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CONTRA LA EDUCACIÓN – DARÍO JARAMILLO AGUDELO.

La primera entrega de las nuevas ediciones del consorcio editorial – e incógnito – Garcín (Oswaldo Álvarez y Darío Rodríguez) es una selección de aforismos escritos por Sebastián Uribe Riley, o si se prefiere Darío Jaramillo Agudelo. Aquí, el texto completo a quien pueda interesar. 

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CONTRA LA EDUCACIÓN

 

DARÍO JARAMILLO AGUDELO

 

 

GARCÍN

EDICIONES

 

Se expide sin autorización.

CONTRA LA EDUCACIÓN ha sido tomado de “La voz interior” – Darío  Jaramillo  Agudelo  – Editorial Pre – Textos – Madrid – 2006.

 

 

DARÍO JARAMILLO AGUDELO (1947)

Poeta y novelista colombiano.

Autor, entre otros, de “Historias” (1974), “Cartas Cruzadas” (1993) y “La voz interior” (2006).

 

PRESENTACIÓN

             Una invitación a desconfiar de las ideas y dogmas en los cuales creemos como ciegos.

              Una puerta cuya existencia parece insignificante. Su condición de mera literatura se convierte en arma de pensamiento para quien la aborde. Del mismo modo, por tratarse de un artefacto literario, extracto de novela, resguarda su poderoso carácter elusivo y poético.

             Un antídoto contra el adormilamiento de nuestra época.

             Una cura de espanto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La brevedad de un texto no lo convierte por necesidad en aforismo. Es tan sólo síntoma de la cortedad del autor. Y también de su indolencia.

 

El aforismo tiene determinadas características: es una iluminación, es involuntario y es escaso.

 

Fragmentos: visiones en un espejo roto.

 

Fragmentos: pedazos de un rompecabezas incompleto.

 

Fragmentos: hay una frase anterior que ignoro. Existe un corolario sin ser dicho.

 

Fragmentos: la frase que está en la mitad de un párrafo nunca escrito.

 

Fragmentos: como la percepción, incomprobables.

 

Fragmentos: como la realidad, entrecortados.

 

Incertidumbre: ¿me miro en el espejo o es el espejo el que me mira?

 

Los espejos no envejecen.

 

El primer hombre que habló con Dios lo hizo después de poner dos espejos frente a frente.

 

La intuición me sirve de guía. Siempre se equivoca. Funciona por exclusión.

 

No tengo más certezas que la certeza de que jamás tendré una segunda certeza.

 

A veces pienso que existen cosas con algún sentido, pero me queda imposible distinguirlas de las cosas incoherentes.

 

Nadie sabe nada de nadie.

 

No creo en nada y sin embargo todo el tiempo me doy consejos.

 

La duda: una fatalidad y una disciplina.

 

La duda como centro inútil del afecto.

 

El no creyente, casi asqueado de sus evidencias y negaciones, no puede evitar burlarse del creyente. Ésta es la peor cara del no creyente.

 

Si no tienes tu verdad, no tendrás enemigos y esto te librará también de tus aliados.

Si no tienes tu verdad no tendrás que acercarte a nadie parapetado en tu verdad y estará privado del fácil comercio de la verdad y la mentira, del bien y del mal.

 

Tengo la suficiente experiencia como para saber que la experiencia tampoco sirve para nada.

 

El nihilismo tiene demasiada fe en la nada como para que merezca mi confianza.  

 

Dale la razón a tu adversario; es bien poco.

 

Dale la razón a tu adversario; él caerá envuelto en las redes de la razón.

 

Dale la razón a tu adversario, que tú sabes que no la tienes.

 

Dale la razón a tu adversario; de nada le sirve.

 

Tarde o temprano los filósofos regresarán a la gramática. Los gramáticos tarde o temprano llegarán a la filosofía.

 

Dame una regla general y yo te daré una excepción.

 

Dame una excepción y yo te daré una excepción a esa excepción.

Dame un caso particular y yo te daré una ley general, con excepciones.

 

La historia es, a la vez, una arbitraria sucesión de hechos y el fundamento legitimador del poder.

 

Cada generación tiene que inventar su propia historia, recrear su propia cultura, cada hombre tiene que ordenar el mundo.

 

Todos sabemos que la historia es circular. Lo que ignoramos es cada cuánto da la vuelta completa.

 

Todo y nada son lo mismo. He aquí que la historia tiene todos los sentidos, lo que equivale a decir que no tiene ningún sentido.

 

Los jóvenes siempre tienen la razón. Lástima que siempre estén equivocados. Es la ley de todas las generaciones.

 

Toda tradición es provisional.

 

El problema de la historia – con la urdimbre que escoge – es seleccionar unos hechos y darles coherencia. La elección nunca es inocente. Y nunca es arbitraria. Depende de una lógica, es decir, de una metafísica, es decir, de una autoridad.

 

Si la revolución es inexorable, como dice Marx, no veo ningún motivo para luchar en contra de ella o a su favor.

 

Consecuencias de la competencia: no sólo nos ha llevado a la degradación moral, sino también al ridículo.

 

Mientras haya competencia habrá yo. Mientras haya yo habrá competencia.

 

Monólogo capitalista: soy perverso, tengo el corazón envenenado. Pero cumplo la ley.

 

Falacias de la cultura capitalista que, por un lado, me demanda que compita ciegamente con los demás y, por otro, en su vertiente cristiana, me pide que los ame.

 

El germen de destrucción de la civilización que vivimos es la tecnología.

 

Dondequiera que exista una relación de poder, está sembrada en sangre, abonada con prohibiciones legales y morales, apoyada en un garrote y recostada en un pasado que vuelve legítimo su propio orden normativo y su propia coacción.

 

Todo acto de poder es un acto de corrupción. Y, entre todos los actos de poder, los más atroces son siempre los actos de conservación del poder.

 

Mantener siempre presente que el poder es una baja pasión, una concupiscencia.

 

Cada tradición está al servicio de alguien, un grupo, una clase. El mantenimiento de la tradición depende del grado de poder del grupo beneficiado.

 

No es concebible el poder sin violencia.

 

Y ¿quién escoge la obra de arte, quién le adjudica a un objeto, a un texto, a una melodía, el carácter artístico? Los dueños del poder, los propietarios y administradores del sistema de valores dominante.

 

La metafísica siempre está justificando el poder o escamoteando alguna de sus vergüenzas ocultas.

 

Sobre el caos de la realidad se monta la maquinaria de poder, con su coherencia interna propia que la impele a organizar a su manera la realidad.

 

La ley es la expresión de la voluntad del poderoso.

 

En occidente el poderoso siempre ha sido el rico.

 

El ideal de nuestra sociedad es hacer imposible el crimen perfecto. Esto significa que en todo momento el Estado estará en posibilidad de invadir las intimidades. Necesitaremos coartada para soñar.

 

Cada uno tiene el profeta que se merece.

 

Un Dios vindicador chino, en las circunstancias del paraíso bíblico, no hubiera condenado al hombre a la muerte. Lo hubiera condenado a no morir.

 

Librar una batalla contra los símbolos.

 

El marxismo, el psicoanálisis, la astrología, la fe en el progreso: formas que reviste la religión. Sustitutos.

 

¿Cómo tratar a los indiferentes en el juicio final? Un hombre con fe me dijo que para eso estaba el limbo. Pensé: no me disgusta que ni el cielo ni el infierno se metan conmigo, y le pregunté qué es el limbo. Me contestó: el limbo es el vacío. Pensé: entonces no hay diferencia con lo que vivo ahora.

 

Inocencia: una palabra culpable.

 

El amor es una paradoja. Y es una paradoja porque solamente perdura si está comenzando a cada instante.

 

El amor: ese tema literario, esa pasión inventada por cristianos lujuriosos.

El amor es instinto del cuerpo, acostumbramiento maniático de la libido. Lo que sigue después es un pacto, un contrato que termina en nada o en el intercambio mezquino de dos egoísmos enfermos que se necesitan para sobrevivir.

 

Sólo existe una cosa más estorbosa que un maestro y esa cosa es un discípulo.

 

En cuanto algo se vuelve palabras, se anula.

 

El niño tiene que aprender a ser niño hoy antes que a ser adulto mañana: y ningún adulto puede enseñarle a un niño a ser niño.

 

Parte de la intimidad – una palabra clave – de un niño es su deseo de ser adulto. Pero esto no tiene por qué impedirle ser niño ahora.

 

La educación debe partir del supuesto de que toda relación de poder está viciada: violencia, coacción, amenaza, sanción, castigo, culpa, debilidad. La relación entre el maestro y el niño no puede estar mediatizada por el poder. Ni el poder del maestro, en apariencia más legítimo, pero consistentemente brutal, ni el más sutil y perverso poder del débil, el niño.

 

Una educación que no nos enseñe a odiarnos a nosotros mismos.

 

Una educación que reprima el ideal de ser rico.

Mi vanidad es tan miserable que lo único que me da es la falsa ilusión de que mi mediocridad está aparte de la viscosa mediocridad que me rodea.

 

Mi odio a la violencia proviene también de mi cobardía.

 

La falacia de la democracia: son más los tontos que los perceptivos. Así las cosas, la democracia es el poder de los tontos.

 

Toda decisión colectiva es estúpida.

 

En la decisión colectiva, la sensatez se nivela por lo más bajo.

 

¿Existe la decisión colectiva o más bien existen insensatos que legitiman su estupidez induciendo decisiones colectivas?

 

La cota más alta que puede alcanzar un comité es igual a la inteligencia del más tonto de sus integrantes.

 

En las juntas y comités no es la tontería la única limitación. También está el miedo.

 

He oído decir que el silencio es propio del hombre sabio. Ocurre que existen muchos farsantes que adoptan el silencio para, siendo imbéciles, ganar fama de sabios.

No conozco ningún ser vivo que alardee de la vida. Tan sólo el hombre, ese abatido agonizante que disfraza su terror con el canto.

 

El aprecio de la resignación o del determinismo como virtudes cristianas y sociales hace que todo esto no perezca por explosión sino por pudrimiento.

 

Donde hay juego habrá tramposos.

 

El hombre: ese descuido de Dios.

 

El hombre es un animal ritual.

 

Es un desgaste inútil luchar contra ciertas formas. Crea fricciones innecesarias, coloca un obstáculo para nadar sin ser notado, nadar contra la corriente, nadar contra la sustancia, no en la idiotez de quitarse el uniforme.

 

 Toda conversación no es más que alternación de monólogos.

 

Cuando lo que recuerdas de una conversación es lo que dijiste, estás acabado.

 

Estimando la calidad de libros de literatura que ahora aparecen, de pronto nos vamos a quedar sin libros que leer.

 

La emoción poética consiste en la supresión del yo.

 

Publicar la propia poesía es como desnudarse en mitad de la calle principal en pleno día, un impudor necesario. Tal vez por esto la poesía que se publica es innecesariamente pudorosa.

 

La fatalidad nos lleva de su mano y estamos metidos en una trampa. Todos. Pero hay quienes estamos metidos en una trampa adicional: querer descifrar la clave de la trampa, nombrar su secreto.

 

La literatura como antídoto para no incurrir en el suicidio: no porque a través de la poesía se llegue a grandes revelaciones sobre la vida y la muerte. No porque en la novela o en el ensayo se pueda intentar una formulación de la realidad que resista la intemperancia del tiempo y nuestra propia intemperancia. La vida sigue sin tener argumento. No tiene orden el caos. La literatura como antídoto contra el suicidio en tanto en cuanto entretenga, divierta, llene los huecos del hastío y los ratos en que estás a solas sin poder hablar contigo mismo.

 

Todo adjetivo es prosa.

 

Las palabras nunca son exactas, aunque esto no es precisamente lo que quiero decir.

 

El futuro decidirá quiénes son los artistas. Por el momento todos somos artesanos.

La metáfora, la imagen, la parábola: admitir que hay algo que no pudo ser dicho.

 

Las patentes de propiedad intelectual son un robo a la sociedad.

 

¿Se imaginan al inventor de la rueda cobrando derechos por su invento?

 

En cada invento, en cada descubrimiento, en cada cuadro o libro, concurren saberes anteriores al autor y que son de todos los hombres.

 

La forma de rebelarse tiene que cambiar cada día.

 

Cuando algo que digo es calificado como utópico, como impráctico, lo siento como otro argumento a mi favor.

 

Es necesario repetir. Es necesario descubrir. Es necesario repetir para poder descubrir.

 

Soy mentiroso, pero no siempre. A veces intercalo alguna verdad que quiera desacreditar.

 

Gente peligrosa: los hombres de grandes decisiones.

 

Soy un hombre de grandes indecisiones.

La objetividad es esto: no ocultar la emoción que se mezcla con el pensamiento.

 

Luchar con la inteligencia – y, necesariamente, con algo que la trasciende – contra los axiomas de la inteligencia. Contra los alardes de la inteligencia, contra la estúpida pretensión de la inteligencia de leer la realidad con lentes de colores, confiriéndole una aparente coherencia inventada con las precarias y torpes herramientas de la inteligencia.

 

Sólo nos salvamos porque otros nos salvan. O porque salvamos a otro.

 

El mejor negocio que hoy existe: ser víctima.

 

La universidad: jergas y juergas.

 

¿Qué hace que el verso libre sea verso y no prosa?

 

Un buen poema es un objeto verbal que puede sustituir el silencio sin que el silencio desaparezca.

 

Los siete días de la semana son lunes, lunes, lunes, lunes, lunes, sábado y domingo.

 

 

Cuando amanezco optimista pienso que la verdad de la vida no se aprende nunca. Cuando amanezco pesimista pienso que la verdad de la vida se aprende tarde. Entonces quiero averiguarla y eso aumenta mi pesimismo. Es mejor ser un atolondrado optimista.

 

Me dijo un loco: “No estoy loco porque me crea Dios sino que necesito estar loco para ser Dios”.

 

Hay individuos clásicos. Y hay individuos barrocos. Siempre han coexistido. Han coexistido llamándose de diferentes maneras. Son formas de entender el mundo. Yo soy clásico. Aspiro a la imposible claridad.

 

Apenas ahora lo entiendo: las diferencias son siempre limitaciones. Lo que antes me parecía el camino equivocado, ahora creo que es la visión más enriquecedora de mi propio camino. El clásico necesita al barroco porque la sola cordura es la más rematada de las locuras. 

 

No me interesa la actualidad. La actualidad abarca los últimos cien años.

 

No tengo tiempo para estar con la gente que no tiene tiempo.

 

Me gustan los días en que puedo contar las palabras que han salido de mi boca.

 

Una función de la inteligencia: ayudar a que me pueda desvanecer. Siempre que la usé para eso, siempre que pensé en contenido y no en forma, hubo gratificación moral.

 

El rector de la universidad: sin metáforas, el poder es sordo.

 

Las palabras exorcizan los demonios interiores, convocan fuerzas ocultas, obran de una manera no racional cambiando el ánimo y la naturaleza. Las palabras nombran el mito y lo convocan. En ese sentido, la palabra es anterior a toda realidad y también elemento formal de toda religión.

 

Son palabras distintas, aluden a grados distintos, cuando no a fenómenos distintos. Pero cada una, por aparte, define a la poesía: éxtasis, ensimismamiento, perplejidad, trance, alucinación, iniciación, conocimiento.

 

La emoción poética contradice todas las convenciones que actualmente aceptamos para la realidad. La emoción poética propone la disolución de la dicotomía entre el objeto y el sujeto, no acepta la continuidad del tiempo, prevalece las relaciones no causales, niega que sólo exista una única realidad, sólo reconoce el valor simbólico del lenguaje, pone en cuestión el materialismo y aprehende por la vía de la intuición, no del análisis.

 

Si disminuye la luz, el volumen de cualquier sonido aumenta.   

 

 

 

No soy distinto de los de mi especie, la especie equivocada. Como todos los hombres, soy mezquino y agresivo, dañino y falso. Y, siendo idéntico a mi especie, además, aquí en la intimidad, disiento radical y absolutamente del curso que ha tomado su historia, de la organización social y de las ideas y valores que el hombre considera sus grandes conquistas. Además, no tengo propuestas alternativas, no puedo abrir la boca en público sólo para renegar de un mundo que adora, antes que nada, la riqueza, después de la riqueza la riqueza, y, en tercer lugar, la riqueza. Aquí, donde vivo, el culto es desmedido y no tiene en cuenta nada distinto.

 

La luz afecta la música.

 

No soy cristiano: no amo a mi prójimo como a mí mismo. Amo a muy pocos prójimos, detesto – no muy activamente – a unos más bien pocos, a quienes evito. Y soy indiferente hasta la apatía con el resto de seres humanos. La hipótesis remota de tener algún contacto con ellos, irrevocablemente, con monotonía, me produce una de dos reacciones: o aburrimiento o exasperación.

Es difícil hallar amor en el desdén – equivocado o no – por la generalizada tontería humana.

Sólo soy cristiano en las ocasiones en que me detesto, cuando me queda fácil amar al prójimo tanto o más que a mí mismo.

 

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Autor:

Psile et psole.

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