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Fernando Vallejo y Gabriel García Márquez, juntos y también revueltos.

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Fernando Vallejo despacha a Cien años de soledad con un sablazo que imagina certero: “no es más que un anecdotario mal escrito, separado por cadenas temporales y cierto exotismo entonces de moda”. http://www.co.terra.com/terramagazine/interna/0,,OI1679168-EI9838,00.html

Es cierto. En Cien años de soledad jamás faltan los sucesos, las anécdotas. Hay de sobra, incluso, para que el lector elija sus preferidas. Desde comidas opíparas hasta guerras civiles, desde epidemias de insomnio hasta episodios apocalípticos. El libro de García Márquez es, también, una colección de pequeños relatos.

Sin embargo, el sable de Vallejo no alcanza a herir carne alguna. Está dado al aire.1397941246_321898_1397941853_noticia_normal

El anecdotario del Nobel colombiano está confeccionado con destreza de modo que esas breves narraciones contribuyan a alimentar un todo, no solo porque el propósito del narrador es dar cuenta de una sola familia, los Buendía, mediante una sola línea narrativa fuerte, sino porque las vicisitudes o sutiles cuentos cortos dentro del armazón general son, a la larga, vértices de una única narración. La vieja comparación de Vargas Llosa puede ser útil aquí: el libro de García Márquez es, a su modo, una novela de caballería (o una versión nuestra de Las mil y una noches). Varias historias que se compactan en una historia central. No están amontonadas como las quiere ver Vallejo. Están hiladas.

Existe otro detalle que, quizás, se le escapa al Fernando Vallejo escritor (no al polemista, ni al lingüista, ni al científico). Sus novelas, Entre fantasmas o Mi hermano el alcalde, inclusive ese panfleto novelesco titulado El don de la vida – donde, dicho sea de paso, lleva el yo hasta extremos pontificales – son anecdotarios. No idénticos a los de su rival García Márquez, más bien trenzados por el vaivén disgregatorio que ya le es característico. Sus libros tienen momentos en que abandona el eje de lo que narra para echarle un cuento corto al lector. Así, por ejemplo, cuando describe la elevación de globos decembrinos en el continuum de Los días azules, o cuando se solaza describiendo algunos de sus lances eróticos justo en medio de una narración central cualquiera.

Resulta inquietante, además, que el autor de La virgen de los sicarios acuse a García Márquez de escritor flojo o mediano por utilizar los mismos procedimientos narrativos que lo distinguen. Irónico: Vallejo condena debido a la única materia que lo hermana con García Márquez, su singular habilidad a la hora de entrelazar diminutas historias para configurar libros enteros.

Este malentendido lleva a una pregunta urgente: ¿volverán las novelas, alguna vez, a ser complejos y coloridos anecdotarios que nos hagan creer y vivir en otras vidas?

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Autor:

Psile et psole.

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