Publicado en Uncategorized

Naturaleza de agua

53930243_10156945736428898_6366565400229969920_n

 

Por mí llaman las aguas,

Por mí llaman los mares,

Por mí llaman, alzando una voz corpórea, las lejanías…

Fernando Pessoa

‘Oda marítima’

 

 

Jenny Bernal es una mujer del mar quien, por razones desconocidas, nació y vive en una ciudad lluviosa, entre cordilleras donde no hay playas ni salitre. Sin embargo posee la capacidad de escribir una poesía alta que devuelve al lector a la atmósfera marina. Le bastan dos o tres pinceladas para lograrlo y, lo más importante, sirviéndose de materias primas contrarias por completo a esa atmósfera.

 

La mañana

es el recuerdo vivo del mar:

 

su sal en la boca

su brisa cálida

su rumor

su trazo delicado de espuma blanca.

 

La ciudad andina convertida en memorial, en “recuerdo vivo”, de ningún modo nostálgico sino trepidante, directo, del espacio marítimo. En nuestra tradición artística podrían mencionarse algunos ejemplos de la actualización del mar y sus ámbitos en medio de condiciones y hostilidades montañosas. Existe una serie de pinturas del desaparecido Gustavo Zalamea que ubican la cola de un tiburón en mitad de la Plaza de Bolívar. Un relato del libro ‘Ponqué’, escrito por Carolina Sanín – para poner otro ejemplo -, le adjudica mar a Bogotá.

La autora de ‘Levar el aire’ suele dar virajes hacia la ciudad, a otras literaturas (‘Mrs. Dalloway’ de Virginia Woolf, el título de un poema de Silva traspasado aquí como ‘La enfermedad del siglo’, Vladimir Holan, “amigo H”), a ritos y culturas ajenas de las cuales se alimenta (lo azteca, el entramado de una críptica y suicida ‘ciudad de las luces ciegas’), incluso se arriesga a revisitar poemas primerizos (con tono coloquial, casi desenfadado, como ‘La casa’), pero de continuo, brindando una clave de lectura y desciframiento, retorna a las anclas, los navíos, las playas, el mundo del mar. No deja dudas: en mitad del recorrido sensorial que es ‘Llevar el aire’, al inicio de ‘Agosto’, afirma

 

Entre el horizonte y mi naturaleza de agua

intenté un instante ser cronista

de un tiempo sin miedo

 

No debe olvidarse el derrotero que le marca Jenny Bernal a su poesía desde el título del volumen, complemento justo de su hálito marino, de esta “naturaleza de agua”, una presencia abarcadora que establece la cartografía de su mundo y es el reflejo del océano, la bóveda celeste: el aire. Así, y como una especie de rúbrica endilgada a la primera sección de esta colección poética, aparecen en ‘El otro’ estos versos:

 

El agua no sería un lienzo inabarcable

              sin el espejo que tiende sobre ella el cielo.

 

Ese espejo es el aire. Que invade y acompaña a todas las cosas y seres. Es el amor, ese “vacío memorioso” – al decir de Emily Dickinson – que deja tizne o néctar entre las manos, se halla bajo las pirámides de Teotihuacán o sosteniendo a las palabras, siendo tal vez la poesía misma, en el poema que da título al libro.

Inmersa en este diálogo entre el aire y el agua, la poeta se detiene a observar el curso de su universo – creado, desde luego, por ella misma – y del ajeno, el del miedo, la violencia y el ruido. Quizá por virtud de este coloquio la segunda y última sección nos entrega visiones ordenadas, hora a hora, en textos de breve factura que no obstante se comunican con los extensos y abren puertas para seguir meditando en lo líquido y lo aéreo. Uno de estos poemas podría leerse como sinopsis exacta del libro entero:

 

 

 

He perdido el aire

 

en barcos

que se extravían

tras el primer

intento del anclaje.

 

Los antecedentes de este tono son la poesía y la prosa de Emilia Ayarza, por su énfasis en inesperadas alegorías (el acto de rezar, la espera del padre, el olor del pan). También la recurrencia a fijar imágenes específicas, como si de pinturas o de fotografías se tratara, siempre envueltas en un preciso tratamiento verbal. Ya hay una tradición colombiana en esta forma poética inaugurada por José Manuel Arango y con representantes como Orlando Gallo, Gloria Posada, Gustavo Adolfo Garcés o, más recientemente – y cercana a la generación de Jenny Bernal – , Tania Ganitsky.

Desde su paciente composición esta labor poética se inscribe, además, en la senda de autores que labraban sus textos durante años y décadas. Fernado Charrry Lara, Aurelio Arturo, María Mercedes Carranza son dignas muestras de esta práctica distinguible por carecer del afán de publicar (esa enferma superstición de nuestro tiempo) y del protagonismo escénico que ha adquirido la figura de quien escribe poemas. Esto se explica sólo por el talante mismo de Jenny Bernal, quien antepone la divulgación de las obras de otros poetas, fomentar la lectura, coordinar festivales poéticos y hasta trabajar en la sinuosa vorágine del mundo editorial, a exhibirse o exhibir sus poemas.  A tal grado llegó su discreción que sus lectores inveterados tuvimos que esperar diez años para ver la salida a la luz de ‘Llevar el aire’.

Los jurados del tercer premio nacional de poesía Tomás Vargas Osorio, refiriéndose a este libro, subrayaron su “manejo delicado del lenguaje y […] sus imágenes sugerentes que buscan expresar de manera íntima y sencilla, sin rebuscamientos, la compleja condición humana y todo cuanto se deriva de ella”.

Nos encontramos, ni más ni menos, con una de las voces poéticas más sólidas de la actual poesía colombiana.

 

 

 

‘Llevar el aire’ – Jenny Bernal – Gamar Editores – Popayán – 2018.

 

 

Anuncios