual la madre es el eje y el culmen de lo humano. En el sueño  observa a las mujeres lechuza, colibrí, alcaraván, turpial, cardenal, sustento y piedra angular de su cultura. Es asombrosa la explicación de lo onírico brindada en el texto por la madre del poeta, pues da un giro a la hermenéutica estética de los sueños y su vinculación con el mito (una temática estudiada en profundidad por Carl Gustav Jung). La mitología no es para Vito Apüshana un compuesto alegórico. Muy por el contrario, las imágenes del mito empiezan a cobrar vigor, a ser interpretadas e insólitamente comprobadas en lo real, “…a partir de entonces he venido descubriendo las plumas ocultas de las mujeres que nos abrigan”. En esta parte central del libro la presencia femenina es abrasadora. La fertilidad de su encabezamiento no es, como podría pensarse, una referencia exclusiva a la maternidad. Es también la generosidad del pueblo wayuu cuando festeja (Alenor, Fiesta) y sobre todo la amplitud de esa convivencia para nosotros misteriosa entre seres humanos y sobrenaturales, una especie de pacto pacífico entre lo cotidiano y lo desconocido.

Los poemas finales de En las hondonadas maternas de la piel pueden compararse (no sin ciertas reservas) con la conclusión de una sinfonía. “La Infinitud” es, primero, un reconocimiento de que la historia wayuu, negada o ignorada por la historia hispánica de Colombia, es en sí misma una obra de arte con sus estética y sus artífices.

 

Talhua, alaüla de Toolünare, nos ha contado

que también provenimos de otros mundos…

que acumulamos un saber antiguo creador de otros llantos,

de otros sueños, de otros pasos…

 

En segundo lugar, la historia wayuu, ligada al cosmos y a un orden universal, es negación de la muerte por estar imbricada en la vida de estas personas.

 

Vivimos cono arañas, en el tejido del rincón materno.

(…)

Morimos como si siguiéramos vivos.

 

No es exagerado comparar la ambición poética de un Mallarmé – en su ideal de escribir un libro que abarcara todo, lo existente y no existente – o del Wallace Stevens que en Adagia pretende implantar una visión periférica y totalizante del orbe, con estos textos conclusivos de Apüshana. En ellos hay una voluntad de comunión, y este término judeocristiano no es el más preciso a la hora de hacer visible la conjunción entre tiempos, entre ancestros y contemporáneos, sin embargo se acerca. El célebre Antiguos recién llegados con el cual cierra el conjunto de poemas (recurrente, además, en los recitales del poeta guajiro) es una muestra patente de esa unidad entre el pasado – nunca remoto, más bien vívido – y el presente cercano a la brisa y a las ondulaciones pausadas de la vida wayuu.

 

Así vemos que nuestro antiguo mundo

es, aun, sonriente aprendiz de la vida.

 

Somos como eternos recién llegados.

 

La lectura de En las hondonadas maternas de la piel  concluye, pero el viaje del lector por el mundo wayuu no termina. Ya e en esta tercera y última etapa, el poeta nos ha tomado del brazo y quiere que vivamos con él, que compartamos la profusión y la paz de este pueblo. Tarea que exige no poca responsabilidad. Depende de quien lee alejarse de prejuicios típicos con respecto a la peste étnica, que no es una colección de piezas exóticas, ni la manifestación pintoresca de unos individuos con raras costumbres. Esta poesía nunca nos habla desde el distanciamiento ni la marginalidad. Los hechos y las visiones que convoca le permiten a los lectores despojados de prevenciones conocer no sólo una comunidad específica, más cercana a sus eventualidades de lo que parece, sino algo más, quizás la justificación de esta franca y sensata palabra: un equilibrado puesto en nuestro caótico planeta.

 

 

Vito Apüshana, En las hondonadas maternas de la piel, Colección Nación desde las raíces, Biblioteca Básica de los pueblos indígenas de Colombia, Bogotá, Ministerio de Cultura, 2010.