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Sin haber necesidad y sin saber por qué

– Texto completo de la crónica publicada en la revista Creártika – Segundo Semestre – 2012 – 

 

“Hemos a peso bruto caminado, y, de un solo

desafío,

blanqueó nuestra pureza de animales.

Y preguntamos por el eterno amor,

por el encuentro absoluto,

por cuanto pasa de aquí para allá”.

CÉSAR VALLEJO

 

Paradoja uno: el hombre que no conoce Bogotá nació en Bogotá.

 

Puede explicarlo. No hay afán. Faltan dos horas para el mediodía de este martes, la venta de duraznos, ciruelas, ombligonas manzanas repletas de manchas empieza hasta ahora. Las señoras salen del supermercado con sus bolsas y sus niños, dedican dos segundos a ver las frutas sobre el desvencijado toldo de madera, rodante, rozado por automóviles que cruzan tan tranquilos – en apariencia – como las gentes; luego miran al hombre, el chaquetón raído, sólo tres dientes, arrugas pronunciadas, las manos gruesas, renegridas, y siguen su camino quizás con asco. El hombre las mira irse. Se ríe. “No es largo de explicar” dice a continuación mientras va emparejando bolsas para empacar las frutas, “pero el problema es que es muy duro de explicar, ¿sí me entiende?  ”.

 

Su madre era la empleada doméstica de una acomodada familia bogotana hace cincuenta años. Terminó pariendo un hijo del dueño de casa, de su empleador.

 

-Yo nací allá pero entonces a mi señora madre le tocó volverse para acá conmigo. Yo tenía, póngale, dos meses de nacido. O tres… – levanta la palma de la mano abierta advirtiendo pausas en el relato, observa a una adolescente espigada, grácil, jugosa a sus ojos – … ¡Lléveme! ¡Lléveme la fruta, la fruta! – le grita. La muchacha se asusta y camina presurosa, con miedo.

 

Una historia típica. Un melodrama. La embarazada a quien expulsan del lugar donde cocina, lava, plancha. El parto. Las carencias en Bogotá. Y el regreso a la provincia, a Duitama, la andina ciudad intermedia, doscientos kilómetros desde la Capital, donde podrá criar al hijo.

 

Comienza a juntar las ciruelas para introducirlas en las bolsas, que deja por cierto abarrotadas, sin posibilidad de cierre.

 

No tuve el gusto de conocer a mi papá. Eso sí no. Pero, pues…

 

Un viejo se acerca al toldo con intención de comprar unos duraznos. Los palpa, aprieta, pesa. Mira al hombre. No necesita saludarlo ni conversar ni regatear con él. Como si se conocieran de siempre, algo que también es posible en un municipio de 150.000 habitantes como este. El hombre quita mugre de sus uñas con la punta del cuchillo destinado a cortar las frutas.

 

Esos son duraznos melocotones, ¿sí ve? – le informa.

 

El viejo asiente metiéndose la mano en el bolsillo del pantalón, dispuesto a pagar antes de saber el precio.

 

Se los dejo ahí en dos quinientos para que los lleve – remata el hombre.

 

Y le entrega los duraznos, seis, en una bolsa. Recibe los dos mil quinientos pesos que le corresponden.

 

Listo – susurra.

 

El viejo le da la espalda. Camina.

 

Nunca se le pasó por la cabeza ir a Bogotá, ni por buscar al padre, ni por trabajo. Creció aquí, en Duitama, no hubo dinero para estudiar siquiera Básica Primaria. Trató de ser conductor del transporte público, barrendero de la Administración Municipal, ayudante de albañilería. Trató. Lo jura. Pero se resignó a vender frutas, más o menos lo que ha realizado toda su vida. Una historia típica. El bosquejo de una mala telenovela.

 

Eso es todo – dice, rascándose la mejilla.

 

Paradoja dos: el hombre que no conoce Bogotá tiene un hijo bogotano que vive en Bogotá.

No entiende por qué han bajado tanto las ventas de fruta en estos días. Eructa con estridencia. Los clientes del supermercado, enfrente del toldo, pasan a raudales. Un empleado joven cruza empujando el carrito metálico atiborrado de legumbres, cajas y recipientes dentro de bolsas plásticas. Silba con timbres muy agudos mirando al hombre. Éste gira la cabeza, como contestando un saludo. No es claro si el muchacho del supermercado silbó con el fin de amonestar o de saludar al hombre. Quizás lo primero. Los vendedores ambulantes no son bien recibidos en ninguna parte.

 

A ver… – dice el hombre encuadrando su gorro de lana con el escudo de Atlético Millonarios – …a ver, lo que pasó ahí fue que no nos pudimos entender con la mamá del hijo, y entonces ella cogió camino para allá. Ya estaba enferma y allá en Bogotá se alentó, allá tuvo al John, al hijo.   

 

El paralelo entre el embarazo y la enfermedad alcanza a cobijar el sentido completo de ese fragmento del relato. La madre de su hijo, bogotana también, vino a Duitama en busca de suerte. Inició al hombre en el negocio de las frutas, hace veinticinco años. Se cansó de infidelidades, excesos alcohólicos y agresiones del esposo. Sin avisarle, empacó sus maletas y volvió a Bogotá. Esperaba un hijo pero ni ella ni el otro lo sabían.

 

Melodrama, sí. Puro.

 

John, el hijo del hombre, nació y creció en la Capital. A diferencia del padre, estudió una tecnología en Sistemas y viene a Duitama una vez al año con firmes propósitos de llevárselo. Los esfuerzos han sido infructuosos. De un modo que sólo comprendería el habitante de Duitama, la tierra o las costumbres como emborracharse cada tres días, malvivir en una pensión barata de la Terminal de Transportes, usar la misma prenda de vestir hasta la ruina, agarran, inmovilizan, duermen a sus víctimas.

 

El John consiguió trabajo por allá, gana bueno, en veces me manda plata o ropa, así

 

Paradoja tres: el hombre que no conoce Bogotá podría estar mejor en Bogotá pero no sabe irse.

 

Alguien que no hubiera leído a Samuel Beckett entendería sus narraciones y obras teatrales, como recibiendo un puñetazo, con solo ver a este hombre quien descuelga la balanza para calcular gramos y kilos de una pequeña viga en su toldo. Confiesa que está dañada.

 

Esta mierda se desbarajustó de un momento a otro, vea. Yo la sigo poniendo ahí porque le da como presencia al negocio, ¿no le parece?

 

Consigue los duraznos, las ciruelas y esas manzanas asilvestradas en un puesto de reventa próximo a la plaza de mercado. En ocasiones, cuando las frutas empiezan a dañarse de prisa, suele endeudarse para conseguir productos más frescos. A la hora en que las buenas gentes de Duitama, con sus empleos casi fijos, sus comercios dentro de locales minúsculos, sus pocas ganancias aseguradas, se guardan dentro de las viviendas, almuerzan, duermen la siesta rigurosa, este hombre se frota las manos y estudia el cielo casi desprovisto de nubes.

 

Están dando ganas de una cervecita bien, bien fría con este calor.

 

Se despide, muy cortés. Sin haber respondido las preguntas de fundamento, ¿por qué no se va de Duitama? ¿Por qué no aprovecha las oportunidades que su hijo John le ofrece y vuelve a Bogotá, su lugar de origen, quizás su raíz? Aunque pensándolo mejor no tiene caso formulárselas: Bogotá lo inquieta, pero prefiere ignorarla a sabiendas de lo que ignora. Empieza a empujar el toldo, esas ruedas que recuerdan a las de un automóvil diminuto, de juguete, y un niño lo llama con gritos estentóreos desde la otra acera. Se acerca corriendo hasta el toldo y le pregunta por el precio de las manzanas. El hombre rasca su mejilla, toma una de las ombligonas gruesas y se la da.

 

Llévela, llévela.

 

El niño, estupefacto, la recibe, la mordisquea.

 

Actividades sin razón ni justificación. La especialidad de quienes vivimos y optamos por enterrarnos en Duitama. Entiendo que ya debe irse a iniciar el periplo etílico de hoy. Se acerca el final del melodrama.

 

Pero le pregunto cómo se imagina a Bogotá. El hombre se ríe. Me guiña un ojo, gesto tan enigmático como él mismo.

 

Bogotá, Bogotá…a ver – eleva la mano, está a punto de proclamar una definición de la ciudad que lo ha circundado y asechado, y que sin embargo no conoce -. Bogotá no es tan grande como dicen, tiene barrios, edificios, aviones y eso. Pero grande no, no es. No es como se la pintan a uno, ¿sí o qué?

 

El niño se ha ido. El sopor de la una de la tarde devora cuanta fachada y ventana encuentra. El hombre se encorva un poco para echar a andar el toldo rodante rumbo a las tiendas vecinas de la plaza de mercado. Sí, es cierto. Bogotá no es grande. Si el hombre se fuera de aquí, construiría una Bogotá a su medida, de veinte calles, como expendedor de frutas en ciertas esquinas, pocas, y sobre todo estaría tan aburrido y tan perplejo como en Duitama.

 

Hora de dejarlo en paz. Y momento justo para pensar en algunos sentidos innecesarios que les buscamos a los hechos, no obstante intuir que bien mirados, sin premuras, carecen de sentido alguno. Y quererlo encontrar es tan necio como el intento de comprender por qué este hombre no huye a una existencia tranquila, o por qué no conoce Bogotá. Ni la conocerá.

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Autor:

Psile et psole.

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