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Acerca de un lugar llamado Vino Tinto

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Para Diana Rojas, Miguel Rico y Julián Camacho, almas de todas las fiestas. 

 

Se llamaba Vino y Tinto. Lo fundó el 17 de octubre de 2001 Miguel Rico, un individuo versátil que quitaba la música del bar a las once en punto de la noche para narrar historias de extraterrestres mientras los primeros clientes se marchaban desconcertados. Rico en sí mismo da para una seguidilla de novelas: fue artesano hippie, ejecutivo de clínica, psicólogo ocasional, apóstol de Krishna, también de Silvio Rodríguez, locutor de radio y en definitiva autoridad de la administración tabernaria: después de Vino y Tinto regentó (las cuentas pueden no estar bien hechas) siete bares entre Sogamoso, Tunja, Villavicencio y Duitama. Faltan datos de municipios como Bogotá.

De Bogotá, justamente, trajo a Duitama la idea del bar dentro de una casa antigua. Sin saberlo, consolidó los sitios de rock en la aldea pues intentos anteriores como La Taberna de Raúl, Cadáver Exquisito, Y2K o Le Petit Bar duraron muy poco tiempo. Las familias devotas del Divino Niño Jesús y otras sociedades de la decencia se quejaban con la policía, la secretaría de gobierno y el Vaticano hasta la anulación de esos establecimientos. La queja era siempre igual: desorientaban a la juventud, inducían al consumo de sustancias perniciosas como el café.

Vino y Tinto sobrevivió por un detalle ínfimo. Su creador lo presentaba como café – galería – anticuario. Nunca en calidad de lo que siempre ha sido, bar, refugio, casa, arcano.

La primera época estuvo signada por los discos de blues que imponía el administrador a los oídos duitamenses, más acostumbrados al vallenato, a las rancheras. El rock entró por la senda blusera. Y también la canción social. A principios de 2002 se presentó Gustavo Díaz, un cantante de estricta boina y gabardina negras quien marcó la pauta para los artistas venideros. Díaz poseía un repertorio ecléctico que iba de Luis Eduardo Aute al son cubano. Quizás aquél Vino y Tinto no fue el primer sitio en Duitama que ofrecía música en vivo, pero sí fue el primero que la brindó con frecuencia y formó un público.

El carácter nómada de Miguel Rico resistió hasta finales del primer aniversario. Tras una negociación, el eterno trashumante le vendió el bar a Diana Rojas quien perfiló la personalidad del lugar y realizó la aleación nominal que permanece: de Vino y Tinto a Vino Tinto. Esta retirada de la letra ‘y’ fue, en el fondo, profética. Del tímido salón de onces concebido por Miguel Rico se pasó a una taberna pura y dura, con un sentido más rockanrolero, muchísimo más bohemio, nocturnal y salvaje que educó en música o relaciones humanas a una generación completa. Los estudiantes de los colegios se tomaron Vino Tinto, así m ismo los universitarios. No faltaban los soldados en licencia que solicitaban solo ‘November Rain’ de los Guns and Roses, ni los oficinistas pagados por las modas de entonces, Héroes del Silencio, Limp Bizkit, System of a Down.  El negocio bullió. Y se ensanchó durante los ocho años en que Diana Rojas estuvo al frente.

Madre de tres hijos, consejera, protectora de todos sus clientes (incluso de quienes le debían cuentas estrafalarias), Diana y su trabajo crearon un concepto que provocó no solo seguidores formales, fieles, sino a la totalidad de sus imitadores. Vino Tinto es el decano de los bares de Duitama porque ha sido la inspiración del cúmulo de locales que intentaron seguir sus pasos, Santa Farra, El Jarro, Martina, y los desaparecidos Café de Baires, Akénaton, Barzoobia.

A principios de 2010, y por una suma de circunstancias que incluían agotamiento físico, mental (piense el lector en qué implica irse a dormir todos los días a las tres de la madrugada, o en qué paciencia debe tenerse  no sólo para atender personal sino, incluso, personal ebrio) y búsqueda de tranquilidad, Diana Rojas le vendió Vino Tinto a la única persona que hubiera podido comprarlo, por dignidad y capacidad, Julián Camacho.

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Camacho es el cliente más antiguo. En el bar ha desempeñado todos los oficios, excepto el de músico. Si Vino Tinto es hoy una institución en esta ciudad se debe a su talento. Fue la mano derecha de Miguel Rico y de Diana Rojas, mesero, defensor, habitante, patrocinador de quimeras tales como sedes paralelas ( un Vino Tinto campestre ubicado en la ruta del Mundial de ciclismo que se mantuvo en pie sólo unos meses), y, como dueño, el garante de que esta historia continúe, de que no muera.

Mientras los demás bares organizan parrandas vallenatas o rumbas electrónicas con el afán de incrementar su bolsa, Vino Tinto prefiere mantenerse rockero. No cede. Y después de diecisiete años ya no lo hará.

La casa donde funciona Vino Tinto es un icono duitamense. Por más de cuarenta años fue el hotel Marantá cuyo regente, don Gustavo Alarcón, patriarca, gestor de la ciudad vieja, contribuyó con la modernización de este poblado insignificante hasta que se constituyó en ciudad intermedia. El bar, por cierto, era la oficina gerencial de don Gustavo. Durante la primera remodelación del local, en 2004, los trabajadores hallaron un foso enorme donde quizás Alarcón guardaba tesoros. Era habitual oír a Diana Rojas decir que la vivienda estaba – y está – protegida por el fantasma de don Gustavo Alarcón. Empero, hasta los fantasmas resultan vencidos por la economía de mercado. Los nuevos dueños de la casona mandarán demolerla a mediados de 2018.

Sin embargo, Vino Tinto no se acaba. Ya Julián Camacho y sus amigos trasladarán el bar a un nuevo habitáculo. Y con ellos se irán sus parejas de novios irreconciliables, sus plagiarios de Nirvana, sus borrachos poco emocionales, sus fanáticos del Indie y de Joaquín Sabina, una legión de personas que dejaron de ser clientes para convertirse en cómplices.

Un bar, cuando lo es de verdad, se vuelve familia, templo y casa. Y quienes han compartido el camino de Vino Tinto ya no pueden desprenderlo de sus propias vidas.

Entre las cientos de historias que ha atesorado durante casi veinte años, conviene referir una que conjuga todo lo que significa Vino Tinto para quienes vivimos en Duitama.

La única advertencia que le hizo Miguel Rico a Diana Rojas cuando le entregó la administración fue que no retirara un abanico junto a la puerta principal, perteneciente a la primera decoración de Vino y Tinto. De retirarlo, aseguraba el excéntrico Rico, Vino Tinto llegaría a su fin. Diana acató el aviso. Y se cercioró de que Julián Camacho mantuviera el objeto en su sitio. A menos de un mes de la desaparición de la casa del hotel Marantá, Camacho asevera, sereno y locuaz como siempre, que lo último en salir de la mudanza será ese abanico. Y será lo primero que pondrá en la sede nueva.

Larga vida a Vino Tinto.

Esta historia, que es la de tanta gente, hasta ahora inicia.

 

 

(Fotografías de Julieth Jiménez)

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Autor:

Psile et psole.

7 comentarios sobre “Acerca de un lugar llamado Vino Tinto

  1. Dario, la verdad casi me hace llorar!! La reseña e historia bien contada de un lugar q siempre nos recibio en la bohemia y buena musica con atencion q imitada no fue igualada, buscare la nueva sede.

  2. Exelente artículo. Mi mente retomo aquellos momentos inolvidables .me hiciste llorar, son momentos inolvidables los q he pasado en Vino tinto éxitos en la nueva sede porq vino tinto tiene q haber para muchos años

  3. Larga Vida a lo que encarna ser Vino y Tinto. Muy pocas personas, (6) sabemos realmente lo que significa ser Vino Y Tinto, y andar en el construir momentos, explorar y sentir en la piel ese hijo de nosotros. Larga vida a lo que ya es eterno. No importa el lugar donde ahora pose su abanico (alma del lugar) este sabio sitio hacedor de historias, que aprendió a hablar en el silencio de todos. Le vi nacer, le vi crecer, lo he visto de viejo. Nunca le vendí porque no tiene precio, lo entregue en adopción a la mejor madre,…
    Y solo fue por un tiempo, porque era en verdad su destino ser acogido por la “Mala Educación” de un único e irrepetible ser “hermano Gemelo de Vino”. Ya lo traía en la historia de su futuro, Julián. Este Camacho, irreverente y decidido discípulo era quien mejor podía interpretar si signo. Sé que él sabe que desde su primer encuentro con esta alma encarnada en un bar, su historia quedo signada. Y es que nadie se puede escapar de su destino y Julián Andrés lo acepto con fervor. Su elección ya había sido tomada.
    ¡Larga vida al abanico!
    ¡Larga vida a la memoria que nos enseñó el verdadero significado de creer!
    Un Abrazo.

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