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Esperando el juicio final – Una crónica de Gerson Flórez

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Donde termina la avenida de Las Américas y comienza otra carretera, muy cerca del comercio de lápidas y flores, está el cementerio de Duitama. Es una construcción blanca, sencilla, ocupa unas dos manzanas de espacio, desde el aire se ve como un gran rectángulo, por dentro está adornada por el colorido de las ofrendas florales.

En este lugar de muerte, también llamado campo santo, donde se escucha el zumbido esporádico de insectos que transitan de una rosa a un girasol, uno que otro pájaro perdido, el murmullo de voces que tratan de coordinar oraciones y salmos, en este lugar donde se tejen historias de fantasmas que nadie ve, y rumores peregrinos que relatan la aparición de siluetas que caminan en las noches, sin tampoco haber sido vistas, en este sitio descansan los restos mortales de muchos.

Para la tradición religiosa católica los cadáveres esperan el juicio final, en el que Jesucristo tendrá a su decisión o arbitrio, para conceder la vida eterna en un paraíso, o un castigo infinito en el infierno, de acuerdo al comportamiento que hayan tenido los mortales.  Un acontecimiento que no se sabe cuánto tiempo falta para que llegue. Por eso los difuntos permanecen en una especie de limbo protegido por el hormigón, atrapados en tumbas bien selladas con cemento y ladrillo; ahí, los huesos y la carne hecha polvo esperan el llamado del creador que está en el cielo.

Los creyentes tienen la convicción de que luego de la muerte vendrá la resurrección, con la cual se tendrá una mejor vida, esto ocurrirá en el final de los tiempos, es decir, en la terminación del mundo. El juicio final está cerca, siempre corren los comentarios, que al escucharlos, producen escalofrío. Una legión de ángeles hará sonar sus trompetas para anunciarlo.

Pero mientras eso ocurre, cientos de visitantes preparan a sus familiares difuntos para ese acontecimiento, el día en el que se reencontrarán, por ahora a estos restos humanos que  yacen en este cementerio les llevan flores, les rezan el rosario y les ofrecen celebraciones eucarísticas. Ellos seguirán vivos en la memoria cada vez que sean visitados y por supuesto recordados.

Lo sabe muy bien Juan Bautista Amézquita, uno de los sepultureros del cementerio. Aunque no me dijo cuántos años tiene, podría estar llegando a los 60.  Lleva veinte años enterrando muertos, reconoce el olor de la flor fresca,   ha visto miles de veces la huella de sal que dejan las lágrimas, son tantas veces como tumbas que hay en el lugar. Ha acompañado en la recta final a los difuntos aún sin conocerlos, y los ha vuelto a desenterrar años después sin recordarlos.

Para entrar al cementerio se pasa por una reja, al costado izquierdo está la   capilla y, al frente la escultura de un ángel con sus alas alargadas, tiene una capa azul y mira desde lo alto a los visitantes, lo hace de pie sobre una esfera que representa el mundo, la imagen sostiene una trompeta con fuerza, alude a uno de esos pasajes del fin del mundo que relata el libro del Apocalipsis en la Biblia

Con Juan tomamos la opción de caminar hacia la derecha, casi en un movimiento sincronizado, el sepulturero no me pierde de vista, me mira tratando de averiguar por qué estoy aquí.

— El cementerio está ordenado por secciones o pabellones, bautizados con nombres bíblicos. –dice Juan.

Ahora el empleado, que viste de camiseta verde de manga corta, se da un giro y señala con el brazo en alto un bloque de dos pisos.

–Es el pabellón de san Marcos, la primera construcción que se hizo para los osarios—explica Juan.

Juan continúa relatando que en este lugar se dejan los restos humanos al haber sido exhumados o sacados de su tumba luego de haber permanecido durante siete años. También hay cenizarios, porque los familiares han cremado los restos mortales de sus difuntos.

–De aquí ya no se vuelven a sacar–, afirma el sepulturero mientras señala una bóveda.

Juan se va tomando más confianza para que el diálogo sea más fluido, y así es, me dice que en este cementerio debe haber unas diez mil bóvedas. Es un número que se le viene a la memoria. Seguro que la cantidad de despojos sepultados aumenta, porque en los osarios han sido enterrados hasta tres cofres, en algunos casos.

Es un día soleado, el cielo está despejado y azul, sin el asomo de nubes. Pero corre un frío helado por todo el lugar, casi que se siente de donde viene la brisa antes de pegar contra las tumbas y unos pinos que han podado. El aire congela los dedos de los pies y la nariz.

El recorrido nos lleva a un paisaje que no va a cambiar en adelante, que es la combinación del blanco y los grises, un ambiente parecido a la neblina, a una gigantesca colmena de mármol gris, donde abundan las lápidas adornadas con el colorido de las flores.

Las bóvedas que están en perfecto orden son para guardar los cuerpos que han sido sepultados según la tradición cristiana.

Una hilera interminable de columnas tan altas que pueden llegar a un segundo piso, sostienen el panteón, y protegen a los restos mortales de la lluvia y el sol. Las tumbas son uniformes, tienen un nombre, la fecha de nacimiento y el día que fallecieron. No hay epitafios o últimas palabras con las cuales los difuntos habrían querido ser recordados. En la formación académica nos motivan a prepararnos para dejar una huella, de alguna manera esperamos no pasar desapercibidos, pero de qué nos sirve ser la inspiración de alguien, ya muertos no vamos a poder sentir la admiración de nadie.

Y le pregunto a Juan. ¿Para qué queremos ser recordados?

Juan se detiene, mira a su alrededor, se rasca la nuca, aprieta los labios. Lo veo en apuros con la respuesta. Si los filósofos no han resuelto ese problema, entonces, ¿por qué él tiene que solucionar mis dilemas existenciales?

Juan, toma aire.

–Aquí la gente llora y se desgarra a última hora, ya para qué, eso es en vida que se le debe decir a las personas cuanto las queremos—responde el sepulturero.

Y  me sigue narrando que, meses después de haber sepultado a los difuntos, los familiares o amigos vienen a visitarlos, se nota que sienten más dolor por sus expresiones salidas de control, gritan, lloran, hasta entran al cementerio bien borrachos.

Es la conclusión más sencilla y contundente que resuelve las preguntas que he tratado de responder en mi paso por este cementerio, y por si acaso, se adelantó al cuestionamiento de lo que va a suceder en el juicio final, porque, somos los únicos responsables con el porvenir que le demos a nuestra vida, bueno o malo, es lo que nos queda, punto.

¿Aquí asustan? le pregunto a Juan.

–No. —Dice el sepulturero con un tono seco y seguro. Le creo.

Sin embargo me cuenta que hay mucha gente que habla de espantos que él no ha visto, por lo menos no en este lugar, aunque si escucha que sucede en otros cementerios.

Juan recuerda que cuando empezó a trabajar, el sepulturero de esa época le relató cómo había sacado o exhumado a un cadáver, pero no hallaron ningún hueso o resto humano, solo encontraron el vestido completo con el que fue enterrado. Se murmuraba que ese difunto hacía brujería. Es la única historia que ha escuchado. En este cementerio hay muchos despojos humanos, sus almas descansan tranquilamente, no están allí para espantar a los visitantes, solo duermen esperando la resurrección.

–A los muertos no hay que tenerles miedo, pero si a los vivos—dice el sepulturero, tratando de espantar el miedo.

Y continúa con confianza narrando Juan, esa misma confianza que da el conocer a alguien a través de la charla, que una vez tuvo que impedir que se robaran unas lápidas, los asaltantes entraron por un muro que estaba al fondo del gran panteón, mucho antes de que se terminara la construcción actual del cementerio.

–Hace muchos años las lápidas las hacían con bronce y aluminio, ese material atraía a los ladrones, que luego ellos vendían para volverlas a fundir como chatarra—explica el sepulturero.

En el recorrido nos aproximamos al extremo posterior del cementerio, para cortar el silencio, Juan señala un bloque de lápidas, es de dos pisos, y me dice que es  el pabellón de san Roberto, donde los difuntos se han sepultado para siempre—o bueno, mientras llega el juicio final–.

Me cuenta Juan que ha sido el único acompañante de los difuntos que nadie reclama, sobre todo los viejos que terminaron sus últimos días en el ancianato de Duitama. No hay ceremonias antes de ser sepultados, es un acto solitario, sin compañía, lo único que se escucha es el golpe del palustre tratando de acomodar ladrillos y esta misma herramienta en el fondo de un recipiente raspando la mezcla.

Las tumbas de los N.N. (ningún nombre) están ubicadas en la parte más alta, en las últimas bóvedas, aunque tuvieran un nombre no es posible ver con tanta facilidad. Y no tienen flores, ahí se rompe la armonía del colorido y los arreglos florales.

Cuando nos aproximamos a un pabellón que no se parece a los demás, porque allí se ven juguetes pequeños, fotografías, muñecos infantiles y otros adornos de sala de niños de un hospital. Juan me comenta que son las tumbas de los angelitos.

–Los restos humanos de los niños solo están cinco años en las bóvedas—reitera el sepulturero.

Llegando al final del recorrido, Juan advierte que la muerte es algo que nos toca a todos, tenemos que aceptarlo o no. En este punto el sepulturero se escucha con una voz serena un semblante tranquilo. También me dice que en este lugar no hay estratos ni clases sociales, aquí está el ser humano que no tuvo muchos bienes materiales o propiedades, riquezas, o personas que también las tuvieron, sin embargo con esos bienes muebles o inmuebles no los enterraron.

Antes de despedirse el sepulturero me cuenta que los lunes es el día de mayor ingreso de visitas, la gente reza sus oraciones, ofrece rosarios, por ser el día de las ánimas. Saben también que los martes las canecas están llenas de flores marchitas, o que fueron cambiadas. De esta manera conocen que muchos familiares vinieron a acompañar a los difuntos. Estuvieron otro momento antes del juicio final.

–Me tengo que ir a preparar una bóveda, hoy hay otro sepelio—me dice Juan mientras mira su reloj y camina en la dirección del pabellón de san Marcos, donde comenzó el recorrido.

Antes de cruzar la reja, veo a visitantes que traen flores, que llevan en sus manos los rosarios, que se persignan en la frente con la cruz. El ángel inmenso me mira mientras camino de espaldas a él. La inmensa escultura me espera con paciencia.

 

 

 

(Fotografía del Cementerio de Duitama: Milena Celis)

 

 

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Autor:

Psile et psole.

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