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No éramos nadie, por favor

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Para Ángela Reyes y Hernán Vargas, testigos del principio.

Hildebrando Porras volvió de Bogotá con la idea de fundar un periódico que se iba a llamar Birlibirteka.

Solíamos darnos cita en bares y cafeterías para conversar acerca de la futura publicación.

Saltábamos de Café y Licor a Tabaco y Café, del café aguado en La Cedrela a las cervezas en Vino Tinto. A nuestra mesa llegaban personas tan desocupadas, tan desorientadas como nosotros. A veces un vendedor de productos falsamente saludables, a veces una secretaria de juzgado que por fumar no hablaba. Otras, un pintor fracasado antes del inicio y un sujeto sin oficio que se denominaba a sí mismo “gestor cultural”, “cultor” o cosa peor.

Hablábamos de cine, de libros, de crear una fundación, una corporación, una asociación, un grupo de apoyo, una sociedad de mejoras, una chichería. Algo. Poco a poco la excusa del periódico se fue volviendo una carga explosiva para pensar y discutir asuntos como por qué el cine para nuestra generación fue sólo la televisión, o por qué no existía un festival fílmico serio en estas montañas.

La gente de otras mesas, de otras calles y casas nos veía como unos borrachines y unos haraganes cuya única seriedad llegaba a la hora de pagar las aguas aromáticas, los cafés y las cervezas, esa lenta reunión de monedas viejas – iguales a nuestros empeños -.

Todo empezó por una discusión trivial acerca del cine de Víctor Gaviria. No había plata para pagar cafés costosos y tuvimos que ir centrando nuestra palabrería incesante dentro de una lamentable tienda de esquina donde tratábamos de entender la razón por la cual a ‘Rodrigo D’ y a ‘La vendedora de rosas’ les había tocado la triste suerte de ejercer en este país esa pavorosa labor consistente en mostrar con seriedad lo que pasa, sin velos ni maquillajes.

El seis de febrero de 2006 Hildebrando Porras le propuso a la nave de los locos donde navegábamos, sin norte ni sur fijos, la creación de una fundación cinematográfica para realizar un documental que le iba a hacer justicia a Víctor Gaviria. Una especie de productora que entonces no tenía cámaras ni equipo técnico de ninguna clase, ni siquiera un cable. Porque nadie tenía dinero. Con lo único que se contaba era con los conocimientos de Hildebrando Porras y con el pírrico entusiasmo de sus amigos.

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La respuesta de quienes estábamos presentes fue reírnos incrédulos, compadecer a Porras o cambiar de tema.

Nadie le creyó.

Después de seis documentales, un cortometraje de ficción y dos cortos documentales, varios videoclips, incontables grabaciones híbridas que van desde cierta suspicaz crítica a la tauromaquia desde la tauromaquia misma hasta pilotos de programas televisivos de cocina; después de organizar un festival de cine en Duitama, remedo de ciudad que prefiere parir sueños muertos; después de recorrer con una cámara México, Argentina y media Colombia; tras haber sido elogiado por maestros a los que considerábamos irreales como Gustavo Nieto Roa, Luis Ospina o Lisandro Duque, y por las huestes más fieras de la crítica de cine nacional; después de haber colaborado en la gestación de una institución que defiende al cine regional en Boyacá de los grandes aparatos comerciales; después de todo lo que ha sucedido, todavía hay gente por estas calles y mesas de cafés que no lo cree, que considera a Porras como un individuo divertido que no ha conseguido trabajo estable.

Y benditos sean todos los dioses porque no lo ha conseguido.

Diez años después y entre el sinnúmero de historias que podrían narrarse acerca de Nadien Films, la primera productora de cine independiente que tuvo Boyacá, quizás convenga recordar cierto episodio con Orlando Acevedo que resume sin ambages lo que este proyecto ha sido. La productora iba a llamarse La Embajada Producciones. Acevedo, pragmático hombre de ciencia y experimentado rebuscador, nos aconsejó sin mirarnos, con desenfado temerario, bautizar la locura con un solo nombre breve. De ser posible, con una sola palabra. Hildebrando acostumbraba citar durante la conversación ordinaria una frase mezquina al mejor estilo del campo boyacense – en no pocas ocasiones resentido, solapado -: “¿Por qué no fui nadien?”. La ene final opera en esa palabra como una suerte de lamento, de manifestación del desengaño propia de la melancolía del boyacense. Nadien.

-Ese es el nombre que tiene que ponerle al proyecto – decretó Orlando Acevedo.

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Ninguneados por las personas de bien, motivos de risa, de conmiseración o de la más honda indiferencia para aquellos que triunfaron, ese era el único nombre que nos hormaba. Nadie. Nada. Nadien.

El periódico quedó en veremos.

Nadien tiene ahora un equipo profesional que está preparando el primer largometraje de Hildebrando Porras. Y el propio Porras es el menos interesado en celebrar aniversarios de su terquedad y obstinación. Volver la cara hacia el pasado sólo le produce cansancio.

Lo curioso de este esfuerzo casi agónico por hacer cine desde la provincia y la región (sobre todo en Boyacá, una tierra sin tradición cinematográfica, sin públicos y con los escupitajos y risotadas del vulgo como respuesta a cualquier intención artística) es que Nadien ha ido forjando un lenguaje muy personal y muy sólido para vernos y para ver lo que nos circunda. Las películas hablan por sí solas y dan cuenta de esto. No es poco.

El documental acerca de Víctor Gaviria es aun uno de los objetivos del realizador. Gaviria vino a Duitama cuando la productora apenas era un propósito quimérico. Exhibió sus films, dio consejos y se divirtió como enano  – como solo un antioqueño puede entretenerse entre boyacenses -. Quedó convertido en el primer padrino de Nadien cuando leyó un poema que, con todos estos vendavales y volquetas que le han pasado por encima al proyecto vital de Hildebrando Porras, se volvió la insignia, la bandera y el credo de su trabajo. El poema se titula ‘A ustedes pensamientos’.

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A ustedes, pensamientos, agradezco que no me hayan traicionado,y que se hayan escondido tan hondo detrás de mi cara,que yo haya estado con tanta gente en fiestas y reuniones de trabajo,y ustedes hayan permanecido silenciosos,sin hacer huir a nadie de mí,y no hayan hecho ruido involuntario como lo hacen algunos vasos o sillas que se caen de extraña inquietud…

A ustedes, pensamientos, agradezco haber esperado tanto tiempo en la última pieza honda de mi vida,sobre todo porque han hecho que algunos me amen por escucharlos sin decirles nada, por estar ahí como una compañía que tanto necesitan las cosas,por estar ahí en las largas noches en que no éramos nadie, por favor, no éramos nadie,y el viento nos barría…

Una década ha transcurrido.

Nadien Films sigue haciendo cine cada vez que no se puede.

Y la cafetería aún continúa abierta.

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Autor:

Psile et psole.

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