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La leyenda de Francisco el Hombre

LUMIERE 02

 

Iván Francisco Rodríguez, Pacho, era y es la encarnación del arte cinematográfico. Si de pronto desaparecieran los films de autor, las salas, el ritual de ver películas, y si Francisco siguiera aún entre nosotros bastaría verlo, incluso en sus hábitos más leves, para comprender cómo y cuál es la capacidad del séptimo arte para iluminar la existencia o modificarla.

Habitaba en él una forma de la pasión ya muy rara para estos tiempos de empresas culturales dedicadas sólo al entretenimiento, al lucro. Realizador, cinéfilo, licenciado en Ciencias Sociales de la UPTC Tunja, padre de familia, docente ocasional y durante años recientes artista visual, todo lo que hacía, decía o pensaba se encaminó hacia un frenesí de la imagen, ya fuera fotográfica, audiovisual o hasta verbal – sus calambures y exabruptos críticos hacia dirigentes o caciques regionales poseían el pigmento de quien ha coordinado puestas en escena toda su vida -.

Quizás ese fuego interior lo llevó a convertirse en un adolescente perenne al cual se entendió siempre un poco mal. En una de sus películas, ‘El Ajnut’ (anagrama evidente de Tunja), aparece la figura del funcionario público que soborna. Al evitar caricaturizarlo, al exhibirlo tan familiar, el golpe era certero: el corrupto podía ser cualquiera, incluso el espectador del film. Con una película, ‘Revocaldo’, y a través del pluscuamperfecto genio doctor Salvador de Chirico González Piracoca, exigió la revocatoria del alcalde de Tunja. Las interpretaciones y los comentarios alrededor de la Plaza de Bolívar en torno a esas obras no solían ser muy amables. No obstante,  Francisco siguió luchando por filmar su Tunja y su tiempo. Dos de sus trabajos podrían sin problema formar parte de la historia del arte boyacense: ‘Rollo upetecista’ (1995) y ‘Soy Cuba, Soy Tunja’ (2009). El primero una declaración local y colectiva de amor al cine en su centenario, con los tintes eufóricos de unos universitarios que empiezan su aventura estética. El segundo es un intento arriesgado por brindarle valor universal al cine boyacense y una perspectiva tunjana al cine mundial.

A todas las correrías y empeños por realizar producciones fílmicas, Francisco Rodríguez les sumó diversas actividades con idéntica intensidad: fundó y mantuvo un cine club, entabló un beligerante debate público en defensa del patrimonio arquitectónico y como artista plástico tuvo desde el inicio a la barbarie (representada sobre todo en Álvaro Uribe Vélez) como blanco al que apuntarle. Es imposible olvidar aquélla urna pestilente con la efigie orgánica de Uribe Vélez que se iba pudriendo al compás de sus periodos presidenciales.

La semana de su sorpresivo adiós el director Martin Scorsese dijo en la entrega del premio Princesa de Asturias que las atmósferas y los ámbitos para los jóvenes cineastas ya son pasto del comercio vulgar y de los lemas publicitarios. Tal denuncia parece unirse a la obra de Francisco, quien desde su rincón tunjano combatió la ligereza, la medianía de ciertos creadores. Como en la leyenda colombiana de Francisco el Hombre, sin importar perder o ganar, el valor del personaje consiste en haberse atrevido a dar la pelea contra el diablo. Por supuesto, sin perder nunca el sentido de lo real. Pacho sabía de antemano que esa batalla, su batalla, era perdida: alguna vez, antes de iniciar la lectura en voz alta de ‘Mi último suspiro’, memorias del cineasta Luis Buñuel, dijo algo profético: “No tendremos derecho ni a nuestro último suspiro”.

Pacho se queda a nuestro lado.

De quienes lo acompañamos depende que su obra no se olvide.

 

 

(Fotografía: Iván Francisco Rodríguez – Tunja – 2009)

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