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Entrevista a Diego Rojas para la revista Alucine

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Comencemos con el envidiable palmarés de Diego Rojas, que lo convierte en una autoridad incuestionable dentro de nuestra cinematografía.

Realizador, investigador, crítico, docente y productor de medios audiovisuales. Con Patricia Restrepo realizó la serie Imágenes en movimiento. Investigador-guionista de De la ilusión al desconcierto: Cine Colombiano 1970-1995 dirigida por Luis Ospina. Ha publicado en Cinemateca, Cine y Cuadernos de Cine; coautor de los libros: Manual de Apreciación Cinematográfica, Filmar en Colombia y Tiempos del Olympia. Escribe para Gran Enciclopedia de Colombia, Revista Credencial Historia y South American Cinema 1915 – 1994. Trabaja en rescate, restauración y preservación de la memoria audiovisual colombiana, como profesional independiente y como Subdirector Técnico de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano; integra el Comité Asesor para el Programa de Fortalecimiento del Patrimonio Audiovisual Colombiano. Participó en la curaduría de la Muestra Internacional Documental de Bogotá. Catedrático de cine en las universidades de Los Andes y Central de Bogotá. Investigador para Descubriendo miradas: el cine colombiano y la Cinemateca Distrital 1971–2003 y para el Diccionario del cine iberoamericano: España, Portugal y América.

Consultor del Ministerio de Cultura en Indagación diagnóstica sobre la investigación del cine colombiano, ha participado en el Observatorio Latinoamericano de Teoría e Historia del Cine, y en encuentros de investigadores en cine.

 

“ A mí no me gusta mucho el apelativo ‘crítico de cine’ – aclara antes de las preguntas –. “Prefiero la docencia y la investigación: me parecen campos más fructíferos, más interesantes que el de la mera crítica de cine. Me sumo más bien a la escuela de los que Andrés Caicedo llamaba ‘espectadores atentos’ ”.

 

 

Cómo podría describirse la tradición cinematográfica en Boyacá. Sabemos que es abundante y extensa. Aquí se hace cine desde hace muchísimo tiempo.

 

Tendría uno que remontarse casi que al Himno Nacional, que hace un llamado muy concreto cuando dice: “De Boyacá en los campos…” para poder ver a los cineastas visualizando unos paisajes y una región tan rica visual e históricamente. Empezaría mencionando un proyecto fallido de los pioneros del cine colombiano, los hermanos Di Doménico. A comienzos del siglo pasado uno de los proyectos que tenían era recrear la gesta de la Batalla de Boyacá. Se anuncia la película en la prensa, se dice incluso que va a contar con la asesoría de la Academia de Historia. Pero ese proyecto naufragó en medio de la polémica absurda que desató la película ‘El drama de 15 de octubre’ por el asesinato de Rafael Uribe Uribe. Lo de la Batalla de Boyacá es un referente histórico importante lamentablemente no realizado.

Creo que en la tradición documental colombiana Boyacá ha sido uno de los escenarios favoritos para documentalistas como Marco Tulio Lizarazo, que durante los años cuarenta y cincuenta hizo películas sobre sitios y lugares boyacenses. Ya entrando en la era del medio siglo hasta acá me referiría a un cine que se hizo en los años setenta y ochenta llamado “Cine de Sobreprecio” (que recogía parte de la anterior tradición documental) para el cual Boyacá fue uno de los lugares preferidos y privilegiados. Aunque estos cortometrajes no le hacían justicia a la calidad que requiere el género documental. Muchas veces el equipo de cineastas emprendía viaje de fin de semana a Villa de Leyva – uno de los sitios más fotografiados y más filmados de nuestro cine -, hacían varias tomas, filmaban las calles, las casas, las iglesias, los parajes cercanos; a esas tomas se les adicionaba por lo general una música de clavicémbalo y un texto de locución que hablaba de la rica tradición histórica de aquélla villa colonial.

Tal vez podrían mencionarse algunas películas de acción que hoy están perdidas y que encontraron en Boyacá un paisaje desértico para un género como el Western, por ejemplo. Hay una película lamentablemente olvidada, ‘La balada de la primera muerte’ dirigida por Erwin Goggel y Sebastián Ospina, que es una revisión de ese paisaje. También ‘Aquileo Venganza’, hecho en 1969, de Ciro Durán, es un western filmado en Villa de Leyva.

Daría un salto abrupto para mencionar una serie de películas que se han hecho en Boyacá. ‘Cenizas de amor’, de Pablo Mora, un largometraje en vídeo, de 1993, 1994, sobre cultura y tradiciones boyacenses  que lamentablemente no se ha dado a conocer ni ha sido difundido como se debe. En la interesante obra del cineasta independiente Jorge Echeverry, especialmente en sus largometrajes ‘Terminal’ y ‘Malamor’, aunque no se centran propiamente en escenarios boyacenses el Nevado del Cocuy, por ejemplo, juega un papel fundamental en ellos (también para Echeverry como excelso fotógrafo que es) y que tiene una intensidad que va acorde con la fuerza y el drama interior de sus personajes. ‘Reputado’, que forma parte de los largometrajes de Focine de los años ochenta, dirigido por Sylvia Amaya en 1986, es una película de ficción sobre la Guerra de Los Mil Días; se realiza en Villa de Leyva y sus entornos.

Villa de Leyva es más un escenario que el pretexto para una búsqueda expresiva de una región, una idiosincrasia y una manera de ser particular. No puedo dejar de mencionar a ‘Cobra Verde’ de Werner Herzog, que tuvo varios escenarios colombianos, pero con importancia en Villa de Leyva.

Al hablar de cine en Boyacá es imprescindible mencionar a Gustavo Nieto Roa. Oriundo de Tunja. Ha estado muy activo en el oficio audiovisual desde los años setenta, una vez regresó al país. Fue un hombre fundamental en la época del “Sobreprecio”. Produjo y dirigió muchos cortometrajes de este periodo. Algunos de ellos referidos a las bellezas y riquezas de Boyacá. Ha sido también un connotado y prolijo director de largometrajes. Algunos ya clásicos en comedia como ‘El taxista millonario’, dramas como ‘Aura o las violetas’, grabada en parte dentro de Boyacá, o ‘Caín’, basado en el libro de Eduardo Caballero Calderón. Se mantiene activo. Acaba de estrenar su largometraje ‘Mariposas verdes’, acerca del matoneo en los colegios. Es un nombre fundamental del cine en Boyacá.

No quisiera dejar de mencionar otro nombre fundamental en la cinematografía boyacense: Julio Roberto Peña. Productor y director de Moniquirá, quien a lo largo de su abundante carrera incursionó en la enseñanza, la actividad gremial y obviamente en el quehacer cinematográfico. Peña falleció a mediados de julio pasado. Y creo que bien vale la pena esta mención a manera de homenaje póstumo.

Por último menciono un largometraje no muy conocido que formaba parte de un proyecto llamado ‘De Amores y Delitos’. Se trata de ‘El alma del maíz’, también realizado en Villa de Leyva con la producción de Audiovisuales, y dirigido por Patricia Restrepo, sobre la rebelión de los chicheros a cambio de las rentas del aguardiente en la Colonia.

 

 

¿Y el cine actual que se hace en Boyacá? ¿Qué proyección tiene en el ámbito nacional?

 

Tengo que confesar un pecado muy grande: un amplio desconocimiento del día a día y de la producción regional que ha llegado del cine boyacense. Pero sí quisiera subrayar una obra de un personaje que, si bien es bogotano, tiene fuertes ancestros y arraigo en el alma boyacense: Rubén Mendoza. Uno de sus primeros cortometrajes es ya emblemático en la historia de nuestra cinematografía, ‘La Cerca’, hecho en Boyacá y que se adentra en lo más profundo del ser de la violencia en el campo colombiano, algo que lleva muy obsesivamente como creador Mendoza y que da cuenta de ese drama con una gran calidad. Este referente lo mantiene en sus posteriores trabajos. ‘La sociedad del semáforo’ tiene segmentos muy importantes en Boyacá, ‘Tierra en la lengua’ pasa por Boyacá pero se desvía hacia los Llanos Orientales. Su último largometraje documental, ‘Señorita María. La falda de la montaña’, estrenado en Cartagena, en este momento está recorriendo festivales, afincado en un personaje de la región de Boavita, en Boyacá.

 

 

Qué consejo podría darles a los realizadores que están luchando por el cine desde la provincia.

 

Les diría simplemente que sigan guerreando. Quisiera matizar algo: por fortuna, para quienes tenemos varios años a cuestas, cuando empezábamos el cine corría a través del celuloide y de la visión foto fílmica con unos costos increíbles hoy en día. La cuestión del cine era quijotesca y casi que quimérica. Actualmente con el desarrollo vertiginoso de la tecnología se ha propiciado una gran accesibilidad a los medios para trabajar lo audiovisual. Eso hace que por lo menos desde el punto de vista logístico inmediato sea posible hacer cine con más facilidad. Pero lo que finalmente hace que un creador audiovisual pueda llegar a algo fijo es primero no cejar en el empeño, segundo escudriñar dentro de sí, dentro de su naturaleza, en busca de algo que puede sonar absurdo pero que para mí es una máxima fundamental en el arte: su verdad, la verdad. La verdad que tiene para reconocerse y para relacionarse con una realidad. Y en la medida en que tome esa posición, esa actitud creativa, es el entorno el que lo va a alimentar. Cualquier creador tiene dentro un mundo sobre el cual dar cuenta, historias, personajes, relatos, que tienen que ver con su propia verdad. Sin recurrir a artificiosidades se puede avanzar en el quehacer y en la creación audiovisual.

 

¿Se justifica seguir publicando revistas y material escrito en físico alrededor de lo cinematográfico? ¿Contribuyen esas publicaciones al desarrollo de la cinematografía?

 

Me metes en un debate y en unas disyuntivas histórico – cósmicas un poco complicadas. Es la gran discusión…si se va a morir el libro…Como me desempeño en los campos de la archivística fílmica y audiovisual, soy de la corriente de que por más que avancemos en lo digital si la preservación no se hace a través del celuloide, si no volvemos al celuloide, el camino está perdido. Lo digital no nos garantiza nada. Todo esto tiene que ver con la memoria, y si la memoria no se conserva ni se atesora, se pierde. En ese sentido el amplio universo digital, este torbellino digital de hoy en día, internet, la abundancia de páginas, todo eso, es un universo gigantesco pero igualmente vulnerable. La memoria en papel es imperecedera. El mundo de lo digital ofrece una gran accesibilidad pero a su vez una gran vulnerabilidad.

El problema es el repositorio donde todo esto se va a guardar. Ya la pregunta que me formulas, “¿Se justifica?”, desde términos de costo – beneficio la respondemos asegurando que entre una publicación impresa y una digital hay una lucha de David contra Goliat. Ahí las leyes del mercado son las que rigen como una espada de Damocles sobre absolutamente todo. Pero claro que se justifica. El dilema es quién paga el pato, quién paga los costos de hacer la publicación. La respuesta para justificar los costos propiamente dichos es la perdurabilidad que mencionaba, la posibilidad de acceso.

En internet se supone que está todo. Pero les planteo un reto: encuentren una cosa concreta en ese maremágnum. A ver si no se van a tropezar con limitaciones para acceder a lo que están buscando. Sé que es una respuesta divagada la que les estoy brindando, pero es que como te dije al principio esta es una problemática de niveles cósmicos.

 

 

(En ALUCINE – Edición 5 – Julio a septiembre – 2017).

 

 

 

 

 

 

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