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Un Mundial nunca visto

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Hinchas del fútbol delante de la estatua del Llamado de la Madre Patria, en el complejo conmemorativo de la Segunda Guerra Mundial Mamayev Kurgan. Volgogrado. Rusia. Foto: Sergei Ilnitsky / EFE).

Este contenido ha sido publicado originalmente por Diario EL COMERCIO en la siguiente dirección:https://www.elcomercio.com/galerias/curiosas-fotografias-mundial-rusia-futbol.html. Si está pensando en hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. ElComercio.com. 

 

 

6 – VI – Miércoles

 

Todo lo que no es fútbol es el fútbol.

El mesero del Jarro Bar me dijo anoche que el diecisiete de junio próximo será especial por insólito: día de elecciones presidenciales definitivas, inicio del campeonato mundial de fútbol, domingo magro (¿cuál no lo es?) y escenario de la Ley Seca, como se llama al decreto que prohíbe el consumo de alcohol en toda la nación.

Una especie de pesadilla programada.

 

 

11 – VI – Lunes

 

Martín Caparrós decide tomar al mundo como excusa para hablar de fútbol en el New York Times. Se acerca ese campeonato y esos textos que leeré no sin cierta fidelidad. Es, por ahora, lo único que me interesa de la eventualidad rusa.

 

 

15 – VI – Viernes

 

Mundial leído. Ayer Caparrós inspeccionaba la partida del técnico de la selección española, la orfandad como consecuencia. Hoy anhela que a Lionel Messi, “el mejor futbolista del mundo y quizá de la historia”, le sea concedida la justicia poética de, este año sí, ser campeón mundial.

 

19 – VI – Martes

 

Hoy fui temprano a trabajar. Mientras tanto debutaba la selección colombiana de fútbol en el Mundial. Paralizaron todo movimiento humano en esta ciudad. Y en muchas. Los colegios, las oficinas, la vida y la reunión que teníamos programada en el salón fueron aplazadas para las diez de la mañana. Hasta que el partido culminara.

 

 

20 – VI – Miércoles

 

Comienzan a llegar noticias de la presencia colombiana en Rusia. Cierto individuo se burla de unas japonesas obligándolas o invitándolas a pronunciar palabrotas colombianas. Antes de llegar a Moscú, la diva insignificante, por demás muy popular aquí, aprovecha su paso por el museo de Louvre para darse un chapuzón entre una fuente. También el grupo de antioqueños que esconden aguardiente dentro de unos prismáticos y birlan, así, la seguridad del estadio.

Todos estos personajes piden ser grabados.

 

21 – VI – Jueves

 

Mi padre me cuenta, inquieto, que han sacado al equipo de Perú. Luego aclara que pasaron más de tres décadas para que el fútbol peruano participara en un Mundial. Le pregunto a qué se debe su incomodidad y me responde, sonriente:

-Son de Latinoamérica. Duele.

Carraspea un poco. Remata:

-Que tiemblen los argentinos. Les ha ido muy mal. Se lo merecen por creídos.

 

22 – VI – Viernes

 

Por fortuna vivo rodeado de gente muy segura de sí misma, muy informada. Tanto en fútbol como en política.

Desde las seis y media de la tarde llegan al Jarro Bar. Tras beber cinco o seis cervezas dan inicio a sus disquisiciones. Qué jugadores debe arriesgar el director técnico Pékerman. Y por qué el propio Pékerman debe renunciar. Al mismo tiempo, con idéntico furor, mencionan series de televisión.

La continuidad en su divagante coloquio es lo que menos les afana. En cuestión de segundos saltan a Álvaro Uribe Vélez.

-El tipo es un hijueputa pero es muy inteligente. Eso sí.

 

23 – VI – Domingo

 

Faltaban diez minutos para la una de la tarde. Fui a la cigarrería de la esquina, junto al tendido ferroviario.

Me senté sobre una viga a beber agua mientras fumaba. El viento arreció. “Viento de agua”, les decía la señora Sibilina (cierta vecina rural de mi familia) a las ráfagas ventosas que prometían lluvia.

Noté cómo se preparaban mis vecinos para el comienzo del partido de fútbol donde jugaba el seleccionado patrio. Las puertas de las casas cerradas con premura y estridencia. De los televisores brotaba el himno de Polonia. Húsares y tradición guerrera. Luego se oyó el de Colombia, encargo realizado a un presuntuoso músico italiano que trató de colgarle melodías marciales al peor poema de la literatura colombiana, escrito por Rafael Núñez, el peor de nuestros poetas.

Cinco minutos pasaron. Mientras cerraba las ventanas y casi la puerta de mi habitación, vi a mi tía Doris y a mis padres observar el inicio del partido.

-Si ganan o pierden – afirmó mi piadosa tía – les sirve es a ellos. A nosotros no nos beneficia en nada.

Leí un poco a Pedro Juan Gutiérrez, quien vive en una isla sin tradición futbolística.

Las voces siseantes de mis padres y tía, y la prosa danzarina de Gutiérrez colaboraron para que pronto me quedase dormido.

Una media hora después inició la lluvia que el viento de agua había prometido. Fuerte. Me despertó una aparatosa gritería proveniente de la calle, acompañada del sonido de bocinas y vuvuzelas – esa herencia incuestionable del Mundial Sudáfrica 2010; un ruido sordo, insoportable, como de animal en agonía -.

No pude continuar durmiendo ni leyendo. Recordé que no había almorzado y deduje que también una prosa potente, emocionada, puede arrullar o dormir a quien la lee.

Caminé unas cuantas cuadras para llegar al restaurante chino. No paró de llover. Cuando entré iniciaba el segundo tiempo de aquél partido que se me estaba tornando eterno.

El mesero demoró quince minutos en servirme la comida debido a la pantalla gigantesca – de pared a pared – que reclamaba la absoluta atención de las casi cien personas dentro del recinto, entre comensales y empleados. Todos, excepto quien escribe esto, adherían sus ojos y su combustible emocional a lo que la pantalla les dejaba ver.

Mientras por fin logré comer fueron festejados dos goles del equipo colombiano. Con un frenesí demente. Me sentía almorzando de prisa en medio del Marat – Sade de Peter Weiss.

Terminé por asustarme.

Las personas saltaban. Le gritaban ardorosos, agresivos vivas al televisor. Aplaudían desesperados o cerraban los puños con los brazos en alto.

Volví aturdido a mi casa recordando que alguna vez me gustó el fútbol.

El campeonato de 1994. Caminaba (o “patrullaba”, en verbo acuñado por mi amigo Freddy Lizarazo para suavizar sus nocturnas caminatas solitarias) cerca del centro de la ciudad. Multitudes agolpaban cafés y bares. El mismo ritmo agitado, similar gritería a la de hoy. También en 1990 emociones desatadas, vociferaciones.

Mi padre incluso ubicó el televisor familiar en el almacén que ha atendido toda la vida para ver ese partido donde Freddy Rincón (minuto 47:12 del segundo tiempo) le marcó un gol a la selección alemana. La sola clasificación, meses antes, fue un evento trascendental que paralizó al país de entonces.

Desde el dos de julio de 1994, cuando partió Andrés Escobar, el fútbol dejó de interesarme para siempre.

Hoy caminé, como hace veintiocho años, por la plaza central. Vi más cafés, más televisores y mucha más gente enloquecida.

Por mi parte, al regreso, dormí mejor. Con mayor disposición. Salí ya hacia las cinco y media de la tarde para constatar las consecuencias del triunfo del equipo colombiano. El día empezaba a fugarse con la segunda taza de café.

Ya es lunes. Han pasado veinticuatro horas desde que empezó el partido contra el equipo de Polonia. Ya hay otro partido, un torrente, que se oye desde las aceras contiguas.

Anoche un individuo ebrio discutía con oficiales de la policía junto a mi casa. Los vecinos se agolparon a ver las reacciones del sujeto – ataviado con su canónica camisa amarilla imitación de la que usan los futbolistas -. Hasta mi padre salió a presenciar lo sucedido. El hombre puso música del norte de México a todo volumen y bebía sin contemplación. Era su muy personal modo de festejar la victoria.

Mi tía Doris me acaba de decir, al término del almuerzo:

-Yo me puse fue a rezar para que le fuera bien a Colombia. ¿Sí ve que sí sirvió rezar? Ganamos.

 

 

25 – VI – Lunes

 

Mi padre me cuenta que le arrebataron el record a Faryd Mondragón. Un portero del equipo de Egipto jugó en el partido de hoy (o de ayer, no lo sé). Tiene cuarenta y cinco años.

Recordé esa entrada de Mondragón el partido contra el equipo de Japón hace cuatro años. Hasta ese momento era el jugador más viejo en participar dentro de un Mundial. Tenía o arrastraba, cuarenta y dos años de edad.

Siempre he pensado que existe una estrecha relación entre la longevidad y el oficio de guardameta. Una suerte de vejez heroica aunque reposada. A la espera de rechazar la pelota.

**

Hernán Casciari confiesa en uno de esos textos que escribe para ser oídos su afán infantil, quizás insensato, por ver a la selección de su país ganar al menos un partido.

 

 

26- VI- Martes

 

Vi la faz temerosa y angustiada de Lionel Messi, a pocos minutos de inciar el partido de hoy.

A las siete de la noche me detuve en internet. Mi padre dijo que Maradona había perdido la razón.

Medio planeta se burló de Maradona, en efecto, debido a sus excesos y euforias durante el partido. Que, desde luego, el equipo argentino ganó.

Basta verlo. Un personaje de Buñuel, de García Berlanga, perdido en un estadio ruso.

Es imposible ser indiferente a tanto ruido.

Apunto, por ejemplo, que Pelé llegó a Rusia sobre una silla de ruedas – enfermo, tal vez – y de hecho la fotografía periodística lo muestra junto al mencionado Diego Maradona, quien besa, devoto, la testa del brasilero.

 

28 – VI – Jueves

 

Este no es un bar ni un café con cientos de personas. Se trata tan solo de una pequeña panadería donde acudí a leer pues pensé que hasta aquí no llegaría la tromba mundialista.

Pero llegó.

Salí esta mañana, una vez inició el tan cacareado partido. Que he estado viviendo en la panadería junto a mis correligionarios, estos feligreses del balón, del escaso gol.

Tras la anotación del equipo de Colombia vi personas aplaudiendo, enfebrecidas, presas del delirio. De otra cosa no se hablará durante días. Hasta el próximo partido.

Según Ángel Perea Escobar Jerry Mina, autor del gol, es descendiente de senegaleses, los rivales que tuvo hoy el equipo colombiano.

Al fin el cotejo consiguió llegar a término.

 

2- VII – Lunes

 

Hoy.

Veinticuatro años después del asesinato de Andrés Escobar por cuenta de un autogol en el Mundial. Fernando Araujo Vélez escribió en El Espectador un artículo melancólico en el cual afirma que el fútbol como espectáculo continuó en este país pese a esa muerte. El fútbol no debía haber proseguido.

Suena el Tambourine man de Dylan en Jarro Bar. Evoco a Escobar. Cast your dancing spell my way. Promise to go under it. También al viejo fútbol representado en un añejo vaso de vidrio que mi amiga Lina Herrera me regaló ayer. Lleva los logotipos del Mundial Italia ’90, el único al que en verdad le presté atención. Estudiaba en el bachillerato. Me ilusionaba con más facilidad.

 

 

 

3 – VII – Martes

 

A las once todo en mi ciudad y en el país entero se concentraba en y se llamaba partido del equipo colombiano. Contra ingleses.

Llegué de la oficina a las doce del mediodía. Sentí a mi alrededor, mientras patrullaba, esa ansiedad de mis paisanos ataviados con camisas amarillas, dichosos también por la cancelación de jornadas laborales debido a la causa futbolística.

Cerré mi habitación a la una en punto. Y sonó Vals para Debbie, de Bill Evans, completo. Sin pausa de ninguna clase. Afuera llovía e iniciaba el sufrimiento de todos los públicos. En frente del televisor, en internet, en las calles. La lluvia, indiferente a la ansiedad de sus usuarios, se ensañó con el suelo.

Eran las dos y media de la tarde. De súbito, mi padre apagó su televisor. Significaba que para él ese partido ya no tenía sentido. Se acicaló los lentes e hizo ademán de irse mientras se despedía.

-Por qué te vas – pregunté.

Negó con la cabeza baja varias veces.

-Así no. No – dijo -. El jugador inglés empujó al colombiano y el árbitro le pita la falta al colombiano. Así no. Me voy más bien al almacén porque la mamá está sola.

Se fue.

Leí en su rostro un afán inconfesable de que inicie pronto el Tour de Francia, la competición deportiva que en realidad le interesa.

Para mi padre culminó, de pronto, el campeonato mundial.

Un tiempo después oí algarabías cerca. Asimismo, alaridos femeninos y el grito agónico de un adolescente (que nunca falta): “¡Gol hijueputa, gol!”.

Debía ir por un pantalón a la sastrería. No viene al caso, pero no compro mi ropa hecha. La mando a hacer. Por las calles observé gente conmocionada por unas penas máximas. Entre una cuadra y la siguiente – esto fue curioso -, en menos de cien metros pasé de admirar la alegría absoluta a advertir una silenciosa depresión que alcanzó a apabullar al viento frío.

Sí. El equipo colombiano había perdido. Y estaba fuera del campeonato mundial.

Tal vez fue John Junieles, un compañero de universidad que publica libros literarios, quien escribió que desde hoy permaneceremos cuatro años hablando de un pe´simo arbitraje y de un árbitro infame.

Cuando arribé a la sastrería el local estaba cerrado. Con candados.

 

4 – VII – Miércoles

 

Martín Caparrós dice que el fútbol se empieza a parecer a la vida. “Todos sabemos cómo es eso”.

 

12 – VII – Jueves

 

Mi padre me señala la gresca verbal de esta noche en La Polémica (un espacio de comentarios futbolísticos que fue radial y ahora es televisivo). Observo a esos periodistas. César Augusto Londoño, adolescente con casi sesenta años de edad. Iván Mejía Álvarez, agresivo capataz de hacienda. Óscar Rentería, hosco, desparpajado tutor de orfanato. Gritan. Se rapan no solo el uso de la palabra sino la palabra misma. Durante treinta segundos sus insultos mutuos crecen hasta forjar una película nubosa y gris entre ellos. Olvidan que miles de personas los están viendo. Olvidan incluso que estaban disertando acerca de fútbol.

Carcajadas de mi padre ante esa discusión de capos mafiosos sobre el pequeño parque de un suburbio.

 

***

A propósito de periodismo. Y de campeonato mundial leído. Hoy insultan por escrito a Martín Caparrós debido a sus textos en el NYT. Le dicen que no sabe de fútbol. Y que no sabe escribir.

Si Caparrós no sabe escribir en qué clase de instancia menor se encontrarán todos los demás novelistas, cronistas, columnistas.

A propósito de insultos.

 

 

13 – VII – Viernes

 

Breve conversación con mi padre.

Aconseja a mi hermana para que aventure un resultado del partido de fútbol venidero. Quizá se trate del partido final. Mi hermana participa de unas apuestas con sus compañeros de oficina. Y no arriesgan diez mil ínfimos pesos. Esa gente apuesta mucho dinero.

A las cábalas con plata involucrada en Colombia las denominan “pollas”. Ignoro qué componente escatológico o sexual bordee semejante mote. Tal vez solo tenga que ver con la figura de una gallina joven a punto de parir. Alegoría si se quiere peor que la fálica. Me inclino en la metáfora inicial. Al fin y al cabo se precisa de una obscenidad sin cortapisas a la hora de apostar millones para vaticinar el resultado de un partido de fútbol.

Cuando le pregunté a mi padre cómo le está ayudando a mi hermana me respondió, con gran calma, que se basa en los análisis de los homicidas verbales de La Polémica. No se avergüenza. Ni se inmuta.

 

 

15 – VII – Domingo

 

El fútbol es todo lo que no es fútbol.

Por casualidad vi unos minutos del juego final dentro de la cigarrería de la esquina, aposentada junto a la línea ferroviaria. El equipo de Francia versus el de Croacia. Fui a comprar una botella de agua, a fumar un Pielroja sin filtro.

No lograba identificar si los de camisa blanca eran croatas o franceses. Y me abstuve de preguntarle esa necedad al dueño de la cigarrería, quien me hubiese contestado y explicado lo sucedido hasta ese momento en la batalla por la Copa Mundo. Porque si de algo habla cualquiera de mis conocidos es de fútbol. Recordé un texto de Darío Jaramillo Agudelo donde afirma que el fútbol como temática es el esperanto, se comenta por igual con el cónyuge, el taxista o el enemigo.

Cuando decidí observar un poco del partido final, tras sentarme sobre una banca de madera, el árbitro pitó para concluir el primer tiempo de juego. Y ya no tuve ganas de gastar una hora en la cigarrería para ver el desenlace de la gesta, como le dicen los comentaristas argentinos a estos encuentros.

Mientras atravesaba el tendido del ferrocarril, rumbo a la casa, pensé en unas palabras escritas ayer por Mario Jursich: no es conveniente ir por ahí juzgando fascistas o nazis a todos los croatas. Confesó que su familia paterna proviene de Croacia. Por lo menos ya he solucionado el enigma del apellido Jursich.

Antes de cerrar la puerta de la casa me detuve a mirar la carrilera.

Hace años que los trenes fueron clausurados en Colombia.

Inútil esperar que ahora mismo pase un tren.

Ilusiones propias del aficionado al fútbol.

Recuerdo, cuando ya es noche cerrada y este domingo se niega – en contubernio con Selene – a culminar, partidos finales de un campeonato mundial. El de 1986, oído más que observado junto al rio Surba, gol tras gol, a través de una vieja grabadora Silver, mientras los adultos cocinaban un almuerzo campestre. El de 2006, visto a regañadientes dentro de un bar que regentaba cierto comunista; sólo levanté la mirada para ser testigo arrobado del cabezazo que Zidane le propinó a su rival. El inane partido por el tercer lugar, detrás de la pantalla, 2010, al calor de una conversación con Rubén Higuera en que hablamos de ver exclusivamente partidos donde los dos equipos resultaran derrotados. En 2014 Gustavo Aguirre, un entusiasta argentino, invitó a diez, doce argentinos más para que presenciaran cómo Alemania aplastaba a su selección. Me parece estarlo viendo, recargado contra su automóvil, el rostro ajado. Maldecía en voz baja: la reputa que los remilparió.

 

 

22 – VII – Domingo

 

Leído no sé en dónde. La FIFA es quien decide quién gana o pierde.

Las víctimas, por supuesto, son quienes sueñan con que algún día pase otra vez, en frente de sus casas, el ferrocarril.

Ojalá surja un Goya que sorprenda en flagrancia a tal Saturno.

 

 

 

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Autor:

Psile et psole.

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