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Pandora

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Para R. L. V. 

 

En el presente ensayo expondremos cómo la tapa

y su contenido, categorías de un todo

desconocido para usted, para nosotros,

son expresión de una connotada recompensa

subtextual.

 

La exposición consta de dos partes.

‘Tapa’, narraciones, descripciones,

subterfugios a fin de identificar unas u otras

como adecuadas – según se disocien

sin identidades significativas –.

 

Aquello que logremos identificar

serán premisas

de parciales especulaciones que conducirán

quizá, quién sabe,

a una adivinanza

casi

total,

de la cual trataremos en la parte segunda, ‘Premio’.

 

Hay en la tapa, dentro quizás o junto a ella,

un relato con alto grado de generalidad,

que no de abstracción.

Mínima extensión / Máxima tal vez.

Comprensión

a la cual llamaremos Pretexto Condicionador.

 

Consta de dos elementos,

a saber:

Tapa sin desenroscar

Tapa desenroscada

Cuatro cuentos están contenidos

en la extensión de estos elementos.

En ellos el pretexto se especifica

aunque no hubiere necesidad.

a)Tapa sin desenroscar que no es considerada.

b)Tapa sin desenroscar que lo es.

y) Tapa desenroscada que no se ha considerado.

z) Tapa desenroscada que lo será.

Donde:

a)La tapa más que en sí misma

por sí

misma.

 

b)Un juego de cábalas.

Pregustación de Pandora,

quien viene llamada como sin llamar.

 

y) Todo lo que podría esperarse

de esta declaración no sumaria.

z) Molicie.

 

Hay también variantes externas a la tapa.

Sucede así en instancias cubiertas

como en las contingencias externas

al premio.

 

Nadie se llame a temor o risa,

pues premio sin arandelas fútiles

sólo cercena.

En cuanto a arandelas nobles las del daño.

Hesiodo            para un caso.

Graves              para otro, por si faltare

Confianza.

 

Plano de expresión,

pretexto, resultan

en el ademán expresivo

miembros del paradigma

de pronto,

cuyas coyunturas son:

 

Jofaina era,

era ánfora,

no caja.

 

Llevaba tapa.

 

Al desenroscarse

logra leerse

el premio.

 

Historias de mujeres aparecen

pues no sería este un recipiente

ni esto su líquido

si no fuera así.

 

Creada por los dioses

en venganza contra Físido,

Prometeo

o quien se haya robado el fuego.

 

No como se suele soñar

con el fin de desenroscar la tapa

y desatar todos los premios,

los males convenientes,

los bienes que imaginamos,

el anhelo

entre la hez del líquido,

aquello no bebido ni premiado,

no

por necesidad.

 

Creada

para anunciar lo dicho por la tapa,

Pandora.

Responsable de todos los premios.

 

Los cuatro relatos generales son marco de descripciones

Unívocas,

Explícitas.

Los observaremos.

 

La tapa duerme el sueño de los santos.

Despide un color atractivo que por tal razón es desechado.

Pandora: la tapa sobre la palma de su mano.

La mano cerrada, firme, con el anuncio del premio,

cualquiera,

entre ella.

 

Berkeley negó

que hubiera un objeto detrás de las impresiones

de los sentidos.

Jorge Luis Borges

Nueva refutación del tiempo

 

Es

momento

de vislumbrar

algunos giros de la tapa

rosca

a la izquierda,

nuestra

izquierda.

Dos se encuentran.

La mujer que posee todos los dones.

El recipiente, su sello, sobre la cúspide.

Cuánto puede ofrecer la dama.

Cuánto negará el reverso de la tapa.

Como mucho, un premio.

Nos desplomaremos.

Entonces a observar de soslayo esa cara

invertida

dentro de la tapa.

Una vez cotejado el contenido,

dos se apartan.

No hubo tiempo de conversar acerca del premio,

solo quedó el desenroscar.

Peste,

plenitud lesa,

humanidad, rapto de dichas.

 

 

La tapa

ya desenroscada,       por desenroscar,

Eva,              Pandora,

 

gracias a quien conoces,

gracias a quien supiste,

aquella por quien tus antepasados,

neblinosos,

ya

no sabrán conocer.

 

¿Dónde reclamar?

¿Dónde reclamar el premio?

 

 

 

 

(Para la convocatoria ‘Poemas sobre Taparroscas que Llevan Premio’)

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Las novelas de León de Greiff

 

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Por: Darío Rodríguez

Imaginar novelista a León de Greiff. Dice de él Juan Luis Panero: “…rezagado del romanticismo, rezagado de la vanguardia y del modernismo”. De Greiff aprovechó estas circunstancias para edificar toda su obra a partir de cierto retraso. Ese mismo destino, derivado en versos, en poemas multiformes, no riñe con el rumbo que hubiera tomado si se le hubiese ocurrido escribir novelas.

Y aquí deben los lectores entusiastas o avisados olvidar las ‘Prosas de Gaspar’, textos de un León de Greiff alejado de la idea canónica de prosa – así como en algunos de sus poemas a los cuales titula ‘relatos’, extensas odas más cercanas a la épica que a la narración -, vecinas o primas de los ‘Pequeños poemas en prosa’ de su amado Baudelaire o del mismo ‘Gaspar de la noche’ escrito por Aloisyus Bertrand.

El León de Greiff que hubiese escrito novelas habría estado más cerca de nuestro siglo XXI que del siglo XX donde elaboró auténticos tesoros del idioma y de los hallazgos, como ese libro juvenil y al mismo tiempo maduro titulado ‘Variaciones alredor de nada’.

Habría llegado tarde, por ejemplo, a ese fenómeno que algunos expertos denominan “autoficción”. Y por tanto, determinada porción de su novelística hubiera sido un  cadencioso mentir y un dichoso falsear en torno a su historia familiar y personal. Hasta lograr varias versiones engañosas de un ingeniero civil que inspeccionaba la noche, vadeaba el río Cauca, establecía una saga narrativa de Bolombolo, y ofrecía cada tanto versiones muy disímiles del mismo asunto – por inane que fuese -, cada una tan sólida, tan digna como las demás.

Se habría tardado en plantar baza sobre cierta novela fragmentaria y fisurada en amplios trozos. Reduciría aún hasta el átomo lo ya fragmentado de tal manera que no le temería a presentar bloques enteros de narraciones consolidadas en sílabas, fonemas y onomatopeyas.

Un León de Greiff novelista no hubiera pasado de ser algo insólito, sin difusión, con escasísimos lectores. Y justo ahí, en esa penumbra, residiría toda su valía.

Se suele hablar casi hasta el hartazgo de “la novela del futuro”. León de Greiff es una fina muestra de cierta ineficiencia dentro de esa expresión. Porque la novela finca algunos gramos de su propia supervivencia en el hecho de brindar impresiones de agonía, peligro de extinción o inexistencia. Algunos promotores del apocalipsis cotidiano hablan, asimismo, del “ocaso de la novela” y de que al menor descuido (nuestro y de ellos) la novela va a terminar muriéndose y ni siquiera lo vamos a notar.

Como en la arcaica, compleja, anacrónica y por ende siempre fresca poesía de León de Greiff – que no le temió al verso repujado ni a hacer lo que ya no se usaba – la forma literaria novela sobrevive gracias al despiste acerca de su propio final. Y por esto relacionarla con el porvenir, o pensar en un mejor mañana para ella, es necio.

Porque el futuro será, o es, también una novela. Tal vez una suma de novelas.

Y está bien que así sea para que pueda salir con algo inesperado.

Tal como León de Greiff, que en plena ancianidad vigorosa, esa adolescencia octogenaria alcanzada a vivir con lucidez, se atrevió a escribir poemas de estructuras convencionales, incluso relamidas, muy probadas.

La senectud y lo obsoleto salvan a la novela en el mismo nivel en que lo hacen los vanguardismos y las experimentaciones al uso. Pues quizá no exista nada más osado ni provocador que las viejas fórmulas de siempre, las sendas ya recorridas, esas antiguas alamedas por donde ninguna persona sofisticada y enterada querría pasar.

Una medicina chapada a la antigua para esa enfermedad que consiste en buscar lo nuevo todos los días de todas las semanas.

 

(Publicado en Ideograma, Revista Cultural – Corporación Alejandría – Tunja – Boyacá- Colombia – Octubre / Noviembre 2017)

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‘Sé’ – Ito Naga (Traducción de Daniela Camacho).

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  1. Sé que es tentador ver señales en las coincidencias.
  2. Sé que, en ciertas tradiciones, se cree que el alma regresa cuarenta días después de la muerte, luego mil días después.
  3. Sé que a veces paso debajo de una escalera. Sólo para ver.
  4. Sé que si hoy vemos Alfa Centauri como era hace aproximadamente cuatro años, rara vez pensamos a la inversa (de allá, vemos la Tierra como era hace aproximadamente cuatro años).
  5. Sé que la visión etnocentrista del mundo aún tiene un futuro prometedor.
  6. Sé que, si te veo, puedes verme, que los rayos de luz pueden seguir el mismo camino en ambas direcciones. ¿Por qué sería esto tan evidente?
  7. Sé que la infinitud del cielo y de las nubes que vemos cuando somos niños es una imagen que dura toda la vida.
  8. Sé que es difícil imaginar al Altísimo sepultado en el universo arrugado que predice la física.
  9. Sé que sólo en sueños se puede imaginar a Dios muy pequeño y arrasado por un simple golpe de viento.
  10. Sé que siempre imaginamos el más allá como el cosmos. ¿Por qué no como una madriguera de conejo?
  11. Sé que, en el vacío cósmico, los ángeles no necesitan alas. No hay aire para contenerlos.
  12. Sé que un ángel sin alas no es un ángel.
  13. Sé que incluso los astrónomos olvidan que la Tierra sigue girando cuando ellos regresan a casa.
  14. Sé que Albert Einstein, al menos una vez, sacó la lengua.
  15. Sé que la temperatura es agitación, que el mundo existe en su desbordamiento.
  16. Sé que todo parece confirmar la teoría de la evolución de Darwin y que la selección natural funciona, pero ¿cuándo habrá un cambio en los conejos que han permanecido igual durante siglos?
  17. Sé que la naturaleza es generosa y no tiene contemplaciones. Así, en este bosque, un árbol crece sobre una roca.
  18. Sé que en algunos rostros se pueden ver rastros de peces prehistóricos. Algo en la forma de los ojos o de la boca.
  19. Sé que en ese avión rumbo a Asia Central, había rostros que yo nunca hubiera creído que existían.
  20. Sé que ciertos Pashtunes tienen cabezas muy grandes.
  21. Sé que Tanizaki disfrutaba que los gatos agitaran la cola sin moverse, como si dijeran: «Eso que haces me interesa, pero no lo suficiente como para desplazarme».
  22. Sé que cada vez que escucha el estribillo «Esto no es más que un adiós», ese pájaro se agita en su jaula y se pone a cantar.
  23. Sé que la ardilla vive sola, que la comadreja vive sola, que el herrerillo vive solo, que el azor vive muy solo, que, de hecho, un buen número de animales viven solos. ¿Qué tanto problema hacemos en torno a la soledad?
  24. Sé que una mañana de verano, dos palomas estaban lado a lado, sin moverse, en lo alto de un muro. La tormenta terminó por desalojarlas.
  25. Sé que intenté quedarme quieto tanto tiempo como ellas y que no lo conseguí.
  26. Sé que con los anaranjados del cielo, la tormenta sobre París parecía tener lugar sobre la Tierra primitiva.
  27. Sé que las grandes cóleras fatigan, que quizá una vida no permite más que un número limitado.
  28. Sé que, para recuperar la calma, Soseki describía su ira en forma de haiku: toda su rabia reducida a 5 + 7 + 5 sílabas.
  29. Sé que el mal humor no sobrevive a una situación de emergencia. Prueba de su inutilidad.
  30. Sé que, durante la hibernación, los animales escapan del cielo gris y de las ideas que vienen con él.
  31. Sé que, a diferencia de los seres humanos, los árboles no sanan sus heridas. Las bordean y viven con agujeros aquí y allá.
  32. Sé que las fronteras entre dos mundos están llenas de misterios: ciudad y campo, atmósfera terrestre y ambiente interplanetario, ahora y dentro de un rato… ¿a partir de qué momento el uno se convierte en el otro?
  33. Sé que si su mano apretara apenas un poco más fuerte, eso ya no sería una caricia.
  34. Sé que, por pudor, él no dijo «acariciar» sino «masajear».
  35. Sé que las letras que usamos no nos permiten describir todos los sonidos. ¿Cómo acceder a esos otros sonidos?
  36. Sé que existe un diccionario para la lengua hablada en Chukotka.
  37. Sé que hablar una segunda lengua es como tener una puerta trasera en casa.
  38. Sé que uno se pregunta a menudo sobre sus verdaderas habilidades y que basta encontrar una para estar más tranquilo. Por ejemplo, poder tomar el volante de un auto sin estrellarlo contra una pared.
  39. Sé que, en Japón, nadie ofrece camelias: una vez marchitas, caen de golpe como decapitadas.
  40. Sé que, en Nara, un comerciante de objetos de papel maché esconde una jaula con insectos debajo de su escritorio. Ellos llenan el aire con delicadas vibraciones.
  41. Sé que incluso los insectos son tímidos. Los de aquel comerciante callan cuando son descubiertos.
  42. Sé que en japonés, «plagio» se dice «segunda infusión» (niban senji), que «este gesto se me escapó» se dice «los contornos de mi mano están fuera de control» (te moto ga kurutta), que uno describe a un inoportuno como «un golpe en el ojo» (me no ue no tankobu), que estas imágenes son extrañamente evocadoras.
  43. Sé que, en Japón, se dice que hasta un amor de cien años es incapaz de soportar un aliento de coles picantes. No que eso te aleje —¡te despierta!
  44. Sé que la fascinación por samurái viene del hecho de ser un sonido hermoso.
  45. Sé que en los años 50, los paraguas eran tan caros en Japón, que sólo había uno por familia.
  46. Sé que Mishima dijo haberse ido a la cama con esa época.
  47. Sé que una vez olí la flor llamada mokusei, mientras, me preguntaba cómo iba a recordar su perfume.
  48. Sé que tú sabes que él sabe que nosotros sabemos que ustedes saben que ellos saben.
  49. Sé que, curiosamente, esto tiene sentido y que uno se divierte viendo hasta dónde es capaz de llegar, como en el borde de un desfiladero.
  50. Sé que esto no funciona con todos los verbos.
  51. Sé que algo similar ocurre con las potencias de base 10. ¿A partir de cuántos ceros ya no vemos nada? ¿100,000? ¿1,000,000? ¿10,000,000?
  52. Sé que odio ver a las palomas alejarse delante de mí en la calle, que esta manera que tiene el hombre de ocupar todo el espacio es desesperante.
  53. Sé que en un zoológico inglés, un tiburón murió aterrado tras la zambullida de un tipo en su estanque.
  54. Sé que el hombre es capaz de transformar el mar en prisión y destruir así hasta el último de los sueños.
  55. Sé que antes de ser el nombre de un país, «Vietnam» es el nombre de una guerra, que antes de ser el nombre de una ciudad, «Hiroshima» es un nombre para el infierno.
  56. Sé que el alga Caulerpa taxifolia invade el fondo del Mediterráneo y no deja espacio alguno para otras especies. El hombre no es el único que hace esto.
  57. Sé que esta frase de Pierre Hadot ronda en mi cabeza: «Rogaciano era parte del Senado. Era tan avanzado en su aversión por la vida en este mundo, que renunció a todos sus bienes.»
  58. Sé que la palabra «avanzado» da la impresión de un proceso de maduración natural, comparable al de un queso.
  59. Sé que, frente a la existencia, los niños tienen ataques de vértigo: «¿Preferirías ser ciego o cojo? ¿Morir de frío o de calor?…»
  60. Sé que debemos pensar dos veces antes de responder.
  61. Sé que no siempre he dado la misma respuesta.
  62. Sé que nuestra visión del mundo y de los otros depende de nuestra apariencia física.
  63. Sé que, por ello, el alma cambia con la forma del cuerpo.
  64. Sé que ese grupo de niñas reunidas alrededor de una banca evocan una bandada de gorriones.
  65. Sé que, a veces, uno se complace en imaginar que las cosas y los seres no existen más cuando se les ha dejado de ver.
  66. Sé que, en el bosque, ella deja un poco de su picnic para los animales, que la paz interior comienza por gestos así de simples.
  67. Sé que ella, también, se come las frutas estropeadas. Para no abandonarlas.
  68. Sé que ella explicó el paisaje de fondo de la Mona Lisa como una representación de su mundo interior y de los caminos del conocimiento.
  69. Sé que, en ese mundo, realmente hay picos, valles y cosas que crecen como plantas.
  70. Sé que, a veces, podemos sentir, fugazmente, lo que significa «ser luminoso», como lo decimos, por ejemplo, de Jesús o de Buda.
  71. Sé que para mantenerse erguido uno debe imaginar su cabeza halada hacia lo alto por un hilo.
  72. Sé que bajo el cielo azul y el sol, este campo esconde un mundo terrible.
  73. Sé que es tentador aferrarse a la suave piel de las apariencias.
  74. Sé que él envenenó a su esposa a fuego lento, poniendo raticida en su café, pero que ella no está muerta.
  75. Sé que, medio ciega y paralizada, ella vive sabiendo esto.
  76. Sé que no podemos ordenarle a alguien que recuerde algo.
  77. Sé que llega a ocurrir que no recordamos nada de alguna cosa, salvo que nos ha sorprendido.
  78. Sé que no he conservado en la memoria el nombre del tipo que escribió: «¡Los chinos se caen de la bicicleta sonriendo!»
  79. Sé, por adelantado, que él dirá «no» a lo que le proponga. Sin embargo, se lo propongo.
  80. Sé que estará feliz de poder decir «no» una vez más.
  81. Sé que se puede tener una impresión equivocada de una persona: pensar, por ejemplo, que está distante cuando está distraída, que es desconfiada cuando, en realidad, está avergonzada.
  82. Sé que ella tenía miedo de los viajes que hacíamos juntos, y nosotros pensábamos que no le gustaba estar con nosotros.
  83. Sé que todo maduró en ella, incluso el resplandor desafiante que brillaba en sus ojos cuando tenía siete años.
  84. Sé que confunde el desdén con la ironía.
  85. Sé que la ironía es una actitud de adultos, que se necesita tiempo para que un niño la entienda; si en la escuela un compañero dice «¡Claro que no, no te presto mi pluma!», eso de ninguna manera significa: «¡Adelante, tómala!».
  86. Sé que un buen signo de ironía es no saber que se trata de ironía.
  87. Sé que el inglés que me invitó a las carreras de caballos dijo: You might hate me in a few years!
  88. Sé que ser perturbado por una palabra es menos una señal de debilidad que de una imaginación fértil.
  89. Sé que con un poco de distancia, cualquier palabra adquiere una belleza sorprendente. Cualquier – palabra – adquiere – una – belleza – sorprendente.
  90. Sé que es posible imaginar con precisión al insecto que se desliza sobre el agua en la punta de sus patas sin siquiera conocer su nombre.
  91. Sé que resulta increíble que Gaspar Hauser haya llamado «caballo» al primer ganso que vio. Sin embargo, es lo que hacemos nosotros cada vez que erramos el nombre de una flor o de un árbol.
  92. Sé que el lenguaje sirve, sobre todo, para hacerse una imagen del interlocutor y, adicionalmente, para expresar ideas.
  93. Sé que al exagerar las cosas que decimos, exageramos también el sentido de las palabras de los otros y, así, la trampa se cierra.
  94. Sé que podemos decir cosas horribles con tanta facilidad que sentimos miedo de nosotros mismos.
  95. Sé que incluso si ya no ponemos atención a esto, algo en nosotros recuerda.
  96. Sé que cuando él dice: «Este equipo de fútbol tiene más experiencia en los grandes encuentros», él habla como un periódico.
  97. Sé que a menudo tomamos prestadas las palabras de los otros.
  98. Sé que el mundo es como un inmenso eco, que las palabras se repiten al infinito como un juego de espejos en un palacio persa.
  99. Sé que no soy el único que dice «el descenso es más difícil que la subida».
  100. Sé que al invertir el orden de las palabras, la lengua inglesa las vuelve más evocadoras que el francés: por ejemplo, atmospheric café.
  101. Sé que es extraño que, en una frase, el lugar de las palabras sea tan importante.
  102. Sé que para explicar esto que digo, en un manual se citó como ejemplo: «llevo sopa a mi padre que está enfermo en una pequeña olla».
  103. Sé que la dificultad de expresarse consiste, sobre todo, en encontrar un ángulo de ataque.
  104. Sé que «el futuro es nuestro» no significa «tenemos futuro».
  105. Sé que «seno» evoca otra cosa que «pecho».
  106. Sé que es más fácil encontrar el principio de las frases que su final, como si uno se atascara al escucharse hablar.
  107. Sé que basta decir «¡vamos a lo esencial!» para perdernos en detalles.
  108. Sé, al escuchar su explicación, que él no sabe exactamente qué significa «astigmático», pero que está buscando salir del embrollo.
  109. Sé que los científicos titubean para decir «no sé».
  110. Sé que se les reprocha su falta de humildad si no lo dicen, su ignorancia si lo dicen.
  111. Sé que los científicos no son los únicos en vacilar.
  112. Sé que si escribo un texto breve, se dirá que es ligero; si escribo un texto largo, que narro mi vida; si reacciono, que carezco de autocontrol; si no reacciono, que me falta combatividad.
  113. Sé que, al final, con aquellos que no te quieren las cosas son bastante simples.
  114. Sé que me prometo, cada vez, no ser perturbado. En vano.
  115. Sé que con las personas que no queremos, ni siquiera nos gusta el aire que les rodea.
  116. Sé que lo contrario es cierto también: amamos hasta el aire que rodea a aquellos que queremos.
  117. Sé que el aire une a los seres humanos al bajar por sus pulmones, unos después de otros.
  118. Sé que él tiene sobre mí la misma autoridad que alguien más tiene sobre él y así sucesivamente, como una gran tela aglutinando la sociedad.
  119. Sé que sentado en un rincón con el ceño fruncido, él espera la primera oportunidad para ser desagradable.
  120. Sé que esta tarde tenía respuestas y estaba listo para discutir con alguien, pero no encontré a nadie. ¡Qué pena!
  121. Sé que en lugar de decir «Su perro ladra por la noche y me impide dormir», él ha comenzado por «Sería muy tonto discutir a propósito de un perro».
  122. Sé que no han discutido.
  123. Sé que apenas vivido, todo se vuelve antiguo, empezando por la imagen que tengo de ti.
  124. Sé que lo más extraño de estar en un confesionario es hablar en un tono tan bajo.
  125. Sé que en la vida cotidiana rara vez hablamos tan bajo.
  126. Sé que, en el metro, una chica con los ojos rojos interpelaba a un tipo con gritos apagados: «¿Pero tú me estás tomando el pelo?»
  127. Sé que incluso en el individuo más insensible existen actitudes extrañamente infantiles.
  128. Sé que para mostrar su desaprobación, ese hombre anciano se encoge de hombros como un niño.
  129. Sé que en nuestro fuero interno pocas cosas cambian.
  130. Sé que solo la tecnología progresa verdaderamente.
  131. Sé que haría falta, todos los días, que la muerte ejerciera sobre nosotros una presión amigable para volvernos serenos y desapegados.
  132. Sé que ella tiene, lamentablemente, la mano un poco pesada.
  133. Sé que estar sano adormece, de alguna manera.
  134. Sé que ella murió repentinamente la tarde de un domingo, de la misma forma en que otros encenderían el televisor.
  135. Sé que, como nosotros, los animales ayudan a morir a sus congéneres, pero eso no parece conmoverles.
  136. Sé que con la ayuda de un manual, una amiga rusa ha calculado, con mucha precisión, que fue una navegante japonesa en su vida anterior. Y yo, un zapatero portugués nacido alrededor de 1750.
  137. Sé que ella prometió decirme cómo se realiza ese cálculo y que lo ha olvidado.
  138. Sé que en la entrada de una casa al sur de China fue escrito: «Han pasado cinco noches desde que él falleció».
  139. Sé que ese papel parece llevar pegado ahí mucho más de cinco días.
  140. Sé que incluso si los chinos son más de mil millones, cada cara nueva parece distinta.
  141. Sé que en la India no hay insectos aplastados en los parabrisas de los automóviles. No conducen lo suficientemente rápido.
  142. Sé que una tarde, en un hostal, un hindú dijo: «Un gurú puede enseñarte muchas cosas, incluso a matar a un hombre, a veces esto puede ser útil».
  143. «Lo sé porque lo aprendí de un maestro o lo sé porque lo descubrí yo mismo son las únicas dos posibilidades», se decía en la Antigüedad.
  144. Sé que en la India, en el pasillo de una estación oscura, alguien gritó repentinamente: «¿Crees en la vida después de la muerte?» y que de inmediato agregó: «Eso lo verás en Benarés».
  145. Sé que con todos estos nacimientos y muertes, estas enfermedades, accidentes y bombas, todos los días hay un tráfico tremendo entre este lugar y el más allá.
  146. Sé que, cada instante, al menos una persona en el mundo muere mientras otra está en pleno éxtasis y una tercera hace las compras.
  147. Sé que cada instante, también, una buena parte de la humanidad espera. Un amigo, una carta, la noche, nada…
  148. «Sé que engendré un ser mortal» dijo simplemente Anaxágoras cuando se enteró de la muerte de su hijo.
  149. Sé que en la entrada de un cementerio de Italia está escrito: «Nosotros fuimos como tú. Tú serás como nosotros».
  150. Sé que hubo un instante de silencio cuando alguien dijo: «¡Imagina que se descubre un continente nuevo!»
  151. Sé que, mientras escribo una resolución, las palabras ya se están debilitando, que tendré que convencerme a mí mismo nuevamente.
  152. Sé que, incluso si son idénticas, mis propias palabras me comunican menos que aquellas de un maestro.
  153. Sé que las palabras que usamos están habitadas por muchas personas.
  154. Sé que cuando uno se pregunta si ha comprendido bien alguna cosa, uno ya no sabe qué significa, realmente, comprender.
  155. Sé que debemos aceptar no comprender como esperamos.
  156. Sé que me llevó mucho tiempo entender que insultar a otro es, sobre todo, humillarse a uno mismo: por el desprecio que, contra uno mismo, se siente después.
  157. Sé que ella habla demasiado rápido y demasiado fuerte para gustarse de verdad.
  158. Sé que sostener su mirada es como jugar a las vencidas.
  159. Sé que cuando se está fatigado, el cuerpo parece un tronco que debe ser arrastrado del metro al autobús, de una escalera a otra.
  160. Sé que, con el tiempo, los muertos se vuelven más presentes, que los fantasmas ya no están afuera, sino dentro de nosotros.
  161. Sé que, curiosamente, trasladar el cuerpo a otros lugares del mundo le da reposo.
  162. Sé que al caminar por el parque Jean-Jacques Rousseau, uno pudo haber creído que estaba en Italia, pero no era Italia, ¿de dónde vino esta convicción íntima?
  163. Sé que es sorprendente imaginar los rostros que nos rodean en una época pasada.
  164. Sé que la idea de que el ser humano está solo, abandonado a sí mismo en este planeta sin instrucción ni consigna, puede por momentos devenir tan vertiginoso que la cabeza comienza a dar vueltas.
  165. Sé que antes de desvanecerme, me aferré a la mirada de un perro en el metro.
  166. Sé que no me desvanecí.
  167. Sé que, contrariamente a lo que se dice, algunos perros sostienen la mirada.
  168. Sé que algunos pensamientos son como una corriente eléctrica demasiado fuerte que el cerebro apenas puede resistir. ¿Un simple fenómeno físico?
  169. Sé que la sensación de vértigo es incomprensible para aquel que jamás la ha experimentado.
  170. Sé que hablamos de empatía, pero ¿cómo funciona exactamente? ¿Qué sentimos?
  171. Sé que cuando entramos en pánico, la realidad se vuelve escurridiza y no nos ofrece asidero.
  172. Sé que pasamos mucho tiempo tranquilizándonos, que se necesita hacerlo una y otra vez, como vestirnos cada mañana.
  173. Sé que cuando dudamos de nosotros mismos, usualmente elegimos el camino que lleva al infierno. ¿Por qué casi siempre el que nos castiga y nunca el que nos alienta?
  174. Sé que cuando dudamos, también dudamos que dudamos.
  175. Sé que frente a una persona determinada, quien duda nunca tiene ventaja: es imposible dudar con determinación.
  176. Sé que algunas veces nos preguntamos: «¿Tal vez no he comprendido nada?, nada de lo que pienso del mundo es cierto.»
  177. «¡Sé bien!», decimos.
  178. Sé que nos cuestionamos con angustia sobre cuáles serían nuestras reacciones en caso de una catástrofe. ¿Seríamos cobardes o heroicos?
  179. Sé que algunas veces nos atribuimos creencias contrarias a las nuestras. Sólo para ver y ponernos a prueba.
  180. Sé que, por momentos, la cabeza se calienta como un motor.
  181. Sé que macerarse no conduce a ningún sitio.
  182. Sé que, desafortunadamente, no podemos expulsar los pensamientos oscuros como una mala comida.
  183. Sé que evito decir «punto final» porque no sé de qué final se trata.
  184. Sé que los puntos sobre las íes tienen algo alegre, pero no es eso lo que debe comprenderse cuando decimos: «voy a poner los puntos sobre las íes.»
  185. Sé que en Silvia y Bruno, de Lewis Carroll, se habla de un niño que cuenta ovejas hasta llegar a 1008: 8 que realmente contó, más otras 1000 porque había muchas más. ¿O eran 7 y no 8?
  186. Sé que en la sociedad no hay lugar para una lógica como esa.
  187. Sé que estar fuera de lugar es una fortaleza.
  188. Sé que cuando calculamos el área de una superficie simplificamos las cosas, quedándonos con un número en lugar de dos, pero que, al mismo tiempo, ya no podemos decir si la superficie es cuadrada o excesivamente larga.
  189. Sé que el espacio de una habitación con luz solar y el ruido de los automóviles de la avenida no tiene nada que ver con su volumen real.
  190. Sé que los científicos envenenan el mundo con la convicción de que ellos describirán las cosas con exactitud.
  191. Sé que, secretamente, nos regocijamos de que ciertas cosas se resistan a la ciencia, que una parte del misterio persista.
  192. Sé que no sabemos por qué los nudillos de los dedos truenan.
  193. Sé que una vez que la ciencia ha cruzado la línea, es imposible dar marcha atrás.
  194. Sé que cuatro policías armados con macanas bajaron rápidamente de un automóvil y entraron en un edificio mirando hacia arriba, pero no sé qué sucedió después.
  195. Sé que un tipo de cara pálida corría en los pasillos del metro, llorando, y que un minuto después en el altavoz se oía un mensaje de llamado a la policía, mas ¿habría alguna conexión?
  196. Sé que, de manera natural, pensé que había alguna conexión.
  197. Sé que a menudo pensaba: «Nunca hay dos sin tres.»
  198. Sé que la melodía de las campanas de una iglesia viene, simplemente, de su desplazamiento progresivo.
  199. Sé que al comprar un carro uno adquiere un medio de transporte, pero también un pedazo de espacio.
  200. Sé que un embotellamiento en la carretera equivale a los edificios de una ciudad proyectados horizontalmente.

 

 

Ito NagaAstrofísico francés nacido en 1957. Ha publicado Je sais e Iro mo ka mo, la couleur et le parfum bajo el sello editorial Cheyne Éditeur. Traducción del original en francés por Daniela Camacho, del libro Je sais, Cheyne éditeur, séptima edición, 2013.