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Contra Jaime Gil de Biedma

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Por culpa de la publicación de sus diarios íntimos es posible que no se vuelva a leer a Jaime Gil de Biedma como hasta ahora.

Al punto de que podría afirmarse lo siguiente: esos diarios puestos en letras de molde son un parteaguas en la vida y en la poesía de su autor. Lo que ahí puede leerse, además de la consabida (y esperada) pesquisa personal a una vocación literaria, es al mismo tiempo la desnudez más oprobiosa, la manifestación sincera de una promiscuidad sin límites, tal vez el cinismo y el descaro absoluto.

Se descubre, de pronto, que Gil de Biedma no es una buena persona. Y eso puede llevar a un lector ocasional a medir la obra literaria con raseros muy desconfiados. Atar cabos será la tarea posterior: deducir las perversas intenciones con las cuales se escribieron ciertos poemas, los giros malintencionados en algunos versos.

De ahí a quizá dejarlo de leer solo hay un paso.

Sin embargo, el problema aquí no reside en Gil de Biedma, que pudo haber hecho de su camisa un saco, y de hecho lo hizo, sin dejar de escribir una poesía necesaria y nutritiva como pocas en nuestro idioma. Lo inquietante se encuentra en el actual lector del promedio, larvado por una ideal (y fantasiosa) corrección política, que necesita impecables, incluso angelicales, a los artistas. Si esos artistas no se les presentan como personas sin abismos considerables, estos lectores rechazarán de plano, de un plumazo, las propuestas que les están trayendo.

Ayer Roman Polanski satanizado por líos con una menor de edad; no hace mucho Woody Allen convertido en carne de cañón debido a su aparente pederastia. Existen muchos públicos, más de los que se pudiera imaginar, que ya ante la sola mención de estos nombres establecen un muro. Y que han abandonado el aprecio por los films pues ven en ellos huellas del pecado y del delito. Quizás con Jaime Gil de Biedma ocurrirá lo mismo. Se le marginará por sus oscuridades antes incluso de repasar o siquiera de abordar su obra.

Discutir obviedades se ha convertido en una práctica excesivamente frecuente en estos tiempos de altas velocidades que niegan los contextos o los desconocen.

Es inútil decirle a un reciente abominador de Gil de Biedma que la vida del poeta en ocasiones pocos roces tiene con lo que escribe.

No solo porque el poema es un artificio, y por más que trate de develar la vida y los hechos reales, resulta escaso de anécdotas literales, o de consejas familiares. También porque en el caso del poeta español hay una búsqueda de desapego entre el presente fatigoso y la anhelada juventud vivida a morro; como no podía volver a vivir la intensidad de los primeros años, terminaba poetizándola.

La única esperanza es que el lector convencional siga desconociendo a Jaime Gil de Biedma. Así, seguirá acudiendo a esos nefastos volúmenes de autoayuda o a los que les digan que este es el mejor de los mundos posibles.

Y nunca sabrá, ni por asomo, que alguien con una vida sórdida, escandalosa, escribió una poesía cálida, lumínica.

Por custodiar su decencia dejará de leer esos esplendorosos versos escritos por Gil de Biedma.

Será mejor así.

 

 

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Autor:

Psile et psole.

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