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Entrevista a Diego Rojas para la revista Alucine

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Comencemos con el envidiable palmarés de Diego Rojas, que lo convierte en una autoridad incuestionable dentro de nuestra cinematografía.

Realizador, investigador, crítico, docente y productor de medios audiovisuales. Con Patricia Restrepo realizó la serie Imágenes en movimiento. Investigador-guionista de De la ilusión al desconcierto: Cine Colombiano 1970-1995 dirigida por Luis Ospina. Ha publicado en Cinemateca, Cine y Cuadernos de Cine; coautor de los libros: Manual de Apreciación Cinematográfica, Filmar en Colombia y Tiempos del Olympia. Escribe para Gran Enciclopedia de Colombia, Revista Credencial Historia y South American Cinema 1915 – 1994. Trabaja en rescate, restauración y preservación de la memoria audiovisual colombiana, como profesional independiente y como Subdirector Técnico de la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano; integra el Comité Asesor para el Programa de Fortalecimiento del Patrimonio Audiovisual Colombiano. Participó en la curaduría de la Muestra Internacional Documental de Bogotá. Catedrático de cine en las universidades de Los Andes y Central de Bogotá. Investigador para Descubriendo miradas: el cine colombiano y la Cinemateca Distrital 1971–2003 y para el Diccionario del cine iberoamericano: España, Portugal y América.

Consultor del Ministerio de Cultura en Indagación diagnóstica sobre la investigación del cine colombiano, ha participado en el Observatorio Latinoamericano de Teoría e Historia del Cine, y en encuentros de investigadores en cine.

 

“ A mí no me gusta mucho el apelativo ‘crítico de cine’ – aclara antes de las preguntas –. “Prefiero la docencia y la investigación: me parecen campos más fructíferos, más interesantes que el de la mera crítica de cine. Me sumo más bien a la escuela de los que Andrés Caicedo llamaba ‘espectadores atentos’ ”.

 

 

Cómo podría describirse la tradición cinematográfica en Boyacá. Sabemos que es abundante y extensa. Aquí se hace cine desde hace muchísimo tiempo.

 

Tendría uno que remontarse casi que al Himno Nacional, que hace un llamado muy concreto cuando dice: “De Boyacá en los campos…” para poder ver a los cineastas visualizando unos paisajes y una región tan rica visual e históricamente. Empezaría mencionando un proyecto fallido de los pioneros del cine colombiano, los hermanos Di Doménico. A comienzos del siglo pasado uno de los proyectos que tenían era recrear la gesta de la Batalla de Boyacá. Se anuncia la película en la prensa, se dice incluso que va a contar con la asesoría de la Academia de Historia. Pero ese proyecto naufragó en medio de la polémica absurda que desató la película ‘El drama de 15 de octubre’ por el asesinato de Rafael Uribe Uribe. Lo de la Batalla de Boyacá es un referente histórico importante lamentablemente no realizado.

Creo que en la tradición documental colombiana Boyacá ha sido uno de los escenarios favoritos para documentalistas como Marco Tulio Lizarazo, que durante los años cuarenta y cincuenta hizo películas sobre sitios y lugares boyacenses. Ya entrando en la era del medio siglo hasta acá me referiría a un cine que se hizo en los años setenta y ochenta llamado “Cine de Sobreprecio” (que recogía parte de la anterior tradición documental) para el cual Boyacá fue uno de los lugares preferidos y privilegiados. Aunque estos cortometrajes no le hacían justicia a la calidad que requiere el género documental. Muchas veces el equipo de cineastas emprendía viaje de fin de semana a Villa de Leyva – uno de los sitios más fotografiados y más filmados de nuestro cine -, hacían varias tomas, filmaban las calles, las casas, las iglesias, los parajes cercanos; a esas tomas se les adicionaba por lo general una música de clavicémbalo y un texto de locución que hablaba de la rica tradición histórica de aquélla villa colonial.

Tal vez podrían mencionarse algunas películas de acción que hoy están perdidas y que encontraron en Boyacá un paisaje desértico para un género como el Western, por ejemplo. Hay una película lamentablemente olvidada, ‘La balada de la primera muerte’ dirigida por Erwin Goggel y Sebastián Ospina, que es una revisión de ese paisaje. También ‘Aquileo Venganza’, hecho en 1969, de Ciro Durán, es un western filmado en Villa de Leyva.

Daría un salto abrupto para mencionar una serie de películas que se han hecho en Boyacá. ‘Cenizas de amor’, de Pablo Mora, un largometraje en vídeo, de 1993, 1994, sobre cultura y tradiciones boyacenses  que lamentablemente no se ha dado a conocer ni ha sido difundido como se debe. En la interesante obra del cineasta independiente Jorge Echeverry, especialmente en sus largometrajes ‘Terminal’ y ‘Malamor’, aunque no se centran propiamente en escenarios boyacenses el Nevado del Cocuy, por ejemplo, juega un papel fundamental en ellos (también para Echeverry como excelso fotógrafo que es) y que tiene una intensidad que va acorde con la fuerza y el drama interior de sus personajes. ‘Reputado’, que forma parte de los largometrajes de Focine de los años ochenta, dirigido por Sylvia Amaya en 1986, es una película de ficción sobre la Guerra de Los Mil Días; se realiza en Villa de Leyva y sus entornos.

Villa de Leyva es más un escenario que el pretexto para una búsqueda expresiva de una región, una idiosincrasia y una manera de ser particular. No puedo dejar de mencionar a ‘Cobra Verde’ de Werner Herzog, que tuvo varios escenarios colombianos, pero con importancia en Villa de Leyva.

Al hablar de cine en Boyacá es imprescindible mencionar a Gustavo Nieto Roa. Oriundo de Tunja. Ha estado muy activo en el oficio audiovisual desde los años setenta, una vez regresó al país. Fue un hombre fundamental en la época del “Sobreprecio”. Produjo y dirigió muchos cortometrajes de este periodo. Algunos de ellos referidos a las bellezas y riquezas de Boyacá. Ha sido también un connotado y prolijo director de largometrajes. Algunos ya clásicos en comedia como ‘El taxista millonario’, dramas como ‘Aura o las violetas’, grabada en parte dentro de Boyacá, o ‘Caín’, basado en el libro de Eduardo Caballero Calderón. Se mantiene activo. Acaba de estrenar su largometraje ‘Mariposas verdes’, acerca del matoneo en los colegios. Es un nombre fundamental del cine en Boyacá.

No quisiera dejar de mencionar otro nombre fundamental en la cinematografía boyacense: Julio Roberto Peña. Productor y director de Moniquirá, quien a lo largo de su abundante carrera incursionó en la enseñanza, la actividad gremial y obviamente en el quehacer cinematográfico. Peña falleció a mediados de julio pasado. Y creo que bien vale la pena esta mención a manera de homenaje póstumo.

Por último menciono un largometraje no muy conocido que formaba parte de un proyecto llamado ‘De Amores y Delitos’. Se trata de ‘El alma del maíz’, también realizado en Villa de Leyva con la producción de Audiovisuales, y dirigido por Patricia Restrepo, sobre la rebelión de los chicheros a cambio de las rentas del aguardiente en la Colonia.

 

 

¿Y el cine actual que se hace en Boyacá? ¿Qué proyección tiene en el ámbito nacional?

 

Tengo que confesar un pecado muy grande: un amplio desconocimiento del día a día y de la producción regional que ha llegado del cine boyacense. Pero sí quisiera subrayar una obra de un personaje que, si bien es bogotano, tiene fuertes ancestros y arraigo en el alma boyacense: Rubén Mendoza. Uno de sus primeros cortometrajes es ya emblemático en la historia de nuestra cinematografía, ‘La Cerca’, hecho en Boyacá y que se adentra en lo más profundo del ser de la violencia en el campo colombiano, algo que lleva muy obsesivamente como creador Mendoza y que da cuenta de ese drama con una gran calidad. Este referente lo mantiene en sus posteriores trabajos. ‘La sociedad del semáforo’ tiene segmentos muy importantes en Boyacá, ‘Tierra en la lengua’ pasa por Boyacá pero se desvía hacia los Llanos Orientales. Su último largometraje documental, ‘Señorita María. La falda de la montaña’, estrenado en Cartagena, en este momento está recorriendo festivales, afincado en un personaje de la región de Boavita, en Boyacá.

 

 

Qué consejo podría darles a los realizadores que están luchando por el cine desde la provincia.

 

Les diría simplemente que sigan guerreando. Quisiera matizar algo: por fortuna, para quienes tenemos varios años a cuestas, cuando empezábamos el cine corría a través del celuloide y de la visión foto fílmica con unos costos increíbles hoy en día. La cuestión del cine era quijotesca y casi que quimérica. Actualmente con el desarrollo vertiginoso de la tecnología se ha propiciado una gran accesibilidad a los medios para trabajar lo audiovisual. Eso hace que por lo menos desde el punto de vista logístico inmediato sea posible hacer cine con más facilidad. Pero lo que finalmente hace que un creador audiovisual pueda llegar a algo fijo es primero no cejar en el empeño, segundo escudriñar dentro de sí, dentro de su naturaleza, en busca de algo que puede sonar absurdo pero que para mí es una máxima fundamental en el arte: su verdad, la verdad. La verdad que tiene para reconocerse y para relacionarse con una realidad. Y en la medida en que tome esa posición, esa actitud creativa, es el entorno el que lo va a alimentar. Cualquier creador tiene dentro un mundo sobre el cual dar cuenta, historias, personajes, relatos, que tienen que ver con su propia verdad. Sin recurrir a artificiosidades se puede avanzar en el quehacer y en la creación audiovisual.

 

¿Se justifica seguir publicando revistas y material escrito en físico alrededor de lo cinematográfico? ¿Contribuyen esas publicaciones al desarrollo de la cinematografía?

 

Me metes en un debate y en unas disyuntivas histórico – cósmicas un poco complicadas. Es la gran discusión…si se va a morir el libro…Como me desempeño en los campos de la archivística fílmica y audiovisual, soy de la corriente de que por más que avancemos en lo digital si la preservación no se hace a través del celuloide, si no volvemos al celuloide, el camino está perdido. Lo digital no nos garantiza nada. Todo esto tiene que ver con la memoria, y si la memoria no se conserva ni se atesora, se pierde. En ese sentido el amplio universo digital, este torbellino digital de hoy en día, internet, la abundancia de páginas, todo eso, es un universo gigantesco pero igualmente vulnerable. La memoria en papel es imperecedera. El mundo de lo digital ofrece una gran accesibilidad pero a su vez una gran vulnerabilidad.

El problema es el repositorio donde todo esto se va a guardar. Ya la pregunta que me formulas, “¿Se justifica?”, desde términos de costo – beneficio la respondemos asegurando que entre una publicación impresa y una digital hay una lucha de David contra Goliat. Ahí las leyes del mercado son las que rigen como una espada de Damocles sobre absolutamente todo. Pero claro que se justifica. El dilema es quién paga el pato, quién paga los costos de hacer la publicación. La respuesta para justificar los costos propiamente dichos es la perdurabilidad que mencionaba, la posibilidad de acceso.

En internet se supone que está todo. Pero les planteo un reto: encuentren una cosa concreta en ese maremágnum. A ver si no se van a tropezar con limitaciones para acceder a lo que están buscando. Sé que es una respuesta divagada la que les estoy brindando, pero es que como te dije al principio esta es una problemática de niveles cósmicos.

 

 

(En ALUCINE – Edición 5 – Julio a septiembre – 2017).

 

 

 

 

 

 

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Discurso del Premio Nobel – Bob Dylan

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Cuando recibí la noticia  de este Premio Nobel de Literatura, llegué a preguntarme exactamente cómo mis canciones se relacionaban con la literatura. Quería reflexionar sobre ello y ver dónde estaba la conexión. Voy a tratar de articular eso. Y lo más probable es que lo haga de una manera indirecta, pero espero que lo que digo valdrá la pena y tenga un propósito.

Si tuviera que volver al amanecer de todo, creo que tendría que empezar con Buddy Holly. Buddy murió cuando yo tenía dieciocho años y él tenía veintidós años. Desde el momento en que lo escuché por primera vez, me sentí parecido. Me sentía relacionado, como si fuera un hermano mayor. Hasta pensé que me parecía a él. Buddy tocaba la música que yo amaba: la música con la que crecí: country western, rock ‘n’ roll y rhythm&blues. Tres hebras separadas de la música que entrelazó y fundió en un género. Una marca. Y Buddy escribió canciones – canciones que tenían bellas melodías y versos imaginativos. Y cantó muy bien – cantó en más de un par de voces. Él era el arquetipo. Todo lo que no era y quería ser. Lo vi sólo una vez, y eso fue unos días antes de que se fuera. Tuve que viajar cien millas para verlo actuar, y no me decepcionó.

Era poderoso y electrizante y tenía una presencia dominante. Yo estaba a solo seis pies de distancia. Estaba hipnotizando. Le miré la cara, las manos, la forma en que golpeaba su pie, sus grandes gafas negras, los ojos detrás de las gafas, la forma en que sostenía su guitarra, la forma en que se encontraba, su traje elegante. Todo sobre él. Parecía mayor de veintidós años. Algo en él parecía permanente, y me llenó de convicción. Entonces, de repente, sucedió lo más extraño. Me miró directamente a los ojos y me transmitió algo. Algo que no sabía qué. Y me dio escalofríos.

Creo que fue un día o dos después de que su avión cayera. Y alguien – alguien a quien nunca había visto antes – me dio un disco de Leadbelly con la canción “Cottonfields” en él. Y ese registro cambió mi vida justo entonces y allí. Me transportó a un mundo que nunca había conocido. Fue como una explosión que se disparó. Como si hubiera estado caminando en la oscuridad y de repente la oscuridad se iluminara. Era como si alguien me pusiera las manos encima. Debo haber interpretado ese disco cien veces.

Estaba en una etiqueta de la que nunca había oído hablar con un folleto dentro con los anuncios para otros artistas en la etiqueta: Sonny Terry y Brownie McGhee, los nuevos Ramblers perdidos de la ciudad, Jean Ritchie, vendas de secuencia. Nunca había oído hablar de ninguno de ellos. Pero consideré que si estaban en esta etiqueta con Leadbelly, tenían que ser buenos, así que necesitaba escucharlos. Quería saberlo todo y tocar ese tipo de música. Todavía tenía una sensación de la música con la que había crecido, pero por ahora, lo olvidé. Ni siquiera lo pensé. Por el momento, se había ido.

Todavía no había salido de casa, pero no podía esperar a hacerlo. Quería aprender esta música y conocer a la gente que la tocaba. Eventualmente, me fui, y aprendí a tocar esas canciones. Eran diferentes de las canciones de radio que había estado escuchando todo el tiempo. Eran más vibrantes y veraces a la vida. Con canciones de radio, un intérprete podría obtener un éxito con un rollo de los dados o una caída de las cartas, pero eso no importaba en el mundo folk. Todo fue un éxito. Todo lo que tenía que hacer era estar bien versado y ser capaz de tocar la melodía. Algunas de estas canciones eran fáciles, otras no. Tenía una sensación natural para las baladas y los blues antiguos del país, pero todo lo demás que tenía que aprender de refilón. Yo estaba tocando para las pequeñas multitudes, a veces no más de cuatro o cinco personas en una habitación o en una esquina de la calle. Había que tener un amplio repertorio, y tenías que saber qué tocar y cuándo. Algunas canciones eran íntimas, en algunas tuve que gritar para ser escuchado.

Tenía todo el vernáculo todo hacia abajo. Conocía la retórica. Nada de eso pasó por encima de mi cabeza: los artefactos, las técnicas, los secretos, los misterios, y también conocí todos los caminos desiertos. Podría hacer que todo se conectara y se moviera con la corriente del día. Cuando empecé a escribir mis propias canciones, la jerga folk era el único vocabulario que conocía, y lo usaba.

Pero yo también tenía algo más. Tenía principios y sensibilidades y una visión informada del mundo. Y la había tenido por un tiempo. Lo aprendí todo en la escuela primaria. Don Quijote, Ivanhoe, Robinson Crusoe, los viajes de Gulliver, Historia de dos ciudades, todo lo demás – lectura típica de la escuela secundaria que me dio una manera de ver la vida, una comprensión de la naturaleza humana y un estándar para medir las cosas. Tomé todo eso conmigo cuando empecé a componer letras. Y los temas de esos libros trabajaron en muchas de mis canciones, ya sea a sabiendas o sin intención. Quería escribir canciones a diferencia de cualquier cosa que alguien hubiera escuchado, y estos temas eran fundamentales.

Libros específicos que han permanecido conmigo desde que los leí de vuelta en la escuela secundaria – Quiero contarles tres de ellos: Moby Dick, Sin novedad en el frente, o La Odisea.

Moby Dick es un libro fascinante, un libro que está lleno de escenas de alto drama y diálogo dramático. El libro te exige. La trama es sencilla. El misterioso Capitán Ahab – capitán de un barco llamado el Pequod – un egomaníaco con una pierna de perno que persigue su némesis, la gran ballena blanca Moby Dick que tomó su pierna. Y lo persigue todo el camino desde el Atlántico alrededor de la punta de África y en el Océano Índico. Él persigue a la ballena alrededor de ambos lados de la tierra. Es un objetivo abstracto, nada concreto o definido. Él llama Moby el emperador, lo ve como la encarnación del mal. Ahab tiene una esposa y un hijo en Nantucket que recuerda de vez en cuando. Usted puede anticipar lo que sucederá.

La tripulación del buque está formada por hombres de diferentes razas, y cualquiera de ellos que vea a la ballena recibirá la recompensa de una moneda de oro. Una gran cantidad de símbolos del zodíaco, alegorías religiosa, estereotipos. Ahab se encuentra con otros barcos balleneros, presiona a los capitanes para obtener detalles sobre Moby. ¿Lo han visto? Hay un profeta loco, Gabriel, que predice la condena de Ahab. Moby encarna al dios Shaker, y cualquier trato con él llevará al desastre. Dice eso al capitán Ahab. Otro capitán del buque, el Capitán Boomer, perdió un brazo contra Moby. Pero él tolera eso, y está feliz de haber sobrevivido. No puede aceptar el deseo de venganza de Ahab.

Este libro cuenta cómo los diferentes hombres reaccionan de diferentes maneras a la misma experiencia. Mucho Antiguo Testamento, alegoría bíblica: Gabriel, Raquel, Jeroboam, Bildah, Elijah. Nombres paganos también: Tashtego, Frasco, Daggoo, Fleece, Starbuck, Stubb, Martha’s Vineyard. Los paganos son adoradores de ídolos. Algunos adoran pequeñas figuras de cera, algunas figuras de madera. Algunos adoran el fuego. El Pequod es el nombre de una tribu india.

Moby Dick es un cuento marinero. Uno de los hombres, el narrador, dice: “Llámame Ismael.” Alguien le pregunta de dónde viene, y él dice: “No está debajo, en ningún mapa. Los verdaderos lugares nunca lo son. “Stubb no da significado a nada, dice que todo está predestinado. Ismael ha estado en un velero toda su vida. Llama a los veleros su Harvard y Yale. Mantiene su distancia de la gente.

Un tifón golpea al Pequod. El capitán Ahab cree que es un buen presagio. Starbuck piensa que es un mal presagio, considera matar a Ahab. Tan pronto como la tormenta termina, un miembro de la tripulación cae del mástil del barco y se ahoga, prefigurando lo que está por venir. Un sacerdote pacifista cuáquero, que en realidad es un hombre de negocios sanguinario, le dice a Flask: “Algunos hombres que reciben lesiones son llevados a Dios, otros son llevados a la amargura.”

Todo está mezclado. Todos los mitos: la Biblia judeo-cristiana, los mitos hindúes, las leyendas británicas, San Jorge, Perseo, Hércules, todos ellos son balleneros. La mitología griega, el negocio sangriento de cortar una ballena. Muchos hechos en este libro, conocimientos geográficos, aceite de ballena – bueno para la coronación de la realeza – familias nobles en la industria ballenera. El aceite de ballena se usa para ungir a los reyes. La historia de la ballena, frenología, filosofía clásica, teorías pseudocientíficas, justificación de la discriminación, todo arrojado y nada racional. Ilustres, persiguiendo la ilusión, persiguiendo la muerte, la gran ballena blanca, blanco como el oso polar, blanco como un hombre blanco, el emperador, el némesis, la encarnación del mal. El capitán demente que en realidad perdió su pierna hace años tratando de atacar a Moby con un cuchillo.

Solo vemos la superficie de las cosas. Podemos interpretar lo que está debajo de cualquier forma que creamos conveniente. Los tripulantes caminan en la cubierta escuchando las sirenas, y los tiburones y los buitres siguen la nave. Lectura de cráneos y caras como usted lee un libro. Aquí hay una cara. Lo pondré delante de usted. Léalo si puede.

Tashtego dice que murió y renació. Sus días extra son un regalo. No fue salvado por Cristo, sin embargo, dice que fue salvo por un compañero y un no cristiano en eso. Parodia la resurrección.

Cuando Starbuck le dice a Acab que debe dejar pasar bygones, el capitán enojado le responde: “No me hables de blasfemia, hombre, golpearía el sol si me insultara.” Ahab, también, es un poeta de la elocuencia. Él dice: “El camino hacia mi propósito fijo está puesto con rieles de hierro sobre los cuales mi alma está ranurada para correr”. O estas líneas: “Todos los objetos visibles son máscaras de cartón”. Frases poéticas que no pueden ser vencidas.

Finalmente, Ahab ve a Moby y los arpones salen. Los barcos se bajan. El arpón de Ahab ha sido bautizado en sangre. Moby ataca el barco de Ahab y lo destruye. Al día siguiente, vuelve a ver a Moby. Los barcos se bajan de nuevo. Moby ataca de nuevo el barco de Ahab. Al tercer día, otro barco entra. Más alegoría religiosa. Se ha levantado. Moby ataca una vez más, golpeando al Pequod y hundiéndolo. Ahab se enreda en las líneas de arpón y es lanzado de su barco en una tumba acuosa.

Ismael sobrevive. Está en el mar flotando en un ataúd. Y eso es todo. Esa es toda la historia. Ese tema y todo lo que implica implicaría su camino en más de algunas de mis canciones.

Sin novedad en el frente era otro libro que lo hizo. Sin novedad en el frente es una historia de horror. Este es un libro donde usted pierde su infancia, su fe en un mundo significativo, y su preocupación por los individuos. Estás atrapado en una pesadilla. Sumergido en un misterioso remolino de muerte y dolor. Te estás defendiendo de la eliminación. Estás siendo borrado de la faz del mapa. Había una vez un joven inocente con grandes sueños de ser pianista de conciertos. Una vez amabas la vida y el mundo, y ahora estás disparando.

Día tras día, las avispas te muerden y los gusanos recorren tu sangre. Eres un animal acorralado. No encajas en ninguna parte. La lluvia que cae es monótona. Hay interminables asaltos, gas venenoso, gas nervioso, morfina, corrientes ardientes de gasolina, barrido y escabechado de alimentos, gripe, tifus, disentería. La vida se está derrumbando a tu alrededor, y las conchas están silbando. Esta es la región inferior del infierno. Barro, alambre de púas, trincheras llenas de ratas, ratas comiendo intestinos de hombres muertos, trincheras llenas de suciedad y excrementos. Alguien grita: “Eh, tú ahí. Párate y pelea.”

¿Quién sabe cuánto tiempo pasará este lío? La guerra no tiene límites. Estás siendo aniquilado, y esa pierna está sangrando demasiado. Ayer mataste a un hombre y hablabas con su cadáver. Le dijiste que después de que esto haya terminado, pasarás el resto de tu vida cuidando a su familia. ¿Quién se beneficia aquí? Los líderes y los generales ganan fama, y muchos otros se benefician financieramente. Pero estás haciendo el trabajo sucio. Uno de tus camaradas dice: “Espera un momento, ¿a dónde vas?” Y tú dices: “Déjame en paz, volveré en un minuto”. Entonces entras en el bosque de la muerte buscando un pedazo de salchicha. No se puede ver cómo nadie en la vida civil tiene ningún tipo de propósito en absoluto. Todas sus preocupaciones, todos sus deseos – no puedes comprenderlo.

Más ametralladoras sonajeras, más partes de cuerpos que cuelgan de los alambres, más piezas de brazos y piernas y cráneos donde las mariposas se posan en los dientes, heridas más espantosas, pus saliendo de cada poro, heridas de pulmón, heridas demasiado grandes para el cuerpo, Soplando cadáveres y cuerpos muertos haciendo ruidos de vómito. La muerte está en todas partes. Nada más es posible. Alguien te matará y usará tu cadáver para practicar el objetivo. Botas, también. Son su preciada posesión. Pero pronto estarán en los pies de otra persona.

Hay ranas que atraviesan los árboles. Cabrones despiadados. Tus cáscaras se están acabando. “No es justo que nos volvamos a ver tan pronto”, usted dice. Uno de tus compañeros está tendido en la tierra, y quieres llevarlo al hospital de campaña. Alguien más dice: “Podrías ahorrarte un viaje.” “¿Qué quieres decir?” “Gíralo, verás lo que quiero decir.”

Espera a oír las noticias. No entiendes por qué la guerra no ha terminado. El ejército está tan atado a las tropas de reemplazo que están reclutando a muchachos que son de poco uso militar, pero ellos los están esbozando de todos modos porque se están quedando sin hombres. La enfermedad y la humillación han roto tu corazón. Usted fue traicionado por sus padres, sus maestros de escuela, sus ministros, e incluso su propio gobierno.

El general con el cigarro lentamente fumado te traicionó también – te convirtió en un matón y un asesino. Si pudieras, le pondrías una bala en la cara. El comandante también. Usted fantasea que si usted tenía el dinero, usted pondría una recompensa para cualquier hombre que tomaría su vida por cualquier medio necesario. Y si él pierde su vida haciendo eso, entonces deja el dinero para sus herederos. El coronel también, con su caviar y su café, es otro. Pasa todo su tiempo en el burdel de los oficiales. También le gustaría verlo muerto. Más Tommies y Johnnies con su golpe de mi papá-o y su whisky en los frascos. Matarás a veinte de ellos y otros veinte saldrán en su lugar. Simplemente apesta en las fosas nasales.

Has venido a despreciar a esa generación mayor que te envió a esta locura, a esta cámara de tortura. A tu alrededor, tus compañeros están muriendo. Muriendo de heridas abdominales, amputaciones dobles, caderas destrozadas, y piensas: “Sólo tengo veinte años, pero soy capaz de matar a cualquiera. Incluso mi padre si se me acercó.

Ayer, trataste de salvar a un perro mensajero herido, y alguien gritó: “No seas tonto”. Una rana está gorgoteando a tus pies. Le pegaste con una daga en el estómago, pero el hombre todavía vive. Sabes que deberías terminar el trabajo, pero no puedes. Estás en la verdadera cruz de hierro, y un soldado romano está poniendo una esponja de vinagre en tus labios.

Los meses pasan. Te vas a casa en licencia. No puedes comunicarte con tu padre. Él dijo: “Serías un cobarde si no te enrolabas.” Tu madre también, al salir de la puerta, dice: “Ten cuidado con las chicas francesas ahora.” Más locura. Usted lucha por una semana o un mes, y usted gana diez yardas. Y luego el próximo mes lo llevan de vuelta.

Toda esa cultura de hace mil años, esa filosofía, esa sabiduría -Platón, Aristóteles, Sócrates- ¿qué le sucedió? Debe haber evitado esto. Sus pensamientos vuelven a casa. Y una vez más eres un colegial que camina entre los altos álamos. Es un recuerdo agradable. Más bombas cayendo sobre ti desde dirigibles. Tienes que hacerlo ahora. Ni siquiera se puede mirar a nadie por miedo a algo mal calculable que podría suceder. La tumba común. No hay otras posibilidades.

Entonces usted nota las flores de la cereza, y usted ve que la naturaleza no es afectada por todo esto. Los árboles de álamo, las mariposas rojas, la belleza frágil de las flores, el sol – se ve cómo la naturaleza es indiferente a todo. Toda la violencia y el sufrimiento de toda la humanidad. La naturaleza ni siquiera lo nota.

Estás tan solo. Entonces un pedazo de metralla golpea el lado de su cabeza y usted está muerto. Has sido descartado, tachado. Has sido exterminado. Dejé este libro y lo cerré. Nunca quise volver a leer otra novela de guerra, y nunca lo hice.

Charlie Poole de Carolina del Norte tenía una canción que conectó con todo esto. Se llama “No me estás hablando”, y las letras son así:

Vi un cartel en una ventana caminando por la ciudad un día.Únete al ejército, ver el mundo es lo que tenía que decir.Usted verá lugares emocionantes con una tripulación jovial,Conocerás gente interesante y aprenderás a matarlos también.Oh usted no está hablando conmigo, usted no está hablando conmigo.Puedo estar loco y todo eso, pero tengo buen sentido.No me estás hablando, no me estás hablando.Matar con una pistola no suena divertido.No me estás hablando.

La Odisea es un gran libro cuyos temas han entrado en las baladas de muchos compositores: “Homeward Bound”, “Green on Grass Range”, “Home on the Range” y mis canciones también.

La Odisea es una historia extraña y aventurera de un hombre adulto tratando de llegar a casa después de luchar en una guerra. Está en ese largo viaje a casa, y está lleno de trampas y trampas. Está maldito para vagar. Siempre es llevado al mar, siempre teniendo llamadas cercanas. Grandes trozos de rocas hacen oscilar su bote. Él enoja a la gente que no debería. Hay tripulantes en su equipo. Traición. Sus hombres se convierten en cerdos y luego se convierten en hombres más jóvenes y más guapos. Siempre está tratando de rescatar a alguien. Es un hombre viajero, pero está haciendo muchas paradas.

Está atrapado en una isla desierta. Encuentra cuevas desiertas y se esconde en ellas. Se encuentra con gigantes que dicen: “Te comeré por última vez.” Y se escapa de los gigantes. Está tratando de regresar a casa, pero es lanzado y girado por los vientos. Vientos intranquilos, vientos fríos, vientos hostiles. Él viaja lejos, y entonces él consigue soplado detrás.

Siempre está siendo advertido de las cosas por venir. Tocando cosas que le dijeron que no lo hiciera. Hay dos caminos por recorrer, y ambos son malos. Ambos peligrosos. En uno se podría ahogar y por el otro se podría morir de hambre. Él entra en los estrechos estrechos con espumosos remolinos que lo tragan. Se reúne con monstruos de seis cabezas con colmillos afilados. Los rayos le atacan. Ramas sobresalientes que él hace un salto para alcanzar para salvarse de un río furioso. Dioses y dioses lo protegen, pero otros quieren matarlo. Cambia identidades. Está agotado. Se duerme y se despierta por el sonido de la risa. Él cuenta su historia a extraños. Ha pasado veinte años. Lo llevaron a algún lugar y se fue de allí. Las drogas se han dejado caer en su vino. Ha sido un camino duro para viajar.

De muchas maneras, algunas de estas mismas cosas te han pasado. Usted también ha tenido drogas dropeadas en su vino. Tú también has compartido una cama con la mujer equivocada. Usted también ha sido hechizado por voces mágicas, voces dulces con extrañas melodías. Tú también has llegado tan lejos y has estado tan lejos volando. Y también has tenido llamadas cercanas. Usted ha enojado a la gente que no debería. Y usted también ha divagado este país todo alrededor. Y usted también ha sentido que el viento enfermo, el que le sopla no es bueno. Y eso no es todo.

Cuando vuelve a casa, las cosas no son mejores. Los sinvergüenzas se han mudado y están aprovechando la hospitalidad de su esposa. Y hay demasiados. Y aunque es más grande que todos y el mejor en todo – mejor carpintero, mejor cazador, mejor experto en animales, mejor marinero – su valor no lo salvará, pero su truco lo hará.

Todos estos rezagados tendrán que pagar por profanar su palacio. Se disfrazará como un mendigo sucio, y un humilde criado le dará patadas por los escalones con arrogancia y estupidez. La arrogancia del siervo le revuelve, pero él controla su ira. Él es uno contra cien, pero todos caerán, incluso los más fuertes. No era nadie. Y cuando todo está dicho y hecho, cuando él finalmente está en casa, él se sienta con su esposa, y él le cuenta las historias.

Entonces, ¿qué significa todo ésto? Yo y muchos otros compositores han sido influenciados por estos mismos temas. Y pueden significar muchas cosas diferentes. Si una canción te mueve, eso es todo lo que importa. No tengo que saber lo que significa una canción. He escrito todo tipo de cosas en mis canciones. Y no voy a preocuparme por eso, lo que significa todo. Cuando Melville puso todo su antiguo testamento, referencias bíblicas, teorías científicas, doctrinas protestantes y todo ese conocimiento del mar y de los veleros y las ballenas en una sola historia, no creo que él tampoco se hubiera preocupado por lo que significa .

John Donne también, el poeta-sacerdote que vivió en la época de Shakespeare, escribió estas palabras, “El Sestos y Abydos de sus pechos. No de dos amantes, sino de dos amores, de los nidos. “Yo tampoco sé lo que significa. Pero suena bien. Y quieres que tus canciones suenen bien.

Cuando Odiseo en la Odisea visita al famoso guerrero Aquiles en el inframundo – Aquiles, que comerció una larga vida llena de paz y contentamiento por un corto lleno de honor y gloria – le dice a Odiseo que todo fue un error. “Acabo de morir, eso es todo.” No había honor. Ninguna inmortalidad. Y si pudiera, elegiría regresar y ser un esclavo humilde de un arrendatario en la tierra en lugar de ser lo que es – un rey en la tierra de los muertos – que cualesquiera que fueran sus luchas de vida, eran preferibles A estar aquí en este lugar muerto.

Eso es lo que son las canciones también. Nuestras canciones están vivas en la tierra de los vivos. Pero las canciones son diferentes a la literatura. Están destinadas a ser cantadas, no leídas. Las palabras en las obras de Shakespeare estaban destinadas a actuar en el escenario. Así como las letras de canciones están destinadas a ser cantadas, no se lee en una página. Y espero que algunos de ustedes tengan la oportunidad de escuchar estas letras de la forma en que fueron destinados a ser escuchadas: en concierto o en el registro y sin embargo la gente está escuchando canciones en estos días. Regreso una vez más a Homero, quien dice: “Canta en mí, oh Musa, y a través de mí cuenta la historia”.

 

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Conversaciones con Dios – Darío Jaramillo Agudelo

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1. La primera vez que Dios me habló, Él estaba disfrazado de serpiente. Era difícil reconocerlo por esa apariencia tan inesperada en un tipo como Dios, pero así es Él, siempre sagaz, sagaz como una serpiente, sí, exactamente como una serpiente. Además está el antecedente: el demonio se le presentó a Eva disfrazado de ofidio. Nadie esperaría que Dios usara el mismo truco. Por eso mismo lo usó. Era la mejor manera de despistar. Ese día apenas fue una especie de examen. Me dijo que era Dios. Yo le creí y en eso consistía la prueba, en que yo le creyera. Si llego a dudar, Él no me habría hablado nunca más. Pero yo le creí. Me dijo que Él era el Padre Eterno. Que Él había creado el mundo y que lo controlaba casi todo. Casi. Pero no me aclaró qué asunto no controla. Creo que no explicarme fue un efecto dramático. Me dejó en suspenso. Sigo en suspenso. 2. Sigo en suspenso porque la segunda vez que Dios me habló, no lo vi. Fue en una madrugada. Un lunes. Me habló al oído y me pidió que tomara nota, que me iba a dictar. Dijo: este es el tercer intento de creación que hago. Soy perfecto, pero mis inventos no son perfectos. Esta vez fue el invento de un ser inteligente. Dijo: inteligente, pero codicioso; inteligente, pero avaro; inteligente, pero lleno de odio; inteligente pero capaz de matar a sus semejantes. Dijo más cosas que algún día voy a contar. Sí, ya sé, estoy acostumbrado a esa reacción: de seguro ustedes están pensando que estoy loco. Pero no estoy loco. Pero ustedes insistirán que sólo un loco dice que Dios le habló. Lo que no saben es que Dios me advirtió que me llamarían loco. Y también me dijo que Él no le va a hablar a esos cuerdos que están tan locos como para que les parezca imposible que Dios les hable.

 

(Inédito aparecido en la revista Estación Poesía # 10. Abril – 2017. http://institucional.us.es/estacion/)

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Chuck Berry por Roger Avery y Quentin Tarantino

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Empieza a sonar por el tocadiscos tragaperras automático una vieja canción.

MIA: Quiero bailar.

VINCENT: Yo no sé bailar muy bien.

MIA: Ahora soy yo la que se siente enfadada. Creía que Marcellus te había dicho que me sacaras para hacer lo que quisiera. Pues bien, ahora quiero bailar.

Vincent sonríe y comienza a quitarse las botas. Mia, triunfante, se quita su calzado. Él la toma de la mano y la acompaña a la pista de baile. Los dos se sitúan frente a frente durante ese breve momento antes de dar inicio al baile, y a continuación ambos empiezan el movimiento demoníaco del twist. La versión del twist que ofrece Mia es la de una gata sexual. Vincent es el puro Señor Frío al tiempo que emprende un ritmo de oscilación de caderas que haría sentirse orgulloso al señor Chubby Checker.

Los otros que bailan en la pista tratan de hacer lo mismo, pero Vincent y Mia mueven sus traseros con una extraña sincronización. Definitivamente ambos comparten un ritmo, así como las sonrisas, al tiempo que tararean los últimos versos de la vieja canción.  

 

(Pulp Fiction – Roger R. Avery y Quentin Tarantino – Grijalbo Mondadori- 1995 – Traducción de José Manuel Pomares)

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Despescueznarizorejamiento

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Para Guillermo Roncancio, por Berenice y Very Nice.

 

Al paso que va – de afán, como vivió – Andrés Caicedo terminará por convertirse en un clásico. Si no lo es ahora mismo. No debido a su ícono ni a su leyenda, refuerzos casi inevitables del único centro: la obra.

Que es un prodigio, aunque no en ese sentido espectacular ofrecido por los medios de comunicación sedientos de fenómenos y espectáculos. Desde luego, es sorprendente que en un plazo creativo muy breve (quizás ocho años, de 1969 a 1977) el precoz Caicedo haya escrito su desaforada cantidad de textos y libros.

Solo establecer la cuenta pasma hasta a los enemigos del caleño: tres novelas, puñados de cuentos, guiones, obras teatrales, artículos cercanos al ensayo, una especie de diario de lecturas, un voluminoso epistolario, poemas y hasta unas memorias, porque el tiempo y la premura le alcanzaron incluso para envejecer a los veinticuatro años y escribir esa especie de autobiografía que luego se tituló ‘El cuento de mi vida’. Se necesita una disciplina marcial y un talento acerado si quiere lograrse eso.

Lo que transforma a Caicedo en un fundamento literario no es esa profusión (ejemplar, por otra parte).

Es su estilo. Si es que todavía se puede mentar semejante palabra en un ámbito donde pululan los expertos y quienes afirman que ya todo, incluso el Todo mismo, está superado.

Un estilo. Una voz potente que logra diversificarse y ampliarse sin perder gracia, hechizo y hondura. Un modo de nombrar, decir e incluso dar vida (Cali, por ejemplo, dentro del relato ‘En las garras del crimen’ es un Hollywood colombiano, una meca del cine). La literatura colombiana ha tenido pocos estilos tan fuertes, tan contagiosos y definitivos. En este país abundan escritores, pero muy pocos tornados o avalanchas con el ímpetu de Andrés Caicedo. Sobre todo, es una paradoja, poetas. A estas alturas solo puede compararse al autor de ‘Que viva la música’ con nuestros narradores canónicos, José Eustasio Rivera, Gabriel García Márquez, Eduardo Zalamea Borda, Germán Espinosa. Y pocos más.

La contundencia de ese estilo se preña y preña con idéntica solidez y es, sin problema, María del Carmen Huerta, un pandillero de vieja data, una vampira castradora, un muchachito opaco llamado Solano Patiño, un ser andrógino – el Besacalles – y un crítico de cine con perspectivas absolutamente incomparables no solo antes sino después de él. De paso va gestando un mundo esférico y autónomo, aunque la Cali de Caicedo ya no exista – o por eso mismo -: perpetrar cualquiera de sus textos es adentrarse en una atmósfera con lógicas y leyes propias. Inclusive una simple (si es que ese adjetivo no le es injusto al escritor, que de simple nada tiene) reseña acerca de un film se vuelve en él una porción de ese universo que pulió y maceró hasta el delirio.

Quien quiera revisar o releer ese acervo comprobará un amalgama maestra de lo que se dice con como se dice. Hay cuentos que son auténticos poemas en prosa (‘Por eso yo regreso a mi ciudad’), obras de teatro que harían las delicias de Samuel Beckett por su economía de recursos y profundidad (‘Los diplomas’, ‘El mar’), y textos de una hibridez tal que conjugan el ensayo, el testimonio, la reseña, lo narrativo y la poesía sin pedirle permiso a quienes dictan formatos. ‘Pronto: memorias de una cinesífilis’ es una demostración de esos riesgos.

En honor a la sinceridad, y lo que resulta más increíble en todo este asunto, es que esa empresa literaria, por la ansiedad con la cual se elaboró, por los medios precarios y juveniles del autor, y por la diversidad de intereses no sistemática – sólo al final centrada en el cine – que lo sacudieron desde que empezó a edificarla, es menor. No es una gran literatura, ni fue hecha con ese espíritu. Es menos artesanal que urgente, aprovisionada para el momento histórico en que se escribió.

Cuarenta años después del suicidio de Andrés Caicedo si un lector serio se enfrenta a sus páginas hallará una estética poderosa escrita, no obstante, con escasos recursos materiales y una afectación digna del romanticismo más elemental. Pero certera en su tono (que no es cualquier cosa si hablamos de un empeño literario) y en sus símbolos, en sus arquetipos. Por eso la inclinación final de Caicedo hacia el cine y la música, artes capitales que conducen y acompañan a las otras.

Puede uno quedarse analizando las razones que construyen a esta obra, de espontánea y tal vez poco prudente elaboración, pero gana el asombro. Desde hace por lo menos diez años Andrés Caicedo ha sido traducido a más de cinco idiomas,  su obra se ha empezado a estudiar en ambientes académicos y ya pertenece, por derecho propio, a la tradición de nuestras letras, que es también un despropósito: se habla de él sin haber sido leído. Lo cual indica que es no solamente un autor de culto sino cultual, popular.

Quién sabe cuánto de esto se le deba a los amigos de Caicedo, ya saturados de citarlo y comentarlo como el cineasta Luis Ospina. Quién sabe si gran parte de la expansión de sus historias y timbres vocales se le tenga que atribuir por ejemplo al Teatro Matacandelas de Medellín que desde 1996 está escenificando ‘Angelitos empantanados’, adaptación de sus escritos.

Lo claro es algo que no se dice mucho en la prensa y que hace de Andrés Caicedo un escritor paradigmático: la vigencia de lo que escribió, tenga alta calidad o no. Es muy complicado para un escritor mantenerse en el tiempo, tener lectores fieles que vayan más allá de su propio contexto y que logren preservar sus manuscritos por encima de circunstancias y coyunturas. Caicedo lo logra. Y sigue aquí.

‘Que viva la música’ forma parte de la educación de muchísimos lectores. Aquí y en París o Londres. Es inverosímil, sí. Y meritorio. Algo que no imaginó ni siquiera el propio escritor, ni esperaba nadie.

Uno de los proyectos finales de Andrés Caicedo era la composición de cierta novela joyceana que se iba a titular ‘Despescueznarizorejamiento’ en evidente alusión a la antropofagia que puebla sus textos y al anhelo de fundir diversos registros literarios en un solo vendaval verbal. Algo de eso quedó en la única novela que publicó y con ese concepto caníbal, autodestructivo y triturador del rostro y la cabeza (alegorías de esa identidad que sus personajes nunca conquistan) puede entenderse su obra entera. Una senda coherente de eliminación propia, escrita al desgaire, y con la dignidad suficiente para abandonar el lastre del malditismo y de la angustia juvenil.

Al igual que el vástago del doctor Frankenstein, merece una nueva lectura, una enésima oportunidad

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FELICIDAD – Farsa trágica en un acto –

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Al fondo del escenario, la Señora. Una sola luz para ella. A medida que avance irá caminando en línea recta hasta casi abalanzarse, al borde de las candilejas, sobre el público. Una vez inicie su lenta caminata se encenderán luces para la criada. La Señora nunca mirará a la Criada; por el contrario, la Criada se moverá en todas direcciones. En ningún momento rozará a la Señora.

 Señora: (A punto de quitarse el abrigo) ¿Criada?

(La Criada hace su aparición, presurosa)

 Criada: Mande.

Señora: El abrigo.

Criada: Al instante (le quita el abrigo con una sobria y estudiada elegancia).

Señora: A pesar de mis cincuenta años quisiera volver a saltar la cuerda, a trotar por ahí. Como puede notarlo no estoy loca, no.

 (La Criada mira con desprecio el abrigo que aún lleva en la mano)

 Criada: Todavía.

Señora: ¿Todavía?

Criada: Todavía no está loca, no. (Con desden tira el abrigo al suelo)

Señora: Criada.

Criada: Mande.

Señora: La fruta.

Criada: Está lista.

Señora: Y mi hija de meses…

Criada: También lista.

(La Señora se encoge levemente; mira al público entre sospechas y sonríe).

 Señora: Me observo en este espejo…

Criada: ¿y?

Señora: … me observo, soy de nuevo toda una mujer.

Criada: Seguramente… (se retira)

Señora: Aún puedo esperar que algo importante suceda… demórese, demórese por favor… sé que acepta este juego sin reclamos porque sabe que en realidad esto no es un juego… no quiero morir… y esta corta prolongación de mi vida, este juego, debe continuar…

(La Criada entra con una sola fruta en la mano, la lleva izada. Su caminar es galante y ceremonioso, como si llevara una bandeja atiborrada de viandas. La fruta está podrida. Anuncia su entrada. )

 Criada: La bandeja, repleta de frutas.

Señora: Sobre la mesita de centro.

Criada: (mientras arroja la fruta podrida a un costado) Sería bueno encender las luces.

Señora: ¡No!… todavía puedo ver.

Criada (Mirando a la penumbra del público, indignada). Como diga…

Señora: Describa las frutas.

Criada: (Duda un momento. Luego, empieza a mentir)… peras, peras muy suaves. Uvas verdes. Uvas negras. Todas jugosas. Jugosísimas.

Señora: ¿Uvas negras?

Criada: Combinan con el color de la alfombra.

Señora: (sin dejar de mirar al frente) Esas frutas. Ordénelas. Adórnelas.

(La Criada llena de fastidio se encoge de hombros dos veces y mira con desprecio a la Señora).

 Criada: … Ya terminé.

Señora: Modere su vocabulario.

Criada: ¿Qué?

Señora: Esta es una casa decente. (La criada frunce el ceño; desaprueba con la cabeza). Sentido común. Equilibrio. Decencia.

Criada.

Criada: Mande…

Señora: Esto es la felicidad. (Se ríe complacida) De prisa. Mi hija de meses. Aquí. Rápido.

Criada: (corre al interior mientras grita) ¡¿su hija de meses?!

Señora: Hermosa, como la madre. Nadie lo niega.

(La Criada retorna afanosa con unas cuantas cobijas viejas y rotas, las va enrollando entre los brazos).

Criada: (Se pasea con el bulto de cobijas simulando que lleva entre las manos a una recién nacida) No llore. La voy a dejar con su mamá. Ya pasó. Ya pasó.

Señora: ¿Comió?

Criada: Señora, yo no he comido nada, esta casa está a punto de caerse…

Señora: Tarada. Pregunto por mi hija de meses. ¿Comió?

Criada: (Recapacitando; arrullando a las cobijas)… sí, sí. Esta mañana.

Señora: ¿Se ha portado bien?

Criada: ¿Su hija… de meses?

Señora: Por supuesto. Quién más.

Criada (Furiosa) No creo que exista niña más dócil sobre la faz de la tierra.

Señora: Idéntica a la madre.

(La Criada observa las cobijas con repugnancia)

Criada: Idéntica sí. La misma cara. Los mismos gestos.

Señora: Mis amistades lo han mencionado. (Voz de mando) Niñera. Institutriz.

Criada: ¿Qué?

Señora: Niñera. ¿A dónde llevó a mi hija de meses?

Criada: … hoy… al parque. Su hija de meses corría, corría por los potreros. Luego se puso a molestar las orejas de un perro.

Señora: ¿Perdón?

Criada: Quiero decir que… que un perro se acercó y saltaba, saltaba. Quería jugar con nosotras; quiero decir… (Le acerca los trapos)… señora. Su hija de meses. (Hace el ademán de entregarle los trapos)

Señora: (Sin dejar de mirar al frente. Serena. No le recibe los trapos) Sí, la veo. Muy tierna. Estoy a punto de llorar. (Suelta una carcajada estrepitosa pero no descontrolada; es una risa similar a un chillido). No puedo evitar el llanto. Es mi hija de meses. (Sigue riendo. De un modo sorpresivo, vuelve a su estado rígido). Niñera.

Criada: Mande.

Señora: Deseo amamantar a mi hija de meses.

Criada: Para mí sus deseos son órdenes. (Le entrega los trapos)

 (La Señora retiene las viejas y raídas cobijas durante cuatro segundos en completo silencio

 Señora: Qué hija de meses tan bonita. Muy bonita. (La Criada observa a su patrona. Esta deja resbalar las cobijas, las cuales quedan desperdigadas, a sus pies)

(La Criada pretende retirarse con sigilo, en puntas de pies)… Criaaaaada.

Criada: (Se rasca la cabeza, ofuscada) Mande, pues…

Señora: Hoy tenemos invitado a cenar.

Criada: ¿Invitado? … ¿Hoy?

Señora: Publio.

Criada: Publio, sí.

Señora: Publio Ovidio, mi prometido.

Criada: Señora, usted es viuda…

Señora: ¡Cuándo yo hablo nadie interrumpe!

Criada: Dispense.

Señora: Nuestro plan es traer cuatro hijos a este valle de lágrimas. Luego, luna de miel. Después, matrimonio.

Criada: Imagino que no demora en anunciarse.

(La señora dibuja un gesto de suspicacia, incluso de sospecha)

 Señora: Criada.

Criada: Mande.

Señora: Absolutamente reprochable. Reprochable. Suenan las campanillas del timbre. Abra la puerta. Es Publio.

Criada: Señora, por favor… no escucho ningún timbre.

Señora: ¡Diríjase a la puerta! ¡Es una orden! (La criada se dirige al interior, malhumorada)

Criada: (Mientras sale) No escucho timbre porque en esta casa ni siquiera hay timbre…

Señora: Ahora, ahora Publio Ovidio, seremos felices por toda la eternidad…

(La criada entra con una camisa de hombre, un sombrero, un bastón y un pañuelo de color vistoso entre las manos)

 Criada: (Voz de anuncio) ¡El respetable y honorable señor don Publio y Ovidio!

Señora: ¿Publio, mi prometido? ¿El hombre con el que me casaré? (La criada se dirige a un rincón claro-oscuro de la escena para ataviarse con los objetos que trae en las manos) ¿Publio Ovidio, amor mío?… mi corazón te llama… pero no respondes…

Criada (Con el sombrero y la camisa puestos, aferrándose al bastón; fingiendo de un modo errático ser Publio; se trepa a una silla) Eeeeh… sí, sí, vida mía. Heme aquí… mmm… postrada… postrado de hinojos ante ti.

Señora: Publio…

Criada: Dime, alondra. Tu voz es la más fina música para mis oídos; habla, habla de modo que a mi alma retornen la paz y la esperanza. Soy tu siervo. Tu esclavo.

Señora: Publio Ovidio, hombre encantador…

Criada: Eeeeh… debo reconocer humildemente que soy un hombre agraciado… las mujeres mueren, braman, se hipnotizan por mi culpa… pero… pero tú eres la única,  bella flor de… de… de azalea…

Señora: … encantador, digo. Hombre noble.

Criada: (Se arregla el pañuelo en el cuello) ¿Sí?

Señora: (Tono marcial) No soporto que llegues tan tarde. Tu impuntualidad es una ofensa. La peor grosería. Eres un ser despreciable, sucio, atarbán, malhechor, mentiroso, granuja, zarrapastroso. Te odio. Te odio. Fuera de mi casa, rufián miserable. Maldigo el día en que llegaste a mi vida. (Se ríe con su acostumbrado cinismo) ¿No te importan estas lágrimas que estoy derramando por ti? (Nueva carcajada) ¡Fuera de mi hogar, gusano!

 (La Criada se quita el sombrero y las demás prendas masculinas; alza el bastón con ademán amenazante)

 Criada: Perdone… perdone pero no me queda más remedio…

Señora: ¿Acaso olvida su oficio, criada?

(La Criada se detiene con el bastón en lo alto)

Criada:(bajando el bastón) Usted hace las cosas más difíciles, señora.

Señora: Paciencia… tenga paciencia…

Criada: (desciende de la silla)  Entienda. No puedo estar aquí, todo el día, con usted. Póngase en mi lugar.

Señora: Cuestión de recordar mi vida entera hasta hoy, ya casi termino, pierda cuidado.

Criada: ¿Falta algún punto de nuestro plan?

Señora: La comodidad de esta mansión. Mi ampulosa clase social. Mis amores de juventud.

Criada: Incluya en su balance la muerte de su esposo… y el hijo que nunca tuvo.

Señora: Detalles sin importancia.

Criada: Sí, tiene razón. Qué falta, entonces.

Señora: La felicidad.

Criada: ¿Felicidad?

Señora: Veinte años de dicha, encerrada en esta casa vieja. Sola. Sola. Sin deudas, sin compromisos.

Criada: La soledad absoluta.

Señora: La felicidad absoluta, querrá decir.

Criada: Como quiera. De todos modos eso, felicidad o soledad, concluye hoy.

Señora: Criada…

Criada: Señora, por  favor: ya he perdido mucho tiempo en este papel de criada. Mi obligación es sacarla de aquí sin vida. Llegó su hora. Le ruego se prepare…

Señora: Criada…

(La Criada se rasca la cabeza, suspira)

Criada: (resignada) Mande…

(La Señora llega al borde del escenario. Observa la oscuridad del auditorio y los rostros del público, desesperada).

 Señora: (señalando al público) Averigüe que hay más allá de esa oscuridad…

Criada: Fácil. Ahí están unas personas que vinieron a acompañarme. Atrás, unas bancas vacías. Y mucho más allá las puertas de salida.

Señora: ¿Sabe usted si son las mismas puertas para entrar?

Criada: …supongo que sí.

(Pausa. La Señora entra en la fase final de su agonía. La Criada se molesta un poco)

Criada: ¿Por fin? ¿Tomó ya la decisión, señora? Después de cincuenta años de vida, hoy, en el día de su despedida ¿está dispuesta a salir de aquí conmigo? Porque a eso he venido. A llevarla conmigo.

(Pausa larga)

Señora: Yo sé… como diga.

(La Criada mira a la Señora; empieza a caminar en dirección al público. La Señora, sin mirarla, espera que la Criada dé algunos pasos. Luego, muy serena, la sigue. Salen por la puerta del teatro.)

 

OSCURO

 

 

N.B.: La primera función de ‘Felicidad’, montaje del grupo Mulieris Teatro, se llevó a cabo el 6 de enero de 2010 en la academia musical Escala de Duitama. Contó con la actuación de Ayda Sanabria como la Señora y Diana Sanabria en el papel de Criada. La dramaturgia y la dirección estuvieron a cargo de Darío Rodríguez.

 

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Esperando el juicio final – Una crónica de Gerson Flórez

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Donde termina la avenida de Las Américas y comienza otra carretera, muy cerca del comercio de lápidas y flores, está el cementerio de Duitama. Es una construcción blanca, sencilla, ocupa unas dos manzanas de espacio, desde el aire se ve como un gran rectángulo, por dentro está adornada por el colorido de las ofrendas florales.

En este lugar de muerte, también llamado campo santo, donde se escucha el zumbido esporádico de insectos que transitan de una rosa a un girasol, uno que otro pájaro perdido, el murmullo de voces que tratan de coordinar oraciones y salmos, en este lugar donde se tejen historias de fantasmas que nadie ve, y rumores peregrinos que relatan la aparición de siluetas que caminan en las noches, sin tampoco haber sido vistas, en este sitio descansan los restos mortales de muchos.

Para la tradición religiosa católica los cadáveres esperan el juicio final, en el que Jesucristo tendrá a su decisión o arbitrio, para conceder la vida eterna en un paraíso, o un castigo infinito en el infierno, de acuerdo al comportamiento que hayan tenido los mortales.  Un acontecimiento que no se sabe cuánto tiempo falta para que llegue. Por eso los difuntos permanecen en una especie de limbo protegido por el hormigón, atrapados en tumbas bien selladas con cemento y ladrillo; ahí, los huesos y la carne hecha polvo esperan el llamado del creador que está en el cielo.

Los creyentes tienen la convicción de que luego de la muerte vendrá la resurrección, con la cual se tendrá una mejor vida, esto ocurrirá en el final de los tiempos, es decir, en la terminación del mundo. El juicio final está cerca, siempre corren los comentarios, que al escucharlos, producen escalofrío. Una legión de ángeles hará sonar sus trompetas para anunciarlo.

Pero mientras eso ocurre, cientos de visitantes preparan a sus familiares difuntos para ese acontecimiento, el día en el que se reencontrarán, por ahora a estos restos humanos que  yacen en este cementerio les llevan flores, les rezan el rosario y les ofrecen celebraciones eucarísticas. Ellos seguirán vivos en la memoria cada vez que sean visitados y por supuesto recordados.

Lo sabe muy bien Juan Bautista Amézquita, uno de los sepultureros del cementerio. Aunque no me dijo cuántos años tiene, podría estar llegando a los 60.  Lleva veinte años enterrando muertos, reconoce el olor de la flor fresca,   ha visto miles de veces la huella de sal que dejan las lágrimas, son tantas veces como tumbas que hay en el lugar. Ha acompañado en la recta final a los difuntos aún sin conocerlos, y los ha vuelto a desenterrar años después sin recordarlos.

Para entrar al cementerio se pasa por una reja, al costado izquierdo está la   capilla y, al frente la escultura de un ángel con sus alas alargadas, tiene una capa azul y mira desde lo alto a los visitantes, lo hace de pie sobre una esfera que representa el mundo, la imagen sostiene una trompeta con fuerza, alude a uno de esos pasajes del fin del mundo que relata el libro del Apocalipsis en la Biblia

Con Juan tomamos la opción de caminar hacia la derecha, casi en un movimiento sincronizado, el sepulturero no me pierde de vista, me mira tratando de averiguar por qué estoy aquí.

— El cementerio está ordenado por secciones o pabellones, bautizados con nombres bíblicos. –dice Juan.

Ahora el empleado, que viste de camiseta verde de manga corta, se da un giro y señala con el brazo en alto un bloque de dos pisos.

–Es el pabellón de san Marcos, la primera construcción que se hizo para los osarios—explica Juan.

Juan continúa relatando que en este lugar se dejan los restos humanos al haber sido exhumados o sacados de su tumba luego de haber permanecido durante siete años. También hay cenizarios, porque los familiares han cremado los restos mortales de sus difuntos.

–De aquí ya no se vuelven a sacar–, afirma el sepulturero mientras señala una bóveda.

Juan se va tomando más confianza para que el diálogo sea más fluido, y así es, me dice que en este cementerio debe haber unas diez mil bóvedas. Es un número que se le viene a la memoria. Seguro que la cantidad de despojos sepultados aumenta, porque en los osarios han sido enterrados hasta tres cofres, en algunos casos.

Es un día soleado, el cielo está despejado y azul, sin el asomo de nubes. Pero corre un frío helado por todo el lugar, casi que se siente de donde viene la brisa antes de pegar contra las tumbas y unos pinos que han podado. El aire congela los dedos de los pies y la nariz.

El recorrido nos lleva a un paisaje que no va a cambiar en adelante, que es la combinación del blanco y los grises, un ambiente parecido a la neblina, a una gigantesca colmena de mármol gris, donde abundan las lápidas adornadas con el colorido de las flores.

Las bóvedas que están en perfecto orden son para guardar los cuerpos que han sido sepultados según la tradición cristiana.

Una hilera interminable de columnas tan altas que pueden llegar a un segundo piso, sostienen el panteón, y protegen a los restos mortales de la lluvia y el sol. Las tumbas son uniformes, tienen un nombre, la fecha de nacimiento y el día que fallecieron. No hay epitafios o últimas palabras con las cuales los difuntos habrían querido ser recordados. En la formación académica nos motivan a prepararnos para dejar una huella, de alguna manera esperamos no pasar desapercibidos, pero de qué nos sirve ser la inspiración de alguien, ya muertos no vamos a poder sentir la admiración de nadie.

Y le pregunto a Juan. ¿Para qué queremos ser recordados?

Juan se detiene, mira a su alrededor, se rasca la nuca, aprieta los labios. Lo veo en apuros con la respuesta. Si los filósofos no han resuelto ese problema, entonces, ¿por qué él tiene que solucionar mis dilemas existenciales?

Juan, toma aire.

–Aquí la gente llora y se desgarra a última hora, ya para qué, eso es en vida que se le debe decir a las personas cuanto las queremos—responde el sepulturero.

Y  me sigue narrando que, meses después de haber sepultado a los difuntos, los familiares o amigos vienen a visitarlos, se nota que sienten más dolor por sus expresiones salidas de control, gritan, lloran, hasta entran al cementerio bien borrachos.

Es la conclusión más sencilla y contundente que resuelve las preguntas que he tratado de responder en mi paso por este cementerio, y por si acaso, se adelantó al cuestionamiento de lo que va a suceder en el juicio final, porque, somos los únicos responsables con el porvenir que le demos a nuestra vida, bueno o malo, es lo que nos queda, punto.

¿Aquí asustan? le pregunto a Juan.

–No. —Dice el sepulturero con un tono seco y seguro. Le creo.

Sin embargo me cuenta que hay mucha gente que habla de espantos que él no ha visto, por lo menos no en este lugar, aunque si escucha que sucede en otros cementerios.

Juan recuerda que cuando empezó a trabajar, el sepulturero de esa época le relató cómo había sacado o exhumado a un cadáver, pero no hallaron ningún hueso o resto humano, solo encontraron el vestido completo con el que fue enterrado. Se murmuraba que ese difunto hacía brujería. Es la única historia que ha escuchado. En este cementerio hay muchos despojos humanos, sus almas descansan tranquilamente, no están allí para espantar a los visitantes, solo duermen esperando la resurrección.

–A los muertos no hay que tenerles miedo, pero si a los vivos—dice el sepulturero, tratando de espantar el miedo.

Y continúa con confianza narrando Juan, esa misma confianza que da el conocer a alguien a través de la charla, que una vez tuvo que impedir que se robaran unas lápidas, los asaltantes entraron por un muro que estaba al fondo del gran panteón, mucho antes de que se terminara la construcción actual del cementerio.

–Hace muchos años las lápidas las hacían con bronce y aluminio, ese material atraía a los ladrones, que luego ellos vendían para volverlas a fundir como chatarra—explica el sepulturero.

En el recorrido nos aproximamos al extremo posterior del cementerio, para cortar el silencio, Juan señala un bloque de lápidas, es de dos pisos, y me dice que es  el pabellón de san Roberto, donde los difuntos se han sepultado para siempre—o bueno, mientras llega el juicio final–.

Me cuenta Juan que ha sido el único acompañante de los difuntos que nadie reclama, sobre todo los viejos que terminaron sus últimos días en el ancianato de Duitama. No hay ceremonias antes de ser sepultados, es un acto solitario, sin compañía, lo único que se escucha es el golpe del palustre tratando de acomodar ladrillos y esta misma herramienta en el fondo de un recipiente raspando la mezcla.

Las tumbas de los N.N. (ningún nombre) están ubicadas en la parte más alta, en las últimas bóvedas, aunque tuvieran un nombre no es posible ver con tanta facilidad. Y no tienen flores, ahí se rompe la armonía del colorido y los arreglos florales.

Cuando nos aproximamos a un pabellón que no se parece a los demás, porque allí se ven juguetes pequeños, fotografías, muñecos infantiles y otros adornos de sala de niños de un hospital. Juan me comenta que son las tumbas de los angelitos.

–Los restos humanos de los niños solo están cinco años en las bóvedas—reitera el sepulturero.

Llegando al final del recorrido, Juan advierte que la muerte es algo que nos toca a todos, tenemos que aceptarlo o no. En este punto el sepulturero se escucha con una voz serena un semblante tranquilo. También me dice que en este lugar no hay estratos ni clases sociales, aquí está el ser humano que no tuvo muchos bienes materiales o propiedades, riquezas, o personas que también las tuvieron, sin embargo con esos bienes muebles o inmuebles no los enterraron.

Antes de despedirse el sepulturero me cuenta que los lunes es el día de mayor ingreso de visitas, la gente reza sus oraciones, ofrece rosarios, por ser el día de las ánimas. Saben también que los martes las canecas están llenas de flores marchitas, o que fueron cambiadas. De esta manera conocen que muchos familiares vinieron a acompañar a los difuntos. Estuvieron otro momento antes del juicio final.

–Me tengo que ir a preparar una bóveda, hoy hay otro sepelio—me dice Juan mientras mira su reloj y camina en la dirección del pabellón de san Marcos, donde comenzó el recorrido.

Antes de cruzar la reja, veo a visitantes que traen flores, que llevan en sus manos los rosarios, que se persignan en la frente con la cruz. El ángel inmenso me mira mientras camino de espaldas a él. La inmensa escultura me espera con paciencia.

 

 

 

(Fotografía del Cementerio de Duitama: Milena Celis)

 

 

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LEONARD COHEN por Marc García

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Tacoma Trailer. La única canción instrumental de Leonard Cohen es uno de los grandes tesoros secretos de su discografía; una de las piezas más hermosas, enigmáticas y evocadoras que escribió jamás. “La toqué con mi sintetizador tal y como está en el disco, pero después no pude volver a tocarla. Así que le pedí a Bill Ginn que la grabara, porque me parecía que tenía algo muy dulce. Probablemente no pueda volver a tocarla, la toqué una vez, toqué todas las partes, compuse los diferentes ritmos, pulsos y movimientos de cuerda, y lo hice de un tirón.” Si no me equivoco, cumplió su pronóstico de no tocarla de nuevo.

En los sesenta, a Leonard Cohen le gustaba encender velas. Algunas las encendió para que se enamorara de él una mujer: Nico, gélida pero incitante como la tormenta en la que Cohen anhela internarse en la última estrofa de esta canción, la menos famosa de las tres que acabó dedicándole. “One of Us Cannot Be Wrong” cerraba su primer álbum, “Songs of Leonard Cohen”, y empezaba con el cantante encendiendo una vela de amor despechado sólo para verse envuelto por una nube de mosquitos. Las cuatro escenas casi independientes de esta crónica visionaria, alucinada, de una pasión torpe y antiépica, con atisbos prácticamente slapstick, ya anunciaban algunos de los modos con los que Cohen se proponía renovar los cauces expresivos de la canción amorosa: la inventiva, la audacia, el enigma, las imágenes, un humor tan recurrente como ignorado por muchos (que toma forma en ese final asilvestrado), y, en grado de importancia no menor, una melodía vocal irresistible, impulsada por uno de sus patrones de guitarra más clásicos, que contrapone su temperatura a la de la lírica. Cohen la explica así: “Escribí esta canción en una habitación del Chelsea Hotel, donde la pintura se caía a pedazos de las paredes, antes de que me hiciera rico y famoso y me dieran habitaciones bien pintadas. Estaba dejando las anfetaminas y andaba persiguiendo a una dama rubia que conocí en un póster nazi. Y hacía muchas cosas para atraer su atención”. A Nico, por otra parte, no la consiguió nunca, por mucho que “encendiera velas, rezara, hiciera hechizos y llevara amuletos, todo lo que hiciera falta para que se enamorase de mí”. La inolvidable segunda estrofa del tema (que, todo sea dicho, era una reescritura del “Leopard Skin Pill-Box Hat” de Dylan) la elogió incluso Lou Reed, tan parco en halagos: “Podría haberlo dejado ahí, pero no hizo más que mejorar. Tenemos mucha suerte de estar vivos al mismo tiempo en que lo está Leonard Cohen”. Cuánta razón tenía.

Otro álbum, otra canción, otra mujer: su historia, esta vez, no tiene nada de divertida. Contiene hospitales psiquiátricos, un hijo entregado en adopción a la fuerza y una pistola del 45 apuntando a la cabeza. No muy lejos del “Berlín”, de Lou Reed, pero real: la chica se llamaba Nancy, y la canción, con una voz que es como un eco lejano, dice que de todo aquello (el sexo, la aprobación superficial, la incomprensión profunda, la soledad, la muerte) parece que haga mucho tiempo. Y cuando Leonard Cohen hablaba de ella, era justo ésa la que destacaba como la clave de su hundimiento: el tiempo; el que, modificando las costumbres, convierte en integrados a los que fueron proscritos un día. Pero Nancy llegó tarde; Nancy no tuvo tiempo, y quien canta su canción se mueve adelante y atrás por él, perplejo, como se mueve arriba y abajo la melodía de ese modo (Dylan lo sabe) en que se mueven las melodías de Leonard Cohen. En ésta, a su guitarra circular la acompaña el pulso discreto de un contrabajo y un teclado que es apenas la insinuación contenida de una liturgia. “Seems So Long Ago, Nancy” se incluye en “Songs From A Room”, donde Cohen desoyó burlonamente los consejos de su discográfica de arropar más sus canciones contratando a los mejores músicos de la escena de Nashville para grabar el álbum más austero de su carrera. En la contraportada se ve una foto de Marianne en Hidra, sentada a la mesa, inclinada sobre la máquina, con una enorme sonrisa. Ella también se fue hace poco.

Leonard Cohen sobre Nancy: “creo que el mundo vomita ciertos tipos de cifras. En algún momento en abundancia, a veces muy rara vez, y que algunas de estas cifras actuar como arquetipos o prototipos para otra generación que pondrá de manifiesto que estas características mucho más fácilmente, tal vez mucho más con gracia, pero no mucho más heroicamente. Otros veinte años más tarde, ella habría sido como tú sabes, la chica más moderna de la cuadra. Pero veinte años antes de que fuera – no se hace referencia a ella, así que de cierta manera ella estaba condenada.”

Dress rehearsal rag. En el siguiente tema, de 1971, el suicidio no es un trágico colofón biográfico, sino una desasosegante posibilidad lírica; o tal vez, quién sabe, una alternativa felizmente descartada, un ensayo al que, por suerte, no siguió obra alguna. Dicen que a Leonard Cohen, que no se mató en 1971, le gustaba trabajar con un espejo en el estudio. En esta canción, grabada en un periodo de autodesprecio profundo, hay un espejo, hay un hombre que se mira en él, hay una cuchilla de afeitar y hay una invectiva inquisidora, abrasiva, sarcástica y despiadada contra uno mismo. Los arreglos de cuerda y viento de Paul Buckmaster, constreñidos, domeñados, suenan no muy lejos de la versión del “blues europeo” de Jacques Brel que patentó el primer Scott Walker; el rasgueo enérgico de guitarra desemboca en orillas mucho menos épicas que las que podría haber sugerido; los coros infantiles –frágiles, inesperados, exactos, inquietantes– colorean los mejores momentos de la canción y del álbum como no lo harían ningunos coros más tarde. El álbum, por cierto, era “Songs of Love and Hate”, acaso el más doloroso, enfermizo, incómodo de la carrera de Leonard Cohen; de bordes filosos, desarreglados; de energía ondulante, impura, turbulenta; de una brillantez pocas veces igualada. “Se me ha criticado por ser deprimente”, decía Leonard Cohen, “¡pero es que estaba deprimido! Y lo que tendría que haber hecho era cantar aún más triste. Creo que sólo he arañado la superficie de la emoción en la música. Apenas he hecho más que empezar. Esto requiere mucha urgencia”. Leí sobre esta canción antes de poder oírla. Cohen aseguraba que sólo la cantaba en ocasiones de alegría extrema, “cuando sé que el paisaje podrá soportar el desespero que voy a proyectar en él”. En otro lugar se lamentaba: “Esta canción no la escribí; la sufrí”. Hay que escucharla con prudencia. En sus últimos años, Leonard Cohen perfeccionó el arte de la miniatura: en “Popular Problems” incluyó una, “My Oh My”, muy sexy y muy blues; la que aparece en “You Want it Darker”, “String Reprise / Treaty”, es de una redondez delicada, perfecta. La primera de ellas, “I Tried to Leave You”, escrita mientras su matrimonio se desintegraba a caballo entre Hidra y Montreal, la restauró y resignificó como canción de cierre en su gira de regreso; hasta entonces, en medio del muy bélico “New Skin for the Old Ceremony”, era una pieza sobre cárceles domésticas, sobre batallas privadas, por cuyo resultado consabido apenas valía la pena preguntarse. La guitarra suena inquietante y arrastrada; la trompeta irrumpe burlona; el piano se descuelga en el epílogo, tabernario y nocturno: entre los tres completan el paisaje emocional de un texto crudo y hasta cruel, entre el cariño y el reproche, donde el cansancio y la derrota alumbran una sonrisa sarcástica de medio lado y, cuando ya nadie se la espera, la posibilidad última, tentativa, terminal de la esperanza. En “New Skin for the Old Ceremony”, un título que se explica a sí mismo, los arreglos y los colores iban ganando peso. En la portada había dos ángeles haciendo el amor, pero Leonard Cohen no era ninguno de ellos.

Con “Death of a Ladies’ Man” conviene no hacerse muy mala sangre: es el único disco de su autor del que apenas resulta posible rescatar nada. La que sobre el papel nunca fue una gran idea no logró demostrar su pertinencia una vez grabada. Los textos de Cohen (que aquí se vio relegado, en sus propias palabras, a ser el Bernie Taupin de Phil Spector) son mordaces, lujuriosos, a veces desacomplejadamente cómicos, casi hasta quedar cerca de lo vulgar. Las músicas son dulces y pomposas e hinchadas, y no sirven bien a lo que arropan. “Aquel disco”, asegura el empresario discográfico Steven Machat, “era [la obra de] dos borrachos, no muy distintos de otros chicos, que hacían un álbum sobre ligar con chicas y echarles un polvo”. Esa energía juvenil y primaria es la que inunda “Memories”, uno de los pocos cortes del disco que Leonard Cohen se atrevió a rescatar en directo, y cuyo retrato, genuinamente norteamericano en lo iconográfico, de los espacios, los códigos y las inflamaciones del amor adolescente (no muy alejado de “Paradise by the Dashboard Light”, la sátira a dos voces, aún más corrosiva, que Meat Loaf publicaría en su disco más famoso ese mismo año) sirvió como tentativo punto de encuentro entre las mitologías de los co-compositores, que la concibieron juntos al piano. Cohen la consideraba “una cancioncilla vulgar que escribí hace algún tiempo con otro judío en Hollywood, en la que puse mis recuerdos de adolescencia más irrelevantes y banales”: con sus vientos triunfales, la puntuación de sus coros continuados, el interludio mullido de su saxo, su tensión sexual en sostenido crescendo, nosotros la oímos como una captura casi cinematográfica fiel y evocadora de la ética y la estética que regían prácticamente tres décadas antes de que se grabara. En el dibujo ascendente de sus estrofas hay intuiciones melódicas que encontrarían soluciones más afortunadas en “Ain’t No Cure for Love”, once años más tarde: una canción incluida en un disco audaz que culminaba con éxito el intento de envolver las canciones de su autor en ropajes menos austeros. Esto es: la misma operación que aquí fracasó con estrépito. Un mal día lo tiene cualquiera.

De todos los álbumes de Leonard Cohen, es posible que “Recent Songs” sea el que más necesite ser reivindicado; de todas las canciones de esta ruta alternativa, es probable que “The Traitor” sea la más enigmática y sugerente. “Recent Songs” es un disco de cuerdas: de laúdes, violines y chelos; de bajos, guitarrones y vihuelas: un disco donde la mística oriental, simbólica y elusiva, se viste de insinuaciones mediterráneas, de traqueteos hispanos, de antiguos ecos zíngaros, judíos. “The Traitor” abre, con un zumbido de cuerdas que invita, un bucólico paisaje estival lleno de luz y posibilidades en el que se infiltra la traición, el engaño de la lujuria frente al amor verdadero, como una fatalidad inevitable. El órgano es el bastidor casi invisible sobre el que dialogan la guitarra acústica de Cohen y los arabescos embellecedores de Raffi Hakopian y John Bilezkijian; lo es al menos hasta que la sección de cuerdas entera precipita el tema, con su hermosísimo tejido de símbolos medievales y alusiones guerreras, hacia la nota de inquietud que tiñe su oscuro desenlace. El abandono, la disociación de la amante adopta crudos y sarcásticos barnices de espanto; el pecado del narrador, que gravita sobre el texto desde la amenazadora potencia al irremediable acto, insinúa sus contornos exactos, y nosotros volvemos sobre esta canción una vez y otra, imantados por ese algo inasible y sin embargo exacto que está en el centro de los textos mejores. Dice Leonard Cohen que “‘The Traitor’ trata de la sensación de haber traicionado una misión que tenías encomendada y haber sido incapaz de cumplirla. Pero entonces entiendes que el verdadero mandato no era cumplir esa misión, que el valor más profundo en aquella difícil situación en que te hallabas era mantenerte limpio de toda culpa…” La conclusión parece ajena al espacio lírico del texto, en el que aún seguimos debatiéndonos, fascinados.

Llegar a los discos (a discos como “Various Positions”) con al menos la mitad del material conocido nos impide hacernos una idea de cómo sería descubrir, una tras otra y sin preaviso, en tiempo real y en contexto, canciones como “Dance Me to the End of Love”, “Hallelujah”, “If It Be Your Will” o “Night Comes On”. Quizá la menos icónica pero no la menos extraordinaria del cuarteto, en esta última pieza Leonard Cohen transita por los terrenos de su infancia como no lo hacía desde “El juego favorito”, su debut en forma de bildungsroman, y modula un texto rastreablemente autobiográfico con una inmediatez desusada. He aquí una vívida sucesión de estampas y experiencias unidas por los hilos de sangre de la familia y sus transformaciones: de hijo atemorizado por la guerra y la tormenta a padre escindido entre el deber y la palabra; de artista tiranizado por los vaivenes de la musa, a quien debe encierro y entrega, a centro de una vida comunitaria puntuada por la dicha de la celebración. En su réplica/contrarréplica, la figura de guitarra clásica de Cohen parece ceder el testigo al teclado sintético, casero, precario, que dominaría su sonido en adelante, y que aquí comparece en forma transicional exacta, sin encaramarse a sus cotas más osadas ni incurrir en sus más empobrecedores excesos; la melodía asciende levemente antes del estribillo sólo para descender y ahondarse de nuevo, cruzada por un entramado de coros que zigzaguean y se superponen, entrando y saliendo de foco, del susurro a la determinación, de la fantasmagoría a la llamada. Con “Various Positions” empiezan muchas cosas: un nuevo sustrato instrumental, un cierto tipo de coro femenino, una radicalización del latido litúrgico, un oscurecimiento de esa tesitura vocal única, más seductora cada día que pasa. Cosas, digo, que no ha logrado interrumpir la muerte; cosas que regresan candentes en cada nueva escucha, intacta la capacidad para el escalofrío.

¿Qué descubrir de un disco enteramente descubierto? ¿Qué rescatar de una colección que no necesita ningún rescate? Quizá, por ejemplo, una línea sonora de la obra de Cohen tan continuada como subterránea: la que une el traqueteo engañosamente gentil de “Tonight Will Be Fine” con los corrosivos filos desportillados de “Diamonds in the Mine”; la que conecta el cimbreo a compás de “Coming Back to You” con la resuelta trama de voces y violines en los coros de “Heart with No Companion”; la que lleva a preguntarle por la soledad a Hank Williams y a lamentarse por las elecciones erróneas con versos tomados de George Jones. “I Can’t Forget” ensaya el country-western de galope sintético contrapunteando el pedal-steel de Sneaky Pete Kleinow con el hombre orquesta en que se había convertido Leonard Cohen por aquel entonces, y lo aliña con la ligereza de un puente hecho de suspiros entrecortados casi doo-wop. Repican aéreos los vibráfonos, el piano traza con descaro sus bosquejos esqueléticos y los vientos encienden el color del horizonte; paisajística y evocadora, la canción amalgama un humor paródico y perplejo en clave menor con una imaginería cien por cien norteamericana. Las carreteras abiertas de las road movies y los coches que queman gasolina; los ceremonias del amor y su retahíla de enseres; los gángsteres románticos que se fugan con desespero: un destilado de iconos que sacude cada vez un remate desconcertante, imprevisto. Cuando suenan las últimas notas, todo un abanico de posibilidades redime la melancolía terminal del otoño: las posibilidades que, a finales de los ochenta, se desplegaban frente a un Leonard Cohen intrépido y corrosivo, apocalíptico y disparatado, mítico y autoirónico, capaz de llevársenos por delante desde Berlín hasta Manhattan.

“The Future”, por su parte, sí está abierto a los descubrimientos: como, por ejemplo, que en el Libro del Apocalipsis según Leonard Cohen también hay espacio para la esperanza. Y es que la cita que lo abre, esa dedicatoria a contracorriente, es de su texto contrario: el Libro del Génesis, donde Rebeca baja al pozo y coge agua; y donde el agua que coge del pozo aplaca la sed del peregrino, donde el agua apacigua su alma. A principios de los noventa, la Rebeca de Leonard Cohen se apellidaba De Mornay, y durante “algo así como un segundo”, éste parecía tener el corazón en calma. “Light As the Breeze”, el traje más lustroso puesto al apetito más animal, el paisaje más leve y pausado sobre el que enhebró Cohen sus viejas ideas de siempre, sus problemas inagotablemente populares, se desliza con el paso recogido de un vals a cámara lenta, pero, vista de cerca, algo asoma bajo la máscara de los bailarines: veneración y cólera, cárcel y apertura, verdad y fingimiento, la estatua perfecta contra el modelo humano sobre el que se la moldea. El corazón se desgaja, elevado por alas y hundido por cadenas, y hay un violín y un saxofón pero apenas podemos oírlos, tan ancho y yermo parece el cauce del sonido, y vibra el eco de una guitarra cuando la canción llega por fin a casa. Al segundo de paz de Leonard Cohen le siguió un silencio de nueve años. Antes, hubo estos siete minutos de calma imperceptiblemente quebrada, y una celda llamando desde la torre de la canción, desde la torre más alta.

“By the Rivers Dark” redefine, después del silencio y el exilio, el lugar a donde regresa para brotar el canto de Cohen: el exilio mismo, entendido no como alejamiento obligado y deseadamente transitorio sino como nueva condición constitutiva, como único espacio de posibilidad. Aceptada la corrupción y la pérdida, asumidas, junto a sus peajes, las potencias sensuales de lo mundano, es posible cantar desde la grieta de nuevo, con voz temerosa pero también fiel. Y es así, con una transformación que se teme pero que también se abraza, como la “canción sagrada” regresa, es así como vuelve la “energía” que Leonard Cohen había perdido e ido a buscar al monte Baldy, y que, aún temblequeante y quebradiza, toma cuerpo de la mano de Sharon Robinson en “Ten New Songs”, el disco más coral de su carrera, tanto por el envolvente manto de voces como por su autoría explícitamente compartida. “By the Rivers Dark” es, quizá, la primera concreción formalizada que Leonard Cohen logra de uno de los relatos centrales de exilio de la tradición judaica después del intento fallido de cuya imposibilidad surgió “I Can’t Forget”, y al que la tenacidad acabó logrando convertir en “Born in Chains”. Y el paisaje es oscuro, y tenebroso, y está plagado de espectrales enemigos sin rostro, y lacerantes heridas de sangre, y corazones que acaso, quién sabe, acaben demostrando no ser nuestros. Y el tacto digital de plástico del sonido, y el ulular embrujado de los coros, y los vientos como un aire gélido, ahondan y dibujan las riberas yermas de Babilonia, percutidas por los acordes minúsculos del piano y las figuras cíclicas y pulsátiles de la guitarra. Empezaban, en 2001, quince años de prórroga que habíamos aprendido a olvidarnos de esperar: qué haríamos nosotros sin ellos ahora.

Entre la música y la poesía; entre una amante y una colaboradora; dos formatos, dos mujeres (Anjani Thomas, la primera; Sharon Robinson, la segunda), y un disco que nace de la acción combinada de sus fuerzas sobre el surco. “Dear Heather”, como buena parte de la producción tardía de Cohen, se alimenta de ese caldero inagotable de versos que es “Book of Longing”, el regreso de Cohen a la página tras veintidós años de ausencia. Pero “Dear Heather” es el único de esos discos donde el poeta parece ganarle la partida al cantante: envuelto en un jazz de cámara esquelético y esquivo, musicando a Lord Byron, a Frank Scott y a su propio yo pasado (“The Spice Box of Earth”) y presente (“Book of Longing”), el disco se escora hacia el spoken word mientras deja por el camino una cosecha desigual de hallazgos patentes y audacias imperfectas. Frágil, minimalista, vaciado; exánime, abocetado, heteróclito; corto de inspiración, pero imantador en los enigmas de sus tan inesperados contornos: así sigue sonando “Dear Heather” todavía. Repleta de fatalidad y misterio, “The Letters”, una de las canciones más vocalmente acertadas y convencionalmente redondas del álbum, y el único dueto de la carrera de Leonard Cohen, atestigua la profundidad de la impronta robinsoniana incrementando el espacio dedicado a su voz (de un terciopelo oscuramente envolvente), y describe el amor como un círculo de fracasos, atravesado de pérdidas, temores y dudas, que empieza en el rechazo para reiniciarse, perpetuándose, en un rechazo distinto, un rechazo nuevo: el del amado reticente convertido ahora en amador ignorado, en depositario del rechazo del próximo eslabón de una cadena donde todos están rotos. Con los arpegios quebradizos, campanilleantes, de su guitarra; con las insinuaciones turbias del bajo, y el piano que marca el paso y dibuja el paisaje; con el beat más (adultamente) contemporáneo del arsenal de Cohen y su coda cadenciosa, recitativa, en 2004, como ahora, como siempre, a nosotros sí nos gustaba recibir las cartas que nos mandaba Leonard. Aún las apretamos todas contra los labios: nunca se nos habría ocurrido llegar a quemar ninguna.

Si el regreso, en 2008, de Cohen a los directos acreditó un estado de forma envidiable, y vistió su repertorio de ropajes opulentos, aún más impresionante fue el modo en que probarse como instrumentista y trabajar con una banda entera revitalizó y esencializó su sonido hasta alcanzar la medida exacta de lo deseable que se le había escapado durante años: una identidad concentrada y cálida, despojada y humana, sabia y milimétrica. Escrita para prolongar las posibilidades que las Webb Sisters demostraron en su versión en solitario de “If It Be Your Will”, que iluminaba el tramo final de los conciertos, en “Come Healing” las armonías celestiales de Hattie y Charlie Webb contrastan con el bajo profundo de Cohen en una pieza que se eleva sobre su naturaleza patente de rezo, a imagen y semejanza de su hermana mayor. Cuerdas ingrávidas contra teclados espaciosos prolongan los contrastes de la plegaria: una que reintegre lo roto y cure las heridas del cuerpo; una que aplaque el anhelo y acompañe en la soledad; una que se eleve por encima de nuestra materialidad tormentosa con la promesa de la regeneración y la vida: una, en fin, que aparte la noche y encienda la luz; que logre que el cielo se abra y escuche los sufrimientos y las potencias de la Tierra. No es fácil subrayar la capacidad de sanación y consuelo de las canciones de Cohen, su éxito al proporcionar un sustrato trascendente a los que no creemos, sin incurrir en maximalismos altisonantes o azucaradas cursilerías. Por suerte no hace ninguna falta: está todo, vibrando, en canciones como ésta.

En 2004, Leonard Cohen escribía junto a Anjani Thomas su canción más frontalmente testimonial: “On That Day”, hecha de habladurías, dudas y perplejidades en torno al 11/S, era un tema demasiado escaso, con unos arreglos excéntricos y una sensación general de titubeo, de bosquejo insuficiente. A Cohen siempre se le dio mejor subsumir lo global en lo personal, o, como en este “A Street” (un nuevo intento, más esquivo e indirecto, también mucho más logrado, de aludir junto a Anjani Thomas al trauma nacional reciente), entretejer las imágenes del amor quebrado con la poderosa iconografía de la guerra. “Popular Problems” era un álbum de una redondez melódica inusitada, de una energía seductora e incitante. En “A Street” (como en “Slow”, como en “My Oh My”), las inflexiones negras de la música no suenan espirituales ni litúrgicas; suenan sinuosas, callejeras: abren la canción con un chasquido desafiante, invitan a un grueso bajo a seguirlas y replican a sus coros con la erupción de unas ráfagas sintetizadas con aroma a Nueva Orleans. Y Cohen recita con una dureza seca y sensual, casi como un héroe de cine negro, encadenando ingeniosidades y réplicas lapidarias, vislumbres de la bohemia desvanecida y ominosos tambores de batalla; y la canción desemboca en una imagen, una más, de genuina resistencia en la derrota: la de un hombre que se yergue a la vez sobre los restos despojados del desastre histórico y sobre el terreno yermo en que se ha convertido su propia vida. Unos pocos años atrás habría resultado casi inconcebible esperar una resurrección tan esplendorosa, un perfeccionamiento tan imposible de objetar. Y, a pesar de todo, deberíamos habernos dado cuenta: ¿quién iba a saber hacerse mayor sino Leonard Cohen?

¿Cómo llegar al final del trayecto? ¿Cómo honrar que ya acaba, que ya nos ha obligado la muerte a que termine, este encadenado de revelaciones? No con una canción, sino con dos; o con dos canciones que son una; o con una canción que, de tan bella, necesita dos pistas para desplegarse. Debe quedar escrito lo que por prudencia no se escribió antes: que “You Want it Darker” (hermoso, elegante, exacto; lírico, contenido, esencial) es serio candidato al mejor disco de la carrera de su autor, y que “Treaty” / “String Reprise / Treaty” es su centro de gravedad, bipartitamente dominante. La crónica dolorosamente agria, incómodamente honesta, serenamente agotada del escenario tras la batalla de una ruptura no sólo prolonga la veta metafórica más fértil de la carrera de Cohen; también ilustra su consabida capacidad para el contraste, encarnada en las modulaciones de la letra y los acentos de la música que la envuelve, en esos pianos que trazan el recorrido desde la tiniebla hasta la luz. Para un amor que fue embriaguez y fue desmayo, una resaca que libera y que zahiere: una celebración que las cuerdas en staccato eleva en los puentes y que, por las escaleras que dibuja el contrabajo, desciende a los sótanos del reproche más amargo: el que uno se dirige a uno mismo. Milagros, combates, y, al final, confusión, confusión y silencio: la posibilidad de desprenderse del pecado como una segunda piel enferma sólo convertida en la de aumentar la superficie de piel capaz de sentir el daño. Una canción de una dulce, modesta melancolía terminal que, cuando ya no lo esperábamos, emerge para epilogar un disco inolvidable con una paleta de cuerdas inéditamente líricas y unos versos depurados, conclusivos, solemnemente golpeadores, imposibles de oír sin que se nos erice el vello. Y si a ellos les sigue la tristeza, nadie debería reprochárnoslo; pero el trabajo está hecho, y todas las cimas han sido holladas. Acaso no pueda una canción servir como tratado con la muerte de los que nos han hecho felices, pero quizá sí pueda, si somos capaces de preservarla, ayudarnos a negociar con su ausencia; quizá sí pueda, si la convocamos con exacto respeto, encarnar en sí misma, en su capacidad de seguir conduciendo la emoción, las gracias que con estas líneas hemos venido a darle, a darles a todas ellas. “Nada curará y nada se helará / pero quizá un corazón recogerá lluvia”, quedó escrito hace tiempo: sirvan estas líneas para invocar ese rocío sobre la herida.

*Marc García – Escritor y editor español.

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LA MIRADA DE UN ALEMÁN A LA PAZ EN COLOMBIA – Una crónica de Gerson Flórez

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Lejos de Alemania, su país, Claudio Hanssler trata de entender las razones o las emociones por las cuales millones de colombianos rechazaron el acuerdo de paz firmado entre el Gobierno y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc- ep, para  poner fin a más de cincuenta años de guerra. Aunque ha escuchado muchos argumentos de quienes todavía se definen en contra del proceso de paz y muy pocos a favor, sigue buscando la respuesta al por qué las mayorías de una nación, en un momento tan definitivo, se inclinaron por dejar en suspenso la terminación del conflicto armado diciendo no.

Al extranjero no le ha sido fácil mantener una posición neutral ante este nuevo giro que adquirió la eventual terminación del conflicto con las Farc; los pocos amigos de Colombia quieren que opine, como si su voz fuera la de un veedor internacional que aprueba o desaprueba lo que no se pudo ganar, o lo que se ganó en las urnas.  En este caso, la mediación de un foráneo podría resolver, tal vez, aquello que en medio siglo no han logrado pactar los colombianos.

Claudio Hanssler, 20 años, nació en Ravensburg, a 30 minutos de Munich. Llegó  hace más de dos meses a Colombia, a través de un programa de intercambio en el cual realiza un trabajo social, enseña inglés a niños de una escuela rural de Duitama, Boyacá. Su venida sucedió en un momento crucial para el estado colombiano, por tal motivo se ha interesado con lo que ocurre, investiga por su cuenta y no deja de escuchar las opiniones encontradas de los recientes amigos. Sin embargo, él tiene la propia.

El joven extranjero dice sentirse sorprendido con los resultados de las pasadas votaciones que dejaron en vilo la materialización de los diálogos de paz y los acuerdos que se pactaron. Habla un español entendible para comunicarse y  busca en un diccionario digital, en su equipo celular, el significado de lo que hasta ahora no se ha podido explicar ni él, ni seguramente nadie. También le pregunta a Jonathan Salcedo, un amigo boyacense que lo acompaña y que le ayuda a traducir del idioma alemán al español. Cuando tiene armado su concepto, dice: “Me parece cómico que a alguien le pregunten si quiere que haya paz, porque lo tienen que preguntar, es lógico que sí”, expresa al tiempo que va juntando sus manos y afirmando lo que argumentó con un movimiento de cabeza.

El alemán analiza lo que sucedió con el plebiscito, un mecanismo democrático de  participación ciudadana con el cual los colombianos refrendarían un proceso de paz histórico. Consulta a su amigo, que no lo pierde vista, y se concentra en una nueva respuesta: “He observado a otros países y no hay que llegar a enfrentarse entre la gente de un mismo país por un sí o por un no…es un poco cómico”.

Claudio expresa su admiración por la belleza natural de este país, paisajes que no hay en Alemania. “Es muy bello, no hay otro igual”, indica. No obstante, sigue sin entender por qué en un lugar tan bello no se disfruta y sí se insiste en seguir con una confrontación. Reflexiona: “En las zonas donde hay guerra la gente votó con un sí para que se acabe el conflicto, pero donde no hay guerra la gente votó que no,  para seguir en guerra. Es contradictorio”.

Con la ayuda de amigos que ha hecho en poco tiempo y algunas lecturas, trata de entender el conflicto que se ha vivido aquí durante más de cinco décadas.

Para Claudio todavía existe mucho dolor en las familias que han perdido a sus seres queridos, y una de las causas por las que se impuso el rechazo al proceso de paz es el sentimiento de revancha. Pero también falta de confianza en el gobierno, lo que explica el ausentismo tan grande que hubo en las urnas el pasado 2 de octubre. “Colombia tiene una mala imagen ante el mundo por la corrupción”, indicó.

Cuando el joven alemán tomó la decisión de hacer su trabajo de servicio social de intercambio, no lo pensó mucho en viajar a Colombia, así los amigos le advirtieran de la inseguridad generada por el narcotráfico y el conflicto armado, una mala imagen que aún se tiene de Colombia en el extranjero. Entiende muy bien lo que es la estigmatización, su familia en Alemania también la vivió por causa de la guerra que este país le declaró a otros estados y los efectos de dolor y heridas que no cicatrizan del todo.

En un blog llamado Colomvida este extranjero cuenta a sus amigos y a los hablantes del idioma alemán su experiencia en Colombia. Lleva casi un diario en la red narrando anécdotas. Su próxima publicación será sobre el plebiscito que pudo terminar el conflicto armado con las Farc. De igual forma les explicará a sus compatriotas por qué en Colombia no quieren la paz, como le han manifestado ellos en sus mensajes y cortas conversaciones, aunque para lograrlo primero tenga que entenderlo.

“La gente en Colombia es muy simpática, muy buena, no es cierto lo que escuchaba en las noticias antes de venir aquí”, dice Hanssler.

Su opinión no es tan ajena, viene de un país que ha sobrevivido a dos guerras mundiales y ha logrado levantarse de las ruinas.

Claudio Hanssler es de las primeras generaciones de jóvenes que nacieron después de haber caído el muro de Berlín, un hecho político que significó el final de la Guerra Fría y permitió la unificación de Alemania Oriental y Occidental. Esta división fue el resultado de la terminación de la Segunda Guerra Mundial, con lo cual los vencedores, los aliados, Estados Unidos, Inglaterra, Francia, y la Unión Soviética se repartieron a Alemania como un botín de guerra en 1945.

El padre de Claudio nació en 1957, en el lado occidental durante la etapa de posguerra, en pleno  camino a la reconstrucción, una transición  marcada por el clima  tenso creado por las  políticas divergentes. Es decir; en un ambiente de extremos ideológicos, tal vez irreconciliables, los padres de este joven extranjero tuvieron que salir adelante.

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Claudio tiene muy presente este capítulo espinoso para Alemania, además de los   momentos  buenos y malos por los que tuvieron que pasar sus familiares y compatriotas. Como también lleva en su memoria las historias de guerra que le relató su abuela, una sobreviviente, que tuvo que hacerse cargo de los hijos pequeños, sin ayuda de ninguna clase, y resistir sola mientras su esposo combatía en el frente de batalla. El joven cuenta que su abuelo fue piloto de guerra y cayó como prisionero en Francia, regresó mucho tiempo después de haber concluido la Segunda Guerra Mundial.

“Al acabar esta confrontación mundial, que destruyó muchas ciudades, las mujeres fueron las que reconstruyeron Alemania”, expresa Claudio.

Lo afirma porque su abuela participó en la reconstrucción de la ciudad Dresclen. Y, porque en este conflicto mundial muchos hombres alemanes murieron en los frentes de guerra o terminaron prisioneros.

Esta experiencia  dolorosa y los efectos posteriores que traen los conflictos, entre ellos las  heridas que aún tratan de sanarse, el extranjero que es hijo de la posguerra tiene su propia opinión de los desastres que dejan las confrontaciones armadas.

Y ante lo sucedido deja claro que la mayoría de las generaciones nacidas en la  posguerra ven equivocado el rumbo que llevó su país, y así se refiere al líder nacional socialista que empujó a una nación entera a la guerra de consecuencias estrepitosas, tanto como los efectos que deja la caída en un abismo.

“Hitler no fue una buena persona, no puede ser una buena persona alguien que quiera la guerra…era una persona loca,  quería tener todo el mundo”, dice Claudio.

Para el alemán está claro, en su idioma o en español: la guerra solo trae destrucción, y la reconstrucción lleva más tiempo. Lo afirma porque su país lo vivió y aún, sesenta años después, como nación tratan de superar ese pasado.

Expresa que no entiende por qué en Colombia los habitantes llevan tantos años en una confrontación armada, en una guerra tan profunda que no pareciera tener fin, enfrentados por ideas políticas, hasta destruirse.

“En mi país hay grupos neonazis que continúan con las ideas de Hitler, aunque son una minoría, los toleramos, no van a haber pérdidas humanas por eso”, dice el joven extranjero.

Lo recalca porque le parece muy extraño que ciudadanos nacidos en el mismo país lleguen a quitarse la vida por diferencias políticas.

“Para que Alemania sea un país desarrollado… esto se ha logrado porque todos hemos estado unidos yendo por el mismo camino”.

Para terminar la conversación el joven alemán expresa sin mirar a su diccionario y sonríe:

“Me gustaría que los colombianos sean como cuando van a ver un partido donde juega la selección de fútbol, que todos se ponen la misma camiseta”.

Antes de retirarse afirma que si no hay más guerra en Colombia este país sería una potencia en turismo, muchos extranjeros vendrían a conocer los paisajes más bellos que no se pueden ver en otro lugar.

 

 

*Gerson Flórez. Cronista y periodista. Ha sido corresponsal de Caracol Radio en Boyacá.

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Contra Jaime Gil de Biedma

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Por culpa de la publicación de sus diarios íntimos es posible que no se vuelva a leer a Jaime Gil de Biedma como hasta ahora.

Al punto de que podría afirmarse lo siguiente: esos diarios puestos en letras de molde son un parteaguas en la vida y en la poesía de su autor. Lo que ahí puede leerse, además de la consabida (y esperada) pesquisa personal a una vocación literaria, es al mismo tiempo la desnudez más oprobiosa, la manifestación sincera de una promiscuidad sin límites, tal vez el cinismo y el descaro absoluto.

Se descubre, de pronto, que Gil de Biedma no es una buena persona. Y eso puede llevar a un lector ocasional a medir la obra literaria con raseros muy desconfiados. Atar cabos será la tarea posterior: deducir las perversas intenciones con las cuales se escribieron ciertos poemas, los giros malintencionados en algunos versos.

De ahí a quizá dejarlo de leer solo hay un paso.

Sin embargo, el problema aquí no reside en Gil de Biedma, que pudo haber hecho de su camisa un saco, y de hecho lo hizo, sin dejar de escribir una poesía necesaria y nutritiva como pocas en nuestro idioma. Lo inquietante se encuentra en el actual lector del promedio, larvado por una ideal (y fantasiosa) corrección política, que necesita impecables, incluso angelicales, a los artistas. Si esos artistas no se les presentan como personas sin abismos considerables, estos lectores rechazarán de plano, de un plumazo, las propuestas que les están trayendo.

Ayer Roman Polanski satanizado por líos con una menor de edad; no hace mucho Woody Allen convertido en carne de cañón debido a su aparente pederastia. Existen muchos públicos, más de los que se pudiera imaginar, que ya ante la sola mención de estos nombres establecen un muro. Y que han abandonado el aprecio por los films pues ven en ellos huellas del pecado y del delito. Quizás con Jaime Gil de Biedma ocurrirá lo mismo. Se le marginará por sus oscuridades antes incluso de repasar o siquiera de abordar su obra.

Discutir obviedades se ha convertido en una práctica excesivamente frecuente en estos tiempos de altas velocidades que niegan los contextos o los desconocen.

Es inútil decirle a un reciente abominador de Gil de Biedma que la vida del poeta en ocasiones pocos roces tiene con lo que escribe.

No solo porque el poema es un artificio, y por más que trate de develar la vida y los hechos reales, resulta escaso de anécdotas literales, o de consejas familiares. También porque en el caso del poeta español hay una búsqueda de desapego entre el presente fatigoso y la anhelada juventud vivida a morro; como no podía volver a vivir la intensidad de los primeros años, terminaba poetizándola.

La única esperanza es que el lector convencional siga desconociendo a Jaime Gil de Biedma. Así, seguirá acudiendo a esos nefastos volúmenes de autoayuda o a los que les digan que este es el mejor de los mundos posibles.

Y nunca sabrá, ni por asomo, que alguien con una vida sórdida, escandalosa, escribió una poesía cálida, lumínica.

Por custodiar su decencia dejará de leer esos esplendorosos versos escritos por Gil de Biedma.

Será mejor así.