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Rapsodia para José Lezama Lima (Otro misterio que nos acompaña) – Un ensayo de Alberto Rodríguez Tosca

Rapsodia-para.-Jose-Lezama-Lima-1

Ensayo de Alberto Rodríguez Tosca, poeta y escritor cubano que vivió muchos años en Colombia. Un homenaje a su lucidez y a su generosidad.

Rapsodia para José Lezama Lima

(Otro misterio que nos acompaña)

Paso es el paso del mulo en el abismo.

(“Rapsodia para el mulo”) J.l.l.

I

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo/ envolviendo los labios que pasaban/ entre labios y vuelos desligados./ La mano o el labio o el pájaro nevaban./ Era el círculo en nieve que se abría/. Mano era sin sangre la seda que borraba/ la perfección que muere de rodillas/ y en su celo se esconde… Escribió un muchacho de 21 años en la primavera cubana de 1937. Se llamaba José Lezama Lima y con la tesis “La responsabilidad criminal en delito de lesiones”, concluía sus estudios de Derecho en la Universidad de la Habana, al tiempo que estrechaba una gran amistad con el poeta español Juan Ramón Jiménez.

Un año después comenzó a trabajar en un bufete y una de sus tareas de abogado consistía en atender a personas privadas de libertad. Presos de todo tipo: desde asesinos y empresarios, violadores y narcotraficantes, pasando por políticos y ladrones (valga la redundancia), hasta homosexuales y escritores. Entre estos últimos se encontraba el autor de Celestino antes del alba, El mundo alucinante y Antes que anochezca, Reinaldo Arenas, quien en su novela El color del verano, escribió: “Para ser verdaderamente libre, no basta estar solo, hay que ser solo”.

Sírvanos de pretexto este episodio sin importancia para introducir el tema a que nos convoca este ciclo: la Libertad y la Poesía. José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976), generalmente acompañado de amigos, familia, admiradores y no pocos convidados de piedra que con saña apedrearon su grande y a la vez indefensa humanidad, fue siempre un hombre solo y, en consecuencia, un escritor libre. Su particular sentido de la libertad lo convirtió en un reo de la literatura. Para ello, en su casa de la Habana Vieja, Trocadero 162, ladrillo tras ladrillo, construyó Lezama su propia penitenciaría. Penitente de tiempo completo, carcelero y reo, se entregó a las palabras como un nazareno de la postmodernidad se entregaría a los misterios de los signos de interrogación. ¿Y qué es la verdad?, vivió preguntándose Lezama, como Pilatos a Jesús, toda su vida.

Su verdad era la literatura, el lenguaje, las palabras. Durante sus sesenta y seis años de vida, Lezama Lima sólo tres veces salió de la Isla. De niño a Estados Unidos y de adulto a México y Jamaica. Cuando le preguntaban al respecto, decía: “Es que hay viajes más espléndidos: los que un hombre puede intentar por los corredores de su casa, yéndose del dormitorio al baño, desfilando entre parques y librerías. ¿Para qué tener en cuenta los medios de transporte? Pienso en los aviones, donde los viajeros caminan sólo de proa a popa: eso no es viajar. El viaje es apenas un movimiento de la imaginación”.

Con qué seguro paso el mulo en el abismo.

Lento es el mulo. Su misión no siente.
Su destino frente a la piedra, piedra que sangra
creando la abierta risa en las granadas.
Su piel rajada, pequeñísimo triunfo ya en lo oscuro,
pequeñísimo fango de alas ciegas.
La ceguera, el vidrio y el agua de tus ojos
tienen la fuerza de un tendón oculto,
y así los inmutables ojos recorriendo,

oscuro progresivo y fugitivo.

II

En un ensayo a propósito de la primera edición de Paradiso, rememoraba su coterráneo el poeta César López un antiguo programa radial de preguntas y respuestas donde en un momento dado se le decía al concursante: “¿Lo toma, o lo deja?”, y luego de sugerir César López que “en arte, a diferencia de otras disciplinas, las cosas son como son y no como debieran ser”, subraya que con Lezama se trata justamente de eso: “Lo toma, o lo deja”.

Siempre se ha tratado de eso con Lezama: se toma, o se deja. “Pobre de aquel que quiera viajar por Paradiso como viajaría por el libro del mes, por esa apremiante televisión en la pantalla de papel de las novelas usuales”, anotaba Julio Cortázar en uno de los ensayos más lúcidos que se haya escrito sobre la novela, publicado en su Ochenta mundos alrededor del día.

De Lezama Lima se ha dicho de todo, aunque muy pocos lo hayan leído: Oscuro, críptico, barroco, ornamentado, incomprensible, impenetrable, hermético, etc. Y tienen razón. Lezama es todo eso y mucho más, salvo que aquí los entresijos del “entendimiento” deberían obedecer a otras reglas. La reunión de su obra poética, narrativa y ensayística, no es una literatura con la que tropezamos todos los días. Otros deben ser, por tanto, los boletos y requisitos para disfrutar del viaje. En torno a Lezama siempre estará presente la perversa pregunta: “¿Lo toma, o lo deja?” Ojalá sirva esta charla para estimular la compra del boleto de agua y que el viajero no se arrepienta de haber invertido su dinero de aire en uno de los destinos más misteriosos de la literatura hispanoamericana contemporánea.

El espacio de agua comprendido
entre sus ojos y el abierto túnel,
fija su centro que le faja
como la carga de plomo necesaria
que viene a caer como el sonido
del mulo cayendo en el abismo.

Las salvadas alas en el mulo inexistentes,
más apuntala su cuerpo en el abismo
la faja que le impide la dispersión
de la carga de plomo que en la entraña
del mulo pesa cayendo en la tierra húmeda
de piedras pisadas con un nombre.

AlbertorODRIGUEZ

III

Si bien es cierto que a finales de los años 60 y principio de los 70, prestigiosos críticos, poetas y narradores como Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Virgilio Piñera, Eliseo Diego, Alejo Carpentier, Cintio Vitier, Emir Rodríguez Monegal, Luis Cardoza y Aragón, Fernando Charry Lara, Julio Ortega, María Zambrano, Cristina Peri Rossi, Julio Ramón Ribeyro y Octavio Paz, por sólo mencionar algunos ejemplos, se dieron a la tarea, a través de a veces vacilantes pero siempre esclarecedores ensayos, de ponerle nombres y apellidos al jeroglífico al que se estaban enfrentando, José Lezama Lima sigue siendo una asignatura pendiente entre nosotros, ora críticos, ora lectores.

Muerte de Narciso, Enemigo rumor, Aventuras sigilosas, La fijeza, Dador, Fragmentos a su imán, son algunos de sus libros de poesía. Su obra ensayística la encontramos en títulos como Coloquio con Juan Ramón Jiménez, Analecta del reloj, La expresión americana, Tratados en la Habana y La cantidad hechizada. Más dos novelas: Paradiso (1966) y Oppiano Licario (1977, póstuma). La revista Orígenes (a la que Octavio Paz calificó como la más importante de la lengua española) y antes Espuela de Plata, Nadie Parecía, Clavileño y Poeta, fueron algunas de sus otras creaciones.

Lezama Lima, además de todos esos libros y revistas, se inventó un Sistema Poético del Mundo, en el cual incluía eras imaginarias como la Vivencia oblicua, el Azar concurrente, la Visión histórica, el Súbito, la Biblioteca como dragón, la Imagen, la Posibilidad infinita y la Pobreza irradiante. Detenernos en esto nos llevaría todo el tiempo. Hagamos una pausa entonces en Paradiso, la obra cumbre del escritor cubano, texto de difícil consumo, incluso para los más exigentes lectores. La novela ha tenido que sobrevivir al karma de las más variopintas y encontradas valoraciones.

Son más de 600 páginas de total desenfreno lingüístico y desbordamiento vital. El “ladrillo cuneiforme”, como la llamaba el propio Lezama, desde su publicación en 1966, se ha mantenido en una suerte de displicente letargo que nos dura hasta hoy. Si evitamos el rastreo minucioso (imprescindible para la total comprensión del asunto pero sólo posible en un estudio más amplio) y elegimos la figura de José Cemí, su protagonista, para desmembrar el proceso en que la Palabra se va apropiando de las funciones (acciones) del resto de los personajes, tendríamos que remitirnos a varios pasajes donde el tránsito (la iniciación de Cemí en la aventura poética y su posterior coronación en / por la Poesía) da fe de su lenta y fecunda evolución.

Seguro, fajado por Dios,
entra el poderoso mulo en el abismo.

Las sucesivas coronas del desfiladero
–van creciendo corona tras corona–
y allí en lo alto la carroña
de las ancianas aves que en el cuello
muestran corona tras corona.

Seguir con su paso en el abismo.
Él no puede, no crea ni persigue,
ni brincan sus ojos
ni sus ojos buscan el secuestrado asilo
al borde preñado de la tierra.
No crea, eso es tal vez decir:
¿No siente, no ama ni pregunta?

IV

En el capítulo VII, Demetrio se dispone a leer una carta del tío Alberto. Como los demás parientes, avisados de las diabluras del tío tarambana, encuentran un pretexto para abandonar la habitación, José Cemí queda solo frente al anunciado discurso. Antes de comenzar la lectura, Demetrio dice: “Acércate para que lo conozcas más y le adivines la alegría que tiene. Por primera vez vas a oír el idioma hecho naturaleza”.

A Lezama le gustaba recordar una sentencia de Pascal recibida en su adolescencia como una revelación: “Como la verdadera naturaleza se ha perdido, todo puede ser naturaleza”, y es en ese preciso instante (Lezama ante la sentencia de Pascal, Cemí ante la carta del tío Alberto: “Al acercar su silla a la de Demetrio le parecía que iba a escuchar un secreto”) cuando el lenguaje asume el papel de naturaleza  sustituta,  a instancias de la pérdida irreparable de la “naturaleza verdadera” en manos de la Civilización.

“Los gimnooicos –así comienza la carta, a semejanza de los gimnosofistas, escuchan las gimnopedias de Satie, como la guacamaya apretando contra sus uñas una presunta flauta, le tuerce las abolladuras, pero le lleva el arcoíris. Plenitud, desnudos orifican (…) Lechuza del mar, pez diablo, terror de las metamorfosis. No temas las pesadillas que se echan sobre nuestras espaldas y nos golpean el costado (…) Réquiem, réquiem, los tiburones solemnes lanzados al alejandrino raciniano. Tronos para su admiración. Círculos que se abren (…) Tu lengua de cangrejo es un molino para el trigo. Destapas la miniatura de un abismo y le enseñas el huesillo de las brumas. Me reitero con el mucho cuidado de pulpos, chernas y calamares, tu enumerativo homérico, Alberto, rex puer”.

Al terminar la lectura de la carta (aluvión, trastorno, unidad caótica donde la palabra es sometida a una nueva y extraña experiencia) “la reacción de Cemí no estuvo acompañada de ningún signo visible. Los ojos no se le encandilaron, ni se echó hacia delante de la silla. Pero algo fundamental había sucedido y llegado hasta él”.

Luego de ese primer reconocimiento, Cemí escala un nuevo peldaño en la recién inaugurada ceremonia de aprendizaje, resumido en las palabras que escucha de boca de su madre al regreso de los disturbios en la Universidad: “Óyeme bien lo que te voy a decir: No rehúses el peligro, pero intenta siempre lo más difícil. Hay el peligro que enfrentamos como una sustitución, hay también el peligro que intentan los enfermos, ése es el peligro sin epifanía. Pero cuando un hombre ha intentado lo más difícil, sabe que ha vivido en peligro, aunque su existencia haya sido silenciosa. La muerte de tu padre fue un hecho profundo, sé que mis hijos y yo le daremos profundidad mientras vivamos, porque me dejó soñando que alguno de nosotros daríamos testimonio al transformarnos para llenar esa ausencia. A mí ese hecho me dejó sin respuesta, pero siempre he soñado, y esa ensoñación será siempre la raíz de mi vivir, que esa sería la causa profunda de tu testimonio, de tu dificultad asumida como transfiguración, como respuesta” (Capítulo IX).

“Sé y ahora es Lezama el que regresa que esas son las palabras más hermosas que Cemí oyó en su vida, después de las que oyó en los Evangelios, y que nunca oirá otras que lo pongan tan decisivamente en marcha”. Ponerse decisivamente en marcha no significa más que continuar el gesto anunciado tras la lectura de la carta del tío Alberto, aceptar sin rodeos su estrella e interpretar con profundidad el espacio en que a partir de ese momento debería forjar su “respuesta”. En el capítulo siguiente, Cemí participa de esa misma advertencia en la voz de Foción, sólo que esta vez es el tercero el que escucha, el no aludido y por tanto las palabras tienen incorporada una ajenidad que objetiviza, de algún modo, el discurso de la madre. “Cuando Electra creyó que había parido un dragón dice Foción, vio que el monstruo lloraba porque quería ser lactado; sin vacilaciones le da su pecho, saliendo después la leche mezclada con sangre. Aunque había parido un monstruo, cosa que tendría que desconcertarla, sabía que su respuesta tenía que ser no dejarlo morir de hambre, pues la grandeza del hombre consiste en que pueda asimilar lo que le es desconocido. Asimilar en la profundidad es dar respuesta”.

Aun cuando ya Cemí se encuentra listo para continuar su camino en solitario, Lezama comprende que resultará muy difícil probar a través de su vida (la de Cemí, ni siquiera en su fusión con Foción y Fronesis; ni siquiera en su prolongación en Oppiano Licario, el Ícaro) la evolución de un Cosmos hacia una constante superación del Caos y en posesión de la Imagen como fuerza real de sustitución y máxima posibilidad. Aceptada esta insuficiencia (acuerdo pacífico entre Lezama y sus personajes) se le encargará al lenguaje la tarea de imponer su autoridad sobre las indefensiones contenidas en Cemí, Fronesis, Foción, Oppiano, y a nosotros atención y vista para reconocerlo como el único organismo que, a estas alturas de la fábula, puede responder.

En uno de los recesos de las clases en la Universidad, un grupo de estudiantes se deleitaba escuchando una conversación del tipo que sólo pueden desarrollar las criaturas de Lezama. Fronesis, Foción y Cemí hacían desfilar ante los ojos raptados de sus compañeros una lista de nombres tan bullangueramente respetable como maliciosamente diversa. Cervantes, Góngora, Garcilaso, Santa Teresa, Quevedo, Kafka, Cocteau que, junto a otros, encontraban siempre empleo generoso en la danza verbal que día tras día ejecutaba para ellos la triada teogónica. Cuando sonó el timbre para la próxima clase, interrumpió Fronesis: “Es la trompeta que anuncia la dispersión de Babilonia levantando una carcajada que evitó la despedida”. En esa carcajada hay penetración y complicidad. La Ciudad Preliminar ha sido temporalmente dispersada. La Torre todavía es posible. Intentarla nuevamente significa avanzar hacia lo más difícil. Los estudiantes lo saben y volverán a reunirse tras la próxima trompeta para espesar su continuidad y su sentido.

El amor traído a la traición de alas sonrosadas,
infantil en su oscura caracola.
Su amor a los cuatro signos
del desfiladero, a las sucesivas coronas
en que asciende vidrioso, cegato,
como un oscuro cuerpo hinchado
por el agua de los orígenes,
no la de la redención y los perfumes.
Paso es el paso del mulo en el abismo.

IV

Puestos al tanto de la alta responsabilidad con que ha sido investido el lenguaje, no nos sentiremos incómodos participando en la preparación de un espectáculo en el que poco a poco todo, desde los asuntos más relevantes hasta los más pueriles, comienza a ser verbalizado.

El Eros, que es, en la novela de Lezama, un asunto relevante, y que tanto morbo y mojigatería ha tenido que soportar desde que fue descubierto por el primer lector con la libido enferma, no alcanza a ser, afortunadamente, una excepción. Tampoco lo es, ya con menos fortuna, el hecho de que nos sigamos sorprendiendo menos ante su expresión latente, confidencial, afásica, que ante la vulgar evidencia de la acción física. No creo que exista en la literatura cubana un capítulo más leído, comentado y alborotador que el capítulo VIII de Paradiso. La maratón sexual a que son sometidos algunos de sus personajes ha dado lugar a las más contradictorias exégesis, y como no pretende esta charla sumar una más, me limitaré a llamar la atención sobre la sexualidad, muy pocas veces tenida en cuenta, que predomina en los capítulos restantes y que aumenta en la medida en que disminuye el contenido erótico.

El capítulo VIII, además de las múltiples disquisiciones que ha generado, es la trampa que se nos tiende para que nada pueda interrumpir la alta misión asignada desde siempre a las páginas de su alrededor. Mientras el lector se distrae traduciendo el constante “entrar y salir” de Farraluque (“un leptosomático adolescentario, con una cara tristona y ojerosa, pero dotado de una enorme verga”), los astutos de Fronesis, Foción y Cemí ejecutan la gesta suprema, consistente en asegurar una apacible peregrinación del lenguaje hacia su más elevada jerarquía: la  Imagen, instruida a su vez en la inevitabilidad del único resultado posible. La concreción erótica desde la palabra y no, aunque en ocasiones paralelamente a ella, desde la acción. A los desmanes de Farraluque, las “mosquitas muertas” de Fronesis, Foción y Cemí, que no por casualidad no participan de su arrebato, oponen desmanes mucho más dignos de turbación y escándalo, sólo que nuestro idolatrado lector acostumbra a sentirse tan comprometido con el ritual inteligible, que muy pocas veces acierta a rendirse a los placeres excepcionales que le propone el nuevo eretismo.

Se necesitaba una chispa y Lezama nos la ofrece en el capítulo VIII. En el siguiente se tantea nuestra disposición para aceptar y comprender las reglas del juego. La naturaleza germinal da paso a la adormecida racionalidad. Desaparece el erotismo de la acción y reencarna en el verbo.

La ceguera, el vidrio y el agua de tus ojos
tienen la fuerza de un tendón oculto,
y así los inmutables ojos recorriendo
lo oscuro progresivo y fugitivo.
El espacio de agua comprendido
entre sus ojos y el abierto túnel,
fija su centro que le faja
como la carga de plomo necesaria
que viene a caer como el sonido
del mulo cayendo en el abismo.

Las salvadas alas en el mulo inexistentes,
más apuntala su cuerpo en el abismo
la faja que le impide la dispersión
de la carga de plomo que en la entraña
del mulo pesa cayendo en la tierra húmeda
de piedras pisadas con un nombre.

V

Para George Bataille el erotismo “es el acto mediante el cual se adentra la vida en la muerte”. Si regresamos al capítulo VII, en el que Demetrio lee la carta del tío Alberto ante Cemí y donde presumiblemente éste entra por primera vez en contacto con la poesía, observaremos que “al oír ese desfile verbal, tenía la misma sensación  que cuando, sentado en el muro del malecón, veía a los pescadores extraer a sus peces, cómo se retorcían, mientras la muerte los acogía en su cámara natural”, es decir, cómo se adentraba la vida en la muerte y “un viento ligero estremecía las palabras y les comunicaba una marcha”.

El mismo Bataille habla en Las lágrimas de eros “lágrimas” y “eros” formalizan la primera entidad anárquicadel orgasmo como de “la pequeña muerte”. En la cultura del Antiguo Egipto, el tribunal de los muertos es presidido por Osiris, el dios de la procreación. Reflexionando sobre la traducción occidental, especialmente angloamericana, de este diálogo muerte-vida, el propio Lezama, en un texto titulado “La egiptización americana”, comenta que mientras la pirámide egipcia intenta incrustar la muerte en el renacer del limo, el rascacielos occidental se convierte en una iluminación momentánea de la vida dentro de la muerte. En la cultura hindú, Siva encarna el dios de la muerte y otras el de la fertilidad. “Estoy enferma de amor”, dice la Sulamita de El Cantar de los Cantares, y “la cópula tiene el mismo rango que la muerte”, escribe nuestro contemporáneo Wat Whitman.

Esta milenaria inclinación del Eros hacia el Fátum y su contrapartida de sustancia fatal resolviéndose en vida a través de la experiencia erótica, se actualiza abierta y desordenadamente en las páginas de Paradiso. Si continuamos hurgando en la reacción de Cemí ante la lectura de la carta del tío Alberto, veremos que los “extraídos peces verbales” se retorcían en la superficie irrespirable y se adentraban poco a poco en la muerte, sólo que “era un retorcimiento de alegría jubilar, al formar un nuevo coro, un océano de oceánidas cantando al perderse entre las brumas”.

Pero hay tantos erotismos y éste es apenas la manifestación primaria de uno de ellos como culturas, y como muchas son las culturas que se entrecruzan en la novela de Lezama, también tendremos que encarar el entrecruzamiento de muchos erotismos, por lo que cualquier tentativa de inventario deberá ser asumida por sus lectores, cuando menos, colectivamente. De semejante ejercicio extraeremos que cada episodio es una penetrante expansión del Eros trascendido y verbalizado: Baldovina sirviéndose de remedios “homicidas” para aplacar el asma y borrar las ronchas del cuerpo del pequeño Cemí; una conversación de sobremesa en casa de los Olaya; las escenas escolares protagonizadas por Alberto y José Eugenio, y las que habrán de protagonizar después cada uno por separado; el internamiento del Coronel en un hospital de Estados Unidos; las últimas palabras intercambiadas con Oppiano Licario, y más tarde su muerte; las muertes del tío Alberto y de Andresito; el juego de yaquis de Rialta con sus hijos; la participación de Cemí en los disturbios de la Universidad; el diálogo de Foción con el padre de Fronesis en Villa Clara; el decisivo encuentro de Cemí con Oppiano en un ómnibus alucinado y al final, la muerte de éste, etc., son pasajes portadores de una conciencia erótica que precisan de otras vías de aproximación. Ya no bastan el espíritu romancesco o el ánimo constantemente eclipsado por la actividad y la iniciativa propias del texto, sin arrojo para la rapacidad y sujeto a leyes dictadas arbitrariamente por los ídolos baconianos que suelen valerse de ese tipo de huerta  para deshacer en los otros ese opuesto género de sabiduría y adivinación que reclama y azuza la nueva lectura.

Seguro, fajado por Dios,
entra el poderoso mulo en el abismo.

Las sucesivas coronas del desfiladero
–van creciendo corona tras corona–
y allí en lo alto la carroña
de las ancianas aves que en el cuello
muestran corona tras corona.

 

VI

Si nos servimos, para otra posible disección y sólo como proyecto metodológico, de las tres puntas amovibles del triángulo hegeliano: tesis, antítesis y síntesis (descendiente directo del tres pitagórico: la palabra simple, la jeroglífica y la simbólica, tan caro al sistema poético de Lezama) obtendremos nuevas clasificaciones para los erotismos contenidos en Paradiso, a cada uno de los cuales será preciso aplicar, dado su carácter infinito y circular, el mismo proceso.

Fronesis (en la Antigüedad griega la frónesis representaba la superación del conocimiento a través de la vida filosófica) en el que predomina el acento ético, profundo, sucesivo, nos entregará un erotismo tesis. Foción, que entraña el caos, el demonismo, la agilidad rebelde, lo épico, la autodestrucción, será portador de un erotismo antítesis, mientras que Cemí, la resistencia intuitiva progresando por medio del verbo hacia la poesía, los acogerá a ambos en un erotismo sintético, que permanecerá inconcluso hasta el arribo definitivo de Oppiano Licario. No es Cemí, sino Oppiano-Cemí, que significa Cemí-Fronesis-Foción, la cualidad enérgica donde verdaderamente se cumple la síntesis.

Aquí comenzaría un nuevo capítulo donde cada cual deberá emplear toda su inocencia y su imaginación para advertir cómo se acarician las palabras, como se ocultan de cierto lector para sentirse libres en su incesante comercio de carnalidad, cómo avanzan los verbos hacia su naturaleza epicúrea, cómo se arrullan, cómo verbo y palabra se frotan ardientemente para obtener, en el último rellano de su indeleble travesía triangular, eso que algunos llaman, con acierto, orgasmia, pero que yo prefiero sustituir por uno de sus más nobles sinónimos: endiosamiento.

Únicamente a través de la emoción y el reflejo sinceramente animal que aún no ha logrado arrebatarnos su majestad el Progreso, será posible reconocer, entre todos los hijos de Afrodita y Ares, a éste que se ha planteado como devenir una vida errátil y anónima. “Una palabra es ante todo sexualidad, erotismo decía en una entrevista Severo Sarduy. El lenguaje tiene, para mí, una verdadera capacidad de erección”. No se llega a esta respuesta por medio del chapoteo académico o el “ábrete sésamo” de la más refinada metodología. Es a través de una hilaza finísima que cuelga desde dentro hacia fuera y que, aún siendo, no a todos concede el don de detectar cuando un texto es, sencillamente, anorgásmico, porque tengo la certeza de que alrededor de este término y su contrario se han contoneado, con elegancia o mezquindad, las literaturas de siempre. Para reiterar a qué bando pertenecen Paradiso y José Lezama Lima, fueron escritas estas pocas palabras que ya casi terminan.

Seguir con su paso en el abismo.
Él no puede, no crea ni persigue,
ni brincan sus ojos
ni sus ojos buscan el secuestrado asilo
al borde preñado de la tierra.
No crea, eso es tal vez decir:
¿No siente, no ama ni pregunta?
El amor traído a la traición de alas sonrosadas,
infantil en su oscura caracola.
Su amor a los cuatro signos
del desfiladero, a las sucesivas coronas
en que asciende vidrioso, cegato,
como un oscuro cuerpo hinchado
por el agua de los orígenes,
no la de la redención y los perfumes.
Paso es el paso del mulo en el abismo.

VI

“Ser culto para ser libre”, escribió su compatriota José Martí, tan caro a sus afectos intelectuales, y si a algo le debe Lezama a la libertad que siempre lo acompañó, fue a su vasta cultura. De la soledad, dijo: “He sido un solitario que cultiva el diálogo con fanatismo. Creo que la compañía robustece la soledad, pero creo también que lo esencial del hombre es la soledad y la sombra que va proyectando en el muro”. De los jóvenes escritores, dijo: “Si un joven escritor no tiene confianza en sí mismo, de nada le valdrán los espaldarazos de todos los jurados del mundo”. De las publicaciones, dijo: “A mí nunca me ha interesado publicar sino hacer como aquel noble inglés que escribía sus poemas en papel de cigarrillo y después se los fumaba y exclamaba: lo interesante es crearlos”. De las definiciones, dijo: “Definir es cenizar”. Y cuando le preguntaron sobre lo que más admiraba de un escritor, dijo: “¿Lo que más admiro de un escritor? Que maneje fuerzas que lo arrebaten, que parezca que van a destruirlo. Que se apodere de ese reto y disuelva la resistencia. Que destruya el lenguaje y que cree el lenguaje. Que durante el día no tenga pasado y que por la noche sea milenario. Que le guste la granada que nunca ha probado y que le guste la guayaba que prueba todos los días. Que se acerque a las cosas por apetito y que se aleje por repugnancia”.

Nada de eso lo escribió Lezama, todo se lo dijo a una vieja grabadora de casetes respondiendo a preguntas que le hacían al azar, como al desgaire, y que él respondía de igual forma, al “lezámico modo”. Cuántos escritores pasarían madrugadas enteras buscando esas palabras para encontrarles un buen puesto en los recovecos de la página en blanco, mientras que a Lezama se le salían de la boca como el falso aire que se le atragantaba en los pulmones. Del asma dijo este asmático consumado, consumido y peregrino inmóvil para siempre: “El médico me ha dicho que es hongo que vive en el aire. Yo vivo como los suicidas, me sumerjo en la muerte y al despertar me entrego a los placeres de la resurrección. Yo mismo soy el asma, porque a la disnea de la enfermedad he sumado la disnea de la inmovilidad. Aquí estoy, en mi sillón, condenado a la quietud, ya peregrino inmóvil para siempre”.

A José María Andrés Fernando Lezama Lima, así como le faltaba el aire, le sobraban las palabras. Nació el 19 de diciembre de 1910 y murió el 9 de agosto de 1976. Próximamente estuviera cumpliendo cien años. En cierta ocasión, lo invitaron a dictar una conferencia a la revista Cuba Internacional. Ya en el estrado, alistó un cartapacio de páginas escritas a mano. El público se preparó para una charla de aproximadamente dos horas. Luego del consabido silencio, dijo: “Esta tarde vamos a hablar de José Martí”, y luego de una breve pausa, agregó: “Amigas, amigos. Martí es un misterio que nos acompaña. Muchas gracias… ¿Alguna pregunta?”. Y así concluyó su conferencia.

Amigas, amigos: José Lezama Lima es un misterio que nos acompaña. ¿Alguna pregunta? Muchas gracias.

UN POEMA DE ALBERTO RODRÍGUEZ TOSCA

 

Pandemónium de la libertad

 

A José Lezama Lima

 

De un lado de la reja, el prisionero;

del otro, el hombre libre.

Un tercero sentado al borde de la reja:

“¿Cuál es el prisionero cuál

el hombre libre?”

Ellos tampoco saben cuál es

el prisionero y cuál el hombre libre.

Los confunde la reja y el tercero

de arriba que vuelve a preguntar:

“¿Cuál es el prisionero cuál

el hombre libre?”

Y después les anuncia: “Yo soy

el tercero sentado en el borde de la reja”,

y más adelante: “Se terminó

la última visita”.

El hombre libre se sienta.

El prisionero no viene a verlo más.

Artemisa, La Habana, 1983

 

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Autor:

Psile et psole.

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