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¿Solo una casa?

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(Interior de la Casa Márquez. Fotografía: Eduardo Castro)

 

El asunto se cuenta de prisa pero conlleva una serie extensa de absurdos y de horrores por fortuna evitables.

Hay un proyecto para construir cierto centro comercial enorme sobre el marco de la plaza de Ramiriquí (Boyacá). Las dimensiones del plan y sus alcances no asustarían si fuera a ejecutarse en Bogotá o en Cali. Pero Ramiriquí no es una urbe, como la imaginan los adalides del falso desarrollo por completo desconocedores de una disciplina humanística denominada Historia, y sospechosos de una irregular formación como constructores.

De concederse las licencias del inicio de la obra, las consecuencias para Ramiriquí serían nefastas. Y no es una exageración. Al centro histórico del poblado lo conforman antiguas casas de hechura andaluza que entrarían en peligro si se les afecta el suelo del cual se aferran. La memoria viva, en este caso constituida por viviendas con un pasado aleccionador que de hecho sigue hablando a quienes lo sepan oír, no es irrelevante.

Otras perspectivas agravan la inconveniencia del proyecto: los procesos económicos de Ramiriquí recibirían un impacto negativo pues, como se sabe, un centro comercial termina por volverse la única referencia financiera dentro de pequeñas comunidades hasta ahogar a comerciantes informales y a modestos productores. Así mismo estamos ad portas de un atentado estético: el edificio descomunal, frío, empotrado entre esbeltas y tradicionales viviendas aldeanas sería una deplorable carta de presentación del municipio y sus gentes.

Con todo, el riesgo mayor lo corre la llamada Casa Márquez, lugar donde nació José Ignacio Márquez, dos veces presidente de Colombia y figufra egregia de nuestra historia política. Debe recordarse que Márquez fue sucesor de Francisco de Paula Santander y que sentó las bases civiles del gobierno nacional hacia mediados del siglo XIX. Tras un agitado y muy bélico periodo independentista, Márquez asumió las riendas del país más como estadista que en calidad de militar. Sin temor a equivocación puede señalárselo como el decano de nuestros presidentes civilistas y un ejemplo indiscutible de valores democráticos.

En una especie de justicia poética, su casa natal ha sido preservada con rigor y buen gusto desde hace casi doscientos años. Y sigue en pie, sobre la plaza principal, por tratarse del testimonio material de Márquez, hijo principal de esa tierra. Si los constructores del centro comercial cumplen el objetivo de cavar el suelo de la plaza para forjar tres o cuatro pisos subterráneos, lo más probable es que la estructura de la casa Márquez se resquebraje. Los daños serían imprevisibles e irreparables.

No se trata aquí solo de una casa antigua más, ni de un predio que pueda dejarse a la buena de Dios mientras prosigue la arrasadora “avanzada de progreso”, como llamó el novelista polaco Joseph Conrad a las máquinas destructoras de selvas y poblaciones rurales. Esta casa y sus vecinas son el patrimonio viviente de una idea de nación y de una colectividad.

Como se ve, este ya no es un problema exclusivo de Ramiriquí porque lo que se halla en juego es nuestra identidad, nuestro rostro actual como comunidades regionales que conformamos un país. ¿Dónde puede meditarse y estudiarse el destino actual de lo que somos sino en el libro vivo del pasado, en lugares específicos como la Casa Márquez que nos recuerdan nuestra permanente tarea por consolidarnos como seres civilizados?

Un tesoro histórico puesto en riesgo por unos mercaderes.

Don José Ignacio Márquez, orgullo de Colombia, desde el más allá debe estar indignado.

Debería darnos vergüenza.

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Autor:

Psile et psole.

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