Publicado en Uncategorized

Asaltos literarios al teatro

teatro_literatura

(Publicado originalmente en http://www.enorbita.tv el 9 de abril de 2014)

Hay quienes dicen que el arte dramático no es literatura. Les agradecen a las narraciones, al poema y al ensayo el haber ayudado a consolidar lo que muestran en el escenario: gracias a la literatura pueden llevar historias o situaciones delante de los públicos, con un tono y un timbre poéticos, también con unas cargas ideológicas o técnicas imprescindibles. Pero es evidente para muchos actores, directores, profesores, que sus puestas en escena, sus performances y actividades histriónicas sobre diversas superficies son algo aparte de la literatura a la cual consideran –quizás no exentos de cierta ingenuidad– como una experiencia ligada exclusivamente a libros y manuscritos. Por eso no es raro observar obras teatrales carentes de libreto preconcebido, o con referencias literarias más bien endebles.

Los resultados de intentar separaciones entre estas dos artes son variopintos y pueden sondearse sin problema. En países como el nuestro, donde el teatro moderno apenas está dejando de ser una novedad, pululan los colectivos teatrales dedicados al entretenimiento puro y duro; su éxito económico se finca en mostrar las vicisitudes reales de cualquier persona caricaturizándolas, provocando esparcimiento fácil. El grupo El Águila Descalza, de Medellín, encarna a la perfección este tipo de teatro que no solo desconoce lo literario por preferir el folclor, la cultura popular y las temáticas de actualidad, sino que además realiza toda suerte de concesiones antiliterarias al espectador: no lo problematiza, no le hereda conflictos, jamás lo invita al enigma ni a la perplejidad. Solo le permite reír, pasar un buen rato. A la par y a la sombra de agrupaciones como El Águila Descalza están los hijos del antiguo Café Concierto, por ejemplo, actores de televisión que trepan a costosos escenarios para cantar o bailar como si necesitaran abrirles sucursales colombianas a Broadway. O los narradores orales que notaron, a principios de este siglo, cómo el aburrimiento, la abulia del público podían erradicarse con el modelo norteamericano del contador de chistes, de la exitosa Stand-up Comedy. Al no tener de dónde abrevar, los realizadores de estas muestras teatrales transportan a las tablas, sin crítica ni examen, los mecanismos del cine más comercial y las estratagemas lúdicas de la televisión. No se cita aquí a los artífices del teatro meramente acrobático, que debe su esencia a lo circense y a la danza. Ni las exhibiciones parateatrales de artistas plásticos que terminan por mezclar variadas formas de arte en un espacio con espectadores.

13741907775_77ddc822bb_o

Estas prácticas gozan ya de una gran aceptación, poseen públicos fieles y son promovidas con el mismo ahínco que el teatro tradicional. Pese a ostentar una calidad bastante discutible, en un ambiente como el colombiano –enemigo o ignorante de cualquier manifestación estética no vinculada a lo instintivo o a la satisfacción inmediata– su presencia es muy necesaria. Quizás mediante esas representaciones simples y entretenidas se estén forjando públicos que algún día enfrentarán un teatro mejor elaborado y con propuestas sólidas.

No obstante estas olas de relajación cercanas al espectáculo mediático que parecen cundir por todo Occidente, no es ocioso recordar una verdad para algunos incómoda: ningún otro arte tiene deudas tan inmensas con la literatura como el teatro. Ni siquiera el cinematógrafo, con sus lógicas espectaculares y sus en ocasiones predecibles armazones; ni siquiera el cómic, que precisa de líneas narrativas y estructuración de personajes. No solo por partir de una escritura previa, de una dramaturgia, sino por su propia elaboración (concepción del montaje, análisis del texto, diseño de la puesta en escena, ensayos, funciones para los espectadores) el teatro se acerca a los procedimientos y formas de la literatura. Los públicos leen las escenificaciones que son, a su vez, textos vivientes. Y la construcción de una pieza teatral se asemeja a la pausada redacción literaria, hay creación de personajes, cálculos de tiempo y propiciación de atmósferas. Casi podría decirse que el director y el actor de teatro realizan, sin sospecharlo, trabajos literarios resueltos en acciones y palabras sobre los escenarios.

Entre las diversas cualidades que comparten la literatura y el teatro existe una que al evitarse o retirarse daña casi todo el entramado. Podríamos denominarla con algún mote apacible como “ambigüedad”, “desajuste” o simplemente “misterio”. El dramaturgo y guionista Tom Stoppard describe esta inefable virtud en su ensayo Teatro pragmático:

Esperando a Godot y La fiesta de cumpleaños. No me resultaba evidente cómo estaban hechas. Tampoco podía saber exactamente en qué consistían. Cada una de estas obras inspiraba y desconcertaba a la vez. Ambas rompían un contrato que hasta la fecha se pensaba que había entre el público y la obra de teatro. Hasta entonces parecía existir el acuerdo tácito de que si usted se tomaba el trabajo de ir hasta el teatro a ver lo que estaban presentando, la obra tenía ciertas obligaciones recíprocas, como darle el mínimo de información necesaria que le permitiera sacar en claro de qué iba el asunto. […] Estas nuevas obras eran desconcertantes de manera distinta. La línea narrativa era pura, tan pura que se perdía de vista a veces, tan pura como el hilo de una telaraña: cuando parecía haberse roto, un pequeño cambio demostraba que aún seguía allí. Estas obras, tan distintas de Shakespeare, lograban aquello que hace que Shakespeare nos quite el aliento, y que define la poesía: la comprensión del lenguaje en simultánea con la expansión de su significado”.

Lo decía porque empezó a notar en el teatro énfasis exagerados de la técnica, desbordados juegos con las luces y el sonido, imposición de efectos especiales sobre lo que debería interesar tanto a la escena como a la creación literaria: la búsqueda de un lenguaje propio, la búsqueda poética. Concluye Stoppard:

“Sin un texto, y un texto bastante autoconsciente, el tipo de teatro en el que estoy involucrado no es posible. El teatro es, ciertamente, un hecho físico, y las palabras no bastan sin todo lo demás, pero todo lo demás no es nada si no existen las palabras, y en la compleja y extravagante ecuación de luz y sonido, son ciertas palabras en un cierto orden las que –con frecuencia de modo misterioso– dan un vuelco a nuestros corazones”.

Con frecuencia se piensa que los comercios entre la literatura y el teatro tienen que ver solo con el estudio de textos y con las maneras en que esos textos se escriben para ser actuados. Pero la apuesta va más allá de esta relación formal. La pieza literaria y la teatral, para ser dignas de sus nombres, exploran en imágenes, eventos y códigos con el fin de hallar la experiencia poética, la epifanía que trastoca lo real tal como lo conocemos, a los ojos del espectador y dentro de las convicciones de actores y directores.

A pesar de que el teatro es una “escritura en el agua” –como lo llama con precisión Cristóbal Peláez, director del colectivo Matacandelas–, un acontecimiento efímero cuya fuerza se circunscribe en el presente, en estos tiempos de banalización artística quizás solo la literatura pueda rescatar al arte dramático de la superficialidad y de las ambiciones por encantar a los públicos con chistes fáciles, con chabacanería deslumbrante. Si la literatura es una herramienta no complaciente para andar por el mundo, el teatro puede hacer de ella algo tangible, sensorial, vivo. Esto es posible porque, a su vez, el teatro es un salvavidas de la literatura al aportarle mecanismos de lectura, de atención e interpretación a la cotidianidad, a ese texto complicado, a veces indescifrable, que es la existencia.

Dos ejemplos de esta comunicación entre artes eternos son demostrativos de cuánto se necesitan mutuamente las letras y las tablas.

13742315214_93bc56eaa3_o

El mayor escritor en cualquier lengua y en cualquier época es, desde luego, un dramaturgo. Se llama William Shakespeare. Hoy nos resulta imposible saber con exactitud cómo eran actuados sus dramas y comedias en el Londres de los siglos XVI y XVII. Una histórica polémica entre expertos ha llegado a poner en tela de juicio incluso si el autor de Macbeth existió o no. Con todo, la obra entera de este hombre de teatro pareciera una cantera inagotable de la que han tomado temas, estrategias, procedimientos, artistas de diverso tipo durante siglos. Shakespeare es la sombra tutelar de los ensayos poéticos escritos por W. H. Auden, de los cuentos para niños y jóvenes que publicó Charles Lamb (usados en el mundo anglosajón para fomentar la lectura), de poderosos films dirigidos por Akira Kurosawa o Franco Zeffirelli, de ballets, pinturas, melodías y hasta de teorías literarias que fastidian a algunos como las del regreso del héroe cuyo apóstol principal es Harold Bloom. El carácter y la reciedumbre de Shakespeare han gestado incluso a sus contradictores más feroces, Bertolt Brecht o Heiner Müller –para mencionar solo dos notables– quienes han elaborado sus creaciones en franca disputa con el inglés inmortal.

El primer capítulo de La casa grande, esa gran novela colombiana de Álvaro Cepeda Samudio, se titula Soldados y es un extenso diálogo. La cadencia de sus voces, los giros gestuales, emocionales de la composición le dan al texto escrito un fuerte sentido vivencial. En los años sesenta, el director de teatro Carlos José Reyes adaptó este largo combate verbal y lo convirtió en una de las obras fundamentales del teatro nacional. De un modo casi milagroso las actuaciones preservan la calidad literaria pero, al mismo tiempo, ofrecen depuradas lecciones de actuación, de ensueño sentido, vivido.

Pesimismos mal informados aparte, el teatro no está muerto ni morirá. La literatura tampoco. Estos primos hermanos, tan viejos como la humanidad, siguen sus caminos nutriéndose sobre vías paralelas. No podrán contra ellos ni el espectáculo televisivo ni el hermetismo académico porque, como escribió alguna vez David Mamet, “el teatro siempre está muriendo. Y es cierto, y, en vez de quitarle importancia, deberíamos comprenderlo”.

Existen, deben existir todavía, quienes digan que el arte dramático también es literatura.

Larga vida, pues, a estos queridos y permanentes agonizantes.

Anuncios

Autor:

Psile et psole.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s