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Un relato de Juan Merchán

druidas

Fue entonces cuando me citaron en la dependencia.
Aunque era previsible dados los hechos sucedidos el día anterior, era claro que todavía tenía un firme, y
absurdo, convencimiento de que la consecuencia última de esos hechos pudiera solamente
representarse en un llamado de atención severo y unas cuantos reprimendas escritas en el panfleto del
feudo. No fue así, y tuve que dirigirme a toda prisa al manso, hablar con el señor, cambiar mis
vestimentas y esperar la llegada del heraldo.
Éste, luego de darme el mensaje y hacerme reconocer el sello real, me condujo a lo largo del pequeño
valle y después de pasar por los viñedos cuyo penetrante olor solo agudizó más mi remordimiento y
pesar, me hizo acceder al castillo por una entrada inusual en un lado estrecho del mismo, un acceso muy
pequeño, que ahora me atrevo a asociar con la salida predilecta de la reina, la famosa salida oculta que
le permitía el mayor sigilo y secreto cuando visitaba a su amante en el valle. Accedimos entonces a un
patio pequeño que me era desconocido, y en el cual pude ver arrumados todos los botines que desde el
inicio de la guerra habíamos robado a los galos, la mayoría de ellos en grandes cofres mohosos y que
despedían un olor desagradable. Grabada en la siguiente puerta divisé la inscripción que ya había
notado en las cartas que nuestro caballero enviaba cada mes cuando se nos pedía agilizar la ofensiva,
inscripción que por dicha razón nos generaba un gran terror al verla. Entra, el próximo te está
esperando, dijo el heraldo abriendo la puerta y permitiendo mi acceso, no sin antes esbozar esa sonrisa
cómplice que ya había visto en el rostro de mis compañeros antes de partir.
Un segundo vasallo me esperaba al fondo de una gran galería adornada con ostentosos cuadros de gran
envergadura y que retrataban las ya conocidas batallas que hicieron a nuestro reino ese lugar envidiable
de esta parte de la tierra. En la otra esquina, contraria a donde se encontraba el vasallo, alcancé a
divisar una colección de jarrones druidas, fiel representación de esa unión fraternal de nuestros
sacerdotes con mi rey. Iba caminando con paso lento para tener tiempo de observar gran parte de los
objetos que allí había, pero el vasallo me gritó desde la esquina: apúrate, el ministro y el rey te esperan
hace mucho. El saber de la espera larga y de la presencia del ministro hizo temblar mi cuerpo, me hizo
imaginar miles de situaciones posibles que iban a acontecer, nubló mi admiración hacia los objetos de la
sala. Caminé más rápido, crucé la puerta. Oscuridad.
Volver de un sueño que parece real representa un momento de confusión profunda y un choque con ese
mundo tangible que nuestros ojos nos entregan. No sabía qué había ocurrido. Inicialmente pensé que el
recorrido por esa parte oculta del castillo era solo un juego de mi imaginación representado
análogamente en sueño. Solo el incesante dolor que mi cabeza me daba y el sentir una herida abierta en
ella me hicieron concatenar causas y efectos para entregarme una lógica lineal de lo que había pasado.

“Ante la corte real, el soldado Rosenthal” escuché repentinamente a mi lado, una voz fuerte de un
soldado del castillo que me obligaba a acomodarme rápidamente a lo que sucedía. El soldado me
empujó con brusquedad hacia abajo para hacerme sentar en esa dura silla del acusado.
“Nuja Rosenthal. Es usted citado hoy ante esta corte y ante el venerable rey para que comparezca y
entregue su versión acerca de lo ocurrido hace dos lunas, en los campos de Somme”
La descripción hecha por el ministro y su forma áspera de sujetar el papel que la contenía produjeron
un fuerte frío interno en mí, frío que se volvió desespero, lo que dio paso a una mirada rápida a todo el
recinto. Repasé las miradas inquisitivas, buscaba algún rostro afable que fuera el único aliciente en lo
que parecía el inicio de mi resquebrajamiento.
“Esto no tomará una jornada. Escuchen, el día en mención, los comandantes Rien Wolf y Patrick Asforth,
del batallón número diez de nuestro rey, reportaron el estado penoso en el que encontraron al caballero
segundo Nuja Rosenthal. Ese día tuvo lugar la segunda parte de la batalla de Crécy, momento
supremamente importante para nuestro feudo. Según el reporte traído por el heraldo, el caballero se
encontraba en estado grave de embriaguez por cerveza Ale, además de presentarse con sus
vestimentas en orden contrario al establecido”
El ministro cambió de página. Aún con mucho dolor en la cabeza rota, quise intervenir para expresar mi versión de los hechos, para establecer alguna defensa en esta situación sin salvación. Un ademan del rey
me prohibió hablar, justo cuando lo iba a hacer.
“Es por todos los aquí presentes que esta falta se considera la mayor afrenta contra la insignia real y que
supone un modo frentero de traición. Estamos luchando contra fuerzas gigantes y no podemos
arriesgar la virtud y moral de los batallones con ejemplos vergonzosos como estos. Exijo un castigo sin
parangón”
Mis ojos y los de los presentes se fijaron en la cara del rey. Su largo atuendo rojo y blanco y su escudo
real bordado en el pecho resplandecían aún más puesto que el sol de tarde entraba por el ajimez a su
derecha y posaba sus rayos y fuerza en su ostentosa figura. Pude ver cómo sus manos se movían con
desdén, desdén que también su rostro sugería. Después de pasarse la lengua por los dientes y labios y
de dejar de mirar sus manos, levantó su rostro. “Que hable”.
Supuse ese momento como mi último recurso ante un castigo que desconocía, pero que presumía
grave.
“Es cierto lo dicho. La noche anterior había estado de juerga con los habitantes de la aldea en un viejo
antro frecuentado por los galos. No tuve control de mis actos. Esto sin embargo no lo hice con la
intención definida de injuriar o maltratar el nombre de mi rey o de cual…
“Culpable” dijo una voz.
Oscuridad.

Siento entrar aire por mis pulmones. Habita en mí un miedo acaso más fuerte, un miedo que es nuevo
huésped. No quiero abrir los ojos, no quiero enfrentarme a esa realidad que veo ya invadir toda mi
comprensión de lo que significa la realidad. No pretendo nada más sino volver a montar mi caballo,
empuñar mi espada, combatir y vencer, olvidar éste momento agrio en el cual mi alma parece perdida
ante una barahúnda que no puedo ni quiero describir pero que estará ahí cuando sienta la fría tabla del
cadalso y ese chirrido de la espada en la piedra de afilar, piedra que…
“Oye, no te distraigas. ¿Estás acá? ¿Quieres un café de la máquina? Eso, así está mejor. Te comentaba
que dados los resultados de esa prueba de toxicología nos vemos en la penosa obligación de cancelar tu
contrato con la compañía. Es triste saber que te vas luego de haber dejado un importante…
El sonido de esa voz se desvanecía lentamente en mi cabeza, para luego enmudecer. Ya no escuchaba
nada. No debí abrir los ojos.

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Autor:

Psile et psole.

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