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Un texto de Don DeLillo traducido por Alberto Sánchez Galeano.

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HARPER’S MAGAZINE,

DICIEMBRE DE  2001

 

En las ruinas del futuro: Reflexiones a la sombra de septiembre sobre el terror y la pérdida.

 

Por Don DeLillo

 

 

1.

 

El surgimiento de los mercados de capitales durante la década pasada dominó los discursos y modeló la conciencia global. Las corporaciones multinacionales han alcanzado una importancia mucho más influyente y vital que los gobiernos. La dramática subida de los índices bursátiles y la velocidad del internet nos instaló permanentemente en el futuro, en la utopía incandescente del cibercapital, en donde no existe la memoria ni control a los mercados y el potencial de inversión no conoce límites.

      Todo esto cambió el 11 de septiembre. Hoy, una vez más, la narrativa mundial está en manos de terroristas. Pero el objetivo primario de los hombres que atacaron el Pentágono y el World Trade Center no fue la economía global. Son los Estados Unidos los que despiertan su ira. Es la excepcionalidad de nuestra modernidad. Es el adelanto de nuestra tecnología. Es nuestra aparente carencia de piedad. Es la fuerza bruta de nuestra política exterior. Es el poder de la cultura norteamericana para atravesar cada muro, cada casa, cada hombre y cada mente.

      La respuesta terrorista es una narrativa que se ha desarrollado durante años, pero sólo hasta ahora se ha vuelto infranqueable. Son nuestras vidas y mentes las que se encuentran ocupadas ahora. Este catastrófico evento ha cambiado nuestra forma de actuar y de pensar, momento a momento, semana a semana, durante incalculables y dolorosas semanas, meses y años por venir. Nuestro mundo, partes de nuestro mundo, se ha desplomado dentro del suyo, lo que significa que vivimos en un lugar de odio y peligro.

      Los manifestantes de Genoa, Praga, Seattle, y otras ciudades tratan de desacelerar el momentum global que pareciera dirigirse de manera desquiciada a un panorama de consumidores autómatas, inestabilidad social, y un derecho a la autodeterminación probablemente violado a más individuos en más países. Sean cuales sean los actos de violencia ocurridos en las protestas, la mayoría de hombres y mujeres involucrados ejercen una influencia moderada, tratando de retrasar las cosas, de equilibrarlas, de mantener a raya un futuro al rojo vivo.

      Los terroristas del 11 de septiembre querían traer de vuelta el pasado.  

 

2.

 

La libre expresión y las garantías de protección de los derechos del acusado de nuestro sistema de justicia sólo pueden ser concebidas como ofensas por los hombres entregados al terror suicida.

      Somos ricos, privilegiados y fuertes, pero ellos están dispuestos a morir. Esa es su ventaja, el fuego de un credo ofendido. Vivimos en un mundo vasto, entregados a intercambios del más variado signo, un circuito abierto de trabajo, conversaciones, familia y afectos expresables. Los terroristas, instalados en un pueblo de Florida, empujando su carrito de supermercado, asintiendo para sus vecinos, viven en una atmósfera asfixiante.    

     Esa es su ventaja, su fuerza. Las tramas reducen el mundo. Unos levantan una trama alrededor de su indiferencia y de su ira. Otros viven encerrados en una estricta y rigurosa apatía. Pero no se trata del paria ensimismado, del menudo muchacho blanco que hiere a otro para evitar desvanecerse en sí mismo. Los terroristas comparten una personalidad y un secreto. En cierto punto, su motivación y la de sus hermanos proviene menos del odio político y personal que de la hermandad misma. Comparten los códigos y protocolos de su misión, pero también algo más profundo, una visión de juicio y devastación.

      ¿Es que acaso ni la visión de una mujer empujando un coche es capaz de suscitar la pregunta por su humanidad y fragilidad, la de su hijo y la de todos y cada uno de los que ha venido a matar?

      Su fortaleza reside en que no es capaz de verla. Años aquí, esperando, tomando lecciones de vuelo, imitando los gestos rutinarios del hogar y de la comunidad, la tarjeta de crédito, la cuenta bancaria, las visitas a la oficina postal. Todo planeado, conectado, trazado en múltiples escenarios. Saben quiénes somos y qué significamos en el mundo: una idea, un imperativo febril que horada el cerebro. Pero no hay un solo ser humano indefenso en la trama que han adoptado.

      La sensación de ruptura que percibimos en la expresión “Ellos y Nosotros” nunca había sido tan sorprendente en cada extremo.

      Podemos consolarnos con la idea de que sin importar qué hayamos hecho para inspirar tal amargura, tal desprecio y tal rencor, no puede haber sido tan dañino como haber desatado tanta catástrofe sobre nosotros. Pero no hay lógica en el apocalipsis. Han rebasado los límites de la venganza. Han desatado el cielo y el infierno, una sensación de martirio, incomparable como el drama de la experiencia humana.

      Él profesa su sumisión a Dios y medita sobre la sangre por venir.

 

 

3.

 

La administración de Bush estuvo dominada por la nostalgia de la Guerra Fría. Eso ha terminado. Muchas cosas han terminado. La narrativa se cerró sobre las ruinas, y nos ha sido entregada para escribir su contraparte.

      Hay cientos de miles de historias recorriendo New York, Washington, y el mundo. Dónde estuvimos, a quién conocimos, qué escuchamos y qué vimos. Están las citas médicas que salvaron vidas, los teléfonos móviles que se usaron para reportar los secuestros. Historias generando historias y gente huyendo hacia el norte del estruendo de polvo y cenizas. Hombres corriendo en traje y corbata, mujeres sin zapatos, policías alejándose del imponente espectáculo del acero retorcido.

      Todos aquellos que corrieron por sus vidas son parte de la historia que nos ha sido legada.

Hay historias de heroísmo y encuentros con el horror. Hay historias marcadas por el luminoso sello de la coincidencia, el destino o la premonición. Esas historias nos llevan más allá del doloroso número de muertos y desaparecidos y nos otorga un vislumbre de una existencia elevada. Por las cientos de vidas arrebatadas arbitrariamente, necesitamos encontrar al menos una salvada por el destello de una advertencia. Hay configuraciones que nos horrorizan y nos impactan por igual. Dos mujeres en dos aviones, mejores amigas, que murieron juntas pero separadas, Torre Norte y Torre Sur. ¿Qué desoladora tragedia épica podría soportar el peso de semejante yuxtaposición?

      Pero podemos preguntar también,  ¿qué simetría, sombría y conmovedora, reclama a un amigo y perdona la pena del otro?

      El hermano de una de las mujeres trabajaba en una de las torres. Logró escapar.

      En Union Square Park, cerca de dos millas al norte del sitio del ataque, los improvisados monumentos conmemorativos constituyen otra parte de nuestra respuesta. Las banderas, las coronas de flores, las velas votivas, el farol colgado con aviones de papel, los pasajes del Corán y de la Biblia, las cartas y poemas, el John Wayne de cartón, los dibujos de las Torres de los más pequeños, los carteles artesanales de Abrazos Gratis, Masajes Gratis, los grafitis de amor y paz del alto de una estatua ecuestre.

      Hay miles de fotografías de desaparecidos, algunas acompañadas de útiles listas de señas de identificación. (Hombre con tatuaje de una pantera en la parte alta del brazo derecho.) El saxofonista, tocando quedamente. La bandera ondulante de seis metros de largo esculpida en bronce y aluminio, con dos jóvenes cuidando hasta el más mínimo detalle de la pieza.

      Llegan entonces los visitantes del parque. Los artefactos sobre el mural representan la confluencia de un amplio número de corrientes culturales, patrióticas, multidevocionales e incluso retro hippies. El visitante se mueve lentamente entre los aromas flotantes de velas de cera, rosas y humo de autobús. Hay muchísima gente en esta tarde apacible, y sus voces, maneras, atuendos, y el color de su piel resumen la confluencia que vemos en los rostros fotocopiados de la pérdida.

      Durante los próximos cincuenta años, gente que no estuvo en el área cuando ocurrieron los ataques afirmará que estuvo ahí. En algún tiempo, algunos llegarán incluso a creerlo. Otros afirmarán haber perdido amigos o familiares, aunque no haya sido así.

      Ésta es también una parte de la contra narrativa, una historia espectral de falsos recuerdos y pérdidas imaginadas.

      El internet es una contra narrativa, conquistado en parte por el rumor, la fantasía y las reverberaciones místicas.

      Los teléfonos móviles, los zapatos perdidos, los pañuelos estrellados contra los rostros de hombres y mujeres. Las navajas y las tarjetas de crédito. Los papeles que llegaron volando sobre el río desde las Torres hasta los patios de Brooklyn: reportes, resúmenes ejecutivos, formularios de seguro. Hojas de papel disparadas por el concreto, según los testigos. Tiras de eapel triturado en los neumáticos de los camiones, fijas, adheridas.

      Están entre los minúsculos objetos y las historias marginales desperdigadas en las ruinas del día. Los necesitamos, incluso los utensilios comunes de los terroristas, como algo qué oponer contra un espectáculo monumental que pareciera mantenerse inimaginable, demasiado poderoso para ser emplazado en nuestro marco de respuestas planificadas.

 

4.

 

La ceniza salpicaba las ventanas. Karen estaba medio vestir, tratando de ponerle algo de ropa a las niñas, hablando con su marido y recogiendo las cosas para sacar al corredor, y ellas, las pequeñas gemelas, la miraban como si tuviera catorce cabezas.

      Esperaron en el vestíbulo durante algunos minutos, pensando que quizá habría explosiones secundarias. Esperaron, se sintieron seguros, y regresaron al apartamento.

      Tras el segundo impacto, Marc supo en el segundo inmediatamente anterior al choque de la onda contra su edificio que se trataba de un segundo avión, imposible, estrellándose contra la segunda torre. Su edificio estaba a dos manzanas de distancia, y él había creído que el primer impacto había sido un accidente.

      Corrieron de nuevo al vestíbulo, donde ya se habían agrupado quince o veinte personas más.

      Karen regresó corriendo por un teléfono móvil, un teléfono inalámbrico, un cargador, agua, buzos, dulces para las niñas, y alcanzó incluso a hacer una rápida incursión en busca de la argolla matrimonial.

      Desde la ventana vio gente corriendo en la calle, otros envarados, hombro con hombro, completamente inmóviles, con escombros cayendo sobre ellos. La gente era pisoteada, golpeada por objetos disparados desde arriba, había ceniza y papel por todas partes, papel que azotaba desde lo alto, y ningún signo de luz o de cielo.

      La señal de los móviles estaba completamente caída. Trataron con los números de emergencia desde el inalámbrico y recibieron una información medida a cuentagotas. Estaban convencidos de que la situación afuera era mucho peor de lo que era adentro.

      El humo comenzó a filtrarse en el corredor.

      Entonces cayó la primera torre. Ella creyó que se trataba de una bomba. Cuando consiguió que alguien le explicara por teléfono qué estaba pasando, sintió un alivio inexplicable. No llovían bombas y misiles en toda la ciudad. No se trataba de una guerra sin cuartel, al menos no todavía.

      Marc estaba en el apartamento trayendo sillas para los mayores, para la mujer con una cirugía de cintura todavía reciente. Cuando sintió la primera descarga sorda, se mantuvo en una extraña y pasmosa calma y dijo: “Algo está pasando”. Sonó tal y como lo que era, una alta torre viniéndose abajo.

      Las ventanas estaban cubiertas de ceniza ahora, completamente empañadas. Se preguntaba qué pasaba afuera, qué quedaba en pie y si querría verlo.

      Se trasladaron al descanso de las escaleras, detrás de la salida de incendios, pero el humo seguía entrando. Era un humo arenoso, y ellos estaban tragándoselo.

      Corrió adentro de nuevo, arrancó las toallas de los bastidores, las sacó de los cajones para empaparlas en el fregadero, llenó las botellas de agua de su bicicleta y fue por más ropa interior para las niñas.

      Pensó que el colapso de los edificios era el más temible de los problemas. Era algo que podía matarlos.

      Karen estaba al teléfono, hablando con un amigo en el distrito de la oficina del fiscal, cerca de una milla al norte de allí. Estaba suplicando por ayuda. Rogó, suplicó y colgó. Por cerca de una hora un detective estuvo llamando para dar consejos y palabras de aliento.

      Marc salió de nuevo al corredor. Creo que podríamos morir, se dijo a sí mismo, evadiendo las sensaciones de lo que pudiera ocurrir a continuación.

      El detective le dijo a Karen que permanecieran en donde estaban.

      Cuando la segunda torre cayó, mi corazón cayó con ella. Llamé a Marc, que es mi sobrino, a su inalámbrico. No podía dejar de pensar en el tamaño de las Torres y en la escasa distancia que separaba esos edificios del suyo. Él respondió, hablamos. No recuerdo absolutamente nada de la conversación, salvo su comentario final, susurrado con alguna urgencia, dirigido a alguien en la otra línea que quizá podría enviar ayuda.

      El humo comenzaba a filtrarse por el hueco del ascensor. Karen estaba despidiéndose de su padre en Oregon. No era una llamada del tipo hola-qué-tal-adiós-te-llamo-luego, sino adiós-creo-que-vamos-a-morir. Pensó que sería el humo lo que acabaría con ellos.

      Gente sentada en sillas apoyadas en los muros. Hablaban de asuntos prácticos. Cantaban canciones con los pequeños. Los niños del grupo estaban cooperando porque los adultos estaban jodidamente asustados.

      Se llevaba a cabo un improvisado rescate. El amigo de Karen y un colega hicieron el recorrido desde Center Street y aparecieron acompañados de dos policías que se les unieron en el recorrido. Llevaban máscaras de humo y un propósito. Revisaron piso por piso en busca de otros que hubieran podido quedar atrapados.

      Salieron a un mundo de noche y ceniza. No había ningún otro ser vivo en la calle. La ceniza cubría coches y pavimento, caía, como una nieve gris, en grandes copos, el papel seguía flotando a la deriva,  había zapatos abandonados, cochecitos, portafolios. Los miembros del grupo llevaban máscaras y toallas cubriéndoles el rostro, los niños iban en brazos de los adultos, se dirigieron al este y luego al norte, hacia Nassau Street, tratando de no mirar alrededor, atentos únicamente a lo necesario e inmediato, un paso y luego otro, todos estrechamente concentrados, una mujer embarazada, un recién nacido, un perro.

      Estaban completamente cubiertos de ceniza cuando se refugiaron en la Pace University, en donde había agua y comida, un muy bien dispuesto grupo de apoyo,  una amenaza de fuga de gas y más gente corriendo.

      Los trabajadores comenzaron a repartir agua al grupo. Hidrátense, mantengánse hidratados. Éste fue el tema de la primera media hora.

      Una nueva línea de diálogo se abrió en el transcurso de la entrega de comida.

      –No le ponga queso, por favor –dijo alguien.

       –Lo preferiría cocinado a término medio –dijo alguien.

      Una línea no demasiado incongruente, a decir verdad, un grupo de gente viva y hambrienta, comenzado a ser de nuevo ellas misma.

 

5.

 

La tecnología es nuestro destino, nuestra verdad. Es a lo que nos referimos cuando nos denominamos como la principal superpotencia en el planeta. Los métodos y materiales que inventamos nos han dado el derecho de reclamar nuestro futuro. No dependemos de Dios ni de profetas ni de ninguna clase de asombro. Somos el asombro. El milagro es lo que producimos, las redes y sistemas que han cambiado nuestra forma de vivir y de pensar.

      Pero sin importar nuestra ventaja tecnológica, cada vez más compleja, enlazada, precisa, hiperfraccionada, el futuro ha cedido el paso, por ahora, al furor medieval, a la vieja religión de sangre y lento destajo.

      Matar al enemigo y arráncarle el corazón.

      Si otros en culturas menos avanzadas científicamente pudieron compartir, quisieron compartir, algunas de las bendiciones de nuestra tecnología, sin ofender su fe ni sus tradiciones, ¿tendrían que depender únicamente de un Dios en cuyo nombre se masacra a los inocentes? ¿Tendrían que inventar un Dios que recompensa la violencia con la promesa de un “eterno paraíso”, en las palabras de la carta manuscrita hallada en el equipaje de uno de los secuestradores?

      Contra aquellos que anhelan lo que hemos conseguido, están aquellos que lo aborrecen. Son los hombres que han forjado una moral de destrucción. Son los hombres que quieren ser aquello que eran antes de la influencia occidental. Son los hombres que se ven a sí mismos como los elegidos de Dios aunque cumplan o no los preceptos del islam. Son los hombres que habiendo elegido la violencia y la muerte, se arrogan el derecho de hablarle a Dios directamente. Matarán y morirán. O morirán primero, en la cabina, con zapatos nuevos, según las instrucciones de la carta.

      Seis días después de los ataques, la zona contigua a Canal Street ha sido cercada con barricadas. Hay un par de civiles en la calle. Policías en algunos puntos de control, soldados con camuflados en otros llevan máscaras de gas, un par de miembros de la policía de caminos y diez fornidos hombres dirigiéndose al este con cascos de protección, pantalones de trabajo y chaquetas de la NYPD. El dueño de una de las tiendas de la zona cercada trata de convencer a un policía de que le permita llegar hasta su negocio. Es un anciano de baja estatura con acento judío, pero hoy no habrá ningún tipo de complacencia. Las bolsas de basura, apiladas por todas partes, forman altos montículos. El área está completamente en ruinas, en un estado de emergencia permanente, todo cubierto de ceniza.

      Es posible pasar algunos puntos de control, vagar alrededor de otros. En Chambers Street, miro hacia el sur por encima de la línea de baños portátiles. Se levanta el remanente de polvo ligero que marca el fin de las edificaciones altas, la última señal en medio del fango y los escombros de que hubo allí dos torres que dominaron el horizonte durante el último cuarto de siglo.

      Diez días después y un poco más cerca, situado frente a otra barricada con un grupo de personas, miro directamente los surcos abiertos sobre las fachadas. Estoy demasiado cerca. Es casi romano, perfiles doble T para cantería, pero ni remotamente restaurables. Muchos describen la escena a otros por teléfono.

       –Dios mío, estoy parado aquí –dice el hombre a mi lado.

      El World Trade Center no era sólo un emblema del avance tecnológico sino una justificación,  en cierto sentido, de la irresistible voluntad de la tecnología para hacer real todo aquello que es teóricamente realizable. Una vez definido, cada límite debe ser rebasado. El sobrio revestimiento de las torres estaba destinado a reducir la amenaza, el impacto directo de tal bloque de rectitud y altura, un gigantismo que disminuyó con los años hasta convertirse en algo familiar, incluso confiable.

      Pero ahora un pequeño grupo de hombres ha alterado, literalmente, nuestra visión. Hemos sido devueltos en tiempo y espacio. Es su tecnología la que define nuestros momentos, sus pequeños y letales utensilios, los detonadores remotos que han sido capaces de camuflar en radios, o los enormes dispositivos que han tomado prestados de nosotros, aviones de pasajeros convertidos en misiles dirigidos.

      Ese es quizá el subtexto oculto de su empresa. Su vislumbre de una maldad innata en la naturaleza de nuestra tecnología. Una maldad que asfixia sus costumbres y creencias. Una maldad que usan como lo que es, una cosa que mata.

 

6.

 

Hace cerca de once años, durante los combates en el Golfo Pérsico, la gente tenía dificultades para separar la guerra del cubrimiento de la guerra. Después de los primeros días de euforia, el cubrimiento se llevó a cabo de manera limitada. La excitación de ver todo aquel misterioso verde de las tomas realizadas con dispositivos de visión nocturna, transmitidas desde los aviones de combate, había sido tan intensa que fue casi traumático el hecho de aceptar que la guerra seguía fuera de cámaras. Una capa de conciencia había sido retirada. La gente cavilaba, murmuraba al respecto. Se sentían aislados de su guerra.

      Los acontecimientos del 11 de septiembre fueron cubiertos sin descanso. No hubo confusión de roles con la televisión. El acontecimiento era una cosa; su cubrimiento, otra. El acontecimiento dominaba al medio. Fue brutal y espectacular, y para algunos de nosotros incluso irreal. Cuando decimos que algo es irreal, tratamos de decir que es demasiado real, un fenómeno inconmensurable y todavía tan ligado al poder del hecho objetivo que no podemos traducirlo ni adaptarlo a la dimensión de nuestras percepciones. El primer avión impactó una de las torres. Después de cierto tiempo fue posible asimilarlo, aunque no del todo. Pero cuando las torres cayeron, cuando el frente polvo descendió piso por piso, fue tan vasto y terrible que resultaba imposible imaginar siquiera lo que estaba ocurriendo. No podíamos creerlo. Pero era real, dolorosamente real, una expresión de la física de los límites estructurales y un vacío en el alma de cada uno, la gigantesca antena cayendo, desplomándose desde la base, como una flecha moviéndose hacia atrás en el tiempo.

      El acontecimiento en sí no cotiza en la piedad del símil o de la analogía. Tendremos que cargar con el horror tal y como es. Pero el lenguaje vivo no implica una reducción. El escritor quiere entender que es lo que este día ha hecho con nosotros. ¿Es demasiado pronto? Pareciera que estamos presionados por el tiempo, todos y cada uno de nosotros. El tiempo que resta es cada vez menor. Hay una sensación de encierro, de planes precipitados, de un tiempo forzado y desfigurado. Pero el lenguaje es inseparable del mundo que le da lugar. El escritor comienza con las torres, tratando de imaginar el momento, desesperadamente. Antes de la política, antes de la religión y de la historia, está el terror primordial. Hombres y mujeres cayendo de las torres agarrados de las manos. Esto es parte de la contra narrativa, manos y espíritus en comunión, la belleza de lo humano destrozándose contra el acero retorcido.

      En la ausencia total de elementos para la comparación, el acontecimiento afirma su singularidad. Hay un vacío en el cielo. El escritor trata de darle un nombre, una memoria, una señal de afecto, un sentido a ese espacio desolador.

 

7.

 

Amamos la idea de que Estados Unidos inventó el futuro. Nos sentimos cómodos con el futuro, intimamos con él. Pero esa idea ha sido perturbada, en múltiples formas, por una sucesión de reconsideraciones. En dónde vivimos, cómo viajamos, en qué pensamos cuando miramos a nuestros hijos. Para muchos, el ataque transformó el núcleo mismo de lo cotidiano.

      Con el tiempo descubriremos que el destino final de las torres está implícito en otras cosas. En el nuevo PalmPilot con dispositivo de búsqueda táctil, la ostentosa limusina estacionada fuera del hotel, el rascacielos del centro en obra negra –bautizado con el nombre de un gran banco de inversiones–, en todos latente el recuerdo, el dolor de lo que ha pasado, menos firmes su autoridad, menos deslumbrantes sus privilegios.

      Existe el miedo a otra clase de terrorismo, a la idea de que armas químicas y biológicas envenenen el aire que respiramos y el agua que bebemos. No se hablaba mucho de esto antes del ataque. Pero esta vez se trata de darle nombre al futuro, no en nuestra forma habitual sino guiados por el pánico.

      Lo que ha ocurrido es suficiente para alterar el aire a nuestro alrededor, psicológicamente. Estamos respirando el humo de lo que queda del bajo Manhattan, un humo de cadáveres que adensa la suave brisa del río, en azoteas y ventanas, en la ropa y en el pelo.

      Imaginen un futuro en el que los componentes de un microchip son del tamaño de átomos. Los dispositivos que rigen el ritmo de nuestras vidas operarán desde el espacio cuántico de la información pura. Imaginen ahora un número incalculable de hombres con el corazón inundado de ira, jurando venganza. Enormes fotos de mártires y de santos colgando de los balcones, y fotos aún más grandes repitiendo el rostro del líder de los terroristas.

      Dos fuerzas en el mundo, pasado y futuro. Con el fin del comunismo, los principios y las ideas de la democracia moderna parecían imponerse sin mayores contratiempos, a pesar de las desigualdades del sistema mismo. Seguimos en ese escenario. Pero ahora hay un estado teocrático global, desatado e infiltrado y obsoleto hasta tal punto depende del fervor suicida para cumplir sus objetivos.

      Las ideas evolucionan e involucionan, y la historia ha sido llevada al extremo.

 

8.

 

      Durante el viernes de la primera semana una larga fila de coches se mueve lentamente hacia el oeste en Canal Street. Camiones, montacargas, barredoras. Hay enormes retroexcavadoras haciendo un ruido ensordecedor. Unos cuantos peatones, algunos con máscaras de gas, otros sólo curioseando, mirando, los indigentes, pegados a los muros y a las puertas, desorientados por el tráfico que no trae consigo compradores y vendedores, mercancías y efectivo. Suenan en estacato las sirenas de un carro de bomberos, una patrulla y un camión de la policía. Los policías se mantienen firmes detrás de las barricadas, tratando de mantener despejado el camino. Ambulancias, camiones con plataformas elevadoras, una flota de camiones Con Ed, todo este clamor moviéndose unas manzanas al sur, al centro de la nube de arena y ceniza.

      Un mes antes tomé el mismo camino, temprano en la tarde, entre cientos de personas, entre el enjambre multiétnico de compradores, comerciantes, residentes, transeúntes, un par de turistas, un hombre en una esquina practicando un masaje de acupuntura y un chico de cabello largo manejando su bicicleta por la acera. Era el espíritu de Canal Street, la misma agitación, el mismo forcejeo idéntico durante décadas sin ningún signo del SoHo ubicado unos metros cuadras arriba, con sus restaurantes y pisos de artistas, o del TriBeCa, cuadras abajo, rico en texturas arquitectónicas. Había baratijas, radios de auto, ofertas de tapicería y plásticos industriales, salones de pizza y de tatuajes.

      Entonces vi una mujer sobre su manta de oración. Volteé en la esquina, rumbo a una cita con unos amigos, y ahí estaba, joven y esbelta, tocada con un pañuelo de seda. Era hora de la oración del ocaso, y estaba arrodillada, la parte superior del cuerpo inclinado sobre el borde de la manta. Estaba parcialmente oculta tras dos puestos de venta ambulante, y nadie parecía fijarse en ella. Creí que se trataba de otra mujer sentada en una silla plegable cerca de la acera. La figura de la manta miraba al este, en dirección a una tienda a sólo a tres metros de distancia de su cabeza inclinada, pero más distante y apropiadamente, hacia la Meca, por supuesto, el lugar sagrado del islam.

      Algunas mantas de oración incluyen un mihrab en su diseño, un elemento arqueado que representa el sitio donde ha de mirar el que ora. La única guía que la mujer necesitó fue la cuadrícula de Manhattan.

      La veía orar y fue más clara que nunca para mí la grandeza cotidiana y dada por sentado de New York. La ciudad asimila cada lengua, cada ritual, cada creencia y cada opinión. En las listas de los muertos del 11 de septiembre, todas esas diferencias se rindieron ante la devastación y el impacto. Los cuerpos mismos desaparecieron en grandes cantidades. A los sobrevivientes, nos queda el dolor. Pero los muertos son su propia nación y raza, una identidad, joven o viejo, devoto o incrédulo: una unión de almas. Durante la hadj, la peregrinación anual a la Meca, la fe debe despojarse de todo signo de estatus, riqueza y nacionalidad, los hombres llevan idénticos atuendos blancos, las mujeres con la cabeza cubierta, todos en oración y comunión rememorando su vínculo con los muertos.

      Allahu Akbar. Dios es grande.  

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Autor:

Psile et psole.

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