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EL POETA FERNANDO LINERO REFLEXIONA EN TORNO A SU OFICIO

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(Linero junto a Rafael del Castillo y Eugenia Sánchez Nieto en épocas de fundación de la revista Ulrika)

Si bien desde niño mi aptitud más firme, aparentemente, era la de ser músico, entrando a la adolescencia descubrí, desde el instinto, que el sentido de lo que soy estaba muy ligado al oficio del poeta. Comprendí que la poesía era propia de mi existencia, que no era un asunto de elegir o no. De ese modo el destino me obligó a navegar en un río de dos vertientes.

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En realidad no sabría dar una definición de mi perfil en términos de creación. Escribo por vocación. Supongo que ello determina en mucho el tipo de escritor que soy. Para mí es muy importante el contacto. Considero que el acto de escribir está ligado inevitablemente al afecto por la vida y por los otros. En ese sentido las claves de mi escritura se encuentran en el universo del ser humano: ese animal fantástico y sagrado.

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Lo mío no exige miradas muy especializadas. Concibo desde la sencillez. Sólo quiero ser un poeta legítimo, llevar a cabo un trabajo sensato a través del cual tenga la opción de proyectar mis deseos.

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El verdadero poeta nunca se sienta a escribir el poema deliberadamente. Particularmente no tengo una metodología, un proceso creativo predeterminado. Trabajo primero con el corazón, luego le agrego algo de oficio. Es un asunto casual que simplemente sucede y es tan sutil que casi nadie –hablo de aquellos con quienes comparto mi cotidianidad– se percata de ello.

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Los numerosos alcances que pueden hallarse en el poema, son posteriores a su escritura, el poeta los descubre al lado del lector. Signado por una época de la que no puede escapar, impotente ante ella, para él es más difícil hablar del poema que escribirlo. Así las cosas, no quiero arriesgar nada en teorías estéticas y además no me importa formular ninguna crítica valorativa. Conozco mis propias limitaciones y no voy a caer en el ridículo de querer, a través de estos apuntes, aclarar lo que nadie ha podido aclarar. No soy tan estúpido como para creer que la poesía puede cambiar a los demás o transformar el planeta. No obstante, voy a permitirme enunciar algunas especulaciones que pertenecen al ámbito de lo muy personal. Esto, queriéndome dar y dando algunas pistas sobre el problema en cuestión.

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En torno del fenómeno de la poesía y sus procesos siempre me han acompañado muchos interrogantes: ¿Tiene un poder sobre la sociedad? ¿Es el poema producto de la imaginación individual o de la imaginación colectiva? ¿Qué responsabilidades tiene el poeta en un tiempo en que la vida es gobernada por la tecnología? Y ahora bien, ¿hasta qué punto es pertinente pedirle que hable del proceso de creación? ¿Sabe éste acaso cómo se gesta su poema? ¿Es capaz de identificar qué tipo de musas le susurran al oído? ¿Sabe qué lugar ocupa en el mundo? ¿Con qué nivel de libertad cuenta?

Debo anotar que no ha sido nunca una finalidad explicarme tales asuntos. En ese sentido no tengo propósitos y considero presumido tenerlos. Veo con tristeza cómo los hombres se hacen cautivos de los planes de la existencia. Como poeta son muchas las cosas que ignoro, incluso, como ya dije antes, me entero del poema una vez éste se ha escrito. Antes no puedo decirles nada sobre él. Esto ya lo han repetido antes otros poetas, es uno de los pocos asuntos en los que estamos de acuerdo, pero no está de más volverlo a decir, en aras de un posible acercamiento a la intimidad, al proceso de formación y de escritura de la poesía.

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Sin embargo, pese a todo lo que desconoce, para el poeta el proceso de creación no tiene misterios. Esto no quiere decir, que pueda dar noticias ciertas de lo que sucede. Si las tuviese no se arriesgaría en el poema. Antes que cualquier cosa casi da por sentado el no ser comprendido. El temor de que ello suceda le asalta. Esto le hace un indeseable compañero de viaje.

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En el fondo todo poeta tiene algo de alquimista puesto que su accionar, al igual que el del alquimista, se fundamenta en gran medida en la combinación de elementos: las artes, la historia, la física, la semiótica, la mística…etc. Por otro lado la poesía y la alquimia comparten esa condición de protociencia en el sentido concebido por Thomas Kuhn “…campos en los que la práctica produce conclusiones contrastables pero que sin embargo, se parecen a la Filosofía y las artes en su modelo de desarrollo.”

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Creo que el poeta se forja por razones de temperamento. No decidí ser poeta. Confieso que cuando descubrí esa terrible disposición sentí una especie de vergüenza que todavía no sé a qué atribuir. No he leído ningún manual de aprendiz de poeta. No escribo por gusto, escribo por necesidad. De pie frente a la incertidumbre. No es el encanto de la perfección –como tengo entendido sucedía en épocas pasadas– lo que me obliga a escribir, sino la perturbación de la repulsa.

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En el fondo la crítica lleva al poeta a encontrarse con el poema; ese permanente cuestionamiento del mundo que le toca vivir. Su espíritu de lección es en últimas lo mismo que un espíritu crítico.

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Escribo para mí fundamentalmente, sin propósitos intelectuales, dando bastonazos como un ciego; alejado de la ordinaria práctica de reflexionar; haciendo estridencia para extinguir mi eco; corriendo detrás de mi propia sombra; en fin, ayudando en algo a desestabilizar al mundo. Es cierto que no se puede aislar al poema del momento de la comunicación, pero yo escribo primero para mí. Es más tarde que, ocasionalmente como en esta oportunidad, me detengo en consideraciones como la relación entre el poeta y el lector, por ejemplo.

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Mi arte no es el de contar, tampoco el de escribir, se parece más a la música que a la narrativa. A veces escribir hace daño. Es más un trabajo de la intuición a través de los instrumentos del lenguaje, aunque éstos no siempre son suficientes para entender los procesos de aquella.

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Me pregunto: ¿El oficio de escribir poesía es para ti una especie de auto terapia? Creo que sí –me respondo–. Para el poeta, la poesía es un alivio de su esencia, de sus pasiones, de sus ansiedades. Es un trance espiritual que aleja los demonios y las ambiciones para elevarlos por medio de la palabra. Cuando uno escribe lo que pretende de algún modo es entrar en contacto con su historia personal, darse luces en el maremágnum del ser. De tal modo que, independientemente de lo que el poeta piense sobre el asunto, escribir versos es una especie de cura que él mismo se aplica. Una prueba de ello es que uno no escribe cuando está bien sino cuando tiene una molestia, cuando algo lo jode.

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El único método que conozco para acceder al poema es el mío propio, el ser yo mismo. Yo soy mi propio modelo. El más rico material con que cuento es el de mi vida. Todos los poetas somos distintos, independientemente de sí nuestro trabajo es bueno o malo. Cada uno deja su impronta; cada uno crea su propio mundo y a su juicio lo representa. Desde su soledad, cada uno extiende su imaginación, reinventando las cosas una y otra vez para todos aquellos que sueñan. Esto es lo que constituye el estilo. No hay poesía sin estilo. El estilo es el individuo. Ese es el real aporte del poeta: su búsqueda personal.

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Eso que llaman inspiración no es otra cosa que el impulso que me lleva a garrapatear un verso. No se da a una hora, en un sitio determinado, porque no es una práctica. Cualquier cosa la acciona, inclusive aquellas consideradas por muchos como estúpidas y ridículas. Para mí todos los motivos son buenos. Existen muchos escritores de versos, pero son muy pocos los poetas en realidad. Tanto ruido ha deformado la inspiración: esa capacidad para poetizar.

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Mentalmente siempre estoy ocupado, lo que me aleja de las conversaciones eruditas y de las altas disertaciones. No tengo humor para hablar en serio. En este tiempo sólo los tontos hablan en serio.

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No me considero ningún ser especial. Me alimento de lo mismo que el resto de la gente. No tengo una estrella que me brille en la frente, como pedía Sabines debería suceder con los poetas. En la calle no logro distinguirme de los demás peatones, a no ser porque generalmente ando mal vestido.

Sometido por todos los costados: desde la presión del aplomo femenino de mi mujer, hasta la fastidiosa dosis de prudencia y practicidad que me exige el contexto, me limito a ver el desfile. Todo pasa ante mis ojos: lo alegre, lo desesperante, lo que sufre, lo amoroso, lo triste. La vida pasa con su bullicio: todas las expresiones, todos los desencantos. Veloz cortejo rumbo de la muerte. Y es así que, casi sin darme cuenta, surge como una incómoda flor el poema.

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Los poetas estamos en la fila de atrás. A la hora de evaluar al país en términos de economía, somos como una especie de turistas de la sociedad, porque no producimos, acaso consumimos, situación que nos relega –a diferencia de los verdaderos turistas– al último lugar. Esto nos expone a la antipatía natural que siente el hombre común por nosotros y por la poesía. No es extraño escuchar expresiones como: ¿Por qué no harán algo útil en vez de andar por ahí propagando el ocio y la desobediencia moral y civil? Habría que averiguar cuál es el índice actual de mortalidad de poetas por linchamiento.

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La poesía es compatible con todas las cosas del hombre, hasta con el crimen, la mentira y el hurto. No se da merced a un sentido moral, tiene que ver más con los vicios del poeta que con la poesía misma.

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No se puede asegurar si el poeta ve las cosas como son en realidad. En este país el punto de vista está determinado por circunstancias diversas: si es asistente cultural; si ejerce como jurado de concursos; si ejerce como ganador de concursos; si escribe para el Malpensante; si trabaja para la Casa Silva; si tiene el estómago vacío o no…

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Para quien quiera trabajar en el quehacer de sombrerero, por ejemplo, es natural que corresponda estar al tanto de la pericia de los decanos del oficio. Así mismo se aprende a escribir leyendo a los maestros. En este sentido creo muy importante para un pichón de poeta, que antes de ponerse a escribir lea poesía –Rimbaud, Trakl, Seferis, Pessoa, Eliot, Vallejo, Whitman…– narrativa, crítica, ensayo, historia y algo de ciencia. Los latinoamericanos somos un pueblo subalimentado y subeducado, ¿porqué creer entonces que vamos a producir arte sin una ilustración previa especializada?

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En referencia a los alcances de mi generación –hablo de Colombia– sólo me atrevería a decir que es ligeramente menos vulgar que el espacio que le tocó para sobrevivir en un país enfermo; que al igual que el resto del mundo considera el bienestar material como la meta última del hombre. Existen trabajos interesantes. Creo que se están gestando cosas buenas. En términos generales cuando leo a los jóvenes poetas colombianos encuentro un verbo en buen estado de salud, robusto y lleno de entusiasmo.

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El poeta lo que necesita es color para su pensamiento e imaginación. A él corresponde defender la irrealidad para el resto de los hombres. No es un inventor. Yo encontré mi voz entre los años de 1981 y 1982, cuando escribía los poemas que compondrían el volumen La risa del saxo. Es en ese libro donde percibo un poco de individualidad sin haber descubierto nada. Pero ¿Qué otras cosas pueden inventarse a estas alturas? Para la poesía ya todo está inventado. Es así que no me considero un poeta de vanguardia, creo que más bien mi poesía mira hacia formas del pasado.

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Soy consciente de algunos rasgos comunes con los otros poetas: una tácita defensa de la inacción; un pernicioso señalamiento de la ineficacia de las cosas eficaces; una consonancia de los contrarios; un inaguantable fastidio por tanto impecable en las calles del mundo.

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Políticamente pienso que la guerra con todos sus malestares es el resultado de una sociedad artificial basada en el capital. Si esto no se tiene claro no hay forma de gobierno que valga, de nada sirve desgastar las energías elaborando leyes que no van a solucionar nada. Frente a este panorama no encuentro sentido al hecho de contar historias de estrechez y desdicha. Por encima de esa sensación de que el mundo se nos viene abajo y todo cambia, los poetas tenemos que revestirnos de una especie de asepsia; por encima de la crueldad, la represión y el hambre. Ya basta de contar aflicciones y tormentos, en un país como el nuestro eso es lo mismo que ejercer el oportunismo.

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Estoy de acuerdo con Gelman, la poesía es una herramienta útil para espantar el pensamiento de la muerte, pero también –ya sabemos que el poeta es un ser desvalido– para soportar la malparidez o, como decía mi amigo Joe Madrid, el comemierdismo del contexto.

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Todo apunta a pensar en el poeta como en un hombre peligroso, independientemente de sus virtudes domésticas (el poeta actual cocina, lava, prepara teteros etc.). Su opinión de que el mejor modo de hacer algo es a través del ocio, causa malestar a las personas trabajadoras, que por ello son respetables.

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Pese a todo, creo que en la poesía del mundo se encuentran aglutinados la totalidad de los pretextos del hombre, aunque el poeta no tenga intenciones de ninguna índole.

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Lo que quiero decir en últimas es, que en mi condición de poeta me interesa fundamentalmente la vida, aprender a descubrirla y redescubrirla cada día, a cada minuto. Sé que no basta expresar con palabras el sentir de las gentes sino sentir con ellas. Pero ¿A quién le interesan mis opiniones? ¡Si son justas o no, qué más da!

 

*Éste texto aparece publicado en Cuaderno de insectos y otros poemas, bajo el título:Papeles secundarios (numeral quinto con el que se cierra el libro). El libro fue editado por Ediciones Pluma de Mompox S.A, en Cartagena de Indias en el año 2011.

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Autor:

Psile et psole.

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