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HOJA SETENTA Y CINCO

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Hoja Setenta y cinco

 

Asistamos al final de la conversación entre estos dos personajes, allá, en el fondo.

Pregunta Juan Luis Martínez a Jean Tardieu:

-Un vidrio maltrecho de cierta ventana que nadie volvió a cerrar. Cómo puede empozarse la luna en el vidrio si no son esas ni una ventana ni una casa de aldea. O mejor: ¿si tengo un patio de colegio, a diez niños sobre él, castigados por indisciplina y desacato a la autoridad, ya usted sabe, altanería, impaciencia, caprichos, – su tono es ahora circunspecto – cuya obligación es mantenerse en pie del atardecer hasta el inicio de la noche, cómo ocultar o confundir las caras de la luna entre – mueve con ondulaciones los pequeños dedos – los rostros de los niños?

No obstante estar mirando al otro, entienda al interrogante y a Martínez como dirigidos a usted.

Tardieu no se arredra. Con un leve tambalearse en la silla entrecierra los párpados, mira de reojo hacia la ventana y busca la posición de usted entre cortinajes y reflejos de luz. Vuelve la testa y pone la mano derecha, con los largos dedos muy juntos, sobre el vientre abombado.

-El acertijo, mi querido amigo – responde – requiere unas cuantas condiciones.

Se arregla las solapas del saco, como si estuviesen desajustadas. Las compone. Luego empina la cabeza, mira hacia arriba en busca, cómo no, de su presa, la luna.

-Verbo y gracia – prosigue – que ese día hubiese llovido a cántaros; el satélite candidato a incógnito, como anticipación de su extravío entre un atado de rapaces, se rodearía así de una avanzada defensora en lo tocante a la lluvia, las gotas ejercerían un…un… – cierra los ojos y levanta, firme, un dedo de la mano que conserva libre – …una función de guardia para Selene. ¿Estamos de acuerdo?

Martínez asiente, sin mirarlo. Enciende un cigarrillo.

-Ahora bien – informa Tardieu con aire conclusivo, mesándose una barba ficticia sobre la quijada lampiña, pulcra – aparte de los carruajes indispensables, estrellas, nubes, cometas de caridad, etcétera, etcétera, si lo que se pretende es el descenso de la luna, no puede olvidarse una distribución singular de esos mozalbetes, uno a cinco centímetros, o menos, apreciado poeta, del otro. De suerte que la luna, al desplomarse por entre sus andaduras, no rebote ni se parta en pedazos sobre el suelo de la plazuela escolar. No sé si mi exposición ha sido clara.

Aunque usted imagina ser el remitente de las anteriores palabras, en esta ocasión van dirigidas con exclusividad a Juan Luis Martínez.

-Tardieu – replica el poeta después de una generosa bocanada del cigarrillo -.Al igual que en el problema de Empozado, al igual que en el de Ocultamiento, ejercitarse con la luna tiene variados procederes. Pese, pese – aspira su cigarrillo, menos inseguro que divertido exhala una gran cantidad de humo gris: le cubre todo el rostro – a las condiciones. Y si vamos a hablar de condiciones, ¿dónde está la mayor condición? ¿Dónde dejamos en nuestra charla a la espera?

-Habla con verdad, amigo. Al respecto he redactado un par de ejercicios que nos caerán en gracia.

-Propóngalos, pues.          

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Autor:

Psile et psole.

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